sábado, noviembre 14, 2009

Nací jodido


Nací jodido, un 14 de diciembre de 1989 en una clínica de San Isidro, a las 6 de la mañana –según la conclusión que pude llegar producto de diferentes comentarios, que en su inmensa mayoría eran familiares, y en minoría vecinos chismosos, amigos de la familia, viejas amistades y otros innombrables-. Nací jodido porque nací peruano. De eso hace no mucho tiempo. Perú aún sufría y padecía atentados terroristas en un gobierno corrupto del aquel entonces presidente buen mozo y –según fuentes dignas de fiar- loco por tantos medicamentos, loco de tanto poder, loco de locura, y loco por quien sabe cuantas vulgaridades más. Nací jodido y además hombre. Y un hombre de baja estatura y cabeza gigante, con los cabellos en punta y ojos almendrados, con una inteligencia promedio y unas inesperadas ganas de leer cuanta revista porno y novelitas subidas de tono tuviera entre sus manitas infantiles. Nací y ya esta, así son las cosas: uno no puede escoger absolutamente nada previo a su nacimiento y por ende debe aguantarse como sepa las consecuencias de aquellas decisiones arbitrarias.
Si lo pienso con cuidado –cosa que es difícil en la situación en la que ando de un tiempo a esta parte- ser peruano no es del todo malo. A ver, a ver... Alexito, que andas escribiendo, si tú repites a cuanta persona te pregunte que ser peruano es un castigo divino, una condena, una cruz que llevas y de la cual, por más que desees o intentes ignorar, no puedes escapar. Si, efectivamente, dije que no puede ser tan malo. Veamos por que:
Perú es un país rico culturalmente, con un pasado histórico digno de narrar. Estamos muy por encima que otro países en gastronomía, somos uno de los primeros países con más platos típicos del mundo. Si, por ejemplo, te cansaste de frituras, tienes diferentes alternativas. Si deseas comer un plato diferente –sopa, segundo y postre- cada día, tendrías, por lo menos, tres años de platos típicos servidas en la mesa de tu casa. El pisco, licor de bandera rojiblanca, es apreciado y solicitado por los más finos paladares del mundo. Tenemos los recursos naturales suficientes para mantener a cualquier país vecino. Somos dueños de distintos paisajes tropicales. En Perú no existe el frío o el calor: cada departamento tiene un clima diferente al otro. Perú ha visto nacer escritores y poetas de la talla de Cesar Vallejo, Mariano Melgar, Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Arguedas, Bryce Echenique, Alonso Cueto, y un largo etcétera y etcétera. Perú es cuna de pensadores, de poetas, de intelectuales, de libres pensadores. Nuestra música es viva, ágil, lista, llama a la reflexión y al canto, a la vida y la muerte, al amor y el odio. Somos el país de los incas, herederos de su fortaleza, inspirados en el coraje de quienes sufrieron la opresión española. Somos un país de supervivientes, y esto solo terminó por fortalecernos, por enseñarnos que ante la adversidad aun nos queda el apoyo de quien está a nuestro lado, de quienes nos aman, de quienes saben que la única manera lógica de salir adelante es enfrentando los temores y atreverse a más. Perú es eso y muchas otras cosas más.
Perú es también, valgan verdades, el país de las combis asesinas y los cobradores borrachosos e ignorantes –para los que no sepan que es combi ni cobradores, les pongo un simple ejemplo: imagínense una línea de transportes pequeña, poco más grande que una camioneta, con una tipo de mediana estatura cobrando pasajes. Imagínate viajando en ellas, apretada, siendo toqueteada por hombres con olor a sobaco y con el cuerpo inclinado, cual jorobado, por el poco espacio que hay en estas líneas-. Es el país de los politiqueros, de la “roba luz”, de drogadictos y pandilleros, de barras bravas y extorsionadores. Es el país de las razas, de los colores, de los sabores. Hay blancos, negros, chinos, mestizos, amarillos, rosados, y todos los colores que le imagines a una persona. Es el país de los lectores de horóscopo, de condorito, de caricaturas. Es el país de los pobres y los ricos. Es el país de todo y de nada. Es el país del champancito, hermanito, porfavorcito pe. Es el país de las jeringas, causita, manyas, cinta o nica. Es el país de los enanos, de los gigantes, de las brujas y los hechiceros. Perú es el país de cualquier extranjero, de cualquier hombre o mujer con dólares en el bolsillo. Es el país que inclina su rostro ante un cuerpo europeo, ante un cuerpo asiático, ante un cuerpo que no sea originario de su tierra. Es el país del “no lo sé”, “no me contaron pe”, “desconozco mayormente, papá”, “no computo”, “no manyo”, “no me digas ni miel que toy azangaro”. El país donde si quieres ser escritor estás jodido. Donde escribes mejor cuando estás lejos. Donde si tienes la suerte que algún peruano te lea, ese peruano terminara por etiquetar tu obra como nefasta, como horrorosa, como poco creativa. Y que se puede esperar en un país donde –según lo que afirmó el genial columnista Andrés “La ortiga” Bedoya- la inmensa mayoría no entiende lo que lee.
Entre lo bueno y malo de ser peruano, puestos a balanza, termina ganando, por goleada, lo malo. Y aunque mamá diga que mi problema está en que no entrego mi alma a cristo, nuestro señor, y papá piense en mandarme al ejército a servir a la patria, yo sigo pensando que la vida me jodió desde que nací, y que ahora me toca acostumbrarme, a rendirme a sus brazos.
Así van las cosas. Y eso es solo Perú. Ahora, no me hagan empezar con Lima. Aunque, ahora que lo pienso, sería un buen tema para una futura entrada. En fin.
Saludos, señores.
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