viernes, septiembre 10, 2010

Bacteria Terrenal



"Casi mereces vivir, porque tu vida es una muerte lenta y dolorosa".
Santiago Roncagliolo, Abril Rojo.


-Cuentame más acerca de Bacteria Terrenal, tío Alejandro.

Camina hasta la mesita, donde una jarra de limonada y unas cuantas galletas con chispas de chocolate reposan encima. Alejandro suspira al ver marchar a Vivi Pastor, la hija de la ama de llaves, que finge no ver el gesto que le hace el señor con la boca cuando se marcha. Se sienta, busca una galleta, un sorbo del líquido verduzco y pregunta: ¿de Bacteria Terrenal? No tengo nada que contar.

-Vamos, tío.

Alejandro mira al muchacho: tiene aproximadamente quince años -quizá menos, quizá más, cómo podría saberlo si la memoria le falla-, es hijo de su única hermana -seis años menor que él-. Es bajo, cabello corto y usa lentes. Había escuchado por ahí que quería ser abogado pero que ahora quiere escribir novelas como Vargas Llosa o como Tomás Eloy Martínez. Además, aseguraban que desde que llegó a sus oídos las aventuras de su tío -aquel viejo verde y cascarrabias hermano de su mamá- alrededor del mundo y del extraño sobrenombre de sus amigos no había parado de preguntar y tomar apuntes.

-Bacteria estaba loco, tanto o más que Tati o que yo o que la mayoría de personas en el globo. Joder, si tenía la cabeza en cualquier parte menos en el mundo real.

En realidad todos teníamos la cabeza en cualquier parte, piensa. Pero Ricardo Gonzales del Prado solía tener excesos. Solían andar de un lado para otro bajo su sugerencia pues tenía la idea que mientras más conozcan el mundo menos tiempo de vida les quedaría para disfrutarlo, y lo que él deseaba era morir lo antes posible para no soportar ni un minuto más el peso de ser quien era. Por eso, su consejo los llevó desde el sur de Chile hasta el norte de México, de salto improvistos en barcos y aviones -gracias a la cooperación de amigos, enemigos, familiares y la aguda inteligencia de Luz de Medianoche- a Europa, algo de África y algo de Asia. Bacteria los mantenía con vida a sus amigos, les indicaba siempre el camino correcto y pensaba rápidamente en cualquier solución para cualquier problema que se presentara.

-Entiendo...

-No, no entiendes.

Lo llevó por el rumbo de la música, les conseguía contratos. A menudo tocaban en los parques y reunían una cantidad importante de público, al final de la tocada pasaba una gorra donde recolectaba todo el dinero que fuera posible. Bacteria decía que no había mejor forma de morir que haciéndolo por placer, y que si moría mañana ya no le importaba, a la mierda, coño.

-Cómo era, tío.

Sus ojos pequeños, sus cabello largo, sus trenzas, su barba semi poblada, su mochila amarilla y sus ánimos para vivir como bien le parezca, hacían de Ricardo un nombre difícil de entender. Solo Tati y Alejandro lo entendían. Solo ellos lo veían llorar por las noches, cuando tenía miedo de morir, cuando se enfermaba y les agarraba fuerte las manos para evitar que la muerte, puta de mierda, se lo llevase, ahora que vamos a viajar. Entonces Ricardo hablaba rápidamente. Su infancia en La Victoria, su casa en Manco Capac, el incendio, el final de sus padres y hermanos, su estancia en el hospital, la prensa -pobre niño; las autoridades velaran por tu bienestar; nada te faltara-, los años en el orfanato, una familia que nunca tuvo. Pero ahora estoy yo, Bacteria, decía Luz de Medianoche, y Alejandro. Si, efectivamente, ahora el colorao y Tati velaban por él. Ahora la vida te sonríe, huevas .

-Sobrino, puedes traerme a Doña Pacha, necesita algo de aire.

El sol ha salido. Alejandro ve el jardín, la nueva piscina. Toma otro sorbo de limonada y busca con la mirada a la pequeña Vivi -ya caerás, cholita-. Se agarra los testículos, se acomoda el calzoncillo, trata de buscar una erección pero no puede -carajo, la vida es muy injusta-. Mira a su sobrino correr con Doña Pacha hasta donde él está. Le dice que mamá ya se levantó, que en un momento sale. Alejandro piensa: pobre mujer, soltera, con el marido bajo tierra y con la millonaria herencia de la familia, que mi padre no me dejó por cabrón y pendejo.

-Volviste a ver a Bacteria- pregunta el chico -luego de... bueno, tu entiendes, tío.

Si, lo volvió a ver, cuatro años después en la avenida Javier Prado cuando Alejandro iba en busca de Geminita Carrera, su nueva conquista.


-Pero si es el colorao- Alejandro no supo como reaccionar. Iba a correr, gritar, pedir ayuda, rogar por su vida. Sostuvo a sus espaldas con fuerza a Doña Pacha, le dijo en susurros que todo estaba bien, Bacteria no les hará nada, no ahora que pasaron los años. Eh, Bacteria Terrenal, qué sorpresa...


-Se pelearon, tío.


Se dieron un abrazo, caminaron hasta El Olivar, se sentaron en el gras, recordaron viejas aventuras, prendieron unos porritos y fumaron ante la mirada asustada de unos niños con sus niñeras que jugaban fútbol a unos metros. Se rieron de todo. Alejandro olvidó ir a buscar a Gemina. Bacteria Terrenal se mostraba simpático, agradable, buen amigo. Te acuerdas de Tati, colorao. Alejandro se calla, pasa saliva, los niños se alejaron y ahora juegan en otra parte. Se murió, fíjate. No dice nada. El silencio le calcina los huesos. En un accidente, sabes. Mira lo que es la vida de mierda, colorao, Tati me había jurado que no moriría antes que yo y mira lo que pasó. Yo..., quiso hablar pero no pudo. No digas nada, colorao. Tati ya no estaba a su lado, ya no volvería porque ahora se la comían los gusanos. Bacteria Terrenal sollozaba. Alejandro le puso una mano en el hombro: pobre Tati, pobre Luz de Medianoche, era tan... Entonces se calló llevándose una mano a la boca ensangrentada. Ricardo lo golpeó una y otra y otra vez, rugiendo maldiciones, queriéndolo matar -tú te iras antes que yo, puto de mierda, tú antes que me coman las ratas-.


Saca a Doña Pacha, acaricia su cuerpo, revisa sus cuerdas. Suspira.


Tranquilo, Bacteria. Trató de hablar, de escapar de la arremetida de su amigo, de la metralla de golpes y patadas. Los niños ya no jugaban, corrían hasta donde sus niñeras quienes gritaban desesperadas "serenazgo, policía, auxilio". De pronto, Bacteria Terrenal, se detuvo, masculló unas disculpas. Estás loco, imbécil.


Quiere volver a tocar pero su sobrino continua con las preguntas. Quiere saberlo todo, cada detalle, cada una de las palabras y reacciones.


Caminaron un buen rato. Alejandro había dejado de quejarse por los golpes, cansado de escuchar las disculpas de su amigo. Fueron a Barranco, bajaron hasta la playa y prendieron los últimos bates que le quedaban. Tati no me amaba, colorao, dijo Bacteria Terrenal, era una puta. Silencio. Lo era y siempre lo supe, pero la amaba como el carajo, colorao, y por eso me dolió que tirara con mi pata de toda la vida, con el único huevón que se tomó la oportunidad de conocerme. Deja ya el rollo, dijo Alejandro. Tati era una puta, una puta redomada y por eso merece estar muerta, por eso merecía morir en aquel accidente, por eso merecía que yo apretara el acelerador para morir con ella. Silencio sepulcral. Pero mira como es la vida de puta, colorao: yo la amaba y quería morir con ella pero ella se murió primero dejándome solo con una pequeña fractura. Una noche, prosiguió Bacteria Terrenal, soñé con Tati, me la tiraba en la playa, luego ella dijo tu nombre y la volví a asesinar. En ese momento supe que debía buscarte.


-Papi, ven, cariño, que es hora de hacer las tareas- grita una mujer desde adentro de la casa.


-¡Ya voy!


-Anda, mañana termino.

Bacteria Terrenal se fue. No volvieron a hablar. Alejandro decidió hacer el último viaje. Tomó el primer autobús a Tacna. Ahí conoció a Grimaneza Herrera, viuda y con dos hijos, mantuvo una relación larga y, al final, de regreso por fin a Lima, el autobús se estrelló con otro que venía en dirección contraria. Pasó varias semanas en el hospital. El único sobreviviente. Es usted un afotunado, un bendecido, le habían dicho los médicos, los hombres de prensa. Su hermana lo reconoció en la televisión, corrió a buscarlo.

-Entonces la cojuda de mi hermana me trajo a vivir a su casa- Se dice. Piensa: Bacteria murió dos años después de sobre dosis -o al menos eso le contó una amiga en común, luego que le hiciera el amor en su casa-. Pobre Doña Pacha, anda a mirar cómo lloró cuando se enteró. Carajo, cómo pasan los años.

jueves, agosto 19, 2010

Etéreo


No ha envegecido, simplemente se encuentra cansado por tantos años de idas y vueltas, de viajes eternos y amanecidas frente a la playa. Es todo. Y no es, tampoco, que quiera quejarse o buscar una riña por una vida que él mismo ha elegido. Simplemente, y espero lo comprendan, se encuentra cansado, con ganas de dormir.

Alejandro conserva la misma apariencia que por años todos lo han reconocido: cabello semi largo, castaño, barba mal cortada y castaña también, lentes grandes y gruesos color caramelo -de esos que nuestros abuelos señalaban como modernos en su niñez-. Aun es blanco, sonrosado de tanto sol que ha estado expuesto. Aun conserva la misma casaca roja con un símbolo malgastado, que ya no se diferencia con claridad y que bien puede ser una hoja de marihuana o una cruz católica. Aun ese morral incaico, gris y negro, con una llama en el centro, y otro morral rojo con una palabras en quechua y que traducido al castellano significa "Dueño del mundo" -"Pachakamaq"-. Aun la guitarra colgada al cuerpo, traduciendo arte y belleza en sonido por donde camine. Aun las chancletas y los pantalones ajustados de todos los colores con cuadrados de diferentes tamaños. Aun las ganas de aprender. Aun la música. Aun la austeridad. Aun recibir con alegría lo que la vida tenga bien en darle.


No voy a hablar de su niñez en la mejor escuela de San Isidro, ni de su familia aristocrática. Ni siquiera mencionaré por qué Alejandro decidió vivir como vive. No lo haré porque no tiene nada que ver con esta historia. Ahora nos une un hecho más importante: Alejandro está cansado. Alejandro -o "colorao", como le dicen los amigos- quiere dormir, acaso para siempre, acaso unas horas. Las largas jornadas han terminado por agotar al pobre muchachuelo color rosa. Ya no muestra todos los dientes cuando hace uso y abuso de su guitarra -Doña Pacha-, ni emplea toda la genialidad que aprendió de los Rivera Acosta, en el rancho Santa Marina en Chincha; ni danza con la elegancia de una bailarina de ballet y la sagacidad de un bravo del Callao. Ya no piensa en el sexo -cosa seria, caballero, piensa él-. "Y cómo pensar en tirar si ya tiraste todo lo que quisiste, sin importarte si era chico o chica. Te gustaba tanto un mosquito como una hembrita de Surco o Barcelona o Londres o Santiago. Pero a nadie amabas más que a Doña Pacha. Y a nadie más que a la música."

Alejandro quiere ponerse de pie. Quiere y no sabe cómo: acaba de olvidar cuales son los músculos que deben usarse para tamaña tarea. Ya no siente como antaño. Quizá la edad, verdad. No, no. Es que anda cansado. Necesita un descanso para recuperar energías. ¡Bah!, cojudeces de burgueses. Alejandro siempre fue un hombre de acción, de los que no les temblaban los pantalones para ir en busca una buena aventura. Por eso viajó, de pie, en autostop, en bicicleta, en moto y en cuanto transporte pueda, por casi todo el continente y otros países y ciudades y pueblos con nombres impronunciables e irrecordables. Acompañado por "Luz de Medianoche" -o Tati, para los desconocidos- y "Bacteria Terrenal" -o Ricardo Gonzales del Prado, para los que no puedan recordar su otro nombre-. Juntos siempre. Claro que otras veces iban con ellos forasteros o mochileros de otros sitios, o amigos que se animaban a un viajecito. Era común entonces que los nuevos conocidos -de otros países- no entendieran lo que ellos querían decirles y viceversa -de esa manera aprendieron unos cuantos idiomas-; sin embargo, al momento de hacer el amor no habría que entender algo más que el simple placer del cuerpo adueñándose de otro cuerpo.

Alejandro estira el brazo hasta donde se le es permitido. Mira sus dedos dibujando en el aire la silueta de una mujer, una dama de alcurnia intelectual, de las que ya no se ven por estos lares. Sonríe tomando conciencia de las cojudeces que piensa -significa tal vez que ya no se encuentra tan cansado como antes, o que la muerte le da la última revancha otorgándole el dominio completo de su cuerpo-. Vayan ustedes a saber. No me gusta especular. Sobre todo cuando de Alejandro se trata, es de mala educación. Lo cierto es que Alejandro trata de recuperar las energías perdidas dándose un buen motivo para ponerse de pie. A menudo los mortales necesitamos una buena excusa para no estrangularnos con las sabanas viejas. Y Alejandro la encuentra o la quiere encontrar. En fin.

Sus viajes le habían llevado a distintos lugares del mundo. Había aprendido otros idiomas y jamás necesitaba pedir permiso para decir o hacer lo que le salieran de los cojones. La mañana le otorgaba otra oportunidad para encontrarle un sentido a su vida. Y no fue hasta que conoció a "Luz de Medianoche" y "Bacteria Terrenal", parejas desde antes de que les guste el sexo opuesto, que descubrió lo que verdaderamente le importaba: la música. "Luz de Medianoche" le enseñó a tocar la guitarra mientras "Bacteria Terrenal" la flauta, la armónica, la zampoña y toda clase de instrumentos de percusión. Pero definitivamente su favorita era la guitarra. Por ello, cuando sus amigos le regalaron una -nunca supo cómo lo pagaron, y nunca preguntó tampoco-, a la que él llamó "Doña Pacha", lloró una semana entera.

Las piernas ya responden. Mueve un dedo, otro; una pierna, otra; la flexiona, la estira, las abre, las recoge.

Para no morir de hambre en sus eternos viajes, Alejandro y sus amigos tocaban sus mejores canciones -algunas inventadas, otras copiadas de algún pueblo- en los carros, en las plazas, en los parques, inclusive en despedidas de solteros y matrimonios -a menudo eran los mismos que los contrataban para la despedida. Y es que en el mundo hay cada loco-. No morían de hambre. Siempre tenían un techo donde dormir. Si ese techo era bajo la luz de la luna, mejor, pues adoraban su belleza y la de sus estrellas. Entonces cantaban, bailaban, llamaban a más personas, y hacian el amor ahí mismo, junto al universo.

"Castellana, dueña primorosa, dame una vida y quitame, por favor, esta agonía", canta él, "regalame un trozo de dicha, hoy que no encuentro a mi guia".


Al final las cosas no habían salido del todo mal, ¿verdad?. Al final había disfrutado de la vida que él quiso disfrutar. Había cantado todo lo que su garganta le pudo permitir. Hizo el amor en cuanto lugar pudiese y con quien quisiese. Soñó, lloró, vivió. ¡Ay!, Alejandro, cómo me haces llorar, cabrón, levantate ya el show está por empezar.







viernes, agosto 06, 2010

La revancha de los caídos



De izquierda a derecha: Renato, Jeanmarco, Yo, Tadeo, prof. Raul Abad , Ana Claudia, Erick, Valeria, Wendy, Solansh, Milagros -y tres caídos que no aparecen en la foto porque no conseguí una mejor, Allison, Luis Franco y Alexandra-










He hecho en mi vida muchas locuras -elegir ser escritor, por ejemplo- de las cuales solo dos recuerdo con singular cariño y tristeza. Uno: decirle a mamá okey, me voy a estudiar a Barranco -hora y media de distancia de donde yo vivía-. Dos: no acompañar hasta el final a esta zarta de foragidos, locos del carajo y compañeros aputamadrados hasta los cojones por irme de parranda a una escuela acelerada.


La situación hoy es distinta, los años pasaron y no queda más que lamentar. Esto es, entonces, un homenaje a los caídos, a los que se fueron, a los que llegaron, a los que se olvidaron de los días en Carmelitas , a los que no quieren recordarlo y, sobre todo, a los que leerán, y espero no sean pocos, al lado de sus niños esta revancha, su revancha.








Renato, Tadeo y Luis Franco.


Tiembla Carmelitas ante el paso hiperactivo de sus alumnos más revoltosos y encabronados, quienes hicieron su ley dentro y fuera del aula, quienes le dieron un significado diferente a la palabra obediencia y quienes se carcajearon de sus travesuras, sus peleas y sus amores. Tiembla Carmelitas al recordar lo maravillados que se quedaban los externos al escuchar una negativa de sus pilares más fuertes -en el que incluso yo supe temer y seguir-. Compañeros de guerrillas y peleas interminables. Notables alumnos de carácter fuerte pero sensibles en esencia y alma. Un trío para temer sin vergüenza ni demora. Aun hoy sonrío esquizofrenicamente al recordar las maldades perpetradas, queriendo revivirlas una por una -aunque en algunas un puño se forma perezoso- para decirles, por fin: carajo, dejen ya de joder.




Wendy, Solansh, Milagros y Alexandra.


Ninguna debería estar al lado de la otra -joder, el tiempo y el espacio de los blog's, así como la televisión, vale mucho dinero- por ser tan distintas entre ellas -aunque, hasta lo que sé y recuerdo, fueron buenas amigas-.


Wendy era mi amiga -sobre todo cuando compartía su tarea conmigo- al igual que Alexandra -quien era más difícil arrancarle un ejercicio matemático o una respuesta de historia o geografía-. Alexandra, cuando llegó al colegio, decidió dejar a todos detrás para convertirse en la más aplicada y estudiosa de la clase. La envidia que sentía por ella se fue disminuyendo conforme las semanas pasaban y encontraba otras tareas más interesante con que entretenerme. Y mientras Wendy se encargaba de ser amiga de todos, estudiar como se supone debe de ser, Milagros acechaba, traviesa, por los rincones del salón, suspirando cual diosa enamorada por cuanto amor se apareciera en su camino -sin importarle edad, por supuesto-. Y mientras Wendy, Milagros y Alexandra pensaban de que manera sobrevivir al colegio hasta la mayoría de edad, Solansh divagaba en su mundo de ilusiones y fantasía, hablando a penas, dibujando en silencio, suspirando -y no podrá negármelo jamás- de cuando en cuando.


Cada una tiene su propia historia para contar -nada aburrida, según recuerdo-, pero bien sabemos -porque ya lo mencioné- que el tiempo y el espacio en los blog's vale mucho dinero -por ello medito una posible segunda parte-. Así que vamos con los demás.



Valeria, Ana Claudia y Allison.


Así es como las recuerdo:en ese orden y una al lado de la otra, entrelazadas con sus brazos, bociferando canciones irrepetibles, orquestando la siguiente travesura, rellenando listas de todo tipo y toda índole, conociendo paso a paso lo difícil y maravilloso que al final es crecer.


Valeria es prima de Allison. Ana Claudia es -o era- amiga de Allison y Valeria, soberanas perpetuas de la razón y la valentía, conocedoras del arte de la guerra y la pasión. Y Ana Claudia, Allison y Valeria son -o eran- mis amigas. Quizá les caía bien. Tal vez sentían una especie de aprecio hacía mí: como el que se siente a una mascota o a un CD musical; y por ello me trataban como se tratan a las personas que se aprecia -pero que vagamente conocemos el motivo del cariño-: con golpes, patadas y arañazos. No me dolía. Inclusive provocaba la furia de las ninfas guerreras invitándolas al ruedo y a un combate frente a frente, terminando, como es de esperarse, conmigo adolorido en algún rincón del salón.


Sin embargo, al final del día volvíamos a ser amigos y a recordar todo lo vivido juntos.


Era de esperarse, entonces, que aun ahora mantengamos contacto directo y hablemos regularmente. Pero la vida no es siempre como uno quiere que sea. No obstante, las recuerdo con cariño y alegría, desternillandome de risa recordando las maldades que perpetraban a su paso y las lágrimas que supieron no ocultar cuando la tristeza invadía sus vidas. Gracias por ser -o no ser- mis amigas.


Prof. Raul Abad y Erick.


A menudo uno se encuentra con un profesor divertido, comprometido a su labor educativa y a impartir sabiduría y conocimiento a sus pupilos. A menudo uno recrea esos momentos poco importantes en el mismo instante pero trascendentes en un futuro no muy lejano. A menudo uno olvida a estos profesores. Pero, otra veces, éste permanece toda una vida en sus memorias.


El morenito que vemos en la foto -casi dos metros de altura, ¿o tal vez yo era bastante más bajo de lo que soy ahora?- fue todo eso y más. Lograba una clase desternillante en su noble -y casi imposible- misión de educarnos en un idioma extranjero: inglés. Lograba su cometido: nos hacia reír y aprender sin mucho esfuerzo. Con el tiempo se volvió un aliado, un compinche de travesuras y un amigo incondicional.


Tiempo después supe que era tutor de último año de todos los ya mencionados. Pero yo no estaba. Es una lastima.


Erick -o churro crudo- siempre estuvo en otro mundo. Lo veía ahí, detrás mío, durmiendo en clase de aritmética, física, literatura, química, hp y hu... Cuando no lo veía durmiendo era porque estabamos en clase de inglés o -lo que pasaba casi seguido- no había llegado al colegio. ¡Bah!, qué importa eso, compañero, si la mayoria de los que estábamos ahí sentados no queríamos estar presentes. Qué importa si sabíamos que años después esa mayoría desearía retroceder el tiempo para revivir cada uno de esos momentos. Qué importa si olvidaríamos lo malo con el tiempo y solo quedaría en nuestra memoria lo aprendido y lo vivido. Qué importa, churro crudo, si la vida es así y a la mierda.




Jeanmarco y yo.


¡La puta madre! que este compadre creció el doble de mi tamaño. Lo juro por la Sarita: yo era más grande que él cuando lo conocí. Ahora debo mirarlo alzando la cabeza. Era tan bajo que hasta daba risa. Pero así bajo creció y así como creció se volvió mi amigo, mi hermano, mi compañero en guerrillas y en la tribuna. Y aunque debía alzar la cabeza para verlo él se las arreglaba para no hacerme sentir tan bajo. Y aunque su compasión me producía cierta rabia estaba contento porque sabía que podía confiar en ese larguirucho de peinado extraño con quien no entraba al colegio varias veces por semana para ir a la playa, a jugar fútbol, a tomar unos traguitos, a encontrarnos con unas hembritas, a ver pornografía en internet, a jugar a ser hermanos del alma, a pelear hasta el final y a ver a la "U", crema hasta los cojones.


Los días cambiaron y las peleas se olvidaron. Yo me fui del colegio y, mi hermano, mi amigo, hizo lo propio. No volvimos a la tribuna. Casi olvidamos los años compartidos. Ahora simplemente nos une los vagos recuerdos.

A la mierda, él sigue siendo crema y yo también y es suficiente para no olvidarnos.




Los que se fueron (2do año)


A Laura, Yeremi, Arturo, Reynaldo, Sonia Yataco, Benito, Asenjo y otros que la memoria no me regresa sus nombres. Porque donde estén recuerden el año vivido en C.E.P Carmelitas New School.


Termino el post bastante frustrado de no poder escribir más sobre cada uno de ellos, pues cada uno tiene una historia aparte -incluidos los que se fueron-, algo que contar, algo que decir. Termino el post con una sonrisa, también, sabiendo que quizá nada de lo escrito aquí sea de su agrado, sabiendo que muy probablemente una o dos personas de las mencionadas llegaran a leer esta publicación. Y saben qué... ¡A la mierda!, esta fue mi revancha, ahora puedo ir a la madurez y a mi boda sin quejas ni remordimientos.





Pd: Un saludo cordial a los que llegaron en el último año.




(Gracias Valeria por la foto que, sin querer queriendo, me robe de tu hi5)


sábado, julio 24, 2010

Mute


Si bajas un poco la voz y tratas de agudizar el oído podrás escuchar el grito de pena de Mayra, la de los cabellos rizados, la de la mirada perdida, y la mujer más bella y malvada que he conocido en 35 años de miserable, pero no lamentable, vida.


Mayra estaba loca. Loca hasta los cojones. Solía preguntarme incansablemente si me sentía bien o si quería ir al baño -al principio, como es de esperar, pensaba que se refería a algún gesto estúpido o demente de mi parte, pero no-. Luego que negaba con la cabeza y seguía con el helado de vainilla y chispitas de chocolate Mayra preguntaba por la salud de mi abuela, de mi madre y, por ultimo, y sin despreciarlo, por Fidodido, mi perrito lame pies y lame bocas. Una vez saciada su pregunta miraba fijamente el vacío pensando en quien sabe cuantas vulgaridades para continuar con la conversación que nos había llevado hasta ese lugar de la avenida La Marina.


Su rizada cabellera, donde caían finas y delicadas ondas, eran de un castaño oscuro. Tan atractivo como perturbador pues siempre necesitaba averiguar si ya le había dejado de ver el pelo. Disculpame, Mayrita. No te preocupes, solo me pongo nerviosa. Mil perdones, Mayrita. Me irrita tu extrema caballerosidad. No volverá a pasar, Mayrita.


Su tez canela, sus labios rosados, sus ojos almendrados, su curvilíneo cuerpo -que producía en mi una especie de escozor crónico en la parte baja del cuerpo, ahí donde mamá no quería que me rascara con afán-, su inteligencia, sus ánimos por la lectura, su sonrisa angelical, su manos tiernas y delicadas, su cuerpo de nuevo, sus pechos, sus... sus...


Mayra era perfecta. Y no me importaba casi que estuviera loca. Es más, la encontraba atractiva por ese motivo.


Sin embargo, no todo era perfecto. O, mejor dicho, no todo era como esperaba que fuera. Mayra con el paso de los años se volvió mi amante. Hacíamos el amor en todos los rincones de su casa -su favorita era en el cuarto de su abuelita; cuando ella dormía y soltaba eructos nos encargábamos de escabullirnos y hacer el amor sin soltar gemido alguno-. Y no es exagerado mencionar que ambos fuimos la primera experiencia sexual del otro. ¡Bah!, importa una mierda si era lo correcto o no: gozábamos desmesuradamente presionar nuestros cuerpos con fiereza y pasión.


A pesar de los encuentros sexuales y del gran cariño que sentíamos mutuamente nunca mantuvimos una relación de novios formales. Ocasionalmente Mayrita me presentaba a su galán de turno y pellizcaba mi trasero cuando el pobre tipo se encontraba distraido -o distraida, si era el caso que yo le presentara alguna, cosa que pasaba muy poco porque yo vivía con la esperanza de pertenecer a su vida más de unas cuantas horas y no precisamente como el amigo sexual que Mayra esperaba que fuera-. Salíamos al cine, a la disco, a la biblioteca, a la playa, al centro comercial, y a todo lugar donde ella tuviera bien de llevarme y presentarme -yo era un ignorante completo sobre los mejores lugares de Lima y ella una erudita en la materia-. Eramos los mejores amigos aputamadrados que en la puta vida se podrá encontrar. Y tirabamos o follabamos o copulabamos o cachabamos como los adultos que deseábamos ser y como los adultos lujuriosos y arrechos que llegamos a ser con el paso de los años.


Un noche mi amiga sexual, y secretamente amor platónico, me comunicó que se iría a España porque un tío -y estaba practicando desde ya el acento- se la estaba llevando para trabajar de cajera en un supermercado. Lloré. Lloré como una niña rogándole por la virgencita y por todos los santos que sería millonario y que no había necesidad de irse tan lejos a follar con un tío desconocido -solo lo conocía por Internet y cámara web- ya que yo le daría todo lo que necesitase, Mayrita, mi amor. No soy tu amor, me dijo, y me voy. Yo voy contigo. A toma' por el culo, tío, me voy porque me voy, vale. Vale, Mayrita.


Y así mi amiga sexual se fue a Madrid y no supe de ella hasta hace unas semanas: casi diez años después.


Tomaba café en el viejo restaurante de la avenida La Mar en Miraflores cuando yo iba en el no menos viejo Volkswagen rojo que me compré al año de su partida -y que conseguí en gran precio por estar muy descontinuado-. Frené en seco. Estacioné el auto y corrí a su encuentro.


-Mayrita.


Mayra sonrió, me invitó a sentar a su lado y todo pasó como si nunca se hubiera ido. Llevaba unos meses de haber regresado. No se había casado ni tenía hijos. El hombre con el que se fue resulto ser un pegalon que la había obligado a someterse a la más bajas pasiones. Había tenido muchos novios desde entonces, trabajado todo lo que podía trabajar y ganado todo el dinero que yo le había prometido pero que, lo sabía muy bien, no hubiera podido ganar. Había amado y odiado. Había hecho mil cosas y había pasado la mejor etapa de su vida.


-Tú, a qué te dedicas.

-Soy escritor.

-Joder, tío, poeta resultaste.


Bueno yo le dije escritor pero Mayrita quiso pensar en mi como un poeta y yo quien demonios era para quitarle la ilusión.


La lleve a mi departamento en Barranco preguntándole previamente si tenía algún lugar donde la extrañarían -obviamente yo pensaba en sus padres y hermanos-. No. Te quedas conmigo, pregunté, asustado. Si, contestó.


La noche me pareció muy corta. Hablamos de todo y de todos. Lloramos juntos los años perdidos y copulamos como antaño en el viejo sofá que había heredado de mi tía abuela Julieta cinco años atrás. Creí resucitar, regresar del reino de Hades directo al paraíso desconocido. Creí que los años no habían pasado y que ahora tocaba ser realmente dichoso junto a la mujer de la que estuve siempre enamorado y que no pude olvidar por más puta o modelo que tomtase. Deseé el mundo se detenga para así vivir eternamente ese mágico momento, acaso el mejor de mi vida, acaso el más maravilloso.


Sin embargo, Mayrita, el amor de mi vida, tenía otros planes. Cuando abrí los ojos ya no estaba. Una nota descansaba sobre la mesita de noche: "Gracias por la hospitalidad y los ahorros. Un beso en la polla".


¿Un beso en la polla?... !Que me parta un maldito rayo¡, !Había sido timado por segunda vez en mi vida! Mayra solo quería darle besos a mi polla y regresar a España con el botín ganado, a seguir dándose la vida de lujo de la que estaba acostumbrada y de la que jamás podría salir. Era el imbécil más imbécil que el mundo jamás a parido.

Corrí. La busqué en cuanto lugar conocía. Pregunté por ella a sus padres y hermanos. Regresé al restaurante. Lloré frente al mar. Era un hombre traicionado y ella una mujer muerta -si en caso la encontraba, claro-. Entonces, y miren como es la vida de maravillosa y cruel, mi vieja amiga sexual besa pollas reía con gran alegría ante la broma de un pobre imbécil -seguro ignorando que seria víctima de un asalto a mano armada por esa mala mujer que alguna vez amé-.

!Hey¡, rugí. Mayra de pronto perdió su color. Oh, qué gusto verte, dijo alzando los brazos para ser abrazada. A cambio recibió una bofetada. Imbécil, gritó el tipo que la acompañaba. Te hago un favor, huevón, dije, preocupado porque mi colega entendiera el mensaje. No obstante, parecía enamorado de la mujer que fue mi mujer solo una noche antes. Por ello, y esto lo lamento tanto, tuve que despacharlo atravesándole la cabeza con dos certeros disparos, y, para evitar a los chismosos e intrusos, proseguí con el amor de mi vida con dos más en el pecho, justo donde separaba el escote sus bustos.

Afortunadamente logré escapar y ahora vivo feliz en Mar del Plata. Ya no escribo. Pero cuando recuerdo a Mayrita, mi ex amiga sexual, no evito una erección ni tampoco dedicarme unos minutos a la prosa.