sábado, julio 11, 2009

Eterno


Efectivamente había muerto. No se sentía impresionado ni triste ni solo, no sentía nada en realidad; no había visto a sus padres ni abuelos como le aseguraron sus hermanas. Tampoco estaba la enorme puerta con un hombre de barba blanca buscando en un cuaderno gigante el nombre del siguiente en ingresar al cielo o al infierno o si quiera la interminable fila a causa de las miles de muertes que ocurren a diario en todo el mundo. Nada de lo que le contaron desde pequeño era real. La muerte es -o en ese momento estaba seguro de ello- un paso hacia nada, a un espacio en blanco donde no existe el hambre ni la sed y no se está enojado o feliz o solo; simplemente no había nada y, lo peor, viviría -no literalmente, claro- de esa forma eternamente. De mas estaría se pregunte una y otra vez qué demonios haría luego, por el momento mejor trate de dormir algo -en caso se pueda dormir una vez muerto- y qué mierda no tenga sueño. Se sentó rápido por si la idea lo desanimaba a última hora, cruzo las piernas y los brazos, le sorprendió que su capacidad física haya regresado en unos segundos. Toco sus dedos de los pies y estiro la espalda todo lo que pudo Se encontró fuerte, ágil. Esta vida no sería del todo mala entonces. La única molestia era aquel cuarto -o lo que fuera- grande y blanco. Si se atrevía a estirar un rato y caminar se enteraría si existe algo más además de nada, absolutamente nada. Quiso ponerse de pie pero prefirió quedarse de esa forma otro poco. No tenía la necesidad de permanecer sentado porque en ese lugar no se sentía cansado, así podría pensar tranquilamente ya que, de todas formas, tendría la eternidad para hacer todo lo humanamente posible. Mientras reflexionaba no se percato que detrás de él una mujer lo miraba. Hablaba en voz alta sin temor a ser oído ya que, estaba convencido, nadie lo escucharía. Una vez se callo por no saber que decir la mujer cogió su hombro y el hombre, para su sorpresa, no se sobresalto o pego un grito, volvió el rostro y le pregunto quien era y qué quería.
-Debes estar aburrido- dijo la mujer. No sé lo que es estar aburrido, pensó el hombre pero no lo dijo por respeto a la dama. A qué debe tanto interés, trató de ser cortés, cosa difícil en el mundo real pero acá podía todo; así pues por qué no ser educado.
-Acompáñame- hablo de nuevo la mujer sin prestarle atención a sus palabras.

-No me siento de humor para caminar- La mujer, una vez más, pareció no escucharle y lo agarro de la mano llevándoselo consigo y obligándolo uno a ponerse de pie y dos a caminar sin aparente rumbo fijo. Eres un ángel, pregunto el hombre. No. Eres mi abuela de joven o mi tía muerta en el accidente o mi madre y no te reconozco. No. Eres dios, el diablo, qué carajo tienes que ver en este mundo. Estoy aburrida, tú no. El hombre se canso de razonar con la mujer así que no tuvo otra más que dejarse llevar a cualquier parte. De pronto la nada tuvo color y era, al principio, gris y negro y luego había verde y naranja y escuchaba ¿lluvia? ¿era el mar?, le presto atención a sus sentidos que creía perdidos y se pregunto si en verdad estaba muerto o era un sueño extraño; tocó su estomago creyendo tendría hambre luego de no comer por tantas semanas seguidas -al menos no como la ley manda- pero no había vacio, ni el dolor de las agujas al penetrar su piel endurecida por las anteriores a esas, ni el mareo, ni la respiración forzosa o la necesidad de oxigeno y ni el dolor de sus hermanas al verlo partir de a pocos, convertido en un escombro humano, en un cuerpo sin vida ni voluntad, no sentía miedo ni estaba triste por ellas porque, ahora si, estaba en paz. No quiso pensar mucho en eso así que le presto atención al cambio que ocurría ante sus ojos: de la nada apareció el cielo y las nubes, llovía con furia, el fondo blanco a sus pies se volvió tierra y a su delante un barranco los separaba del mar embravecido, furioso por el constante asedio del agua que caía del cielo y lo golpeaba. Entonces podía oír de nuevo y la voz de la mujer se perdía de pronto entre la dicha de creerse vivo otra vez. Buscaba a dios o un ángel o un demonio, en el peor de los casos, o al diablo, en el mejor porque si habría de estar en el averno lo mejor sería conocer de un tirón al amo y señor, pero nada de nada y solo el paisaje y el árbol a pocos metros que latigueaba con sus ramas al viento y se mecía de un lado a otro provocando que la tierra temblara y el gras lo hiciera con él. La mujer corrió y se sentó en el barranco y miro al mar moviendo las piernas ante la mirada petrificada del hombre que, torpe e iluso él, creía poder morirse si se caía al mar.
-De todo, esto es lo mejor- hablo la mujer -ven y siéntate y descansa y disfruta, es rico sentirse como tu, debes de aprovecharlo antes que se vaya.

-De qué hablas- inquirió el hombre.

-Se ira como se fue la nada a tus ojos, en breve solo existirá lo que vez y nada más.

-Quiero entender.

-Entonces ven, siéntate.
Obediente dio largos pasos hasta la mujer. Una vez a su lado quiso preguntarle de nuevo a qué se refería con que se siente rico estar así pero pronto se iría y todas esas cosas; no lo hizo, prefirió mirar el mar y comprenderlo por si mismo. Cual es tu nombre, alzo la voz el hombre a causa de la bulla. No lo sé. Hace cuanto tiempo estás acá. Lo estoy ahora, no importa si estuve antes, contesto la mujer. Hace cuanto estás muerta, se atrevió a preguntar el hombre. Deja las preguntas, no intentes saber todo si tienes todo a tus ojos. No logro comprender, dijo el hombre. No intentes hacerlo entonces. Quizá tenía razón. En vida sus grandes lecciones fueron cuando no necesitaba recibir una. Aprendía una cosa buena sin querer y con el tiempo se volvía aquella enseñanza imprescindible en su vida. Disfrutaría, entonces, del paisaje. Se atrevió a mirar de frente el mar y aunque trató de buscar a la luna -o al sol, por último- no lo encontró. Sea lo que sea la persona o dios que haya creado ese mundo no había querido representar exactamente a la tierra. Por lo tanto, sobraba comparar lo uno con lo otro o tratar de encontrarle alguna relación lógica ya que todo, absolutamente todo, parecía sacado de una novela fantástica o una película de aquellas fatalistas que muestran, sin pudor, el fin del mundo, ignorando, obviamente, que después de él existe algo mejor -o peor-. El hombre logró relajarse al poco tiempo, trato de concentrarse en sus sentidos repentinamente recuperados y esperar que las respuestas lleguen por si solas. Coloco sus brazos hacia atrás para relajarse y movía la cabeza constantemente para masajeárselo por si solo, trató de pensar que se encontraba en una playa paradisiaca como en las revistas, tomando el sol, untado completamente por un aceite aromático y, en vez de aquella mujer, una rubia curvilínea luciendo su figura casi totalmente descubierta. En esas estaba hasta que creyó que su vista le jugaba una mala pasada. Entonces grito a viva voz.
-Se ahoga. Maldita sea, se va a morir- la mujer no pareció tomarle importancia a sus advertencias hasta que, ante la insistencia del hombre, volvió el rostro al lugar donde señalaba. No contestó, sin embargo- debemos salvarlo- dijo el hombre. Miro el vacio y el mar embravecido y quiso arrepentirse pero ya era muy tarde porque ahora caía en clavado directo al agua. Su cuerpo ingreso como una bala y una vez en el fondo se impulso con las piernas hasta la superficie. Nadó luchando contra la marea, siendo consciente que nunca se le irían las fuerzas porque en aquel lugar no existían simplemente las limitaciones y sobre todo físicas. Miro al hombre en mitad de una porción pequeña de tierra que era golpeada por la furia del mar, amarrado cuerpo entero en un tronco gigante con ramas pero sin hojas, mostrando lo que alguna vez fue un gran árbol; las olas rompían y alcanzaban al hombre una y otra vez mientras la marea se elevaba, tapando el islote casi completamente y llevando a aquel condenado a una muerte segura. Él, sin embargo, no podría permitirlo, aprovecharía su posición de inmortal -o algo muy parecido- para ayudarlo pues, estaba convencido, para algo ahora tendría que aprovecharlo. Cruzo rápido el camino y nadó presuroso hacia la salvación de aquel hombre. Miro su rostro y reconoció el dolor y la angustia que da el saberse perdido, el sufrir para luego, después de un tiempo muy prolongado, morir. Quizá era por ello que iba hacia su rescate, no permitiría pase su suerte, además por qué motivo estaba en ese lugar pagando lo que sea de esa forma tan cruel e inhumana. El islote se alejaba mientras seguía avanzando. Por más que sus brazos no se cansasen no lograba estar ni cerca. Parecía que el mar se volvía más ancho y largo o que le hiciera creer que avanza cuando en realidad retrocede o simplemente no se moviera de aquel lugar. De pronto se supo perdido y detuvo su lucha preguntándose donde diablos estaba en realidad y qué le pasaría a aquel hombre. A diferencia de su intento en llegar al hombre para salvarlo, el agua pareció calmarse por unos segundos dejando el camino libre para que regrese a tierra firme donde lo esperaba la mujer con los brazos cruzados y, para su sorpresa, una media sonrisa en los labios.
-Cómo está el agua- inquirió la mujer, esperándolo casi en la orilla de la playa. Mojada, iba a contestar, y helada, terminaría por agregar pero se detuvo porque no valía la pena y, valgan verdades, no estaba seguro si en realidad se encontraba helada ya que sus sentidos empezaban a traicionarlo o, peor aun, dejarlo. Quien es ese hombre, termino por preguntar.
-No tengo idea. Mejor camina para que termines de secarte.
-Prefiero que me digas por qué lo están matando de esa manera- la mujer volvió el cuerpo y empezó a caminar a la vez que respondía la pregunta del hombre.
-Pensaste, en realidad, que eres el único que sufre en este lugar ¿verdad? y te sentiste héroe por eso querías llegar a salvarlo para regresarlo de donde llegaste tú. No quisiste darte cuenta no eres el único fallecido y ese hombre no es el único que paga sus culpas. Sé lo que piensas. Respira hondo, si es que vale el termino en las circunstancias en la que estamos, pronto pasa- mientras la mujer hablaba y caminaba, el escenario dejaba de ser gris y negro para volverse amarillo y pronto celeste; el mar, que hacía unos momentos estaba detrás suyo y podía escucharse su rugido, desapareció y dejo paso a una montaña blanca. El sol se vio a lo lejos y las nubes tomaban su color real. Entonces la nada a su alrededor se volvió verde y marrón y pronto cobro forma volviéndose arboles y vegetación. Siguieron caminando y, sin que se de cuenta el hombre, salieron de aquel bosque para llegar a campo abierto donde, a muchos kilómetros, un grupo de montañas se alzaba y tomaba forma. No le presto atención a todo el cambio porque prefería escuchar a la mujer y además intentaba acostumbrarse -aquella persona eligió lo que pasa y no hay nada de lo que tú o yo podamos hacer- agregó la mujer.
-Entonces este es el infierno.

-Qué es eso.
-Donde se supone reina y vive el demonio. Tú sabes, Lucifer, Satanás, Belcebú y todo ese rollo.
-Entiendo. No es nada de eso.
-El cielo no creo porque no escucho el coro de ángeles ni veo el paraíso o algo por el estilo. Entonces el purgatorio.
-Dante Alighieri, buen poeta.
-No comprendo.
-Importa poco.

-Este es su infierno, quieres decir.
-Esto es lo que tu quieres que sea. Ellos escogieron morir eternamente.

-Mierda.

-Caminemos, hace un buen tiempo.

El sol era eterno como sus existencias. El hombre había comprendido que en ese lugar todo era posible y que no sufría porque ya había sufrido en vida y ahora le tocaba estar en relativa paz. Nunca anochecía y el tiempo no era real. Caminaban sin agotarse dejando detrás una montaña tras otra, y ríos, lagos, bosques. Hablaban de todo. La mujer no recordaba su vida pero podía platicar de lo que fuera. El hombre volvió entre sus pasos y narro presuroso todo lo que recordaba. Había vivido en una familia común en la capital de un país que no llegaba a su memoria, fue un estudiante promedio y un académico igual. Estuvo en la universidad y cuando termino se sintió solo y aburrido por ello termino por casarse con una amiga de su hermana. A los pocos años le comunico el doctor que no podría ser padre y termino con su esposa porque ella trataba de convencerlo en adoptar y él solo quería morirse y estar solo. Tuvo una vida solitaria por varios años más, trabajando catorce horas al día para olvidarse de sus problemas. Cuando se sentía aburrido iba a un bulín cerca a su casa y se acostaba con prostitutas a las que luego invitaba a su casa a tomar un café o una copa o lo que ellas quisieran. Una noche acepto una de ellas, cuando llegaron bebieron y compraron comida china, luego, una vez ebrio él porque ella parecía que no había ingerido ninguna copa, hicieron el amor en su sofá. Le pagó el doble de lo que había pedido en señal de agradecimiento. Al siguiente año, con cincuenta de edad, le anunciaron que tenía VIH y que...
-¡Mira! - exclamó la mujer señalando con su índice un pájaro gigante o algo por el estilo, pensó el hombre, porque aquello se encontraba a suficiente distancia para pensar que era mas o menos grande y, sobre todo, un pájaro. El ave agitaba las alas y daba vueltas en círculos una y otra vez, mostrándose de a pocos a sus expectantes y dejándolos maravillados con su belleza. Pronto el hombre se dio cuenta que un águila o halcón no podía ser por el tamaño de la cola que más parecía la de un perro y se balanceaba al ritmo de sus alas. El ave sobrevoló por su encima y luego siguió por el norte hasta perderse de vista. Qué era, inquirió el hombre. No tengo idea y no creo importe demasiado. Vamos a seguirlo, dijo la mujer. Empezó a correr obligando a su acompañante apurara el paso para igualarla. Era la primera vez que corría en ese lugar, se sentía fuerte. De joven no había llegado a ser deportista a causa de su flojera, estaba seguro nunca conseguiría ningún logro de atleta ya que no se veía sacrificando lo necesario para conseguirlo; ahora, en cambio, era distinto pues tenía el tiempo y las fuerzas. La mujer corría ignorando el grito de espera de su acompañante, señalando al pájaro y gritando ahí está, que no se vaya, entonces ingresó al bosque y escaló la pendiente con singular pericia siendo imitada -o casi- por el hombre que, a pesar de no sentirse débil o cansado, prefería caminar un poco ahora que llevaba tanto tiempo corriendo -claro, en caso exista el tiempo, piensa-. El pico más alto se mostro en breve; pisaron la nieve y siguieron adelante antes que el ave cruce la montaña. La mujer llego primero, flexiono sus piernas y pego un salto hacia el pájaro. Dueña por fin de su lomo bordeo sus brazos el cuello del animal y, cual caballo, lo obligo a volverse a recoger a su amigo. Sube, daremos un paseo. El hombre, acostumbrado a las sorpresas de su amiga, sonrió y subió por detrás de ella. El pájaro, una vez visto de cerca, daba la impresión de ser un león alado por su imponente tamaño, sus cuatro patas y la cola que podría medir no menos de metro y medio, aunque de todas formas toda duda se iba al verle el pico y las facciones propia de un pájaro. Por cierto, dijo la mujer alzando la voz mientras el ave, con las alas extendidas al máximo, descendía y volvía a ascender, qué es VIH. Es... bueno...es una enfermedad, supongo, no lo recuerdo. Era verdad, piensa el hombre, perdería en breve su memoria.
Eran dueños del mundo por ser dueños del aire. Tus brazos así, dijo la mujer separando cada brazo de otro como si esperara un gran abrazo de una gran persona, de esa forma serás uno con el viento. Este viento no puede ser real, dijo el hombre, al igual que esta vida y este mundo, seguro es uno de esos sueños en los que uno no quiere levantarse. No te levantes, entonces. Hizo lo que su amiga le sugirió y cerró los ojos. El aire acariciando sus mejillas, llevándose consigo cada recuerdo amargo de su vida, alborotando su pelo y sus pensamientos, la sensación de ser dueño de algo, era libre y estaba vivo de nuevo. Abrió los ojos y quiso decirle algo a su amiga pero se detuvo porque la noche se había echo de nuevo y un inmenso río se mostraba ante su mirada al igual de pequeños botes con familias en él -padres, hijos- y una vela alumbrado en medio de la oscuridad. Podía contar cientos y no intentaban cruzarlo sino ir por él hasta donde éste los dejase. El ave fue a tierra de nuevo y volvió al cielo una vez ellos tocaron tierra.

-A donde van- quiso saber el hombre.
-Sigámoslos.

No contestó porque estaba seguro ella tampoco tenía idea de quienes eran y a donde iban. Corrieron bordeando el río y gritándoles preguntas a las familias sin recibir respuesta. Habían niños de todas las edades y hasta mujeres con bebes en sus brazos; en algunos botes se veían dos o tres personas y en otro un niño o un bebe en brazos de un anciano o anciana. El camino terminó con la presencia de una cascada. Detuvieron sus piernas a tiempo pues el terreno descendía junto con el agua. Vieron como los botes y sus tripulantes en vez de caer desaparecían poco antes de llegar al final. La mujer no parecía extrañada y no dijo nada si no caminó cuesta arriba varios metros, donde la corriente no arrastraba con tanta fuerza, se introdujo en el agua, alzando el brazo derecho para que el hombre viera por donde iba. Una vez en el otro lado lo animo a cruzar. Ya en la siguiente orilla se adentraron en el bosque por unos minutos; la mujer le había asegurado que vio una persona que observaba fijamente el paso de los botes pero que al percatarse de ellos retrocedió sacándose ramas y hojas que cubrían casi la totalidad de su cuerpo. Por qué yo no lo vi, pregunto el hombre. No es novedad que no te des cuenta. Probablemente la mujer tenía razón; en vida no se había caracterizado por ser un hombre listo, lucido, perspicaz, por qué en muerte tendría que ser diferente. Reflexionaba en ese tema, por ello no se dio cuenta cuando la mujer se detuvo de súbito antes de cruzar un circulo de tamaño mediano formado por viejos arboles, en el que un hombre miraba a la luna y parecía decir algunas palabras en un idioma desconocido, al menos a sus oídos. Quien eres, estuvo a punto de preguntar pero no lo hizo pues lo que hasta ese entonces había aprendido era a permanecer en silencio ya que de esa manera la respuesta le llegaría por si sola. Que bella es, dijo el hombre. Cierto que lo es, hablo la mujer. No entendía a quien se refería hasta que volvió su vista al cielo y miro a la luna más grande e iluminada de cómo la recordaba. Creí estarías en cualquier parte menos en este, dijo el hombre, una vez más me sorprendes R. La eternidad es inesperada e inoportuna, contestó la mujer. Al igual que esta belleza, R. No debería estar tan feliz ni regalarnos tanta paz cuando, a unos metros, muchos piensan en lo que perdieron. Ignoran que ahora tienen algo mejor, dijo la mujer. Quien es tu amigo R.
-Mi nombre es…
-Desde cuando eso importa, Yl- dijo R.
-Siempre es bueno verte- dijo Yl. El hombre dio un paso hacia el círculo: Yl vestía unos vaqueros blancuzcos y una guayabera turquesa, llevaba un sombrero que le hacía recordar las películas de cout boys que sus abuelos le contaban y miraban, a veces, en su delante. Su apariencia era de una persona de otra época al igual que su forma de hablar. Hasta ese momento advirtió que la mujer, R, vestía casi de la misma manera; tal vez habían fallecido en una época remota. A donde se dirigen, dijo el hombre refiriéndose a las personas en los botes.
-Solo ellos sabrán cual será su destino- contestó Yl, invitándolo con el índice que mirara la luna como él lo había estado haciendo.
-Cierto que es bella- dijo el hombre- no la creía tan grande.
-Y no lo es- aseguro R.
-No existe- agregó Yl.
-Como no existe nada de esto- dijo el hombre- al igual que esa luna y este bosque y tal vez tú y ella tampoco existan porque, aunque me niegue en creerlo, yo tampoco existo- aquel pensamiento lo hundió repentinamente en una depresión que no se creía capaz vivir en aquel lugar tan maravilloso como extraordinario.
-Mucha razón. Averigüemos que ven al pasar la cascada- sugirió Yl- no he dejado de mirarlos y nunca terminan de llegar.
-No hablemos más, vamos- dijo la mujer.

La única manera de llegar al otro lado era nadando, había pensado el hombre, sin embargo Yl le dijo que no era posible pues ellos, le recordó, no nadan sino navegan, gran diferencia. Esperaron unos minutos que un bote medianamente desocupado pasara. En su mayoría eran familias pero en uno una niña de diez u once años de edad jugaba con una muñeca; afortunadamente para ellos viajaba cerca a la orilla así que de un salto ocuparon el espacio vacio. Buenas noches, señores, mi mamá los mandó a buscarme, pregunto la niña. Lamentablemente no, contesto R, pero, si no te molesta, podemos acompañarte a encontrarla. La niña no contestó y siguió jugando con su muñeca. De pronto la corriente se hizo fuerte. El hombre no contó más de tres, vio como el bote de inclinaba hacia el vacio pero despareció en la nada. Los colores perdieron su forma y vio negro, naranja, gris, café, de nuevo se materializó; salían de una cueva al claro donde un sol quemaba desde el cielo y el agua era transparente obligando a los peces salten para disfrutar también del cálido ambiente. Aquí es donde llegan, dijo el hombre. Aquí llegamos nosotros, dijo R. La niña se puso de pie y miro todo el paisaje, sosteniendo su juguete con fuerza, que bonito, mami, mira que lindo es este lugar. No había montañas cerca, salvo una que a lo lejos se veía bañada por nieve, todo era verde, se sentía paz y alegría; uno podía ser feliz eternamente ahí. La niña, a penas piso tierra, salió disparada corriendo en círculos y gritando maravilloso, fantástico, mientras Yl conversaba con R y el hombre trataba de buscar algo sospechoso o algún indicio que les confirmara porque habían terminado en este lugar. Absolutamente nada.
-Mami, por fin te encontré- gritó de repente la niña. R e Yl ignoraron su grito a diferencia del hombre que, al ver como la niña entraba a la vegetación y desaparecía de su vista, corrió tras ella. Podía ver como pasaba un árbol tras otro y como familias de monos se alimentaban y otros jugaban entre las ramas y de pronto cientos de aves volaban espantados por los pasos de ambas personas; la niña desapareció al igual que lo habían hecho hacía unos instantes, el hombre la siguió y lo siguiente en que se percató era que frente a él R e Yl seguían hablando. Ahora lo miraban y le preguntaban cómo era que había llegado ahí pero no les hizo caso y busco a la niña que lloraba cerca a sus pies, sentada, peinando con sus manos el cabello de su muñeca. Se suponía debería estar en…, se detuvo antes de terminar la frase, volvió entre sus pasos regresando al otro lado del río. No puede ser posible, dijo el hombre. Yl entendió a que se refería. Estamos atrapados, dijo el hombre. Atrapados en la fantasía de la niña, dijo R caminando por donde había aparecido hacía unos segundos el hombre y apareciendo al otro lado. No lo creo, dijo Yl, esto no es una fantasía. Es donde aquella niña quiso llegar.
-Mami, por qué no estás- se preguntó la niña- me dijo me esperarías y no estás, acaso no me quieres.
-Te quiere- dijo R poniéndose en cuclillas, consolando su pena- pronto pasará, pequeña. Tu mamá vendrá pronto.
-Gracias, señora. Me gusta mucho este lugar- se puso de pie y empezó a saltar señalando el cielo. Todos miraron también: los cientos de aves que habían volado cuando ellos cruzaron por su territorio ahora adornaban el paisaje con figuras (círculos, triángulos, rectángulos, etcétera) pronto se juntaron y dieron la apariencia de ser un pájaro gigante que volaba al noroeste y se iban de su vista. Quiero volar, dijo la niña, verdad que queremos volar, le dijo esta vez a su juguete, verdad que sería maravilloso hacerlo, mami, lo sería.
-Donde ella quiere que estemos estaremos- dijo Yl- fantástico- terminó por ironizar.
-Entonces los demás van donde quieran- inquirió el hombre.
-Creo que ellos no saben lo acabamos de descubrir- dijo R que ahora estaba parada animando a la niña que siga soñando con volar porque seguro se hacía realidad y seguro mami estaría muy contenta en verla feliz.
-Será niña por siempre- quiso saber el hombre.
-No podemos saberlo- contesto Yl- podemos estar seguros, eso si, que podemos lo que queramos.
-Quiero ver a mami.
-Bueno, no todo- dijo Yl en voz baja, solo para el hombre. Quisiera ver a mis hermanas, pensó el hombre, quisiera saber si están bien. Podemos ver a nuestros familiares vivos, preguntó en voz alta a nadie en particular. Una vez intenté, dijo Yl. Cómo fue. No puedo recordarlo, solo sé lo intenté. Tú, R. R movió la cabeza negándolo. R recuerda solo lo que ve aquí, dijo Yl. La admiro por ello, no tiene consciencia de nada más. No creo que eso sea del todo agradable, opino el hombre. Lo es cuando se ha sufrido, dijo Yl, y lo es cuando se ha sido extremadamente feliz, como la niña. Ella sabe siempre estuvo entre nosotros, disfrutando todo lo que vez, por qué necesitaría saber que está muerta si aquí lograba ser feliz o acaso quieres ver el rostro de tus seres queridos sufrir por tu ausencia; quieres anhelar la vida cuando tienes algo mejor, agregó Yl. El hombre no contestó porque pensaba que quizá tenía razón y anhelar lo que no se puede tener solo trae penas y odios así como aquel hombre que había estado condenado a morir eternamente porque, tal vez, amaba tanto la vida o había sido tan perverso que, momentos antes de morir, fue consciente y supo pagaría por ello. Le parecía injusto, penoso, no se atrevía a pensar que él podía estar viviendo lo mismo. Él había sufrido mucho en vida por ello cuando los doctores le comunicaron a sus hermanas que pronto se tendría que ir les dijo que lo dejaran porque, estaba convencido o quería estarlo, donde se iba no habría más penas. Les prometió no las dejaría solas nunca y le dijo a su ex esposa que la perdonara porque la había amado mal. Entonces, libre al fin del dolor, cerró sus ojos y se unió a los brazos de la muerte.

El ambiente cambió en un momento determinado y fueron a la playa porque así lo había deseado la niña. Entonces Yl les dijo que era hora de irse y le pidió a R lo acompañe. R se despidió del hombre dándole un abrazo, pronto nos veremos. El hombre sonrió y le dio la mano a Yl que, para su sorpresa, prefirió imitar a su amiga y abrazarlo. Desaparecieron una vez caminaron unos metros por el borde del mar. El hombre se quedo con la niña que nadaba feliz en el agua y le instaba a entrar porque esta riquísima, Er, ven y nademos luego podremos buscar a mami. El hombre, Er, entró al agua sabiendo que pronto volvería a ver a sus amigos ya que, valgan verdades, tenía la eternidad para esperarlos y también, claro está, encontrar a la madre de Iu.
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