jueves, septiembre 04, 2014

Si te recuerdo...



- Si te recuerdo, abusas del poder que tienes en mi memoria. Juegas conmigo, me haces soñar, y pensar que todo puede volver a ser como antes, que nada se ha perdido, que me amas aún, que también me recuerdas. Si juegas, yo vuelvo a la vida, camino feliz, sabes, y dejo de pensar en el amor que había estado perdiendo, pero que logré recuperar días antes de que te vayas, que me dejes y te olvides cuanto te amo, cuanto me amas.  Si te recuerdo, vuelvo a llorar. Pero no debo seguir haciéndolo. Siempre me dicen que debo dejar atrás las cosas, recuperar mi vida o emprender nuevos proyectos que mantengan mi mente alejada de tu recuerdo. Yo les digo que ya lo sé, que tienen razón, que lo intentaré. Sin embargo, te amo. Sin embargo, amor, regreso a ti y vuelvo a llorar y a sufrir y a saber que solo te tengo unos instantes porque luego debo regresar a casa a vivir la misma soledad que me dejaste como regalo, sabiendo que tal vez no me escuchas, no me piensas, no me sigues ahí donde estás haciendo quien sabe qué cosas. Y te amo, sabes, y  sé que  me amas también.

- Debemos irnos.

- No fue fácil llegar a ti. Estuve en casa varios días sin salir. Parece que ya perdí el empleo. No me importa. Mira, ya sé lo que estarás pensando: el trabajo es muy importante. No he tenido ánimos para ir a trabajar, es todo. De alguna manera me acostumbré a asistir gracias a que me recordabas que habían cuentas que pagar, que el regalo para fulano o mengano no sería gratis, y ahora que no escucho esa vocecita a veces fastidiosa y pegajosa no tengo ganas de ser responsable o de ganar dinero para hacer regalos o pagar cuentas. Las tarjetas ya deben estar bloqueadas. Mejor, nunca me gustó el crédito. Con los pequeños ahorros que tuvimos vivo en austeridad pero en paz. Mañana o pasado visitaré la oficina, renunciaré y luego esperaré la liquidación y todo lo demás que me corresponde por ley. Si, ahora alzo la voz para reclamar mis derechos, ya no espero que otros lo hagan por mí. Siempre me repetiste que hay que reclamar ante las injusticias, ser libre de expresarnos. Ya lo hago, sabes. Ya reclamo. Hasta cuando alguien quiere colarse en el supermercado le digo que no lo haga, que no está bien. Seguro estarás feliz.

- Seguro que sí. Ya vamos. Es tarde.

- Dicen que debo irme. No quiero. Quiero estar contigo. Quiero contarte que te extraño, que he vuelto a pintar, a ver animes, a escuchar The Police. Te acuerdas cuando cantábamos casi gritando, olvidando a los vecinos, sintiéndonos dueños del mundo. Dejamos de hacerlo con el tiempo. No sé por qué. Escucharlo ahora me hace feliz, me ayuda a nunca olvidarte, a no hacer caso a las personas que dicen que debo dejar tu recuerdo atrás. Dicen que piense en mamá, en mis hermanos, en todos a los que he abandonado por llorar tu partida, por no aceptar que ya no estás conmigo, que nunca volverás a mi lado, que ese amor tan grande que tengo debo dejarlo a un lado para no seguir llorando. Y no quiero. Y te amo, mi vida. Y nunca te vayas, por favor. Regresa. Regresa, por lo que más quieras. Regresa y trabajaré, y no te molestaré con mis preguntas tontas, con mis dudas. Regresa o llévame contigo. Llévame que no quiero estar sin ti. No quiero. Voy a enloquecer.

- No llores más. Ven conmigo.

- Adiós, mi amor. Volveré, te lo prometo.


- Sí, volverás.

jueves, agosto 28, 2014

La señorita Ortega



Solo una fotografía ha quedado grabada en mi memoria de aquellos días donde tres o cuatro carpetas de colegio me separaban de la señorita Ortega. Y esta fotografía, ennegrecida por los años y las derrotas, es el único alimento nostálgico que ingiero poco antes de conocer a la muerte. No, no es una imagen alegre o triste o confusa, es más bien de una situación común, de un hecho tan simple y sencillo que podría pasar por aburrido, pero tan intensa como los recuerdos que guardamos de un abrazo o una larga charla con algún ser querido. La imagen va más o menos así:

La señorita Ortega (la vejez me hizo olvidar su nombre y es lo que más lamento) era para el salón de clases lo mismo que las alegrías para el bienestar saludable del cuerpo. Llevaba siempre en el cabello un listón amarillo amarrado a su cola de caballo, una falda que le quedaba por debajo de las rodillas, unos zapatos de charol y una sonrisa sincera.

Una visita a su prima, compañera nuestra en el aula, en alguna de las actuaciones que el colegio realizó, bastó para que el año que siguiera se incorporara emocionada con nosotros. Solía decir que le había gustado mucho el grupo y que las instalaciones eran muy parecidas a las que se veían en las telenovelas mexicanas. Cierto esto o no, la señorita Ortega nos acompañaba ya y valía pues la pena cualquier semejanza con las telenovelas mexicanas, argentinas o coreanas.

No sé si yo la noté desde el primer instante. Pero poco importa en realidad esto pues el hecho resaltante es que en un momento dado volví la vista desde mi pupitre y la vi sentada escribiendo, tal vez la clase de la profesora o un poema o una canción de José José, en su cuaderno; y esa visión de su sonrisa dirigida al cuaderno, de su cabello recogido y el listón amarillo fueron para mí la expresión máxima de belleza. Descubrir que existía, entonces, fue como si recibiera un golpe directo en la cara, obligándome así a despertar de un largo sueño mientras que por la ventana mas próxima todas las ideas que antes tenía sobre la vida son lanzadas sin piedad. No exagero si les aseguro que todo en este mundo perdió su forma y dejó de tener sentido.

'Señorita Ortega', escuché de pronto.

Era la maestra.

Asustado, regresé la cabeza a la pizarra pensando que yo había sido descubierto mirando a la chica nueva y que aquel 'señorita Ortega' era en realidad 'joven Alejandro'. Descubrir, sin embargo, que no había sido así no me hizo sentir mejor puesto que la que sería amonestada era la chica que acababa de remecer todo mi mundo.

'Preste atención a la pizarra... ¿o prefiere venir a mi lado a explicar la lección conmigo?', le dijo la maestra, 'usted es nueva y no querrá ganarse una visita a la dirección'

Se escuchó en el salón algunas risitas ahogadas. Y para estos desconsiderados la maestra tuvo otra amenaza: 'Silencio o los mando también con la señorita Ortega a la dirección'

'Disculpe, profesora', dijo en respuesta la señorita Ortega.

'Disculpe, profesora', pensé, repitiendo sus palabras. Así se escuchaba su voz. Así era el sonido maravilloso de la felicidad, del amor. Así debían de sonar las campanas del cielo anunciando la llegada de una buena alma. Ese tenía que ser el sonido de la vida, de las cosas maravillosas y eternas que nos aguardan para procurarnos felicidad. Escuchando esa voz debía llegar a anciano, y cerrar para siempre los ojos con esa palabrita: 'profesora'. No me cabía la menor duda.

'Joven Alejandro...', escuché por ahí. 'Joven Alejandro, mire también usted la pizarra...'

Era ella, la maestra, despertándome de la visión de mis últimos días. Mi atención se había centrado nuevamente en la señorita Ortega. Alarmado pedí disculpas no sin antes mirar a mi compañera por última vez.
La señorita Ortega, sabiendo que me habían llamado la atención por estar mirándola, me regaló aquella mañana una mirada, la misma que acompañó con esa sonrisa que tanto recuerdo.

Ahí termina mi visión de la fotografía. No hay nada más. La señorita Ortega fue tanto mi amiga como la fue del grupo, y al finalizar el año escolar otro colegio le recordó aun más a las telenovelas mexicanas que no dudó un segundo en cambiarse.


La recuerdo más ahora porque la muerte no es más que la culminación de una vida; y mi vida fue muchas cosas pero más que nada fue la prolongación constante de ese primer encuentro con el amor, de ese primer instante de felicidad completa.

viernes, agosto 22, 2014

¿Recuerdas?

La foto es de la maravillosa escritora rusa Liudmilla Petrushévskaya. No encontré otra imagen que represente mejor la historia.
           
         
Estoy decepcionada de ti, Jota. Así como escuchaste. Oh, por favor, no me mires de esa forma como si yo tuviera la culpa de algo. Deberías estar pensando, más bien, en cómo salir de la situación en la que te encuentras, porque si te vieras en un espejo lo maltrecho y desarreglado que andas, no podrías creerlo. Aunque, si lo pienso con un poquito de calma, segurito terminarías por echarme la culpa. Ni más me faltaba.

Como te iba diciendo... ¿Qué te iba diciendo? Oh, claro, te ves muy feo. Mira tu pelo lleno de polvo y tierra y estas manchas rojas que me desesperan, y que por más que trato no logro sacarlas con la mano; de repente si busco una toalla con algo de agua. No, no ¿por qué habría yo de pararme para hacerte más favores? Es tu turno de ocuparte de ti. Te he mal acostumbrado y ya debes ir aprendiendo a ser autosuficiente porque no te voy a durar toda la vida, y si no lo haces desde ya, vas a terminar muy mal. Ya deja de mirarme, te digo. Levántate mejor que ya amanece. ¡Ay!, cierto, hoy me tocaba ir a comprar el pan. Mira donde anda mi cabeza que olvido eso tan importante. Sí, sí, Jota, querido, dedico mi tiempo en pensar tonterías, pero debes saber que perderte me causa mucho daño, y no podría imaginar que otra te hace feliz. Sé que no debo empezar con lo mismo de siempre, pero eres tan perfecto. Ya, ya, deja de acusarme con la mirada, Jota, voy a intentar ser menos celosa y más paciente contigo.

Recuerdas cuando éramos enamorados y me escribías un poema cada semana, decías que era tu luz, tu sol, tu luna, tu todo y yo te miraba y te besaba. Recuerdas que me prestabas libros (que al final nunca terminaba de leer) y me llevabas a pasear a la Plaza Manco Capaz, y a librerías, y me decías que querías ser escritor pero que no te sentías con el talento necesario; sin embargo, échale ganas, te decía, tú puedes. Luego viajaste a Argentina a estudiar literatura en la universidad de Buenos Aires. Me dejaste, recuerdas. Escribías esas cartas tan románticas, primero, a diario, semanal, mensual; y luego yo tenía que llamarte y escribirte y preguntarte cómo te iba, si estabas bien, si necesitabas algo. Me decías: no, bebé, todo bien. Yo te creía porque te amaba, sabes, te quería al extremo que me desnudaba frente a la cámara web y cumplía al milímetro cada capricho sexual que hayas tenido en ese momento. Me decías que necesitabas estar conmigo, que te tocabas todas las noches pensando en mí. Eso me ruborizaba, pero me ponía contenta porque sentía que era parte de tus noches, de tu vida, de tu existencia. Que  lindos momentos. Yo pasaba los días estudiando enfermería en un instituto en la avenida México. Tenía veinte años y tu veinticinco, recuerdas. Soñaba que viajaba para la Argentina a reunirme contigo, hacíamos el amor en tu cuarto en Tigre y regresábamos juntos al barrio. Estaba tan enamorada. De acuerdo: tú también me amabas. Estábamos tan enamorados. Oh, claro que sí, hasta parece que ya estás sonriendo.

Cuando regresaste a Lima habían pasado siete años. Te esperé en el aeropuerto. Nunca llegaste, me dijiste que habías tenido un percance. Al día siguiente, fue lo mismo. Llegaste a las dos semanas. Me llevaste a un hotelito en la avenida Manco Capac. Antes de ir a casa de tus padres para darles la sorpresa, almorzamos comida arequipeña en el Chaucalla. Esa noche me ofreciste matrimonio. ¡Oh, dios!, ahora que soy vieja cómo recuerdo esos momentos tan lindos. Eres mi musa, decías, sin ti no puedo escribir. Conseguiste trabajo como profesor de literatura en un colegito cerca a Matute. Es provisional, me dijiste, ya pronto publico una novela. Nos casamos por civil a los dos meses, fuimos de luna de miel a Buenos Aires, me llevaste a Caminito y muchos lugares lindos. Cuando regresamos seguiste escribiendo tu novela. Un amigo tuyo te ayudó a publicarla. Fuimos de gala a la presentación en una librería muy conocida. Con el dinerito que te dieron alquilaste una casa en la avenida Arriola, no puedo dejar mi distrito, me dijiste, es parte de mí; y yo estaba de acuerdo porque yo también había nacido y crecido aquí. Decidiste vivir una vida de escritor mientras yo decidí vivir una vida de madre. Dejé mi trabajo de enfermera para dedicarme a los hijos que iban llegando. Nunca estuve más feliz que en esas tardes en la terraza, tomando una coca colita con bastante hielo y escuchando música. Eras joven, fuerte, te sentías capaz de conquistar el mundo. Hasta salías todos los domingos a jugar al futbol con tus amigos. Eras feliz, y yo también porque te tenía a mi lado.

Mírate ahora, Jota: viejo, casi sin cabello. No te me eches la culpa, sabes que lo único que hice toda mi vida fue dedicarme a ti. Fui una madre ejemplar y una compañera dedicada. Traté de que me vieras siempre como una mujer atractiva, por eso gastaba dinero en ello, y te hacia feliz, lo sé, ir vestida como una reina. Dedicaba mis energías a hacerte feliz en la cama, y cuando estuvimos en esa maldita época y no querías tocarme, te comprendía, no te hacia saber mi molestia, mi preocupación. Te adoraba con mis caricias, con mis alientos. Estuve contigo cuando nadie compraba tus novelas y llegabas a casa ebrio, gritando, botando a los niños, y con olor a prostitutas; llorabas en mis piernas mientras me confesabas haber tocado cuerpos de mujeres jóvenes en esos sucios cuartitos de bulines, y yo te acariciaba los cabellos porque te amaba y comprendía que lo hacías porque odiabas tu trabajo y porque no eras el escritor que deseabas ser. Al día siguiente, no recordabas nada.

Tus ánimos cambiaron cuando conseguiste trabajo en la universidad San Marcos como profesor. En un año y medio publicaste dos novelas. Aún recuerdo tu brillante sonrisa al contarme que todos tus alumnos la habían comprado, que recibías las felicitaciones de tus colegas y jefes. No recordaste, ¿verdad?, en esos momentos, tus días de bulines y meretrices. Seguro que nunca se lo contaste a esos señores importantes que se emborrachaban en nuestra casa mientras jugaban cartas y hablaban de cosas que no entendía. No te importaba entrar a nuestro cuarto ebrio, despertarme, y hacerme el amor luego de tantos días de rechazo y abandono. Pero yo te lo permitía porque era mi deber. ¿Ya lo has olvidado? Claro que sí.

¿Por qué no dices nada? Prefieres el silencio. Prefieres mantener los ojos y la boca abierta, acostado sobre esa cama. Prefieres quedarte quieto sin pronunciar ni una palabra.  Prefieres que siga hablando. Prefieres saberme perdida sin ti, como la vez que decidiste irte de la casa para vivir a la Argentina con esa mujer que habías conocido en uno de los bares de mala muerte que visitabas. Dejaste tu trabajo en San Marcos y huiste con ella para vivir una vida de adolescente.

Estuviste muchos meses sin comunicarte con tu familia. Tu hijo mayor, Luis, que ya había cumplido veinte años me preguntaba por ti todas las noches mientras metía a sus enamoradas a su cuarto, al igual que Miguel, Gabriel y Sebastián. Habían salido tan iguales al padre.

 Sé que me veo ridícula diciendo estas cosas de mis hijos, pero es que qué podía esperar si tenían un padre cobarde como tú. Qué les diría para llevarlos por el buen camino si yo lloraba todas las noches recordándote a mi lado, sabiéndome tuya frente a esa cámara web, saboreando juntos comida arequipeña. Cómo podía si con el paso de los días iba volviéndome más y más anciana.

Qué puedo decir ahora, si ya los años han pasado, Jotita, si ya las cosas han cambiado. Te diste cuenta que yo te hacía falta y por eso me llamaste esa madrugada a decirme que por favor te enviara dinero, que querías regresar a mi lado. Yo, enamorada y ciega como estaba, viajé con los ahorros (dejando a los niños en casa de mi hermana) y te saqué de la miseria donde vivías. Porque debes recordar que vivías en la miseria: un cuarto pequeño lleno de polvo y las paredes despintadas y ennegrecidas por el paso del tiempo; una camita sin sabana y cucarachas caminando en ella. Me abrazaste y me dijiste que te perdone, que habías sido un tarado, que te habían engañado, que no comías desde hacía muchos días, que tus amigos escritores te habían dado la espalda, que te diera una nueva oportunidad.

Estúpida y enamorada, te la di. Y te la di porque te amaba, porque te amo.

Pero cómo es la vida de pendeja. A nuestro regreso, luego de dos años de paz, nuestra situación económica empeoró y como no te quisieron recibir de nuevo en San Marcos tuviste que aprender oficios modestos.  Nuestros hijos eran incapaces de ayudarnos. El mayor salió del país en busca de su vida y el otro se fue a vivir a la casa de sus suegros por embarazar a esa muchachita; los dos últimos aprendieron, a duras penas, a compartir la pobreza con nosotros.

Te daba vergüenza salir a la calle, que te reconozcan, que digan: oh, ahí va el autor de "Memorias de una mente distorsionada" y "El arma del desarmado" y "confesiones del hombre pez", con martillo y clavo a reparar la puerta de su vecina, la señito Miriam. Y no pensabas que yo tenía que preocuparme por el bienestar familiar. No volviste a escribir. No volviste a decir nada. No volviste a visitar prostitutas. En cambio, te dedicaste a la bebida y a la televisión. Te olvidaste de mí, Jota.

Jota, carajo, despierta de una buena vez y dime algo que ya me cansé de llorar y de mover tu cuerpo. Por qué no te mueves, Jota, dime algo por favor, mi amor. No puedes estar así de tranquilo luego que te dije todo lo que te dije, Jotita. Jotita, como te gustaba que te diga cuando éramos enamorados. Jotita, acaso quieres verme sufrir más. Dime que estás bien, que lo que te hice no te causó ningún daño, mi amor, dímelo para poder abrir esa maldita puerta que toca desde hace rato y por más que intento e intento, no logro ignorar. Oh, dios mío, debe ser nuestro hijo, que mala memoria tengo. Oh, por favor, Jota, ponte de pie. Hazlo te lo pido. Deja de bromear, de hacerte el interesante. Deja de hacerte el muerto...


No, no, sácate eso de la cabeza. No podrías estar muerto sólo porque te puse ese polvito blanco en tu vaso con agua para que tomaras tu pastilla. No te puede haber dado un infarto sólo porque lo deseé con todas mis fuerzas luego de todas las maldades que me hiciste. No puedes. No debes, mi amor, Jotita. Dime que no estás muerto. Parpadea, te lo pido, parpadea y ámame antes que tu hijo entre por esa puerta y se dé cuenta que esta mujer, su madre, que te amó tanto, acaba de matar a ese hombre, su padre.

miércoles, agosto 13, 2014

Fuego enemigo



En medio de la batalla, Joan, cayó, de pronto, de bruces contra la tierra.

Mientras tanto, a medio día de distancia, las huestes del general Kroll vieron como un fuego proveniente del pueblo Mord acariciaba las nubes tiñéndolas de rojo y negro, impregnando, además, en el ambiente el asfixiante aroma que despiden las cenizas, el sudor y los cuerpos calcinados. Aumentaron pues la velocidad para así repeler la invasión.

Una ligera punzada en el corazón de los caballeros los hizo preguntarse si es que era demasiado tarde, si habían caminado en vano durante veinte días sólo para ver morir a sus hermanos y hermanas  en manos de los enemigos. El frío, el hambre, el cansancio, el sacrifico, todo, no valía ya la pena pues nunca llegarían a tiempo. Por sus mentes cruzó fugazmente la conciencia de la derrota.

 -Nunca llegaremos – se escuchó decir por ahí.

Y tras ese lamento les siguió otros y otros. Y cuando los lamentos no bastaron para calmarlos, los rugidos de ira, impaciencia e impotencia se hicieron tan fuertes como el crepitar de los maderos de las casas que eran destruidas, como el olor a sangre y vomito, como los gritos desesperados de las mujeres y los niños.

-Si el emperador nos hubiera mandado antes…

-Si la tierra no fuera tan accidentada…

-Si no fuera por esa maldita nación…

Si lo esto y si lo otro y si lo aquello…  La furia y la pena comandaban ya en sus corazones. Algunos culpaban a la lenta reacción del emperador cuando la noticia de la invasión en el norte llegó a sus oídos y éste, en vez de reforzar de inmediato el flanco debilitado, quiso entablar una negociación pacífica con el enemigo. A los caballeros procedentes del norte no les hizo gracia pues desde muy pequeños fueron criados para defender sus tierras a costa de su propia vida. Estaban convencidos que cuando se derrama sangre familiar la única respuesta lógica es la venganza. El emperador, que había viajado por mucho tiempo a occidente y que de ahí trajo ideas ajenas a la forma de vivir del pueblo, se rehusó a empezar una guerra. Al poco tiempo, sin embargo, más noticias sobre invasiones y muertes llegaron al palacio. El odio del enemigo era implacable. Se puso a cargo entonces del general Kroll cinco mil caballeros para detener la marcha del enemigo.

Otros, en cambio, culpaban a la nación usurpadora de todos los males. Una traición como la que ellos habían tenido, sin importarles la ayuda económica que en algún momento se les dio, era inaceptable.
Sea cual sea el caso, el pueblo de Mord se reducía a cenizas antes sus ojos.

-¡Malditos sean los dioses y los usurpadores!

El general Kroll, cuyo aliento se extinguía a causa de la larga caminata y del aumento de la velocidad, pero que conservaba aún la vitalidad y la euforia de sus años de gloria, gritó: 

-Basta de lamentos y quejas. Nuestros hermanos mueren en Mord. Conserven sus fuerzas para el enemigo.

-¡Muerte a los invasores!- corearon en respuesta.

-¡A las armas!

-¡A las armas, caballeros!

Así, abriéndose paso entre la vegetación, y al ritmo del ¡Bom bom bom! de los tambores, las huestes cayeron sobre el pueblo de Mord y los invasores con todo su poder.

La resistencia aún combatía cuando los aliados llegaron. Nada amilanó sus corazones y su pundonor, y a pesar del cansancio, las saetas impregnadas en fuego, el filo de las espadas y el odio ajeno, salvaron el pueblo de su extinción…


Así fue tal vez… o así tenía que ser… ¿o así sería? Pero cómo lo sabría Joan si yacía casi inconsciente y sin fuerzas en el suelo, esperando a sus hermanos, al legendario general Kroll y los caballeros que darían la vida por el pueblo de Mord y sus hijos.