viernes, septiembre 10, 2010

Bacteria Terrenal



"Casi mereces vivir, porque tu vida es una muerte lenta y dolorosa".
Santiago Roncagliolo, Abril Rojo.


-Cuentame más acerca de Bacteria Terrenal, tío Alejandro.

Camina hasta la mesita, donde una jarra de limonada y unas cuantas galletas con chispas de chocolate reposan encima. Alejandro suspira al ver marchar a Vivi Pastor, la hija de la ama de llaves, que finge no ver el gesto que le hace el señor con la boca cuando se marcha. Se sienta, busca una galleta, un sorbo del líquido verduzco y pregunta: ¿de Bacteria Terrenal? No tengo nada que contar.

-Vamos, tío.

Alejandro mira al muchacho: tiene aproximadamente quince años -quizá menos, quizá más, cómo podría saberlo si la memoria le falla-, es hijo de su única hermana -seis años menor que él-. Es bajo, cabello corto y usa lentes. Había escuchado por ahí que quería ser abogado pero que ahora quiere escribir novelas como Vargas Llosa o como Tomás Eloy Martínez. Además, aseguraban que desde que llegó a sus oídos las aventuras de su tío -aquel viejo verde y cascarrabias hermano de su mamá- alrededor del mundo y del extraño sobrenombre de sus amigos no había parado de preguntar y tomar apuntes.

-Bacteria estaba loco, tanto o más que Tati o que yo o que la mayoría de personas en el globo. Joder, si tenía la cabeza en cualquier parte menos en el mundo real.

En realidad todos teníamos la cabeza en cualquier parte, piensa. Pero Ricardo Gonzales del Prado solía tener excesos. Solían andar de un lado para otro bajo su sugerencia pues tenía la idea que mientras más conozcan el mundo menos tiempo de vida les quedaría para disfrutarlo, y lo que él deseaba era morir lo antes posible para no soportar ni un minuto más el peso de ser quien era. Por eso, su consejo los llevó desde el sur de Chile hasta el norte de México, de salto improvistos en barcos y aviones -gracias a la cooperación de amigos, enemigos, familiares y la aguda inteligencia de Luz de Medianoche- a Europa, algo de África y algo de Asia. Bacteria los mantenía con vida a sus amigos, les indicaba siempre el camino correcto y pensaba rápidamente en cualquier solución para cualquier problema que se presentara.

-Entiendo...

-No, no entiendes.

Lo llevó por el rumbo de la música, les conseguía contratos. A menudo tocaban en los parques y reunían una cantidad importante de público, al final de la tocada pasaba una gorra donde recolectaba todo el dinero que fuera posible. Bacteria decía que no había mejor forma de morir que haciéndolo por placer, y que si moría mañana ya no le importaba, a la mierda, coño.

-Cómo era, tío.

Sus ojos pequeños, sus cabello largo, sus trenzas, su barba semi poblada, su mochila amarilla y sus ánimos para vivir como bien le parezca, hacían de Ricardo un nombre difícil de entender. Solo Tati y Alejandro lo entendían. Solo ellos lo veían llorar por las noches, cuando tenía miedo de morir, cuando se enfermaba y les agarraba fuerte las manos para evitar que la muerte, puta de mierda, se lo llevase, ahora que vamos a viajar. Entonces Ricardo hablaba rápidamente. Su infancia en La Victoria, su casa en Manco Capac, el incendio, el final de sus padres y hermanos, su estancia en el hospital, la prensa -pobre niño; las autoridades velaran por tu bienestar; nada te faltara-, los años en el orfanato, una familia que nunca tuvo. Pero ahora estoy yo, Bacteria, decía Luz de Medianoche, y Alejandro. Si, efectivamente, ahora el colorao y Tati velaban por él. Ahora la vida te sonríe, huevas .

-Sobrino, puedes traerme a Doña Pacha, necesita algo de aire.

El sol ha salido. Alejandro ve el jardín, la nueva piscina. Toma otro sorbo de limonada y busca con la mirada a la pequeña Vivi -ya caerás, cholita-. Se agarra los testículos, se acomoda el calzoncillo, trata de buscar una erección pero no puede -carajo, la vida es muy injusta-. Mira a su sobrino correr con Doña Pacha hasta donde él está. Le dice que mamá ya se levantó, que en un momento sale. Alejandro piensa: pobre mujer, soltera, con el marido bajo tierra y con la millonaria herencia de la familia, que mi padre no me dejó por cabrón y pendejo.

-Volviste a ver a Bacteria- pregunta el chico -luego de... bueno, tu entiendes, tío.

Si, lo volvió a ver, cuatro años después en la avenida Javier Prado cuando Alejandro iba en busca de Geminita Carrera, su nueva conquista.


-Pero si es el colorao- Alejandro no supo como reaccionar. Iba a correr, gritar, pedir ayuda, rogar por su vida. Sostuvo a sus espaldas con fuerza a Doña Pacha, le dijo en susurros que todo estaba bien, Bacteria no les hará nada, no ahora que pasaron los años. Eh, Bacteria Terrenal, qué sorpresa...


-Se pelearon, tío.


Se dieron un abrazo, caminaron hasta El Olivar, se sentaron en el gras, recordaron viejas aventuras, prendieron unos porritos y fumaron ante la mirada asustada de unos niños con sus niñeras que jugaban fútbol a unos metros. Se rieron de todo. Alejandro olvidó ir a buscar a Gemina. Bacteria Terrenal se mostraba simpático, agradable, buen amigo. Te acuerdas de Tati, colorao. Alejandro se calla, pasa saliva, los niños se alejaron y ahora juegan en otra parte. Se murió, fíjate. No dice nada. El silencio le calcina los huesos. En un accidente, sabes. Mira lo que es la vida de mierda, colorao, Tati me había jurado que no moriría antes que yo y mira lo que pasó. Yo..., quiso hablar pero no pudo. No digas nada, colorao. Tati ya no estaba a su lado, ya no volvería porque ahora se la comían los gusanos. Bacteria Terrenal sollozaba. Alejandro le puso una mano en el hombro: pobre Tati, pobre Luz de Medianoche, era tan... Entonces se calló llevándose una mano a la boca ensangrentada. Ricardo lo golpeó una y otra y otra vez, rugiendo maldiciones, queriéndolo matar -tú te iras antes que yo, puto de mierda, tú antes que me coman las ratas-.


Saca a Doña Pacha, acaricia su cuerpo, revisa sus cuerdas. Suspira.


Tranquilo, Bacteria. Trató de hablar, de escapar de la arremetida de su amigo, de la metralla de golpes y patadas. Los niños ya no jugaban, corrían hasta donde sus niñeras quienes gritaban desesperadas "serenazgo, policía, auxilio". De pronto, Bacteria Terrenal, se detuvo, masculló unas disculpas. Estás loco, imbécil.


Quiere volver a tocar pero su sobrino continua con las preguntas. Quiere saberlo todo, cada detalle, cada una de las palabras y reacciones.


Caminaron un buen rato. Alejandro había dejado de quejarse por los golpes, cansado de escuchar las disculpas de su amigo. Fueron a Barranco, bajaron hasta la playa y prendieron los últimos bates que le quedaban. Tati no me amaba, colorao, dijo Bacteria Terrenal, era una puta. Silencio. Lo era y siempre lo supe, pero la amaba como el carajo, colorao, y por eso me dolió que tirara con mi pata de toda la vida, con el único huevón que se tomó la oportunidad de conocerme. Deja ya el rollo, dijo Alejandro. Tati era una puta, una puta redomada y por eso merece estar muerta, por eso merecía morir en aquel accidente, por eso merecía que yo apretara el acelerador para morir con ella. Silencio sepulcral. Pero mira como es la vida de puta, colorao: yo la amaba y quería morir con ella pero ella se murió primero dejándome solo con una pequeña fractura. Una noche, prosiguió Bacteria Terrenal, soñé con Tati, me la tiraba en la playa, luego ella dijo tu nombre y la volví a asesinar. En ese momento supe que debía buscarte.


-Papi, ven, cariño, que es hora de hacer las tareas- grita una mujer desde adentro de la casa.


-¡Ya voy!


-Anda, mañana termino.

Bacteria Terrenal se fue. No volvieron a hablar. Alejandro decidió hacer el último viaje. Tomó el primer autobús a Tacna. Ahí conoció a Grimaneza Herrera, viuda y con dos hijos, mantuvo una relación larga y, al final, de regreso por fin a Lima, el autobús se estrelló con otro que venía en dirección contraria. Pasó varias semanas en el hospital. El único sobreviviente. Es usted un afotunado, un bendecido, le habían dicho los médicos, los hombres de prensa. Su hermana lo reconoció en la televisión, corrió a buscarlo.

-Entonces la cojuda de mi hermana me trajo a vivir a su casa- Se dice. Piensa: Bacteria murió dos años después de sobre dosis -o al menos eso le contó una amiga en común, luego que le hiciera el amor en su casa-. Pobre Doña Pacha, anda a mirar cómo lloró cuando se enteró. Carajo, cómo pasan los años.

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