lunes, marzo 16, 2009

La diosa que se hizo llamar Shinfua


Creo que estaba enamorado. Volvía el rostro una y otra vez buscando a aquella diosa escurridiza de cabello negro y ojos marrones, que sin percatarse siquiera de mi presencia iba de un lado a otro, luciendo con enorme sonrisa una cebra de felpa colgada en sus hombros. Quien es ella, le pregunte a Jaime -quien después de mentarme la madre por interrumpirlo en mitad de su bebida- me dice es capullomon. Fruncí el ceño. Dime la verdad, le dije, cual es su nombre. Repite capullomon, luego me cuenta que así es como le dicen porque su menssenger tiene ese nombre o algo por el estilo. Debía de averiguar más sobre ella antes de aventurarme a entablarle una conversación. Camine empujando a las personas para llegar a la salida -deje para otro momento el saludar al cumpleañero, se merecía mínimo una caja de cerveza por invitar a tamaña hermosura- ya fuera pregunte por Israel, amigo cercano que estaba seguro me daría información pues conoce a todo el que lleve pelo largo y pantalones ajustados que pululen por estas calles. Se fue a comprar, me contesto un chico de mediana estatura, cabello largo y ojos grandes. Esperé unos minutos para ver si no tardaba. Desde ahí lograba verla caminar, conversar con chicos quien en mi vida había visto, sin nada más que una sonrisa. vi. a Israel llegar rodeado de algunas personas, reconocí a Darío, Miguel, Daniel y Mario y otros dos que me resultaban familiar y no sé de donde. Chato, me dijo, vamos a la casa de Mario. Pero no quiero irme, pensé, mejor quedémonos, le dije, si acá está el movimiento. Israel rió diciendo si prefería quedarme normal ellos irían a otra parte porque se mueren del aburrimiento en esta tocada mitad fiesta de ambiente mitad infantil. De acuerdo, antes quiero preguntarte por capullomon. Israel me miro unos segundos sin comprender lo que le preguntaba, de quien hablas, dijo al fin. Se la señale. Un segundo después contestó: es Sandra, ahora vamos.

A esa chica la he visto en alguna parte, pensé. Mario acomodaba unas sillas para los demás, sopesaba en voz alta un buen disco solo mientras esperábamos a los que faltaban. En unos minutos debíamos de salir. A quien miras tanto, inquirió. Yo estaba parado junto a la ventana, pensando en nada específico solo hasta que ella pasó con un polo morado, casaca negra con estampado algo extraño que de lejos no pude distinguir y pantalón del mismo color, no se veía para nada mal pero ¿quien era? ¿Donde la había visto antes? Mario se acercó. vi. a los otros chicos del grupo, pasaban de mano en manos botellas de vidrio con un liquido blancuzco donde una pasa color verde reposaba en el fondo, vi. las gaseosas y cajetillas de cigarro también, todo estaba listo para el concierto. Estás mirando a Sandra, me dijo Mario, cuidado chato su hermano es celoso después no quiero defenderte. Israel escuchó la conversación y decidió opinar: sale con un tipo además, de la comuna hardpunk creo, olvídala. No la olvidé, no podía hacerlo. Traté de disfrutar el concierto, que en un principio asegure como imposible pero luego de varios vasos encima tenía las agallas suficientes para pasarlo genial. Salte y disfrute de la música sin miedos y preguntas sin importancia alguna ¿se habrá fijado en mí? ¿Sabrá siquiera quien soy? Más tarde me entere que Sandra vivía a unos pasos de la casa de Mario y que su hermano no es tan celoso como me lo planteaban. Fueron en esos momentos donde se apareció. No iba sola, un grupo regular en número rodeaban su cuerpo como si conciente o inconcientemente celaran su belleza y proclamaran a los otros indignos de verla o fueran su guardia personal, conversaba alegremente con dos chicas de su misma estatura y misma edad, o eso pensé. No deje de mirarla en toda la noche y no fue hasta que nos fuimos cuando me atreví a preguntarle a Mario por ella. Mi hermano la conoce mejor, mañana anda a mi casa todos van a ir, me dijo.
Fui al día siguiente y el que sigue y el que siguió a ese día sin obtener mayor información a la ya obtenida. Brandon, hermano de Mario, me contó algunas anécdotas de niños traviesos y, después de tanto insistirle, prometió conseguirme su menssenger con la condición de no molestarlo más, te lo prometo brandon. Solo espere dos semanas, tres días, diecisiete horas y no si sigo porque va a parecer puro cuento, para tener resultados. Ya está, me dijo Brandon, ya le di tu menssenger y apunta rápido el de ella por si no te agrega. Qué le dijiste, quise saber. Nada especial, un pata quiere conocerla y dice que es bonita y que apunte tu correo y nada más. No supe como agradecerle. Esa misma noche la agregue. A los cinco minutos: quien eres, digitó Sandra. Escribí un admirador secreto pero casi al instante lo borre y digité un fan enamorado y otra vez lo borré por lo que decidí solo poner Alex ¿tu? Hablamos de todo un poco. Su modo de conversar era fluido, sin tapujos ni inhibiciones pero no vulgar ni incoherente, solía ser directa y la vez conservadora, una combinación extraña en una sola persona y unos cambios de tono que en vez de marearme mantenían despierto todos mis sentidos, sin lugar a duda una niña sumamente inteligente. Me contó su afición por los mangas y los animes, así que la hice prometer que me dibujaría un personaje de cualquier anime, de acuerdo pero debes de darme el nombre o la imagen. Aproveche la oportunidad para cuadrar una cita, o un encuentro amistoso como lo decidí llamar.
Las reuniones en casa de Mario salían en su mayoría llenas de experiencias inigualables, incomparables, que no cabe en esta historia contar salvo esta y un par más quizás. Acababan de pedirnos amablemente que ingiriéramos nuestras bebidas alcohólicas en otro lugar porque nuestro escándalo despertara a toda la casa, así pues cruzamos la acera y cuadramos nuestras botellas en la vereda, compramos unos cigarros para evitar que la señora de la bodega nos diga algo y nos dispusimos a seguir divirtiéndonos. De pronto: oye chato, viene Sandra, grito Israel. Todos silbaron y aplaudieron. Sonrojado volví la mirada a mi vaso, rezando que no se diera cuenta de mi presencia porque que vergüenza que me vea en esas y en ese estado, ni hablar. No venia sola, Brandon la acompañaba. Chato, me dijo cuando se hubo acercado, ella es Sandra. Nos dimos un corto beso en la mejilla. Brandon me miro con una grande sonrisa luego se excuso, debía hacer otras cosas. Por primera vez escuche su voz, suave, lenta, respetando siempre los tiempos de su interlocutor, sonriendo, en una mierda pero que linda se ve. Quedamos en vernos el fin de semana para entregarle el dibujo de una vez por todas. Esa noche pensé en ella. Al día siguiente consumí dos horas de Internet buscando un dibujo apropiado, al final decidí por uno sencillo y no muy escandaloso, era la mitad del cuerpo de Sakura de Naruto.
-Alex, en qué piensas- inquirió Sebastián.
-Nada con importancia. Nunca te conté de Sandra ¿no?- mi amigo negó con la cabeza. Caminábamos por la avenida Las Flores rumbo a su casa, iba a prestarme su cuaderno de filosofía -creo que tenemos tiempo. Deja que me compro un cigarro.
-Que sean dos causita.
Me subestimas, me dijo mirándome a los ojos. Trate de evitar su mirada acusadora concentrándome en la imagen que llevaba en las manos, no seria capaz, le dije al fin. Volví mi mirada a la suya y casi al instante la desvié. Ahora debes de ponerle una dedicatoria, sugerí. Sandra busco un lápiz en su mochila, como que puede ir. Pon con mucho cariño para mi súper mejor amigo Alex y abajo tiene que decir vasito. Sandra formo una media sonrisa y escribió casi al pie de la letra lo que le pedía, solo omitió la parte de súper mejor amigo, no me atreví a contradecirle porque ya era mucho lo que hacia por mi. Lo único importante era que había cometido mi propósito del día: estar con ella, conquistarla con mis niñerías y acercarme un poco más a su corazón ya ocupado. Mi plan era sencillo: debía convencerla que no hay mejor hombre para ella que yo y que estar enamorada de esa pata con pinta de niño bueno y ojos perdidos era una pérdida de tiempo. No obstante mi plan tenía muchos puntos débiles. El primero era el hecho de su tonta relación con él pues solo le traía problemas y disgustos que, sin saber como ni por que, ella estupidamente permitía. Lo segundo ocurrió a los tres días cuando salí con Jackie. Un encuentro casual, sin mucha relevancia en su momento solo un par de besitos de dos típicos adolescentes perdidos por la pasión de vivir por vivir, terminó siendo el comienzo de una relación mas o menos duradera y más que menos intensa. En ese momento tenia claro olvidar a Sandra, era lo mejor. A los dos meses seguía teniendo en claro eso, Sandra, o vasito como la llamaba porque una vez me contaron la vieron picada pidiendo un vasito para servirse más trago porque tomar es lo mejor que se puede hacer a nuestra edad, no era para mi y punto. Por ello me atreví a invitarla a salir en plan de amistad. Seria la mejor oportunidad de entregarme el dibujo que le había mandado a hacer. Salimos, conversamos, tomamos y no fue gaseosa, y en un momento ella estaba entre mis brazos sufriendo las malditas consecuencias de ser tan débil con el licor. La amaba. La amaba aunque tuviera enamorada y aunque ella también lo tuviera. Sabia en el fondo que vasito sentía lo mismo por mi, tenia que ser cierto. Por eso la invitaba a uno y otro concierto y le pedía que no lo lleve y ella me juraba que iría él de todas formas pero podríamos hablar un ratito. Fueron entre esos días donde lo vi. de nuevo. Tú conoces a Clara, me pregunto un chico alto de pelo corto con polo verde y zapatillas del mismo color. Vasito no había ido a ese concierto en Barranco y no importaba del todo porque esa noche estuve con Jackie y me gustaba estar así. Era extraño porque Jackie me daba un calor diferente, como si las cosas fueran sencillas si ella estuviera a mi lado, me quería y creo que yo igual. Si por qué, pregunté, ella es mi prima, dije a los dos segundos. Alex, me dijo, no te acuerdas de mí. Lo mire fijamente. Iba a decir no, no me acuerdo, de pronto sonreí: Carlos, Maria inmaculada, primer año de secundaria. Nos abrazamos y conversamos por mucho tiempo. Carlos se había acercado a mi justo cuando estábamos un grupo regular de personas sentados esperando un carro que nos lleve a casa, el había sido parte de ese grupo desde la tarde y no logre reconocerlo sino cuando me dijo si conocía a Clara, mi prima, estudiamos juntos en el mismo colegio hasta que el siguiente año me cambiaron a uno en Barranco y no supe más de ellos salvo de Clara. Conversamos todo el rato, prometimos vernos muy pronto, tantas cosas por hablar tanto por decirnos. Resultaba que Carlos había llegado al grupo gracias a su amigo Michael, fueron compañeros en el último año de secundaria y éste conocía a Daniel, amigo cercano del grupo al que yo pertenecía. Por ello, fuimos a varios conciertos juntos y le conté sobre Jackie y vasito y le dije que estaba enamorado de ambas y que a ambas la quería pero que vasito era un amor imposible posible porque estaba con ese. Unas semanas después nos encontramos para ir a la galería Brasil a comprar unas cosas. En el camino me confesó haber visto a Sandra, su hermano me la presento, cómo conoces al hermano, Michael, mi amigo, me presentó a su hermano, Michael, tienen el mismo nombre alucina. Asentí con la cabeza, ya lo sabía. Bueno, me la presento y parece una chica lista, tienes suerte bonzai. Fruncí el ceño.
-Espera, no tan rápido que me pierdo -pide Sebastián -Dobla a la derecha para tomar el camino más largo. Tu historia empieza a gustarme.
-No te burles.
-Me vez reír.
-Lo haces en este momento.
-Okay, que paso con ese Carlos ¿aun lo vez? ¿Vasito o Sandra o no sé como se llama, le dijiste lo que sentías?
- Somos buenos amigos los tres. Los veo ahora muy poco. Carlos vive a cinco minutos de mi casa.
-Eso quiere decir que Sandra llego a conocer más a tu amigo, esto se pone picante -sonríe a medias, me pide que le invite un cigarro y yo le digo que no me queda otro pero que paremos en un bodega para comprar.
-No solo se conocieron si no que llegaron a ser muy buenos amigos. Respondiendo a tu pregunta, no se lo dije del todo. O sea, escribí una especie de diario y se lo dedique. En el contaba lo mucho que me divertía sentir su presencia y otras muchas cosas que pasamos juntos, conciertos, borracheras, conversaciones, confesiones, momentos difíciles y felices. Al final decía que había llegado a entender que yo solo era un expectante en su vida y que seguiría estando con ella como su amigo y que quererla fue lo mejor que le pudo haber pasado a mi vida y mi prosa.
-¿como?
-No supe que quería ser escritor hasta que empecé con ese diario.
- Carlos y Sandra... que paso con ellos en realidad.
Vienes si o no, le dije, mirándolo a los ojos, apretando los puños por la ira, esperando que mi amigo diera un paso hacia donde estaba y me acompañara como prometió hacerlo. Vamos, me dijo. Nos separamos del grupo dejando en él a Jackie, Sandra y otros. No había sido un buen día. Solo unas horas antes le pedí a Jackie terminar lo nuestro porque me sentía confundido, la realidad era que no quería seguir mintiéndome estando con ella, vasito era lo único que cruzaba por mi mente. Esa noche fuimos a un concierto en Los Olivos y ahí estaba. Encontré a Sandra con unos chicos y estuvimos juntos a Carlos hablando de varias cosas. Jackie se acerco a los pocos minutos, borracha, gritándome que me odiaba por maldito y que matarme era lo único bueno que podía hacer en mi vida. Entre al concierto para dejar de escucharla. No recibí noticias de Jackie por varias semanas, era mejor así. Lo verdaderamente importante era estar con Sandra, debía de avanzar con mayor rapidez mi diario y entregárselo de una vez por todas. Solo de esa forma sabría mis sentimientos y aunque su respuesta sea negativa o positiva necesitaba oírla. Por eso me cite con ella al siguiente mes, le dije que tenia algo verdaderamente importante para darle. Nos encontramos en la esquina de mi casa. Mostré el cuaderno, pedí disculpas por estar un poco roto, me pregunto por el contenido y le dije que lo sabría en muy poco tiempo, estoy seguro que ella ya lo sospechaba aun así no hablo. Llegue a mi casa y espere. Espere toda la semana y la semana que le siguió a esa, espere sin decir nada ni buscarla ni pensar en hablarle. Una noche la encontré en línea y hablamos de todo menos del diario. Carlos me decía que se pasaría y pronto podríamos discutir sobre ello, necesito verla, le decía, espera, contestaba. Una tarde le pedí a Carlos que me ayudara, le dijera que la quiero y no importaba ese enamorado suyo. Me entere por intermedio de Jaime que Carlos y Sandra se habían vuelto muy buenos amigos, salte del sofá, necesito hablar con él. Cuando lo vi. Le pedí una vez más encarecidamente me ayudara con ella, así será bonzai, me dijo. Tuve noticias de vasito ese fin de semana, venia con Carlos, hablamos unos minutos y luego se fueron, vamos, me dijo Sandra, ni hablar vasito, conteste, con tu grupo no voy. Al día siguiente: vasito termino con...lo silencie tapándole la boca, no digas su nombre. Al instante abrace a mi amigo, habían terminado, el camino era solo mío. Intente contactarme con Sandra, en vano pues había salido con sus compañeros de colegio a alguna especie de paseo educativo o algo por el estilo. Por ello decidí esperar un poco más de tiempo, de todas formas si una persona merecía ocupar el lugar dejado por él debía ser definitivamente yo. Caminé con mi amigo por la avenida de la Independencia rumbo al cine solo para pasar el tiempo y conversar un poco. En el camino me decía estar muy contento por mi buena suerte, Sandra es especial, yo le confesaba sentirme intranquilo por como vaya a tomar mi confesión directa. Ya sabe que quieres con ella ¿no?, me dijo, va a hacer fácil. Le dije en confidencia que al final de mi diario le dejaba varias hojas vacías y en una nota le pedía ser terminado por ella, mi intención, es conocerla más y me escriba si quiere o no estar conmigo. Buena táctica, dijo. No supe nada de Sandra en varios días. Por intermedio de Carlos me enteraba algunas cosas: estaba triste por terminar el colegio y alegre al saber que empieza algo nuevo, tuvo algunos problemas con su hermano pero nada del otro mundo y separaba con ansias el próximo fin de semana para liberarse de la opresión de sus padres. Que mi amigo sea cercano a ella era una idea de lo más tranquilizadora, el que sea cercano a Sandra me daba la seguridad de estar enterado de sus pasos y sus pretendientes, porque sabe Dios cuantos tenía detrás, no pienses así Alex. Ese viernes hable con Sandra por Internet, le pregunte si había avanzado con el diario y me dijo que lo estaba escribiendo en hojas aparte para no malograr lo que con tanto esfuerzo escribí. No supe más de ella ni del diario hasta un mes después cuando me sentí aún más lejano a ella.
-Para mi que ese Carlos te la estaba quitando- opinó Sebastián. Quedaba pocas cuadras para llegar a su casa por eso decidí avanzar con mi historia. Le di una pitada larga a mi cigarro luego conteste.
- No hables tonterías. Carlos casi no la veía, estaba preocupado por sus cosas. Buenos amigos, si, pero nada más. Sabes, ahora que lo pienso bien, fui yo el que la alejo.
-Qué quieres decir.
-Puedes decir cualquier cosa después de esto. Me comportaba de una manera obsesiva. Una vez de tener la certeza de que vasito sabía mis sentimientos, era directo e inconciente, en más de una ocasión la hacia avergonzar mandándole indirectas y, no digas nada y déjame terminar, estoy seguro que era triste porque no podía corresponderme de la misma forma, estaba enamorada de ese. Tal vez me equivoque, no lo sé.
- Nunca la besaste, porque, por un demonio, te conozco y no eres tan malo con las mujeres como me cuentas- ríe. Lo miro por unos segundo, luego sonrío con él -ya entiendo, lo que pasa es que en verdad eres así y te buscas facilotas para demostrar lo contrario, esa flaquita si que te hizo babear. Dime la verdad ¿se besaron?
Creo que no volveré a estar tan cerca de sus labios como en esa ocasión. La noche ya estaba avanzada, pronto tendría que irme, Carlos no había llegado al concierto en Los Olivos y no valía la pena quedarme más tiempo. Sandra no estaba del todo bien. Al verme me saludo con un beso en la mejilla, cosa rara porque a los minutos de habernos conocido personalmente me confesó no gustarle saludar de esa forma y solo cuando se encontraba mareada era capaz de ello, luego me confeso haberme esperado. No pregunte por qué ni para qué solo goce el momento como pude. Hablamos de todo inclusive me atreví a mandarle una de mis famosas indirectas cuando se excuso por unos segundos, debía hacer algo importante y no se que exactamente, le dije siempre te voy a esperar para estar contigo. Sonreí mirándola a los ojos, para estar conmigo, repitió, ahora regreso. Regreso a los pocos minutos más animada. Por muchas razones me sentía muy bien hablando con ella, pocas habían sido las veces en que nuestros caminos se vieron cruzados pero cuando se daba esa oportunidad era extraordinaria la calidez que me irradiaba. Definitivamente completo, absolutamente seguro de mis sentimientos, era hora de declararme, decirle te quiero y creo siempre voy a quererte o por lo menos eso me durara muchos años, besarla, acariciarla y a la mierda las personas que puedan ver ese espectáculo y también a la mierda la presencia del ex de Sandra que nos mira de lejos, se lo diré y punto. Vasito...yo.. Ahora regreso, me cortó. Ese mismo procedimiento pasó un par de veces más. Cuando hubo regresado por cuarta vez se quedo varios minutos, se acercaba a mis labios tímidamente, al sentirse lo suficientemente cerca daba un paso hacia atrás, eso ocurrió en tres oportunidades. No puedo, dijo al final. De pronto comprendí. Ya es tarde será mejor que me vaya. No me fui en ese momento pero ella si, sabiendo quizás que no estaba actuando como del todo bien. Era conciente que no volvería a estar tan cerca de ella y que el destino seguía siendo injusto conmigo, mi oportunidad había pasado porque preferí esperar a un primer beso como debe de ser: los dos embriagados por el sabor de nuestros labios al sentirse tan cerca, deseando tan solo ser uno, llorando por dentro porque el sueño de príncipes y princesas al final resulto ser cierto y que al final de esta historia el ganador habíamos sido nosotros y nadie más, un sueño hecho realidad. Despierta, Alex, esas cosas no pasan. Tienes razón, al final solo fue una quimera.


-Qué paso con su diario compartido. Está interesante lo que me cuentas hasta podrías escribir una novela, no te gusta tanto acaso esas clases de cosas.

- Será para que los protagonistas me maten. Varias veces le dije a vasito que escribiría nuestra historia de amor imposible, tal vez algún día, nadie lo sabe.

-Ya. Ahora el diario. Rápido ya casi llegamos a mi casa.

- Nada, no paso nada. Nunca lo terminó. Como estaba pasando mucho tiempo le pedí un avance, por lo que a la siguiente semana me entrego tres hojas escritas en ambas caras algunas experiencias suyas.

-No decía nada de ti. Carajo mi hermana ya llego a mi casa.

-Muy poco. Empieza desde donde yo comienzo mi diario: el día donde salimos para conocernos mejor, que cabe mencionarlo, fue viernes santo. Ella es tu hermana, nada mal.

-No empieces.


Dime la verdad, teclee con rapidez, sudaba por la ira, ¿era verdad lo que me habían contado? ¿Seria capaz de hacerme una cosa como esa? No, no, bonzai te lo juro, contestó. Mejor es que me lo digas tú que eres mi amigo a otros. No te lo ocultaría, escribió. Si me lo dices estará bien, Carlos, eres el más indicado para ella pero si me lo ocultas estarás en problemas conmigo. Cerré el Messenger. Evite ver a mi amigo por algunos días, mejor sería tener la cabeza tranquila para no decir tonterías. No supe muchas de Sandra solo que aparentemente salía con un chico amigo de su hermano y que estaba a punto de irse de viaje de promoción. Por mi parte me refugiaba en relaciones fugaces y encuentros intensos pero cortos. Salía con mujeres de toda clase y casi siempre terminábamos en un parque besándonos sin importar la mirada curiosa de los niños. Con un poco de suerte el final era la cama de algún cuarto de hotel o el baño de mi casa o su casa o la habitación de la chica, me daba igual, había llegado a comprender que Sandra solo era producto de mi imaginación y que aunque la amara siempre solo sería un expectante en su vida ya que era poco probable conseguir algo más. Quede con Carlos en salir a la galería Brasil para comprar algunas cosas. Terminamos solo viendo polos y discos. En el camino de regreso conversamos sobre Sandra, no desmintió mis sospechas ni las aclaro, ya no importaba. Fueron en esos días que luego de algunas semanas encontré a vasito por Internet, concertamos una cita para el cine, ella quería ver la película de Los Simpson y yo quería verla. Mientras esperábamos la hora de la función hablamos en el segundo nivel del cine, muy cerca a los juegos, de temas sin mucha importancia de pronto, lo sientes, lo puedes sentir, dijo Sandra. La mire sin comprender en sus palabras. Temblor, alzo la voz, carajo es un temblor. Todo sucedió muy rápido. Recuerdo eco de los vidrios al agitarse cerca a nosotros, podía verlos como una especie de olas en los partidos de fútbol o idéntico a la forma de las sábanas al ser extendidas en nuestra cama; lo demás se confundía entre los gritos desesperados de las personas por salir. Sandra caminaba delante de frente a la escalera, ansiosa por ir a campo abierto, me aterro pensar en perderla de vista por lo que aferre mi mano a la suya y le aconseje se calmara, no era para tanto. Antes de lograr pisar la calle el temblor había cesado. La dicha nos duro solos unos pocos segundos, lo peor estaba por venir. Esta vez la certeza de estar fuera nos daba pavor pues veíamos a los carros moverse de un lado a otro como si estuviera sobre una base gelatinosa o como si una mano mágica las moviera solo para vernos sufrir, y los sollozos de las mujeres y los niños no calmaban nuestros ánimos, Sandra estaba aterrada y yo, lo admito, también. Mejor vamos ahí, señale un punto lo suficientemente lejano a las personas y a los postes que, estaba seguro, nos vendrían encima y nos aplastarían. Empujaba a las personas para abrirme paso, cerca a nosotros iban una familia -mamá, papá y dos niños- orándole a Dios que se apiadara de nosotros. Todo esto paso solo en cuestión de segundos. La calle estaba hecha un caos. Cuando termino esperamos unos minutos. Cancelaron todas las funciones y nos anunciaron que al día siguiente podríamos ir a reclamar nuestras entradas. La acompañé hasta su casa. En el camino vimos a las personas permanecer fuera de sus casas, sus luces se encontraban apagadas y algunos grupos hablaban acaloradamente. Ya en mi casa en todos los canales anunciaban un terremoto, su epicentro era la ciudad de Pisco, entraba en estado de emergencia.


-No lo puedo creer- reía Sebastián -pasaron el terremoto en el cine. Fuiste su salvador, bandido.

-Cállate es serio.

-Qué hicieron con las entradas.

-Fuimos al día siguiente. Volvimos a salir la semana que siguió. Desde ahí nunca más. Ah, miento, solo una vez, cuando le pedí que me acompañara a un concierto en Barranco que al final no entramos, regresamos, en el carro le dije que aun la quería y ella no me dijo nada, pensé que se alegraría o no se me diría algo aunque sea.

-Ya llegamos espera mientras bajo mi cuaderno, si no te aprendes ese tema vas a salir mal en el examen. Mira que quieres estudiar literatura o periodismo o no se que.

-Periodismo, pero voy a ser escritor. Apúrate.

-Otro día ya terminas con tu historia de amor - abrió la puerta de su casa, su hermana la había cerrado a propósito sin importar habernos visto llegar, aun así estaba enamorado de ella.

Nunca me lo dirás ¿no?, le pregunté. Carlos desvió mi mirada acusadora y me ofreció un poco de cerveza, aprovecha que no todos los días tomamos chela, salud. Lo mejor era dejar esas cosas para después, al fin y al cabo terminaría por aceptar lo que era obvio para todo el mundo. Vasito había se había ido de mi vida como llegó: con un salud en un concierto en alguna parte que no quiero recordar. Si bien es cierto permanecería en mi memoria por el resto de lo que me queda de vida, no significaba ser indiferente a sus sentimientos. Creo que solo fui un buen amigo, uno con el que podía contar incondicionalmente y al que sabia siempre tendría unas palabras de aliento. Ese era yo, Alex el amigo que se confeso eterno enamorado, tomando por ella y por muchas otras, riendo de los chistes de Israel y las ocurrencias de Jaime, reclamando en voz alta por la siguiente banda, llorando con mi canción favorita, volviendo el rostro para ver si Sandra, por fin, estaba ahí, esperando por mi y deseando permanecer en su vida para siempre.

Algún día escribiré nuestra historia, teclee, le pondré vasito. No, no, replicó, escribía rápido, casi podía escuchar el sonido de su teclado ante la presión de sus dedos, se que se llame la diosa Shinfua, sentenció. Pensé: para escribir nuestra historia no bastaría con un poco de espacio en mi blog, aunque por ahora eso haría. Empezare por contar algo y algún día, lo juro, escribiré todo.

-Toma- me dijo Sebastián -cuídalo como oro- me entrego un cuaderno forrado de verde -si no entiendes me pasas la voz.

-Todo lo que se debe estudiar en la academia carajo, ni en el colegio- dije al mirar cuantas hojas iba retrazado.

-Nos vemos mañana.

-Saludos a tu hermanita- salí corriendo para que no me alcanzara una patada suya. Por algún motivo, y no importa por que, me sentía feliz.

jueves, febrero 26, 2009

El último de los Noriega

Acababa de llegar del cine, agotada luego de una interminable mañana en la universidad, almuerzo en la casa de su hermano, cine y cena con Iván, y ya debía de preparar el trabajo para el día siguiente. Once y media marca el reloj. Piensa: descanso media hora, doce en punto empiezo hasta la una o una y cuarto. Se recuesta en su cama. Sopesa por unos segundos la posibilidad de ver algo de televisión pero prefiere apegarse al plan inicial. Cierra los ojos. Cosa rara esto, dice para si misma, me siento casi muerta y no puedo ni siquiera dormir un ratito. Como si el universo conspirara para verla trabajar sin descanso. O como si aquello le demostrara algo de piedad y no abandonarla a su suerte con sus pesadillas. Cuando van a terminar, piensa. Todas las noches lo mismo y ahora que en verdad quiero dormir no logro hacerlo. Quizá si dejo de pensar ayude en algo. Nada. Quizá si pienso en muchas cosas logre algo favorable. Pero qué pensar. Iván, la universidad, los nuevos profesores y las tareas infinitas que debe terminar y eso que no cuenta el trabajo de part time en el que está y no tiene nada que ver con su carrera; pensar en mi familia, en mi papá.
El velorio había pasado rápido al igual que la cremación (su padre jamás quiso un entierro, deja de joder, mujer, decía, para después que me coman las ratas y los gusanos termine sirviéndole como experimento a algún demente de por ahí, ni hablar), afortunadamente. Asistieron los amigos más cercanos de su padre y familiares de todas partes. Ella solo se mantenía apartada en un rincón con Iván como única compañía viendo a sus tías y primas dándole el pésame a su madre, que no contenía los sollozos por mucho tiempo. Para despedirlo y verlo entrar al horno su hermano fue el primero en cruzar la puerta. Tu no vayas, mamá, dijo ella, yo iré, Iván me acompañara ¿cierto? Su mamá no contesto, caminó del brazo de su hermana a esperar que salieran, gracias, Mariela, le dijo su tía. Mariela volvió el rostro antes de ingresar, las hermanas de su papá sentadas con lentes oscuros y sombrero para protegerse del calor miraban a su madre fijamente pensando, quizás, que ella era la culpable y mantenía a su hermano como un inútil. Cosa rara su partida, las escucho decir después, apenas se jubila y ya se nos va. Luego cambiaban de tema porque su mamá pasaba, sollozando, acompañada por su hermano y la novia de este. Todo bien, pregunto Iván, si quieres vamos ya no tenemos nada mas por hacer. Espérame que le de un beso a mamá. Mejor me saco esas cosas de la cabeza, piensa Mariela. Luego medita sobre su relación con Iván. Había sido difícil al comienzo, Iván solía celarla por cualquiera motivo e inclusive -motivado por un e-mail que recibió Mariela donde le decía que la quería mucho y que contaba con el para lo que necesite- se apareció sin anunciarse en la casa de sus padres y pregunto por Alejandro Noriega, de parte de quien, pregunto Flor la señora que trabaja en su casa, de el esposo de Mariela. Alejandro salio casi al instante, pero detrás de su padre que salía con cuchillo en mano a degollar al hijo de perra que se caso con mi hija sin pedirle la mano como Dios manda. Iván termino por dar un brinco hacia atrás y cubrirse como pudiera, rogándole mil perdones, todo era una equivocación, no quiso decir eso. A los pocos segundos la señora de la casa salio a tratar de controlar a su marido. Llamaron al celular de Mariela y ésta llego a los quince minutos, sonrojada, pidiendo disculpas por su enamorado, presentándolo formalmente y asegurando que no estaban casados pero que tenían planes para el futuro -esto lo dijo dándole un pequeño golpe con el codo a Iván- así fue como sus padres terminaron por aceptarlo y prometieron tratar de olvidar el incidente. Las siguientes semanas fueron las mejores. Iván le pidió disculpas a Mariela por su comportamiento y es que es demasiado inseguro y no cree que una chica tan linda pueda estar con el sin hacerle una bajeza de ese tipo. Mariela solo se le ocurrió sonreír y luego lo beso. Estuvieron planeando un viaje para vacaciones, Iván prefería a la playa y Mariela el campo por lo que estuvieron visitando, en sus tiempos libres, diferentes agencias de viaje esperando una buena propuesta. Fueron en esos días cuando Iván se apareció por el departamento de Mariela, muerto de frío y desesperado, cruzo la sala y se poso en el sofá, invítame agua por favor, pidió. Mejor te traigo una frazada, dijo ella. Hablaron durante algunas horas, Iván le contó que había tenido un problema con su padre, se insultaron casi le golpea, puedes creerlo, casi le pego a mi propio padre. Mariela acariciaba su rostro y no le preguntaba más porque entendía muy bien esas clases de problemas. Le dio ánimos luego se besaron e hicieron el amor por primera vez. Fue rápido pero lindo, recuerda Mariela, ambos habían tenido experiencias anteriores pero eso no quitaba que juntos era empezar de nuevo, lento primero, luego exploraban y se besaban. Iván entro en ella procurando no lastimarla, Mariela quería decirle que no era virgen solo que se callo por respeto a la ocasión, todo debía ser perfecto y en cierto punto lo fue.
Suena el celular.
- Hola- dice Mariela.
- Soy Iván. Puedo ir a tu casa. Si, okey ya sé debes presentar un trabajo para mañana. Solo un rato luego me iré.
-Bueno ven. Eso si, Iván, no voy a cambiar de decisión es demasiado importante para mi.
- No, no, primero debes escucharme, okey, bueno nos vemos en media hora. Chau bonita. Dejo el celular a un lado.
Pasamos el fin de semana en mi departamento, le contó Mariela a Amelia, una tarde en la universidad, bebían gaseosa mientras intercambiaban apuntes. Su amiga inquirió sobre qué cosas podían haber hecho los dos encerrados un fin de semana en su departamento, luego mostro todos los dientes en señal de joda. No es eso, dijo Mariela, por lo menos no fue a cada rato. Amelia arqueó una ceja. Escuchamos música, continuó, vimos películas y cocinamos de todo. Así fue como decidimos pasar una parte de nuestras vacaciones, sin más que eso y sabes una cosa, me gustó. Amelia no le dijo nada y solo se limitó a mirar los papeles.
Iván no era del todo creativo referente a sus citas, recuerda Mariela, por lo que más de una vez ella misma debía poner manos a la obra y enseñarle un par de lugares divertidos. Prefiero ir a un lugar tranquilo y conversar un rato, decía Iván, no te preocupes, me gusta ver como te diviertes y eso también me divierte. Terminaban en una discoteca bailando hasta muy entrada la noche y luego se iban al departamento de Mariela, hacían el amor, unas horas después Iván le llevaba el desayuno a la cama, un beso y me tengo que ir a trabajar. Unas cuantas veces iban a su casa de Iván, vivía aún con sus padres, pasaba todo un día en la compañía de sus suegros (afortunadamente no tiene hermanos, piensa) luego a comer o al cine. Solían discutir muy poco, solo lo necesario para quererse más, confiesa Mariela, y cuando lo hacían generalmente era por discrepancias políticas o ideológicas.
El tema de los celos había quedado atrás. Mariela por su cuenta procuraba no hacerlo, solo lo miraba fijamente cuando éste le contaba las aventuras de sus amigos y sobre todo de Felipe, su amigo y compañero de siempre, que ahora ya acababa la universidad y tenia un muy buen trabajo en una firma de abogados en San Isidro mientras él continuaba matándose en el palacio de justicia, si no fuera por mis padres no sé donde estaría ahora, dijo. Regresando al tema de los celos, se soluciono rápido con una promesa mutua: si desconfiamos el uno del otro nos lo diremos, luego de un salud con cerveza fueron al departamento de Mariela e hicieron el amor en el sofá. Días después Amelia marca el numero de su amiga para comunicarle que ya tienen trabajo, no te creo mentirosa, en una empresa importadora de artículos para bebes y que su labor seria muy simple, irían a los supermercados a mirar si todos los artículos estás exhibidos y nada mas. Mariela medito unos segundos. No seas agua fiesta, Mari, mi primo nos recomendó y es part time y la paga no es para nada rechazable y no vamos a hacer mucho que digamos, no sé si me entiendes, dale di que si. Si, dijo. Esto ocurrió un sábado por lo que ya para el lunes, nueve en punto de la mañana, se presentaron elegantes a unas oficinas en la avenida Javier Prado. La recepcionista llamo a alguien por teléfono, unos minutos después caminaban hacia una oficina mas o menos grande y mas o menos elegante, piensa Mariela, eso no importa, lo importante es que solo necesitaron presentar sus curriculum y casi de inmediato se vieron en capacitación, luego de tres horas iban rumbo a su primer día de trabajo en un conocido supermercado limeño, suerte Mari, suerte Amelia. Iván recibió la noticia con cierto recelo, le admitió que prefería un trabajo de acuerdo a lo que estaba estudiando -no sé, en algún sitio deben estar necesitando estudiantes de periodismo- Mariela le dio un beso en los labios y le replico diciendo que eso mismo estaba haciendo desde hace poco pero que no le alcanza para nada y pedirle dinero a su padre, ni hablar. A tu hermano, dijo Iván. Mariela le acaricio la mejilla con la mano y luego fueron al cine Aviación en Javier Prado, comieron pizza y mañana debo de levantarme temprano, Iván, me dejas en mi casa.
Mira su reloj: doce menos cuarto. Iván no tarda en llegar, piensa, será mejor que me levante. No quería hacerlo. Le daba nauseas. Prefiero estar recostada otro poco. Su celular sonaba. No, no era eso, o, mejor dicho solo lo hacia en su mente. Hola, contesta, como estas mamá. Marielita, hija, estoy muy preocupada por tu padre. No se escuchaba nada solo murmullos a lo lejos. Hola, mamá estás ahí? mamá... qué pasa con papá, mamá. Mariela, soy Alejandro, crees que puedas pasar por la casa. Qué paso, dime. Acá te explico. Colgó.
Mejor me levanto, piensa, si es importante quiero estar al menos arreglada. Piensa: pero que dices, si hace poco estuviste con él.
Hola, Iván, soy Mariela, crees que me puedas acompañar a la casa de mi padres, no lo sé, creo que si es importante, aunque mejor no, yo te llamo, si, chau, te quiero. Había tomado el primer taxi que vio, a Lince por favor. No quiso esperar el vuelto, bajo del mismo y corrió a tocar el timbre. Su familia -por lo menos Alejandro y su mamá- estaban en la sala conversando muy bajo casi en susurros. Mariela vio los ojos de su mamá, rojos y llenos de lágrimas. Está mal muy mal. Le vino la taquicardia, cuenta Alejandro. Le dije que se cuidara, solloza su madre, sabia que en las reuniones con sus amigos no le interesaba su salud, oh Dios, ayúdame y ayúdalo, Jesús. Se animaron pensando que eso le pasaba a muchas personas de su edad y que solo debía de cuidarse de ahora en adelante, todo estaba en sus manos. Mariela le contó al día siguiente todo a Iván, quien solo la escuchaba y en ocasiones besaba su mejilla o limpiaba sus lagrimas con su índice. Después de todo si quería a su padre.
Tocan la puerta.
-Pasa- dice Mariela- siéntate. Necesito un café, no quieres uno.
-No creo que debas tomar café, puede hacerte daño- dice Iván.
Mariela suelta una risotada.
- Resulta que ahora si te importa lo que me pueda pasar...
Vivieron días difíciles con el tema de su padre. Mariela estaba convencida que el ya no quería seguir viviendo. Obviamente jamás se lo confeso a su madre. Hablaba con él lo necesario y éste siempre terminaba regañando por su estilo de vida y por ese enamorado pelucón que tiene, no creo que llegue a ninguna parte. Por lo que Mariela terminaba tragando saliva y casi azotando la puerta. Trata mejor a tu padre, le decía su mamá, esta mal el pobre. Nunca cambió, piensa, jamás. Pero lo intentó. Una tarde paso a almorzar. No había nadie, solo Flor y su padre. Mariela subió a darle un beso y decirle que tenía cosas por hacer y mejor dejaba para el día siguiente el almuerzo. Papá se negó, piensa, quería que me quede toda la tarde con él y eso hice. Hablamos desde política hasta fútbol (siempre le intereso mucho ese tema, solo lo conversaba con Alejandro) por ultimo dijo ese muchacho Iván, creo es su nombre, no parece del todo malo. No quiero que termines mal, Mariela, eres tan bonita que cualquier cojudo va a querer tenerte, serás fuerte verdad, me alegro hija, me alegro mucho. Dos semanas después papá murió de un paro cardiaco mientras se duchaba. Mariela permanecía callada mirando el ataúd de su padre, recordando su vida con él, lo dichosa que había sido al irse de su casa, lo triste que era cuando niña lo veía sufrir por su familia. Había tenido problemas con sus hermanas, una herencia que a él no le interesaba pero debía intervenir, conciliador, así no permitir a sus hermanas matarse con eso. Le había tenido miedo, si, no obstante era feliz porque lo amaba, lo ama. Por eso quiere llorar pero no puede, su mamá no puede verla así. Sale con la excusa de comprarse un cigarro, Iván la acompaña. Un cigarro por favor, gracias. Termina de prenderlo. Mi papá, le dice a Iván, nos dijo que no se debe de llorar a los ancianos al morirse porque ya hicieron su vida bien o mal pero vivieron, en cambio cuando se va un joven a ese si es para llorar eternamente...si papá, tienes razón, pero como duele. Iván la abraza. Comprende que solo se preocupaba por ella. Piensa Mariela, pudo haber hecho más, mucho más por él y nada...ahora solloza en brazos del hombre a quien ama por la perdida de otro hombre que siempre la amó y está completamente segura siempre amará.
-Solo escúchame un minuto, Mariela- dice Iván
-por algo te deje pasar ¿no?
Mamá vivió con la compañía de Alejandro, Flor y mis visitas diarias a la hora de almuerzo o cena por unos meses, piensa, luego decidió irse a pasar unas semanas a casa de sus hermanas en Trujillo. Regresare pronto, les dijo, cambiar de aires me hará muy bien. No lo contaba pero sabíamos que lloraba todas las noches por la ausencia de papá, y, para ser sinceras, yo también. Flor se quedo a cargo de todo mientras regresaba de su viaje.
Al cabo de unos días Alejandro timbro a su hermana para comunicarle que iría a vivir con su novia a un departamento en Jesús María - a cinco minutos de la casa, Mariela- y que tenían planes de boda. Quiero ser padre, le confeso, siento pasar los años y creo estar en la posibilidad de mantener a un hijo; mañana iremos al doctor para ver ese asunto. Alejandro le contó cuantas veces habían intentado procrear -omitiendo lo que debía de omitir- y en vano. Mariela, por su parte, le dio ánimos, todo saldrá bien, feo. A la semana recibió un e-mail de su hermano: No puedo hacerlo, decía en el correo, soy estéril. Llámame. Salieron a tomar un café. Escuchó atentamente su conversación e intentó darle ánimos diciéndole que por supuesto le debe de doler pero en estos tiempos eso no es mucho problema y ponerse en manos del doctor para ello era lo mejor por hacer. Al final lo despidió dándole un beso en la mejilla: el próximo martes voy a tu casa para almorzar ¿puedo? Solo si llevas un buen vino que acompañe los espaguetis, Marielita.
- Te quiero mucho- empieza Iván- por eso quiero lo mejor para tí. Y sabes, Mariela, lo mejor para ti es lo mejor para mi.
- Deja la charlatanería.
- De acuerdo. Debemos hacer lo correcto.
La relación con Iván iba bien. En los últimos días se veían solo lo suficiente pues los exámenes de ambos acababan de comenzar por lo que estudiar era su única preocupación. Una noche, de esas a las que no obedecemos a la razón, se encontraron en el parque municipal de Barranco. Iván iba con Felipe y Mariela telefoneo a Amelia para que pudieran hacerse mutua compañía con el amigo de su enamorado. Decidieron ir a una Púb en Miraflores. Es lo que necesito por tanto estudio caracho, había dicho Amelia. Ella es de las mías, si señora, respondió Felipe. Ambos se miraron unos segundos sin decirse nada, luego Felipe le pregunto que como iba y Amelia le contó con lujos y detalles el dificilísimo examen que enfrento por la tarde. Por su parte, Iván y Mariela, caminaban a Miraflores de la mano hablando de asuntos sin importancia pero emanando cariño y ternura a su paso. Al llegar pidieron unas cervezas, brindaron a la salud de la inconciencia estudiantil, luego bailaron unas piezas. Mariela se encontraba muy animada -trató de no recordar a su padre, tarea imposible, ni el absurdo luto de un año que le había impuesto su madre; de todas formas el duelo se lleva por dentro ¿no?- intentaba despejar su mente y no pensar en los exámenes de la siguiente semana. Dos horas después pasaron por una tienda a comprar más cerveza, Mariela ofreció su departamento para estar ahí tranquilos, solo no hagan demasiada bulla, les dijo. Eso es imposible amiga, dijo Amelia, mira como está Felipe, ese es un niño la verdad. Felipe bailaba un vals de quinceañera en medio de la vereda, cogia con firmeza a su pareja imaginaria e intentaba besarla, en vano al parecer pues lo intentaba una y otra vez. Iván festejaba la ocurrencia de su amigo con risotadas y palmadas, sigue, le decía, ya lo conseguirás. Pararon un taxi en la avenida Larco. Una vez dentro del departamento abrieron unas latas de cerveza y guardaron las demás en la nevera. Necesito ir al baño un segundo, dijo Iván. Mariela casi podía escuchar el sonido del agua correr por el lavabo, se preguntaba como se sentía, era extraño verlos así de mareados, como si antes hubieran tomado; imposible, seguro se habría dado cuenta. Ya no importaba porque Iván salió del baño, abrió una lata y bebió un gran sorbo. Colocaron un disco de rock en ingles en el equipo de sonido a medio volumen, prendieron cigarros y brindaron por ningún tema en especial. Pasaron toda la noche y la mitad de la madrugada conversando y bailando -después de las primeras latas decidieron escuchar algo de salsa- Iván no era un buen bailarín por lo que Mariela debía de adecuarse a su estilo. Por otro lado, Amelia y Felipe conversaban de lo más alegres en la improvisada pista de baile. Ahora regreso, dijo Mariela. Entro a su cuarto. Prendió la luz de su baño personal y abrió el grifo del lavabo. Se sentía mareada pero contenta. Valía la pena todo en ese día. Iván llego a los pocos segundos, toco la puerta, pidió entrar. Mariela le abrió y lo hizo pasar preguntándole que era lo que pasaba. No contesto. Miraron sus ojos unos segundos - para Mariela fueron horas- luego se besaron. Iván se aferro a sus labios presionando su rostro con el de suyo, acariciando su cintura, pegándose a ella.
- Esto es nuevo para mí- dice Iván -necesito tiempo para analizarlo. Si lo pensamos mejor quizá podamos arreglarlo...
Hicimos el amor en mi baño, piensa, sin importarnos que Felipe y Amelia estuvieran en la otra habitación. O de repente eran ellos los que no querían vernos tan rápido, seguro preferían estar solos lo máximo posible. Fue rápido. Terminamos casi al instante; sin embargo, no recuerdo una mejor a aquella.
-Qué quieres decir con eso- dice Mariela
Paso todo el domingo sin salir de su departamento. Cuando se levanto a las once de la mañana, sus amigos ya se habían ido, Iván dormía en un rincón de su cama, sin moverse y en posición fetal como si tratara de no incomodarla en lo más mínimo. Tomaron desayuno juntos y luego su enamorado le dio un beso y se fue. El lunes rindió su examen mejor de lo esperado. Por alguna razón se sentía animada aunque con nauseas y un poco débil. Salio al medio día directo a su trabajo, presento sus informes, luego a la avenida La Marina a empezar sus labores. La tarde le pareció eterna. Te sientes bien, le pregunto una compañera, estas pálida. Mariela no contesto, entro por la puerta que lleva a la trastienda, subió las escaleras, al baño de mujeres y vomito su almuerzo y quizá todos los almuerzos de toda su vida. A los pocos minutos llegaron para auxiliarla. Venían dos encargados de tienda y el jefe del área de textiles. Le dieron agua y un poco de alcohol para que pueda oler, haber si con eso te pasa. Hicieron que se siente en la sala de descanso de los empleados. A los pocos minutos se sentía mejor, pero decidieron que mejor era que se vaya a su casa a descansar, le recomendaron visitar a un medico lo antes posible. Mariela asintió con la cabeza. Al día siguiente comento con Amelia su estado. No estarás embarazada, le dijo. Mariela rió. Era mejor asegurarse a vivir con la incertidumbre. Si tal vez lo consulta con su mamá pueda tener una idea clara...no, no, en estos tiempos eso es innecesario. Por un lado estaba el hecho de su retrazo menstrual, aunque eso no significaba nada pues desde siempre había sufrido de eso, y por otro la impotencia de no saber lo que ocurre en su cuerpo, como si fuera una niña que debe gritar ayuda cuando la situación se le fue de las manos. Era hora de visitar a un doctor.
-Quiero decir que mereces lo mejor del mundo- dice Iván
-Ay, por Dios, que ridículo. Deja las cursilerías, Iván, se directo- Vio su rostro. Iván no le miraba a los ojos. Seguro se sentía avergonzado y no era para menos, merece el dolor que siente en estos momentos.
Cuando la vida se empeña en ser literaria si que lo consigue y mira como. Había comenzado a lloviznar. Mariela salía de su departamento abrigada apenas con una chompa de lana con cuello largo, ceñida. Salio por Pedro de Osma y camino hasta la avenida Grau, espero un colectivo le dijo que iba hasta Angamos. Cruzo el puente. Siguió de frente unas cuadras, luego a la izquierda, busco una casa de tres pisos pintada completamente con crema y rojo. Toco el timbre. Soy Mariela, señora, se encuentra Iván. Escucho pasos grandes, bajaba la escalera. Hola chiquita, vaya sorpresa, pasa para que saludes. Los padres de su enamorado se encontraban en la sala. Vio un cuadro grande de la última cena y varios pequeños de diferentes pasajes bíblicos, eran muy creyentes. Mariela les dio las buenas tardes y se excuso por llegar de esa manera, aceptó con una enorme sonrisa en los labios una taza de café que le ofreció la mamá de Iván. Hablaron por unos minutos. Anda Iván, hablo su mamá, lleva a Mariela a dar una vuelta, debe de estar aburrida con tantos viejos. Mariela sonrió, qué come que adivina suegrita, pensó. Salieron. Caminaron hasta la avenida Larco entraron en un café porque Mariela le dijo que debían conversar de algo serio. Dentro buscaron la mesa del fondo. Dime, qué pasa. Me siento rara porque no se por donde comenzar, un capuchino por favor, tú, Iván dijo igual. No me asustes y suéltalo con todas sus letras, dijo Iván. Estoy embarazada. Iván soltó una risotada, no seas graciosa que sabes lo que pienso sobre esos juegos. No lo es. Desde cuando lo sabes, inquirió Iván. Un par de días, eso no importa. Como que no importa, importa porque me has estado ocultando algo tan importante y grave y ahora qué mierda vamos a hacer. Oye, baja la voz no hagas escándalos tontos. Mariela, pero como nos pudo haber pasado eso si la ultima vez que lo hicimos fue hace tan poco y no soy un niño para pensar que tan rápido puedes embarazarte. Imbecil, insinúas algo, se enfada Mariela. No, no puede ser cierto, no podemos tenerlo; si mis padres se enteran, mierda qué haremos. Mariela no contestó. Debes abortar, dijo Iván, es lo más inteli... Mariela salía de la cafetería dejando a su enamorado silenciado por una bofetada. Indignada caminaba por la avenida Larco, pensando en lo imbecil que puede llegar a ser Iván. Escuchó su nombre a unos pasos. Quiso volver el rostro y no lo hizo pues darle una oportunidad de escucharlo le causaría más pena que rabia. Debes escucharme, pidió Iván. La cogió del hombro, volvió su cuerpo hasta donde estaba él parado. Podemos conversarlo, comenzó, de repente esos exámenes están equivocados y no tienes nada dentro, podemos pedir ayuda.
-De acuerdo- dice Iván- no niego que tu embarazo me cayó como un balde de agua fría. Estoy seguro de saber lo que busco sobre eso- tartamudeaba. Quería decirlo y no sabía como- y no pienses mal si lo llamo "eso". Mierda, vale debes de saberlo de una vez por todas.
Lo perdonaste, piensa Mariela, y le dijiste que hablarían otro día. Quisiste contarle a tu hermano pero no pudiste porque para qué hacerle más daño del que ya tiene sabiéndose estéril. En la universidad nadie lo sabe. Todo sigue igual por ahora, y lo único que buscas es el apoyo de Iván y él solo te pidió unos días para analizarlo y tú no sabes como decirle lo inmensamente feliz que eres y maldita sea él solo piensa en lo que puedan decir sus padres, es un tarado. En la noche saliste con él, no hablaron del tema sino cuando te dejo en la puerta de tu casa. No voy a decirles a mis padres, dijo Iván, debemos buscar una solución razonable. No aguantaste más y le gritaste que lo odiabas por cobarde y que jamás quieres volverlo a ver y que no importa si no quiere ser el padre porque para eso trabajas y estudias y tienes a tu hermano y a tu madre, cerraste la puerta y le pediste al portero que no lo dejara pasar por nada del mundo.
-Dilo- dice Mariela.
-Quiero que tengamos a nuestro hijo- dice Iván. Mariela vacila un segundo, era poco creíble que de la noche a la mañana haya cambiado de decisión. Iván le habla sobre lo estupido que fue y lo mucho que amara a su hijo. Voy a ser padre, sabes lo que es eso. Si, contesta Mariela. Espero que salga hombre. No sigue hablando. Mariela besa sus labios. Ya no importaba si era cierto o no, amaba al hombre que la aferraba a su cuerpo y se sabia feliz con él y el niño que lleva en su vientre. Maldita sea, piensa Mariela, cuando la vida se propone a ser literaria si que lo consigue. Luego hablaremos con mi hermano y mi mamá, después serán sus padres. Todo saldría bien porque estaban juntos. De todas formar era muy tarde para dar marcha atrás y ahora solo quedaba plantearle cara al asunto.

martes, febrero 24, 2009

Monólogo uno. Alejandro.


No puedo mover mi cuerpo. Escucho el sonido de los carros al pasar y a las personas murmurar. Algunos de ellos -en su mayoría mujeres- gritan auxilio y piden no acercarse. No logro comprender que pasa hasta ver el rostro de una mujer adulta, preguntándome mí nombre, todo esta bien, hijito, dice, ya viene la ambulancia, hijito. Soy yo. Toda esa gente en corro me mira. Pero si eres estupido, Alejandro, claro que te miran. Estás tirado en medio de la pista. No puedo sentir nada, ni dolor, ni angustia, ni pena, nada. Lo lógico seria por lo menos quedar inconciente; sin embargo, la vida seguía comportándose arbitrariamente conmigo solo para verme sufrir otra vez. Deja esas cosas, Alejandro, estás algo viejo para eso. Intento hablar, decirle a la señora que estoy bien y que no ha sido nada grave, pero la voz no me sale. Sigo tirado, muerto en vida. Es una pesadilla, no me puede estar pasando esto, no maldita sea, no.


Casi puedo escuchar los sollozos de mi madre, llorando sobre mi cuerpo que yace inconciente en la cama de un hospital. Abro mis ojos y todos están ahí: mi mamá, mi papá y mis hermanas. Sonríe, estoy vivo, no he muerto. Escucho las promesas de papá sobre una mejor vida para todos nosotros, pronto me recuperare y todo seguirá siendo como antes, y mucho mejor, hijo. Mis hermanas solo me miran, unas cuantas veces acarician mi cabeza diciéndome lo felices que están de verme bien mientras mamá me besa las manos. Pronto salgo del hospital. Escribo en mi blog sobre ese episodio dramático, logro una mediana aceptación entre los lectores más exigentes de mi lista. Termino la universidad, encuentro el amor, me caso, tengo hijos, escribo hasta anciano y muero como siempre soñé hacerlo: sentado en un sofá leyendo un libro mientras fumo un cigarrillo y tomo una buena taza de café. De súbito, despierto, ahora veo otras personas en mi entorno, tratan de consolar mi agonía. Como todo en mi vida, no puedo decir nada. Nunca dije nada. Nunca insinué absolutamente nada. Decía ser libre porque decirlo se siente y se escucha bien, sin embargo estuve atrapado en medio de mi timidez y mis inseguridades. Ahora mismo no sé exactamente lo que hago, pero estoy bien. Y cuando por fin me doy esa oportunidad, estoy tirado en medio de la pista al borde la muerte.

Estoy al borde la muerte.

Tengo miedo.

Pero de que me quejo si siempre tuve miedo. Como la vez en que postular a aquel concurso de dramaturgia significaría, quizás, mi primer paso importante para ganarme un nombre como escritor. O la vez donde Andrea me persuadió para formalizar nuestra relación, confesar lo nuestro sin miedos y sin mentiras, y yo salí corriendo, pocos días después termine lo nuestro, cuatro días más, tenía sexo con otra chica pensando en ella. Si siempre has sido un cobarde. Debería estar acostumbrado al miedo. Allison, una muy buena amiga, y muy buena amante, me dijo una vez que mi problema es que no quiero sentar cabeza, prefiero la libertad sobre todas las cosas. Tienes razón, le dije, tengo diecinueve años, qué esperas, pues. Luego se fue. Y lo mismo paso con Janeth, Elizabeth, Katia, Cielo, en fin. Solo debían de dar un motivo para sentir alguna clase de compromiso y al instante huía. Por eso decidí seguir solo, disfrutar de la vida y acostarme con quien pudiera. Mierda, es casi gracioso, "acostarme con quien pudiera"; si fuiste un tímido sin remedio. Las veces en las que tuviste buen sexo fue cuando casi te caías de borracho - si el alcohol no era suficiente ayuda para las desinhibiciones, no se me ocurre que- y en su mayoría ellas te lo pedían. Después de eso ibas a Internet a buscar algo. Al poco tiempo, derrotado, buscabas alguna página pornográfica luego a correr a tu casa y masturbarte de cólera e impotencia. Por qué coño lo hacían parecer tan fácil. Comprendiste, Alejandro, que no naciste para dártelas de semental así que decidiste esperar una oportunidad. Leías, eso si, leías mucho y por mucho tiempo. Te gustaba escribir y no dejaste de fantasear una vida de escritor exitoso, firmando autógrafos y ganando premios. No dejabas de mirar a las mujeres atractivas que veías por las calles y pensabas, maldita sea, porque demonios no me miran si me gusta leer y soy escritor y por un demonio no soy tan feo. Pasaban, sin mirarte, sin siquiera percatarse que tú las idolatrabas, las deseaba, y se iban con la arrogancia de quien se sabe atractiva. Querías tener clase, por ello la camisa Armani y la deuda -con tarjeta de crédito- por el terno Cristian Dior. Restaurantes caros, libros originales, anteojos de lujo y clases de charming. En fondo era el mismo. Seguías siendo tú. Sigues siendo tú.
Tenemos que llamar a su familia, dice una mujer. Hay que buscar en sus bolsillos, recomienda un hombre, casi adulto puedo notar. No, no, dice otra mujer, mejor ni tocarlo. No, no, en mis bolsillos tengo mi billetera, mi celular, llamen a mi casa, díganle a mi mamá que estoy bien. Pienso en mis padres. Quiero gritar pero no puedo. Por qué ahora debo de recordarlos. No quiero morir, no quiero que ellos me vean morir, por qué la vida seguía siendo una vil mierda conmigo, cuando me dejaría tranquilo, carajo no pido mucho. Quiero ser escritor maldita sea, quiero enamorarme maldita sea, pero no puedo ni eso, no logro querer. Quiero estudiar literatura, quiero seguir un sueño, tener hijos y enseñarles a leer, decirles que de hecho los sueños se pueden cumplir si te lo propones. Necesito vivir. Tengo miedo. Voy a morir.
No quiero morir. Me es extraño porque no siento dolor. Siento paz. Leí una vez que morir es fácil y es rápido que vivir era más difícil y más doloroso, ahora no lo sé.
Escucho una ambulancia a lo lejos. Ya falta poco. Vendrán por mí y me llevaran a un hospital. De pronto tengo frío, ya no me siento entumecido, el pecho me duele y no consigo respirar y solo pienso en que pude no haber salido de mi casa esa mañana. Corrí y así ser sincero conmigo mismo, gritarle que podíamos ser felices si nos lo proponíamos, que quizás ahora no la ame pero con mucho esfuerzo lo lograría y todo estaría bien porque yo me encargaría de ella y de sus penas, que nunca había conocido una mejor persona y que jamás me perdonaría el dejarla ir sin intentarlo. En mi trabajo no gano mucho. Buscaría otro, escribiría solo en las noches y leería solo en los carros. Obtendría un segundo empleo y cuidaríamos juntos al niño que lleva en el vientre, y que sé no es mio pero lo tendría y lo amaría y gritaría al mundo entero que es mi hijo, tendra un padre, uno con miedos e inseguridades pero mas que dispuesto a salir adelante. Solo nuestro.
No puedo respirar, ayúdenme, no puedo. Falta poco y solo pienso en mis padres.
Nunca se dirá que Alejandro fue un muy mal hijo después de todo. Trate de obedecerlos siempre. Mis cariños no fueron constantes pero suficientes en su momento. Alcé la voz muchas veces y me creí más que ellos solo porque soy inmaduro más no por rebeldía o falta de amor. Ellos me amaron y lo sé muy bien. Yo los amo, y lo saben muy bien. A mis hermanas también las amo. Dedique un espacio en mi blog hablando de ellas. Les decía que unas odiosas de lo peor, feas sin remedio, y que las quiero después de todo. Una de ellas me aconsejo no salir, un mal sueño, Alejandro, solté una sonora carcajada y salí corriendo a desnudar mis sentimientos. No estaba. Grite su nombre, pregunte a los vecinos por ella, yo la vi irse a su universidad, me dijo uno, hace poco. Corrí en su búsqueda, seguro iba rumbo al paradero, la encontraría. No mire a ambos lados, como siempre me dice mi mamá -pensando en que aun soy un niño, mira que idiota soy- y cruce la pista, lo próximo que supe es que estoy en el suelo a punto de morir.
Escucho sollozos. Es ella. Estoy bien, intento decir. No te mientas, solo intentas respirar bien. Ella llora sobre mi cuerpo y repite una y otra vez mi nombre, no te vayas, no me iré, no te vayas por favor, no lo haré chiquita. Ahora sé que no fui del todo malo. Si una chica como ella me quiere de esa forma es porque algo bueno debo de tener. No lo toques, dice una mujer. No, no, no te vayas, te necesito. Morir es mi último paso.
Ya no tengo frío. Ya no me importa respirar. Acabo de comprenderlo. Dicen cuando uno esta cerca a la muerte logra entenderla verdaderamente. No tengo miedo. Estaré bien donde vaya. Solo espero que mis padres tengan razón y exista un Dios en los cielos, que me reciba y me deje regresar para ayudar a los que quiero. Soy sentimental al fin y al cabo, nunca lo acepte, ahora lo comprendo. Escucho el sonido de las ambulancias muy cerca, hombres bajar y sacar una camilla mientras otros se acercan a mi. Veo como la alejan más de mí. Un hombre habla con los paramédicos mientras estos se acercan aun más a mi posición. Creo que es el tipo que me atropello, ya no importa. Ya no importa porque es demasiado tarde para remordimientos. Acabo de morir.

jueves, enero 08, 2009

N'oc-naut

Encontré al fauno a mitad del sendero, pocos metros de que este se bifurque, rascaba el oscuro pelaje de su barbilla con desesperación mientras caminaba en círculos y pronunciaba palabras en un idioma desconocido y que a mis oidos sonaba como a silbidos y gruñidos. Vacile un par de segundos antes de preguntar si había logrado encontrarla. Silencio, estoy pensando, me dijo. No me atreví a contradecirlo. Su aspecto era intimidante: alto, con patas casi tan grandes como un animal, la parte superior era de un humano pero llevaba cortes por todo el pecho y en la cara una línea cruzaba su ojo derecho desde la mejilla hasta su cabello. Los faunos eran conocidos como criaturas pacificas, solo atacaban al sentirse amenazados; no obstante, aquel era diferente. En su mano izquierda tenia sujetada con fuerza su arco, a penas le quedaban unas cuantas flechas colgadas a su espalda. Al fin hablo: vamos, no podemos esperar. Recogió su arma y caminó unos metros para seguir por el lado derecho del sendero. Sentí miedo y excitación, no me era indiferente la posibilidad de morir antes que el sol se oculte.

Estábamos solos. Anny, desaparecida. Farqui, muerto. Lanz, preso en algún lugar del castillo. Merle, herida, oculta en el bosque, esperando, quizá, el momento oportuno para salir. A los pocos minutos, el fauno, se detuvo: queda poco tiempo, es mejor que te saques la ropa que llevas. Lo mire asombrado, un segundo después comprendí: de acuerdo. Si quería permanecer vivo debía despojarme de la única cosa que podría delatarme, no era capaz de arruinar el plan. Comencé con la armadura metálica que cubría mi pecho luego la parte inferior de mi vestimenta quedándome solo con unos pantalones hechos de lana. Eso es todo, inquirí. Tus armas, déjalo. Desenvaine mi espada, recordando las duras batallas que nos había tocado vivir, luego un daga colgada a mi cinturón. El siguió caminando, trate de averiguar si de verdad dejaríamos todo tirado por ahí para lo que contesto que no había problema por eso, ya vendrán a recogerlo. ¿Qué quería decir?, parecía leer mi mente pues se me adelanto: no intentes saber lo que pronto sucederá, podrías enloquecer.

El camino continuaba con una ligera inclinación, sentí como mis piernas se movían sin dificultad alguna mientras el frío viento acariciaba mi rostro, sacudía mi cabello y me daba fuerzas. Vi a mi acompañante delante de mí, ensimismado, gruñendo a penas. Trate de adivinar sus pensamientos. Algo escondía, estaba seguro que la tarea no nos resultaría del todo fácil y que el fauno se traía algo entre manos, no auguraba nada bueno. No importaba. Debíamos de rescatar a Lanz, antes que le den muerte, y para eso solo tendríamos que cruzar aquellas murallas gigantescas, recorrer la ciudad sagrada, cruzar la inmensa estatua del halcón, adentrarnos al castillo, buscar la celda y escapar antes que se den cuenta de nuestra presencia. En teoría, fácil. De pronto, el fauno se detuvo. Qué sucede, inquirí. Llegamos, me dijo, volviendo el rostro arañado hacia mí. Un chispazo de adrenalina y miedo invadió mi cuerpo. Solo fue cuestión de segundos, cuando seguimos caminando, para ver las murallas que cubrían la ciudad. Las historias eran verdaderas: una impresionante confección de rocas gigantes, apiladas una a una, como si hubieran sido talladas especialmente para cuidar lo que adentro guardaba. Conforme avanzaba logre divisar la cima, puse mi mano derecha en la frente para bloquear los rayos del sol así poder distinguir a los soldados que resguardaban la puerta. Ten cuidado con lo que miras, me dijo el fauno, no vayas a pasar como un extranjero. Forcé una sonrisa, entendiendo a la perfección su ironía.

- Las puertas están cerradas, regrese al amanecer- sonó una voz gruesa detrás de la entrada. Habíamos llegado hasta la puerta principal. Hice un cálculo mental y me di con la sorpresa que aquella puerta sobrepasaba los diez metros tanto en ancho como en largo; sin embargo, aquella altura no llegaba a alcanzar la de las paredes. Venimos del norte, dijo el fauno, somos amigos para la comunidad. Hubo un silencio sepulcral que solo fue roto por el sonido de la cerradura. Retrocede, me dijo el fauno. La puerta pareció partirse, una línea horizontal del tamaño del fauno rompía el grueso pedazo de madera. Creí que algo andaba mal. Me sorprendí al ver como una línea vertical, justo donde acababa la anterior, dibujaba la puerta, esta se abrió.

- Sabia que eras tú- salio un hombre bajo, corpulento, con voz gruesa y de apariencia poco intimidante. Lo abrazó como pudo y tuvo que estirarse para coger con las dos manos la del fauno.

- Y aun así me dejaste parado unos segundos. Venga, te presento a Alen.

- Nunca lo he visto por aquí.

- Es la primera vez que visita la capital. No le prestes atención a su mirada perdida- hablaron unos minutos sobre lo alegres que estaban de verse, luego el hombre se callo y dijo en voz baja, casi para si mismo: existen problemas, los faunos ya no son tan bien recibidos en estos lugares, mejor ándate. Escuche la respiración repentinamente agitada de mi acompañante. No pueden negarme la entrada, he sido su aliado incondicional durante toda la guerra. Si, se apresuro a decir el hombre, pero hay rumores de que los faunos se volvieron a nuestra contra y ahora trabajan para Bardak. No te permito esto, rugió el fauno, somos tan leales ahora como lo fuimos hace siglos, familias enteras han muerto luchando por su guerra. El hombre agacho la mirada, dio un paso al costado: adelante, dijo.

No nos llevo mas de uno cuantos minutos para ingresar al fin a la ciudad, recorrer las casas, hechas de adobe, ver a los niños jugar y las mujeres conversar entre si, me producían una especie de nostalgia. Todo era tan pacifico, tan noble. En mi cabeza no daba con la creencia de que aquel pueblo era el despiadado, que había matado a los de mi raza y que pretendían apoderarse de la tierra de los hombres. No quería creer lo que me habían enseñado en mi primer día de entrenamiento: mátenlos a todos, porque ellos harán lo mismo con ustedes, no tienen piedad ni por los niños ni por los ancianos. Veía a mis compañeros y compañeras, rugir de la ira, jurando pronto acabar con esa amenaza. Hoy todo era diferente. Sentí ira conmigo y con los que iniciaron esta absurda guerra; sin embargo, la imagen de mi familia muerta a manos de sus soldados carcomía mis entrañas. Respire hondo y pregunte: donde esta el castillo. Pronto lo veras, contesto el fauno, ahora, camina derecho y no mires como si tuvieras miedo. Era impresionante la forma como intuía mis sentimientos. Esto acabara antes de lo que imaginas, aseguró. Doblamos a la izquierda y fuimos de frente hasta cruzar la alameda con la estatua del halcón, tan maravillosa como todo el lugar.

Conforme nos acercábamos menos lograba ver por completo el monumento, siempre debía ver de abajo para arriba o viceversa. Lo vez, me dijo el fauno, sacándome de mi ensimismamiento. Señalaba con su índice un castillo a los lejos. La idea de saber lo grande que era, me producía escalofríos. Ni un ejército podría ser capaz de penetrar esos muros o, peor aun, llegar hasta aquel castillo. Como entraremos, pregunte. Yo, por la puerta y tu, ya lo sabrás. Era imposible pensar que aquello seria cierto, entrar por la puerta para rescatar a Lanz, me parecía una idea descabellada, irreal. Por otro lado, el hecho de estar ahí ya era descabellado y lo era aun peor caminar por sus calles y plazas con un enemigo. El fauno había mentido bien para ingresar. Su pueblo se había rebelado en secreto. Solo los enanos seguían leales a Naut. Cuando nos acercamos más, sentí un vacio en el estomago, a pesar de que el viento había dejado de soplar. Es hora, dijo el fauno. Como, quise saber, por donde voy. El fauno se detuvo, iba a preguntar que pasaba cuando volví el rostro por donde veníamos: todo fue completo silencio. En cuestión de segundos el caos reino: sonaron las campanas de alerta y los soldados gritaban a las cuevas, a buen recaudo, nos atacan. De súbito sentí el ruido de los caballos correr mientras los hombres que iban montados hacían tocar un cuerno, y este, en conjunto con las campanas provocaban mas terror que ayuda. Las puertas del castillo se abrieron.

- Ve hasta el río- dijo el fauno, señalando una pequeña explanada de agua que se debía cruzar en un puente para llegar al castillo- nada dos metros de profundidad, encontraras un conducto, ese lleva dentro del castillo y aquellas escaleras a las mazmorras, busca a Lanz y salgan con vida- quise preguntar ¿y tu? pero una vez mas se me anticipó- yo entrare por la puerta, ve. Corrí sin pensar exactamente hacia donde, esquivando a los cientos de soldados que salían de la puerta del castillo, provistos de armas. Si creen pasar las murallas de la ciudad sagrada, decían a gritos, verán que muerte les espera. En cuanto calcule la suficiente profundidad del río para saltar, la aproveche, ignorando a los soldados, recordando los días en donde solía disfrutar de la vida, ingresando de manera limpia y sin escándalo. Mientras buceaba intentaba pensar en el fauno, que ahora seguro estaría entrando en el castillo, debía de estar loco para realizar semejante imprudencia. Luche por retener el aire y me sentí preocupado al no encontrar el conducto. Fuera se escuchaba el sonido de los caballos y de los hombres eufóricos por la batalla. Al fin pude verlo, nade con rapidez, antes de ingresar logre oír el estridente alarido de los hombres alados, eso solo significaba una cosa: habían llegado.

Salí del agua. Sacudí mi cabello unos segundos. Avance a una puerta, se mantenía semiabierta, subí las escaleras, cuidando de mi respiración para que no se muestre agitada. Llegue al límite y seguí por el corredor, mirando por todos lados, buscando una puerta que me llevase a mi compañero. Tuve que cerrar un poco los ojos hasta acostumbrarme a la poca luz. El corazón me latía con fuerza, me vi obligado a cubrir con la mano mi pecho, respirando hondo, mientras llegaba al final del corredor donde una puerta se mantenía cerrada con un hombre ahí dormido. Sopese la idea de cruzar en silencio, eso me daría una pequeña ventaja pues no se habría dado cuenta de mi presencia; no obstante, detuve mis pensamientos y solo me concentre en su espada: tendría que quitársela, nadie sabría si seriamos descubiertos, qué pasaría si fuera así, pelearía sin nada para defenderme. Me acerque al hombre, conteniendo la respiración, sentí un ligero tufillo a tabaco y vino. Aquel dormía placidamente, era imposible levantarse. Cogi el mango de su espada y conté hasta tres en mi mente: uno...dos...no pude contar más, tenía los ojos abiertos y ahora me miraba con una sonrisa burlona y escalofriante. Se puso de pie, era poco más alto que yo. Qué vienes a buscar, inquirió. No se me ocurría ninguna excusa por lo que opte por un escape rápido: me lance sobre su arma, la desenvaine con la destreza de un gran guerrero e introduje la punta en su pecho. Al verlo muerto en el suelo, empecé a correr, traspase la puerta y no tardo mucho tiempo para que me viera cara a cara con cinco carceleros y mi compañero, Lanz, yacía en el suelo, quizás muerto, dentro de un calabozo. Rugí de rabia. Coloque mi arma en ristre, no espere que me atacaran, me aventure en pos de la venganza.

Eran hombres viejos y débiles, no pudieron resistir mucho tiempo a mi ataque. Había pasado toda una vida en los campamentos de entrenamiento, y varios años combatiendo en esta guerra, por ende, mi destreza era superior a sus estupidos intentos por salvar sus vidas. Una vez acabada mi contienda, me agache a auxiliarlo. Aun respiraba. Lanz, despierta, dije, es hora de irnos hermano. Abrió débilmente los ojos, al verme forzó una media sonrisa, camina, compañero. Ignoramos las suplicas de los demás presos, o al menos por unos instantes, hasta que lo sostuve en pie. Los suelto si me ayudan a salir, dije. Asintieron. Busque las llaves entre lo cadáveres, una vez hallada procedí a abrir cada puerta, luego informe: deben saber que atacan N'oc-naut. Salieron con una sonrisa, era obvio que estaban seguros que de esa forma se les haría fácil huir. Vi con incredulidad la cortesía de aquellos reos, concluí en la posibilidad de que todos sean prisioneros de guerra, como Lanz. Vamos de una vez, me dijo. Camine torpemente, llevándolo con un brazo al rededor de mi cuello. Yo te ayudo, se ofreció una mujer de cabello corto y de tez morena, de lejos hubiera asegurado que era hombre. Asentí con la cabeza. Rodeo su cuello con el brazo libre de Lanz y emprendimos la marcha, eso me daba comodidad para llevar con la otra mano la espada.

Conforme fuimos avanzando, primero subiendo escaleras arriba hasta llegar a una estancia más amplia donde había una mesa y dos sillas en cada cabecera, seguro ahí cuidaba el jefe de la prisión. De pronto pregunte, casi para mi: muy pequeño para ser una prisión. Es para capturas en batalla. Nos golpean así para dar información, me dijo la mujer.

Salimos a un patio, tres puertas conducían a diferentes direcciones, no me atreví a preguntar donde. En el cielo se escucho los alaridos de los hombres alados y pude ver cruzar un par con sus flechas apuntando en algún sector de la ciudad, estaba en llamas. Escuche otro sonido, lo busque con los ojos, ahora los alados combatían con halcones del tamaño de un león, que habrían mucho sus alas en señal de amenaza. Corre, esto esta fatal, exclamó la mujer. Escogió la puerta del extremo izquierdo. Lanz recobraba la lucidez, conseguía dar pasos. Estoy bien, dijo Lanz, ya puedo ir solo. Era sorprendente lo rápido que se recuperaba. Tuvimos que cruzar otro patio, vi a unos cuantos ancianos atravesarlo custodiados por seis soldados. Estos, arremetieron en nuestra contra. Recordé la espada que llevaba en mis manos y la aliste para combatir, pensé que tendría que ser yo quien los protegiera pero mis compañeros se delataron y pelearon cuerpo a cuerpo hasta conseguir su propia arma. La mujer peleaba con una habilidad extraña, era claro darse cuenta su entrenamiento previo, lo hacia con una elegancia y finura difícil de encontrar. Por otro lado, Lanz, luchaba como podía, y cuando se hizo con una espada su gesto cambio, derribo a uno y otro sin parar, con una gran sonrisa en los labios, se sentía de nuevo vivo. Al término, dejamos a los ancianos ir, corrimos a la salida. Cruzamos el río, la ciudad estaba desierta y lejos se oía el sonido de la batalla. Sopesamos la idea de escapar por la parte posterior, pero el presentimiento de que seguro la ciudad estaba rodeada nos detuvo, entonces fue cuando recordé: el fauno, grite, el sabe como. Hice que me siguieran, seguí por la orilla del río hasta encontrar de nuevo la entrada, tenia la sospecha que el nos esperaba. No me equivoque. Antes de llegar a su lado, el fauno nos señalo con su índice el cielo: Los hombres alados arremetían con flechas bañadas en llamas contra las casas, el sonido de las campanas se silenció. No pude creerlo hasta que vi a cientos de hombres, que avanzaban como una enorme mancha, gritando al castillo, protegerlo hasta la muerte. Estaba seguro que moriría.

- Ya escucharon, entren- grito el fauno, lo quedamos mirando un segundo, incapaces de precisar lo que nos decía. Deberíamos regresar de donde acabamos de escapar, seria aquello lógico. No tuvimos tiempo para pensar. Fuimos detrás del fauno. Apreté fuerte lo dientes, sintiendo prácticamente un flecha incrustar mi espalda. Cruzamos el puente, ingresamos al trote al salón principal. El fauno nos señalo un camino, subimos por unas escaleras. Volví el rostro: los cientos de soldados defendían la entrada, muchos aguardaban dentro, con la puerta que acababa de cerrarse mientras otros rozaban nuestros hombros, dirigiéndose a la parte superior del castillo para combatir desde ahí. Afuera se escuchaba el sonido de las espadas al rozar, el grito ahogado de los que caían y el sollozo de rabia del que perdía un amigo.

- Ustedes- dijo un soldado, pronto fue acompañado por una de sus compañeras. Es la hora, pensé, la muerta esta tan cerca que casi la puedo sentir. Apreté con fuerza mi espada. El fauno me lanzo una mirada amenazadora de reojo como diciendo: que ni se te ocurra. El soldado volvió a hablar: será mejor que se marchen de aquí, vayan a los refugios. Detuvo su mirada un segundo en el fauno pero luego sacudió la cabeza y siguió su camino hasta las azoteas, un segundo mas tarde la siguió su compañera. Síganme, ordeno el fauno. Nos llevo por una ancha puerta, tuvo que abrirla de par en par, era la entrada al comedor: grande, una mesa de seis metro de largo provista de finos adornos y jarrones con rosas recién cortadas (o en la mañana, al menos), pintado de dorado con rojo e iluminado finamente, trate de imaginar todas las celebraciones que de seguro de deben de haber realizado en aquel lugar.

- Para donde vamos...- inquirió Lanz, receloso - si existe un lugar donde ir es a los altos, Anny espera... -Volví el rostro a él. De que rayos hablas, intervine. Lanz estaba a punto de contestar cuando la puerta al final del comedor se abrió sola. Al fondo pude ver a un anciano sentado, en su trono de rey, sufriendo la derrota, incapaz de detener a su enemigo. Ingresamos a la misma: un salón aun más amplio que el anterior nos recibió de golpe. Olía a tabaco y a podrido, tape mi nariz por un rato. El cuerpo de dos hombres yacía inerte a un lado de la estancia. El fauno con el rey se miraron por unos segundos, luego sus ojos se volvieron a nosotros. Lanz miraba al anciano con furia, podía oír su pecho rugir. La mujer, quien encontramos en la cárcel, observaba la situación con un ligero asombro, recorría con sus ojos la habitación y acababa a sus espaldas pues, como yo, sabia que el estar ahí era peligroso.

- Se termino, rey de naut, guardián de las murallas...- empezó el fauno.

- Un rey muere en combate, asqueroso traidor- contesto, su voz era lenta, cansada.

-Estas viejo y débil, crees poder defenderte. Somos cuatro, o mejor dicho diez. Yo valgo por seis, ya lo sabes- sonrió débilmente al escuchar su propio tono de soberbia. La mujer golpeo dos veces mi hombro, avisándome de algo. Qué sucede, le dije al fin. Señalo con su índice: la entrada estaba siendo rodeada por soldados. Volví el rostro al fauno quien no parecía preocupado

-la vejez, poderoso rey de Naut, no te bendijo con humildad- continuo. Los soldados ingresaron al salón y unos bloquearon la puerta con sus cuerpos mientras que otros se colocaban en torno a nosotros con sus espadas en ristre

-¡estas acabado!- grito el fauno. Lanz camino unos pasos a mi y casi en susurros me dijo: hora de irnos, Anny debe estar cerca. Lo mire incrédulo, observando con cuidado su rostro ¿era posible lo que acababa de oír? Anny aquí pero como...

- Silencio, asqueroso traidor- rugió el rey. Su tono era fuerte y severo; sin embargo, su apariencia longeva le daba menos autoridad - alguna vez los faunos fueron recibidos en nuestra tierra como hermanos, ahora nos vuelven las espaldas, merecen el infierno. No cerrare mis ojos hasta verlos aniquilados- El fauno soltó una sonora carcajada. Los solados apretaron aun más sus espadas. Miraban con desesperación la señal de su rey para atacar, debía ser rápido para regresar a repeler lo que afuera acontecía. Por mi parte, trate de averiguar como era que Lanz estaba seguro que Anny se encontraba en el castillo. Yo vi cuando la ingresaron, contesto, estuvo en una celda muy cerca a la mía, me dijo que se había dejado atrapar para rescatarme, fue un acto tan valiente como estupido. Mis ojos se cerraron con fuerza. Era inverosímil la idea de que Anny se arriesgue de esa manera tan temeraria, siempre fue una persona prudente y acorde a la razón. Me mantuve concentrado en mis pensamientos hasta que el rey la menciono: también morirá, dijo, una traidora más... si tuviera las fuerzas yo mismo completaría el trabajo. Miro a unos de sus guardias y asintió con la cabeza. ¡NO!, rugí, lanzándome al rey. El fauno me bloqueo con una velocidad inesperada para su enorme tamaño.

- Pronto estarás con ella- aseguro el rey. Entendí que había llegado la hora, no podía hacer mas preguntas. Anny moriría de lo contrario. Empuje al fauno y corrí al rey con la espada lista para atravesar su corazón. Pude haber llegado mas lejos si tres soldados no se interponían en mi camino, golpeándome el ultimo en llegar en la cabeza. Caí de espaldas al suelo, sintiendo como la tibia sangre mojaba mi espalda. Oí el chillido de furia de Lanz. Luego el roce de espadas. No podía ver, el golpe me había aturdido, intente incorporarme de nuevo, tuve que dar dos pasos para poder sentir de nuevo mis piernas fuertes. No es nada grave, me dije, cogiendo la herida. Entonces observe como el fauno, Lanz y la mujer luchaban por sus vidas a mis espaldas mientras el rey huía reclutado por escoltas. Avance donde estaba. Apreté los puños, ya era tarde cuando me di cuenta que no tenia mi arma porque ahora debía de esquivar una y otra y otra vez el filo de los demás. No dejaría que se escape. Seguí retrocediendo hasta encontrar un objeto contundente para poder atacar. Era difícil pues dos de ellos no dejaban de intentar degollarme. Al fin encontré un jarrón, colgado en una de las columnas del castillo, lo cogí para romperla en la cabeza de uno de ellos. Cuando lo lance, logro esquivarlo pero me dio tiempo suficiente para arremeter contra el y obtener algo de ayuda: ahora su espada era mia. Solo me llevo unos momentos terminar el trabajo. Corrí lo mas rápido que me permitían mis piernas hasta el cuarto donde el rey se ocultaba. Atravesé la oscuridad que reinaba la zona con cierto recelo. Era conciente de no encontrarse solo. Cruce el ambiente, una puerta se mantenía junta, salí por ella a un corredor escasamente iluminado. No pode soportar la angustia: Anny, grite, maldito seas, dije esta vez dirigiéndome al rey, fue tu protectora. Nadie respondía. Seguí caminando, revisando una por una las puertas. Al final del camino una escalera llevaba al siguiente nivel. Anny, grite de nuevo, donde estas. Quería gritarle cuanto la quería, tenia que saberlo aunque sea de esa forma. Te amo, dije, espérame donde estas. De pronto escuche un grito ahogarse a lo lejos. Si no agachaba la cabeza la hubiera perdido. Me recibieron con una lluvia de ataques. El espacio era pequeño por el que tuve que combatir al filo de la muerte. Mi cuerpo sangró por las heridas varias veces y sentía la cabeza estallar por el golpe. Sin embargo, no podía parar. Mire a la derecha: vi los ojos verdes de Anny lagrimear por el dolor que sentía al verme así, seguía tan hermosa como la recordaba. No estaba sola. El rey se había ido y en cambio dejo varios escoltas terminar con el trabajo. Tres más se unieron a su amigo en la tarea de matarme. Había terminado. Mire a Anny con pena, una lagrima corría mi mejilla, no era lo bastante fuerte para defenderla, todo se había terminado para nosotros y lo peor era que no volvería a escuchar su voz porque permanecía tapada, de rodillas, herida. Te amo, dije, esperando que la muerte llegue.

El suelo tembló a mis pies, a los pocos segundos una flecha en llamas atravesó la ventana, posándose en las telas que ahí colgaban. Las llamas se extendieron a una velocidad insospechada. Aproveche el descuido y me abrí paso hasta Anny, derribando a uno y otro, defendiéndome como podía, bloqueando ataques y produciendo otros. Aun tenía esperanzas: mas flechas atravesaron la ventana y esta vez tuve de esquivarla para que no me alcanzara.

Al llegar a Anny corte sus ataduras primero y luego libere sus labios. Vamos, fue lo primero que me dijo, no se que es lo que esta pasando afuera pero vamos. Sujeté su mano y volvimos por donde vine. Antes de entrar por la puerta que nos llevaba al salón principal, Lanz, el fauno y la mujer ingresaban por ahí: vuelvan, dijo el fauno, rozando mi hombro, esto será el infierno. Anny me miro con angustia: que es lo que sucede, inquirió. No era momento de preguntas, así lo entendíamos, estaba en juego nuestra vida.

- Qué pasa, dime- me dijo Anny, sujetando con más fuerza mi mano. No puedo, mi amor, le dije. Ahora no tenía miedo de confesarle mis sentimientos. Estuve a punto de perderla, no dejaría a la timidez dominar mis emociones por esta vez

- confía en nosotros- continué - vamos a sacarte de aquí, te lo prometo. Anny me miro fijamente, dejándose llevar por mi, forzó una leve sonrisa. No podía contarle en la situación que nos encontrábamos aunque era eminente que mas temprano que tarde ella estaría al tanto de todo. El momento llego de súbito: cruzamos por los brazos de las llamas lo mas rápido posible, sintiendo nuestra piel arder por el calor, cruzamos la habitación y salimos por unas escaleras que nos llevarían directo hasta los altos del castillo. Solo teníamos que ir al aire libre para ser rescatados, aseguraba el fauno, el camino estaba desierto y desde aquella distancia casi no se sentía las consecuencias del incendio, en muy poco tiempo seguro la historia seria diferente. Llegamos al final de las escaleras, la puerta estaba abierta, salimos al trote y por primera vez en mi vida me sentía inmensamente feliz por recibir la caricia del viento.

- Se hace de noche- dijo la mujer - como rayos saldremos de aquí. Camino pocos metros hasta el borde, se apoyo en el muro y miro hacia abajo, luego a los costados. Soltó un grito ahogado. Qué viste, inquirió Lanz. La mujer no pronuncio palabra, puso su índice en sus labios en señal de silencio y nos señalo al extremo izquierdo primero y luego al derecho. Cientos de hombres con arcos y flechas cuidaban de esos flancos, no se percataron de nuestra presencia. El fauno ordeno que no hagamos bulla, pronto llegara la ayuda. De repente, tuve que tapar mis oídos por el ensordecedor chillido de los hombres alados. Una mujer venia montada en uno de ellos, eran siete, había logrado contarlos con la mirada, los alados esquivaban con singular agilidad las flechas que arremetían en su contra. Contraatacaban con las suyas propias y estas resultaban ser mas precisas. Aquí, grito la mujer, alzando ambos brazos. El fauno la fulmino con la mirada. Se percataron de nosotros y ahora estábamos agachados, esperando ayuda.

- Salten- grito el fauno, corriendo a un hombre alado, dio un brinco casi felino y callo justo en su espalda. Acomodo sus patas y desenvaino su espada, mientras la agitaba nos ordenaba a subir a los otros. Lanz fue el primero, trepo de un brinco al lomo de otro alado, eran grandes y sus alas el doble de ellos, claro que estiradas como en esta ocasión, lo siguió la mujer. Cogí la mano de Anny: vamos, tu primero, le dije. Anny miro la situación, parecía una niña que no lograba comprender la explicación de su profesor. Agache su cabeza para evitar una flecha, el hombre alado que la esperaba tuvo que alejarse para no morir.

- Dime que esta pasando- me dijo. Solo me llevo unos segundos para comprender que Anny en realidad si se había dado cuenta, pero sus ojos no daban crédito a la realidad.

- Te lo diré, vamonos- suplique. La puerta de pronto se abrió, haciendo pasar a soldados uno por uno. Saque mi arma y defendí como pude nuestra vida, mirando siempre de soslayo las flechas que no dejaban de rozar. Mis amigos combatían en el aire y replegaban el ataque con gran astucia, pronto se le unieron más hombres aladados. Empero, la batalla siguió desigual pues llegaron mas halcones a defender sus tierras con enanos encima disparando flechas a diestra y siniestra, yo intentaba hacer reaccionar a Anny mediante gritos. Retrocedí dos pasos para soportar el peso de la espada de mi contrincante, resbale y me golpee con el cemento, mas hombres entraban y no tenia oportunidad desde esa posición. Fue cuando Anny reacciono. Con un golpe noqueo a mi agresor y se posesiono de su arma, cogió mi mano y me ayudo a ponerme en pie. Juntos redujimos al resto, arrojándolos por el precipicio. Es hora de saltar, grito Anny, al ver que llegaban más y más. Un hombre alado paso volando cerca y ella se aventó a sus espaldas, yo hice lo mismo con el siguiente. Esquivo las flechas, fuimos de frente para escapar dejando a los demás combatir en lo último de la pelea. Mire el pueblo: todo estaba quemado, las llamas casi rozaban nuestros pies. Volví el rostro a Anny que miraba perpleja lo que alguna vez fue su casa. Había nacido y crecido ahí, observe como las lágrimas corrían por su rostro. Pasamos muy cerca de la pelea, bordeando el castillo. Los soldados habían sido reducidos y los otros estaban a punto de tomar el recinto, se veían los cuerpos de los enanos regados por el suelo, mientras el grito de los que poco a poco eran aniquilados. De pronto, unas familias corrían a lo lejos, perseguido por tres guerreros de Bardak, al alcanzarlos mataron a los niños primero sin prestar atención a los sollozos de las mujeres. Temí lo peor. Anny rugió de rabia. Traspaso la punta de su espada por el hombre alado que ahora caía en picada. NO, grite, quien me llevaba soltó un chillido de ira. Pisamos tierra y trato de auxiliar a su amigo. Yo corrí hasta donde Anny. El fauno, Lanz, la mujer y la otra desconocida bajaron con nosotros. Anny los alcanzo con gran velocidad y acabo con ellos cortándoles el cuello y la cabeza. Váyanse, les grito a los sobrevivientes, con lagrimas en los ojos. Llegue hasta donde estaba. No podemos hacer nada, le dije. Anny rugió de rabia de nuevo. Golpeo el suelo con sus manos, sollozando.

- Suban rápido- ordeno el fauno- aquel puede llevar a dos.

- NO, NO, NO- gritaba Anny, golpeando una y otra vez el suelo. A los lejos vi a varios guerreros de Bardak observándonos. Anny los miro con furia y se hizo de pie para acabar con ellos también. La cogi por la espalda: no puedes hacer nada, repetí. Anny no me escuchaba y chillaba de impotencia e ira.

- Anny, vamonos, todo terminó- dijo la otra mujer, se acerco a nosotros. Me llevo pocos segundos reconocerla: era Merle. Como había logrado integrarse a los guerreros, en que momento se monto en el hombre alado y como sabia que estábamos atrapados en los altos del castillo. No lograba comprenderlo, solo era conciente de que en ese momento no importaba, debíamos irnos: N'oc-naut había sucumbido y Naut, perdido la guerra. Anny seguía sollozando en mis brazos. El fauno se aproximo y la privo de la lucidez con un certero golpe en la cabeza. Lo odie por aquello, pero era lo único por hacer. Trepe con ella al hombre alado más robusto y siguió su camino por el oeste. Detrás venia El fauno, Lanz, la mujer y Merle. Comprendí que el fauno había planeado aquella traición desde siempre y que nosotros solo fuimos una distracción. Aunque mi país se había hecho con la victoria, no me sentía contento. Anny sufría. La aferre a mis brazos: te amo, le susurre al oído, era conciente que no me escuchaba, no me importo. La noche estaba a punto de llegar y aun se veía los últimos rayos del sol a lo lejos. Volví el rostro y observe de lejos, por última vez, lo que había sido la ciudad del gran halcón. Respire hondo: todo saldría bien porque Anny venia conmigo. Una lagrima broto por las comisuras de mis ojos mientras me aferraba al cuerpo inconciente de la mujer que amaba.