jueves, septiembre 16, 2010

El señor de los libros


Es sábado, voy a buscar a Erika. Como para no perder la costumbre, y sin que ella vea, huela o se entere, prendo un cigarrillo y me meto un Halls a la boca. Luego medito o trato de meditar o trato de pensar en algo que me distraiga media hora, que es el tiempo que falta para que mi chica salga de "¡Listas!" , el salón de belleza donde trabaja. Erika es estilista y a ella le debo lo que es mi pelo ahora: una especie de agujas colocadas de forma diagonal de tal manera que se encuentren en las puntas y otras cosas que no sé describir o que no quiero hacerlo por no pasar la vergüenza que creo que paso todos los días por considerarlo demasiado moderno para mí, pero que mi chica asegura nunca me vi más lindo de lo que me veo ahora. No lo pongo a discusión, si ella afirma o niega que algo me queda bien o mal es porque así es.

Entonces medito o trato de meditar, mientras camino por la avenida La Marina, una pitada larga y el humo al cielo como me enseñó mi tía, sobre una prometedora oferta que mamá me hizo esa misma tarde, en el almuerzo.

-Cómo vas en el trabajo, cariño.

-Jodido, vieja.

-Sigues escribiendo- inquirió, llevando un plato de estofado de pollo a la mesa, invitándome a seguirla, sacando una cocacolita de la nevera y vertiendo su refrescante contenido a un vaso que ya tiene preparado para mi -me preocupa, Alexito, que dejes de hacer lo que te gusta.

Mamá, al igual que papá, nunca estuvo del todo de acuerdo con mi afán desenfrenado de ser escritor. Aprendió con el tiempo a respetarlo, a compartir conmigo ese delirio, ese sueño.
Cuando medito -o trato de hacerlo, ojo- no suelo ver por donde ando. Por ello, me sorprende de pronto ver tantos jóvenes reunidos a unos metros de distancia. La puta, una revuelta, pienso, asustado. Pero una revuelta no suele ser tan organizada ni mucho menos mirando a un escenario. Abro los ojos, limpio los lentes, respiro hondo: "Rock en tu parque", dice un letrero, "Organizado por la municipalidad de San Miguel", al lado un cartel gigante con la cara alcalde y la frase marquen por la "L".

-Deberías buscarte otro trabajo, hijito.

-No, vieja, no es fácil encontrar chamba en estos tiempos de perros. Además, necesito el dinero. Sabes que con Erika intentamos arreglárnosla con nuestro sueldo, y a duras penas llegamos a fin de mes. Estamos jodidos, caray.

Mamá no volvió a hablar por unos minutos, prefirió verme almorzar y darle esporádicas miradas a la televisión. Una mujer lloraba por un hombre diciéndole que lo ama mientras éste la sacudía con la fuerza de sus brazos. Entonces, cuando casi he terminado -nunca tengo tiempo para almorzar en casa de mis padres, y cuando voy ellos ya lo hicieron y yo debo regresar corriendo al trabajo si no quiero patear latas-, mamá me dijo: te gustaría estar al frente de un negocio. Volví la cabeza. En la televisión el hombre empujó a la cama a la mujer luego sale de la habitación visiblemente irritado. Pues..., traté de contestar. Yo te ayudo, me cortó mamá. Pero no le digas a tu padre, yo se lo diré.

Me acerco al pequeño concierto. La banda toca un cover de Héroes del Silencio, las chicas parecen querer subir al escenario en medio de gritos y jaladas de cabello. Intuyo entonces que es por la apariencia del vocalista y la euforia del rock. Tengo algunas vivencias sobre tales acontecimientos.

-Qué te gusta hacer- me preguntó mamá. Sonreí pensando que mamá ya estaba envejeciendo por no recordar mis gustos o tal vez buscaba hacerme una broma o hacerme entender un mensaje profundo, digno de recordar -qué sabes hacer- replanteó su pregunta.

Nunca me había puesto a pensar en ello, o al menos no con tanto interés. Al fin contesté lo único que se me vino a la mente: leer y escribir... ¡Ah! y me gusta el café. Ya sabes que negocio poner, sentenció, levantando el plato, haciendome señas para que vaya a lavarme los dientes, para que la dejase ver su telenovela sin interferencias. En la televisión la mujer dejó de sollozar ruidosamente y ahora va en busca del hombre..

La banda toca, las chicas se alborotan, los chicos miran que serenazgo no los vean bebiendo licor. Prendo otro cigarrillo, otro Halls. Pienso: siempre quise hacer algo productivo con mi vida, algo interesante, algo de lo que me sienta orgulloso. Siempre supe que escribir me daría efímeras alegrías, que demoraría mucho tiempo para sentirme realizado como escritor, que quizá nunca llegaría a ser leído por nadie -salvo mamá y Erika-, que la inquietud de la que estoy condenado a padecer me haría infeliz por no haber nacido con el talento suficiente para ser leído y reconocido. Siempre supe también que mi vida, de una u otra manera, me llevaría por ese sendero: escribir hasta el día de mi muerte. Sin embargo, había un punto del que no estaba del todo consciente -por considerarlo poco importante en esa búsqueda. Grave error, vale recalcar-: la maldición de leer y leer y leer hasta altas horas de la noche, y en el autobús, en el trabajo, en los parques y en cuanto lugar pudiera acomodar mis regordetas posaderas.

La banda sigue tocando. Sin querer me contagio de la euforia colectiva y ahora aplaudo cual quinceañera enamorada el final de la canción.

Visto con sinceridad solo sé -y medianamente- leer y escribir. Si a esas dos inquietudes le agrego una más sería mi notable sensibilidad por la cafeína, adicción que tengo el placer de padecer desde que tengo uso de razón y le robaba unos sorbos a papá y mamá y a escondidas me preparaba una taza o dos. Puestos a ser más sinceros aún: no creo tener otra habilidad ni otra inquietud, y si ese no fuera el caso no me interesaría averiguarlo porque ando dichoso de hacer lo que hago mientras tomo una buena taza de café -en cualquiera de sus presentaciones, y si la acompaña un buen puchito pues la cosa se pone del carajo-. Conociendo entonces mis virtudes decido: una librería cafetería. Moderna, juvenil, ágil, cultural y demás mierda. Una donde me sienta feliz de levantarme temprano, donde pueda leer hasta que me aburra -y es un decir, poco probable además-, donde pueda embriagarme con harto café, donde envejezca y donde escriba mis cuentitos que nadie recordará en unos años y termine, por fin, maldita sea, esa novela que me tiene loco.

La música, los gritos, la conciencia de una buena idea, las ansias de vivir muchos años para concretarla. Todo en conjunto me incentiva, me llena de vida. Corro, de pronto, a toda velocidad, sin mirar a los costados. Corro a contarle a Erikita, a besarla, a abrazarla, a decirle que la amo y que me amará más en cuanto escuche lo que le tengo que decir. Corro llorando de felicidad. Corro sintiendo que tengo ahora otro motivo para dar lo mejor de mí, para saber que puedo ser importante después de todo.

Erika ya salió de la peluquería y camina por donde yo corro como alma que lleva el diablo. La abrazo, la beso, le cuento lo que hablé con mamá. Ella se muestra dudosa, me dice que en el Perú las personas no leen, que son muy pocos, que solo yo y unos cuantos, que en Argentina o España quizá resultaría, que mejor piense en otra cosa. Le digo: sé que es idealista, estúpido y loco y que solo un idealista, estúpido y loco podría pensar que algo así funcionaría. Por todo eso, amor, cumplo con todos los requisitos. Al final me entiende, me promete su apoyo. Y yo termino por besarla y recordarle que la amo, por si las dudas.

Ahora, señores, solo me encuentro con un dilema: ¿qué nombre le pongo a la librería....? ¡ Ayuda!, por favor.
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