sábado, agosto 29, 2009

una anecdota con el escritor


Se celebraba en Lima la decimotercera feria internacional del libro (FIL) para lo cual tenia como país invitado a Chile, donde escritores como Jorge Edwards, Gonzalo Rojas, Pablo Simonetti, Pedro Lemebel, visitarían nuestro país. Había planeado toda la semana, junto a unos cuantos compañeros de la academia, darnos una vuelta para ver qué onda, qué hay de nuevo, y cuan bajo en realidad estaban los costos de los libros. Tenía la esperanza de terminar esa noche con Purgatorio de Tomás Eloy Martínez, gracias a la vehemente recomendación de una amiga, entre mis manos. Empero, bajo motivos que no debo -ni quiero porque no tienen nada de interesantes- escribir en este post, me cancelaron. Ahora qué hago, carajo, me dije. Podría ir solo, no hay problema; tengo dieciocho años y sé perfectamente conducirme a cualquier lado. Si, voy solo.

-A donde vas solo- inquirió David, arqueando una ceja.

-A la FIL.

-donde?

-A la feria internacional del libro. Nadie quiere ir conmigo... a menos que tú... Está bien, no me hagas caras. En fin, de repente le digo a mi mamá.

-Dile a Lucero.

-...

-Te va a decir que si.

-Cómo puedes asegurarlo.

-Le gustas, pues, es obvio.

-Uhmm... yo tengo mis dudas.

-Tu rollo, hermano, si no quieres hacerme caso.

Las semanas pasan muy rápido cuando se sopesa una alternativa con mucho cuidado. En cuanto despiertas ves que ya solo queda un domingo para cumplirlo y, maldita sea, aun no tienes a nadie con quien ir. Le diré, pensé. Pensé: y si me dice que nones; me voy de cara. Bueno, Alex, una ralla más al tigre. Respiré hondo, cerré el cuaderno y: Lucero, qué vas a hacer el domingo. Nada, por qué. Miró mi media sonrisa casi sin expresión alguna, como si le diera igual que le diga me salve de una muerte segura o si quisiera casarse conmigo. Acompáñame, a continuación mostré todos los dientes, me pregunté si me vería tan estupido como me sentía. A donde, preguntó. Mirando el celeste de sus ojos, su melena negra, oleada, y larga, le dije a la FIL. No tuve que explicarle qué es porque, como de costumbre, estaba totalmente informada. Ya, okey. Entonces enrojecí. Volvió su mirada a un libro que tenía sobre su carpeta. El domingo al medio día, en la puerta de la academia. Asintió con la cabeza.

Entonces ya estaba todo planeado. Me encontraría con Lucero, tomaríamos dos carros hasta la feria, a pagar la entradas, ver los libros, comprar un par, regresar y listo. No podía ser más fácil ni más entretenido. Casi tan fácil y entretenido como mirar este programa de televisión donde, dos conductores, uno con barda poblada y el otro con una muy poblada, anunciaban, entre risas, una entrevista que hizo uno de ellos en Chile a un escritor, Pedro Lemebel, quien daría una conferencia en la FIL. La entrevista no fue más de diez minutos. El escritor, en voz muy baja, cigarrillo en mano -toda la entrevista la pasó fumando-, se declaraba peruano de corazón; Chabuca Granda, cebiche bien picante, pisco sour, terminaron siendo el tema de fondo. Comentaban sus novelas y premios. Luego de la nota, invitaron al televidente a visitar la feria del libro y domingo siete y media de la noche estaría abriendo la conferencia para el señor Lemebel. Quizá no lo dijo, tal vez no lo escuché, pero, en definitiva, no tenía claro en cual auditorio los encontraría. No obstante, me encontraba entusiasmado en presenciar aquel acontecimiento. Así se lo hice saber a Lucero, quien compartió mi felicidad y me recomendó pedirle un autógrafo, para que lo tengas de recuerdo. No lo sé, le decía mientras bajábamos del autobús y caminábamos hasta la feria. Es temprano, demos una vuelta, sugerí. Hablamos de la feria, de literatura, de hombres, mujeres, adolescentes, amor, odio, hasta que, ni más faltaba, la hora iba en contra nuestra. Me sentía muy a gusto con ella; le hubiera propuesto no entrar y seguir hablando, no sé, en un parque, en este centro comercial, donde fuera, pero era demasiado tarde pues dábamos nuestros primeros pasos dentro de la FIL.

Me recordó a los circos que había visitado de niño, solo porque era una carpa grande, de color azul marino, con una puerta enorme donde te reciben con globos y propagandas. Módulos de todas las editoriales y librerías y universidades. Auditorios improvisados con nombres de personajes ilustres (Ricardo Palma, José Maria Arguedas...); personas pululando por aquí y por allá, niños gritando nombres de libros y escritores, estudiantes con pelo largo y pantalones ajustados, mujeres elegantes y hombres embutidos en Christian Dior o Armani. Lucero posando sus ojos celestes en los libros de autoayuda y filosofía. Yo leyendo la contraportada de novelas de autores con nombres impronunciables, larguísimos. Nosotros visitando de un sitio a otro hasta que, por azar del destino, caímos en una larga fila con señoras de la tercera -o cuarta, Lucero. Oye, no hables esas cosas, te van a escuchar- y ancianos de más o menos la misma edad. Vamos a ver que hay. Hicimos la cola. Entramos. Seguro este es el auditorio donde se presentará Pedro Lemebel, le dije a Lucero. Quien es tu escritor favorito, preguntó. No lo sé, tengo muchos; no puedo pensar en uno en particular. Peruano. Mario Vargas Llosa, de lejos, de lejísimos. Yo he leído "La ciudad y los perros", me contó. Es una muy conocida. Aunque esto no le resta merito. De pronto, seis hombres ingresaron al estrado, se pararon en fila, les alcanzaron instrumentos y micrófonos. Tango, dijo Lucero, evocando sus años en Buenos Aires mientras yo veía como arrugaba los labios, se acomodaba el cabello. Nos sentamos en la parte lateral y vimos el show. Salieron bailarines; cantaron, las señoras ancianas gozaron con esas canciones de 1900 y 1920 y aplaudían, eufóricas, cual adolescentes en concierto de rock. Por mi parte la pasaba genial con la compañía de mi amiga. Me preguntaba si era cierto lo que David había asegurado al principio de la semana. Quería rodear mi brazo sobre sus hombros, ignorar el temor al rechazo, olvidar que soy un idiota por tomarla como última opción cuando, en realidad, ella no es la última opción de nadie sino, por el contrario, la primera para cualquiera. Quería pedirle disculpas, decirle que por favor deje de sonreír tanto porque, estaba convencido, terminaría lanzándome sobre sus labios. Si, eso quería. Deseaba besarla, malhaya sea, besarla y que fuera mía, aunque solo sea un momento efímero.


El show terminó y salimos del auditorio. Daban las seis de la tarde y era hora de estar alertas para entrar una vez más, porque nos habían sacado so pretexto de limpieza. Revisamos unas cuantas librerías y departimos sobre la importancia de la lectura.

-Quiero ser escritor- le confesé.
-Y qué tal escribes.

-Pésimo.

-Debes practicar.

-Lo intento pero no mejoro, soy malísimo. Algún día te enseñaré unas historias y algunos poemitas que tengo por ahí tirado. No me critiques tan mal, por favor.

Seis y media, daba el reloj. Encontramos la cola del mismo auditorio. Esta vez, para nuestra sorpresa, era el doble de larga. Las persona, en una arranque de locura, insultaban por lo bajo por lo extensa que era. Va a quedar pequeño, dijo un hombre. Delante nuestro cuatro estudiantes universitarios platicaban animados. Yo, por mi cuenta, prefería estar atento a lo gestos mi interlocutora, haber si de esa manera, al menos, me daba una señal más clara. Si te gusto, me decía, tendrás que evitar mi mirada. Empero, mantenía sus ojos puestos en los míos. Pasó media hora. No avanzaba. Disculpe, señor, me dijo una chica, esta es la cola para Mario Vargas Llosa. No supe contestarle. Si, señorita, contestó alguien detrás. ¿Qué?, miré a Lucero. Vargas Llosa... Las personas seguían llegando y la fila aumentaba mas no avanzábamos. Estuvo firmando autógrafos, dijeron a unos pasos. Va a presentar su última novela. No sabia si creerlo. Mi intención había sido escuchar a Lemebel, sin embargo, lo que es el destino, me había traído al escritor. Sudaba frío. Las piernas me temblaban. Lucero me hizo notar lo contenta que estaba por conocerlo. Le hice notar, balbuceando, lo nervioso que eso me ponía y lo estupido que me sentía por no saber que el escritor, Mario Vargas Llosa, respiraba el mismo aire cargado y sofocante que yo. Los minutos se iban junto con la paciencia de los asistentes quienes, esta vez, subían la cabeza, se preguntaban entre ellos qué carajo pasa. A mi amiga le molestaba, según pude notar, esperar demasiado tiempo. Quería decirle no te impacientes, ya entraremos, pero, valgan verdades, el fastidio era el mismo para mi. De pronto, increíblemente, avanzamos.


-Por fin- exclamaron por ahí. Avanzábamos: uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos y luego a esperar diez minutos. Una vez más: uno, dos, tres, cuatro, a seguir esperando otros diez minutos más. Y, a dos metros de la entrada, un policía la cerró. No hay espacio. Entonces las pifias, los silbidos: no es posible, caramba, llevamos esperando dos horas y no puede ser que nos hagan esto; es un abuso, gritó un señor a mis espaldas, llamen a la prensa, que filmen este atropello, carijo. Si, si, que lo hagan, dije, muy despacio, casi para mi. Ay, te pasas, dijo Lucero, si quieres hablar, hazlo. No soy tan valiente, Lucero. Una vez más el señor: no están cojudeando desde hace rato, no hay derecho. Una señora llegó con libros del escritor en dos bolsas grandes y trató de animar a la masa embravecida que, a fuerza de gritos y, si era posible, patadas, deseaban escuchar al autor de "Conversación en La Catedral". Señores, el espacio es reducido; están haciendo todo el esfuerzo. Más silbidos, más gritos. No era justo, me dije, no nos pueden dejar esperando. La puerta abrió de nuevo. Lo logramos, me alegré. Estábamos dentro. El ambiente había cambiado; ahora las cámaras, una mesa puesta con un mantel blanco y un podio a su lado. Nos mandaron detrás, donde, hasta hace unos minutos, se ubicaba el siguiente auditorio. Las sillas se colocaron en dirección a la mesa. Nos sentamos en la primera fila a, quizá, siete u ocho metros de donde, en unos minutos, Vargas Llosa se sentaría.



Alonso Cueto, Edgard Saba, Fernando de Szyszlo, acompañaron al escritor en aquella noche inolvidable. El pelo corto y blanco, mirada profunda y voz pausada, lista; hablaba sobre literatura y la importancia que debe darle un país a ese maravilloso mundo, de la juventud, de la amistad, de los años, de la vida. Era él. Era Mario Vargas Llosa. Inteligente, perspicaz, astuto. Y no me pidan que ofrezca mis disculpas por no ser imparcial y dejarme llevar por mis emociones. Me salgo de contexto y no me arrepiento de ello. Y, por más que me esfuerce, nunca podré describir lo que pasaba en ese momento por mi cabeza. Me sentí más escritor, menos rechazado, más inteligente. Quise ser como él. Quise ser yo quien lo presente. Deseé, no exagero, con todas mis fuerzas, por un minuto, un segundo, la mitad de bueno de lo que es.


Salimos de la feria internacional del libro con las mentes llenas de información, de detalles que, hasta hace unos instantes, ignorábamos. Amé a aquella mujer que iba a mi lado porque había compartido conmigo una gran experiencia. En un rato, lo juro por dios, le diré me que gusta y que sea mi enamorada, pensé.


El frío viento nos recibió como un fuerte golpe en el rostro. Me sobé los ojos. Bordeamos la feria. Pedro Lemebel y el presentador firmaban autógrafos y hablaban, con una enorme sonrisa, con las personas. Me salí con la mía, dije. Por qué, preguntó Lucero. Acabo de conocer a Pedro Lemebel.
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