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miércoles, noviembre 13, 2013

Felicidad





A Vivian, porque todas mis letras son suyas



En el amanecer del primer día del mes, la princesa se acerca sigilosamente a su ventana.

‘Ha llegado el momento’, piensa.

Corre las cortinas, busca un cepillo y arregla su cabello mientras detiene la mirada en el horizonte. 

Ya no tiene miedo. El temor que el día anterior se había apoderado de su cuerpo se acaba de ir dejando paso al optimismo que representa buscar una nueva vida.

¿Cómo podría tener miedo si esta vez el amor estaba de su lado?, ¿cómo retroceder si la vida le estaba dando la oportunidad de volver a creer, de dejar de someterse a los caprichos del mundo?, ¿cómo hacerlo si el universo le regalaba mil alternativas, mil formas nuevas de vivir?

Había llegado su momento.

La princesa respira hondo.

Una sonrisa, de pronto, se dibuja en su rostro.

El tiempo estaba cerca. Esta vez su corazón no la traicionaría, y sus piernas responderían por fin a los mandatos de su alma.

Deja el cepillo a un lado. Regresa sobre sus pasos para buscar bajo la cama una maleta que estuvo preparando las últimas dos noches. Lleva lo indispensable para sobrevivir.

Al final, había entendido que la felicidad no consistía en los bienes materiales que los ‘bien intencionados’ le ofrecían con afán, ni siquiera en el pobre recuerdo de una ilusión que jamás se cumpliría, ni en un momento de lujo o en la admiración de los demás. La felicidad consistía en cumplir con amor, humildad y optimismo aquellos pequeños sueños que solo en el fondo de su alma se proyectaban. Hasta el silencio más largo, luego de una amena conversación, era un episodio de felicidad. Hasta un tierno abrazo en el día más soleado o la noche más oscura, significaba felicidad.

La felicidad estaba en los detalles, en la acción más pequeña de bondad, en la sonrisa sincera de un niño; y en el grito espontaneo de amor.

La princesa entendió que lo mejor de la vida no viene de las cosas más grandes sino de las pequeñas que se dan por amor, por amistad; por ese único sentimiento libre y desinteresado.

Por ello, la princesa regresa a la ventana.

El sol empieza a salir y se escuchan ya el primer canto de los pájaros. 

Detiene su mirada en el celeste del paisaje, mientras unos finos rayos de luz acarician suavemente sus mejillas y una silueta masculina se dibuja en el horizonte.

‘Ha llegado’, piensa. Piensa: ‘El camino recién  comienza.’     
  

miércoles, marzo 23, 2011

Tenerte


Despierta que el sueño no es eterno y las palabras pierden sentido mientras más piensas en ellas.
Camina al balcón y espera que pronto llegará. Olvida las culpas y lamentos de la última noche. Deja, princesa, que salga aquella lágrima, que conozca el mundo y sepa que la felicidad no es un regalo sino una lucha constante, un combate a diario.
Espera aunque el tiempo se prolongue, aunque la luna no se asome y las estrellas pierdan brillo. Hazlo y de esa manera sabrás que sufriste de todo y padeciste todos los males pero seguiste adelante sin importarte la crueldad y el abandono. Demuestra que sigues viviendo, que tienes alma. Y por más que no quieran verlo, dentro de ti la verdad permanecerá, princesa. Luego, cuando los años se hubieron llevado la impotencia y las lagrimas, comenzara la revancha, teniéndolo, teniéndote, princesa.

jueves, marzo 17, 2011

Lucidez



Duro como un espartano. Incapaz de volver la cabeza. Fuerte, valiente, perspicaz, sagaz, de una habilidad sobrenatural para las artes del amor y la guerra. Aprendió a dominar el miedo, a ahogar el grito en los momentos más difíciles y gritar de orgullo cuando la batalla empezara.

Supo siempre que vivir era la prueba más importante y que no sobreviviría si se dejara derrotar por la falsa simpatía de los que prometieron, a Dios, por supuesto, no irse nunca, y juntos serian invencibles.

Sonríe a la cobardía. Escupe la falsedad. Crece con el paso de las horas. Entrena cuerpo y mente. Y, espada en ristre, sale al campo de batalla a degollar cuanto enemigo se atraviese. Nadie lo detendría.

Lucidez… ¿acaso soñar lo devolvía a la infancia?