miércoles, agosto 26, 2009

los tres conventos



Mauricio me esperaba fuera de la iglesia, fumando un cigarrillo, impaciente pues, una vez más, había incumplido con mi sacrosanta palabra: llegaré temprano, lo juro por dios. Corría serpenteando entre las personas que pululaban a esa hora de la tarde en jirón de la unión; les pedía disculpas o contestaba los insultos que vomitaban de sus bocas con olor a helado de vainilla, pizza, y quien sabe que más. Disculpa mi tardanza, compare, le dije. No me sorprende, contesta. Le pido una pitada de su cigarrillo y le pregunto, a continuación, por qué demonios me había citado frente a esta iglesia justo en este lugar tan lleno de personas, de niños pidiendo limosna, de turistas gringos y ancianos con bastones. Me voy a casar, me recuerda. Lo sé, aclaro, pero eso no es justificación para que me hagas esto. Si, pero Gerald quiere que sea religioso. Frunzo el ceño y espero que mi amigo vuelva a hablar.

-Es su ilusión.

-Qué ilusión.

-Vestirse de blanco.

Suelto una carcajada. Está embarazada, digo, eso debió haberlo pensado hace muchos años. Mi amigo no quiere contestarme, vuelve el rostro y me dice: entramos. Imposible, yo no me apunto a un lugar como ese. No te vas a quemar, bromea. Ja ja, que hilarante. Madura de una vez, Alex, de una vez por todas. Que maduren los viejos, yo tengo diecinueve años. Trato de convencerlo que ni hablar en ese lugar, sin embargo Mauricio logra persuadirme y hacerme entrar. Una señora nos bloquea el camino con su cuerpo en esa gran puerta de madera diciéndonos es tarde, vamos a cerrar, jóvenes. He venido a hablar con el cura, dice mi amigo, me voy a casar. Vamos a cerrar, repite la vieja beata con expresión aburrida, como si esa palabra lo repitiera unas mil veces al día. Al final retrocedemos y dejamos que se salga con la suya. Te lo dije, le digo, no me quieren en esos lugares. Vamos al otro. Cual, inquiero. Santo domingo, contesta. Es un convento. No importa, está abierto. Dale. Seguimos dos cuadras hacia abajo, por jirón de la unión, luego doblamos a la derecha rumbo a nuestro próximo destino.

-Casarte es la peor idea que puedes haber tenido- le digo para pasar el tiempo mientras andamos. Le pido un cigarro y espero me conteste.

-Esperamos un hijo.

-Oh, cierto, un buen punto para matrisuicidarse en estas épocas llenas de pastillas del día siguiente, condones, y eso.

-Me ama

-Otro buen punto.

-La amo, compare.

-No te pongas romántico- le pido, dándole una larga pitada a mi cigarrillo-. Lo que no entiendo, Mauricio, es por qué religioso.

-Quiere salir de blanco. La verdad, ahora que lo pienso, no tengo la menor idea. El matrimonio religioso termina siendo, en muchos casos, solo una formalidad, una obligación impuesta por los padres de nuestros padres que, al final de los casos, solo trae gastos y sin sabores.

-Bien dicho- digo- pienso lo mismo.

Cruzamos, esta vez, la calle para ingresar al convento. Efectivamente, se encuentra abierto. Un par de personas rezan, separadas el una a la otra, frente a una cruz de, tal vez, tres o cuatro metros, donde un hombre, lleno de heridas, ensangrentado y un taparrabos blanco, yace crucificado con la cabeza gacha y el pelo sobre el cuerpo; a su lado la escultura de una mujer, a quien idéntico como la virgen María, tiene las manos en señal de oración, mira el cielo y parece observa la llegada de algo o alguien. Las iglesias siempre me dieron miedo, le confieso a mi amigo. Qué hablas. No lo vez: tan callado, tan doloroso, tan deprimente. No entiendo. Se supone, digo, es un lugar para hallar paz, pero yo me perturbo, me impaciento, me encuentro acorralado, quiero huir. Deja de hablar tantas estupideces y acompáñame a preguntarle a ese señor. Nos acercamos donde un hombre con estomago prominente y estatura promedio, lleva una sotana blanca. Yo te espero, le digo a Mauricio. Lo veo acercarse. Me quedo en la entrada que divide la sala, donde está la cruz y demás pinturas y esculturas, y un pasadizo que lleva directo a la parte posterior del convento donde, imagino, están los curas, las monjas, o lo que sea que habite este lugar tan tétrico. Mi amigo parece entusiasmado con lo que escucha porque vuelve el rostro de vez en cuanto, me guiña un ojo, y luego le sonríe a su interlocutor. Quiero entender su alegría pero no puedo, me es imposible. Escojo, derrotado, salir del convento. Fuera trato de respirar un poco. El olor a incienso, los turistas con mochilas de casi su tamaño, mujeres repartiendo propagandas y estampitas que, una vez en mano ajena, cobran con fastidiosa insistencia. Me ofrecen. No, gracias, soy agnóstico. La mujer me mira y parece pensar: hijo del demonio, ateo de porquería. Quiero decirle tu vieja lo será, pero mi amigo sale y me dice vamos, vamos, por aquí, rápido.

Debo de estar volviéndome loco, orate de remate, porque corro detrás de Mauricio sin preguntarle por qué carajo me hace sudar cuando acabo de bañarme, tengo la ropa limpia. Lo siento, lo escucho decir cuando golpea, de casualidad, a las personas. Volteamos a la izquierda en la primera esquina y seguimos de frente. Es muy tarde para dar marcha atrás. Eso sabe Mauricio, por eso no regresa la cabeza para ver si sigo con él o si ya me fui. Maldita sea, quiero irme. De pronto, una avenida se muestra a nuestros ojos; escucho a los carros pasar a toda velocidad y a las policías de transito tocando su silbato una y otra y otra vez mientras que peatones suicidas corren en pos de llegar al otro lado. Frente una iglesia. La gente está rayada, le digo a mi amigo; él sigue corriendo, mira fugazmente cuan lejos se encuentra el próximo carro, se aventura y cruza. Estoy obligado a seguirle los pasos. Quiero hacer lo mismo y un autobús me alerta que está cerca, paro un segundo y corro pero otro logra ganarme y, si no me detengo a tiempo, pasa por mis narices; la policía grita a mi espalda, no hago caso y sigo corriendo para darle el alcance a Mauricio -me la vas a pagar, cabrón-. Entonces, sin prestarle atención a nada ni nadie, logro pasar la avenida. Volteo la cabeza: oye, hijo de puta, me dice un hombre, quieres morir o qué. Le voy a contestar pero Mauricio ya está dentro del convento buscando a quien sabe quien, así pues prefiero ir a por él.


La reja de la entrada sigue abierta; puedo contar con los dedos la cantidad de personas que visitan, en ese momento, este lugar. Hay dos entradas: una lleva a una capilla, o pequeña iglesia; la otra, es, donde se supone, vivió muchos años santa Rosa de Lima. Yo, a decir verdad, me mantengo escéptico. Elijo la segunda entrada porque es la única que se mantiene abierta. Camino rápido e ingreso. Unos niños, a pocos metros, les piden a sus padres lo ayuden a tirar sus cartas a un poso. El ambiente está cargado. Casi nadie habla. Veo puestos de recuerdos en la parte lateral, un pedazo de tronco exhibido a mi derecha donde reza una leyenda, una historia o una anécdota; me aburre leer lo que no me gusta, me digo, excusándome por mi falta de interés. Doy unos pasos. Mauricio no está en ninguna parte. Sigo de frente: una habitación con una puerta de madera y una ventana abierta, es lo primero que me recibe. Dicen fue ahí donde dormía. Trato de no prestarle atención, busco a Mauricio; donde andas, malhaya sea, en cual puto hueco te metiste, carajo. De súbito recuerdo: estamos en la era digital. Saco mi celular y marco su número: donde estás. Espérame un segundo. En qué parte, te voy a buscar, le digo. No, no, no puedo hablar ahora. Contesta, por un demonio, insisto. Dentro de la capilla, espérame en uno de los bancos; luego nos vemos. Enfadado cuelgo el teléfono. Salgo de aquel ambiente para entrar a uno mucho peor, más callado, aburrido, deprimente. Qué piensas, me digo, esto es arte; la época de la colonia, los santos, los virreyes, la esclavitud, los españoles. Si, mucha razón. Por supuesto que si. Sigo con la lista: las batallas en pos de la libertad, tupac amaru, san martín... La santa inquisición, me interrumpo, en un arranque de locura. Entro a la capilla, me siento en una de las bancas y, las manos cruzadas, sigo reflexionando: la santa inquisición que cometía genocidio en nombre de dios todopoderoso, amén por eso, con sus sacerdotes panzones gracias a la siembra de los esclavos negros que traían de África; las hermanitas de los santos conventos, que papa lindo las tenga en su santa gloria, y que, seguramente, fornicaban con esos calvos en nonbre de nuestro señor jesucristo. Dios, digo no, cometiste un error -horror- hacernos libres de todo, hasta de matar, de violar, de dañar. No pienses esas cosas, Alexander, mira que te puede castigar. ¿Cómo? Te quita lo que más quieres. Quiero mi ordenador. No, no. Entonces. A tus padres. Muy buen punto. Procedo a disculparme: oh, señor, he pecado, discúlpame, no me quites a mis padres que no tienen la culpa que haberme traído al mundo en el siglo xxi donde, quiéranlo o no, vemos con claridad las injusticias que cometieron en nombre tuyo. Sé, señor, eres mejor que eso; no me pidas, eso si, retire mis palabras. Okey, acabo de disculparme. Y a todo esto, donde demonios -perdón por la palabra, señor- se metió Mauricio.

-Alex- escucho de pronto.

-Hey, donde estabas.

-Lo siento, si no corría no encontraba al sacerdote.

-En fin, te van a casar o no.

-Tengo que traer algunos documentos, pagar otras cosas, reservar algo, uff...

-Eso quiere decir: estás estupidamente loco, compañero, pero admiro tus cojones para querer hacerlo en estos tiempos.

-Gracias. Te veo diferente.

-Acabo de reconciliarme con dios.

-¿De verdad?.

-No. Te miento. Seguimos llevando la misma rivalidad. Es que, Mauricio, mi mente me dice que nunca lo voy a comprender. O, tal vez, a quien nunca voy a entender es a los humanos.

-Te entiendo.

-Es porque eres un alíen.

Ahora tengo huir porque mi amigo me pisa los talones y si me alcanza seguro termino muerto.

Fue una visita educativa desde algunos puntos. No creo en la iglesia, no creo en la biblia; sopeso la posibilidad de creer en dios. Estuve muchos años en diferentes congregaciones (cristianas, mormonas, evangélicas, católicas) y solo descubrí dos cosas: no me voy bien hablando con él, y, esto es muy cierto, las cristianas tiran más y mejor que las católicas. Amén.
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