miércoles, febrero 02, 2011

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Fue un sábado del 2005. Ni el número ni el mes lo recuerdo. Solo sé que fue sábado. No uno cualquiera. Uno cojonudo, de esos que no se planean y salen mejor que el sábado pensado, presupuestado y conversado. Uno como ningún otro. Un sábado en el que no pones ningún empeño por verte bien, mal o peor, en el que lo ultimo que recordaste es si hubo noches tan prometedoras como aquella. Quizá el pesimismo y el desinterés con el que saliste es el que te llevo a sorprenderte tanto cuando la noche se veo tan buena, cuando todos tus amigos se reunieron, cuando viste llegar a alguien que no pensabas, cuando, sin querer queriendo, olvidaste los problemas, las preocupaciones y fuiste feliz sin remordimientos. O tal vez no bailaste: decidiste estar en casa. Sin saber cómo los acontecimientos de una noche que aseguraste muy normal se tornaron inesperados. Al final corriste sin parar deseando que nunca termine, que el tiempo se detenga. O de repente, una platica con quien menos lo esperaste logró que esa noche te acostaras con una sonrisa. O una película en un canal que nunca ves. O un juego que acabaste de descubrir. O un libro que volvió tu sábado en casa mágico, o tu estadía en el hotel insospechada, o tu vuelo altamente soportable, o cualquier hecho que hizo de ese día uno digno de recordar, de mencionar.

Ese sábado fue así.

Salí de casa sin muchos ánimos. Tenia la certeza que esa noche las historias que invadían mi mente en el aula de lunes a viernes no me atacarian, que estaría libre de ellas, que tendría tiempo para mi. Esa seguridad me hacia dichoso. Sin embargo, esa dicha no duraba mucho tiempo. Estaba claro que verme libre de aquellas historias enredadas, autodestructivas y calentonas me daba un cierto respiro. Lo necesitaba para dedicar mis energías en examenes o en tareas pendientes, en escuchar a 'Diazepunk' o 'Rezaka', en ir a conciertos y buscar a esa niña del barrio que tanto me gustaba, decirle un par de cosillas cerca a la oreja para que caiga entre mis brazos rendida de amor y pasión -sobre todo pasión-. Necesitaba ese fin de semana para ser libre, para ser feliz. Y sabiendo que lo necesitaba no me sentía dichoso. Creía que la libertad otorgada por la posibilidad de escoger tal o cual cosa era una paso a la felicidad perpetua, que de eso estaba compuesto la adultez: decisiones libres, impulsadas únicamente por sus ideas, por sus necesidades. Era por ese motivo por el que no podía ser feliz: estaba atrapado, acorralado, preso por las ideas que una a una llegaban de cualquier rincón abandonado en mi cabeza. Era contarlas, escribirlas, vomitarlas de mi cuerpo lo que producía en mi paz. Todo lo demás, absolutamente todo, solo era parte de esa cárcel pues las ideas llegaban de las cosas que veía, que aprendía, que me gustaban, que me enamoraban, y por amarlas los cuentos jamás dejarían de llegar. Por saberme preso, me juré no volver a escribir.
Regresaba a casa luego de aburrirme caminando por la cuadra. La esperanza de ver a la chica de ojos negros -ya contaré sobre ella- que vivía a tres casas de la mía se había esfumado cuando encontré la ventana de su cuarto apagada. Nueve y media de la noche: imposible que siga en casa. Caminaba, entonces, pesimista ante la seguridad de estar solo en sábado. De pronto, algo inesperado me sucedió. Las ideas que atacaban mi mente de lunes a viernes en clase -sobre todo de trigonometría- volvían. No las podía controlar. Me imaginaba escribiendo. Me veía culminando una aventura, trepando las paredes, llorando de amor, viviendo una vida que no era mía pero que pasaba por mi mente de forma tan clara y palpable que hubiera sido un crimen no contarla. Me esforcé por que desaparezca. Me rehusaba a escribir y ser escritor cuando desde niño había deseado estudiar medicina, cuando había dicho una y otra vez que ni siquiera me gustaba leer -no era lo adecuado, pensaba, no cuando en tu entorno no leen-. Sin embargo, no resistí. Escribí. Dejé que se apodere de mi voluntad y decidí, entonces, quedar encerrado de por vida a sus mandatos.

Definitivamente, nunca olvidare ese sábado.
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