jueves, julio 15, 2010

El loco (segunda parte, version extendida)


¡Puta madre cómo pasan los años!, ya no puedo ni tocar mis rodillas, exclamó Nelly Alejandra Carrera de los Reyes, vecina, amiga, compañera y muy buena cocinera, hace poco más de dos semanas.

A doña Nelly nunca le discuto nada. Tiene más de ochenta años y sabe muy bien como usar la escoba para vencer cualquier disputa verbal. Además, siempre tengo pereza de recordarle que Juan Pablo II falleció y ya no es necesario tener el cabello bien recortado, señora, eso es del siglo pasado, porque ahora los jovenes se paran el pelo o dejan que caiga por sus hombros. Silencio, explota doña Nelly, muchacho hazme caso y verás como Erikita que amará más. Como usted diga, doña Nelly.

Doña Nelly no solo es anciana, anda ademas bastante desactualizada. Es enfermizo verla barrer la acera de su casa con esas escobas antiguas -de las que usa la bruja del 71 en el chavo del ocho-, tarareando como puede una melodia de lo más extraña, que me deja al final la piel de gallina. Sin embargo, asi loquita como es y así escurridizo como logro ser, presto atención a sus palabras cuando logra interponerse en mi camino. Un joven tan buen mozo como tu, muchacho, no debería correr como loquito, hay tanto loco por ahi..., me dice. No se preocupe, doña Nelly, soy cinturón negro. Que bien, muchacho, le queda perfecto con sus zapatos. Hasta luego, señora. Que Dios, la virgen y todos los santos me lo acompañen, joven.

No hay noche en la que llegue de trabajar y no la vea, desde la ventana de su casa, cocinando o barriendo el patio. No hay oportunidad que pierda mi amigable vecina en recordarme que soy joven y que debo de aprovecharlo porque el tiempo pasa muy rapido, jovencito, no pierdas oportunidades. No hay día en el que no quiera estrangular a mi vecina. No hay noche, tarde o mañana en que no me de consejos o me recuerde que estos son otros tiempos y que en su epoca las cosas eran distintas, muy distintas, muchacho.


Qué tiene que ver todo esto con el titulo del post: pues nada, absolutamente nada; me recordó que hay locos de toda clase y toda índole vagando por ahí, asi como yo, sin saber donde detenerse exactamente. Doña Nelly me recuerda la vejez que quisiera tener: una donde no sepa qué año ni qué día es, ni tener consciencia de los politicos corruptos o si subió el dolar o si faltan cuatro meses para el estreno de Harry Potter o si me quedo mal el último corte o si esto o si aquello o si san puta madre. Me recordó que los años pasan muy rápido, que sin darme cuenta hoy soy más adulto que ayer. Me recordó por qué coño me canso demasiado cuando troto levemente para alcanzar el omnibus -o tal vez sea consecuencia de la incalculable cantidad de cigarrillos que he fumado en cinco años, y que ahora intento dejar-. Me recordó que amo a Erika. Me recordó que debo vivir cien o docientos años solo por ella y para ella.

Caray, doña Nelly, las cosas que uno medita cuando el almuerzo ha estado tan bueno como este.
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