lunes, mayo 09, 2011

La historia de hoy


La historia de hoy no es una historia, es un recuerdo, una recreación de lo que alguna vez vi. No se parece en lo más mínimo a un homenaje, tampoco pretende romper esquemas y faltarle el respeto a aquellos artistas que entregan su vida para rescatar o resaltar belleza en imágenes. Solo es lo que recuerdo.

Imaginen un espacio en blanco, donde más allá de la nada sigue perpetuándose el vacio. Véanse ahí. Están solos. ¿Descubrirían, quizá, que la vida que han llevado hasta entonces no ha sido para nada malo o complicado o solitario comparado con ese mar infinito de soledad, de silencio? Yo si. Yo temblaría. De hecho, yo temblé. Sacudía mi cuerpo con la fiereza de quien se sabe perdido, de quien no tiene escapatoria, y que, por más que intentes sofocarte, no tienes la más mínima posibilidad de morir. No hay hambre, ni sed. No hay fotos o recuerdos. Lo que sabes es que tuviste algo, lloraste, y te lamentaste, pero ahora no tienes nada, ni siquiera lagrimas en los ojos o una excusa para maldecir puesto que de tu memoria se borró cómo y por qué llegaste hasta ahí. Así me sentí. Terrorífico, ¿verdad? Claro que si.

Veamos, seguimos en miedo de nada sin sentir, valga la redundancia, nada. De pronto, y esto no lo comprendes pero te aferras a él como un hijo a un padre cuando teme al monstruo detrás de ropero, el color blanco pierde su tonalidad cegadora y hasta parece que algo de luz pretende proyectar. En tu mente no existe recuerdo alguno de algo parecido a eso, pero algo muy al fondo en ti se detiene a sentir una ligera nostalgia, como si la luz fuera un recurso divino creado para beneficio y deleite de alguien o algo en particular. Como el blanco ya no lo es, se perdió como esencia, entre amarillo y gris explotan. ¡Cuidado!, agachen la cabeza que los colores no miden hacia donde se dirigen, simplemente explotan. ¡Dios!, una mancha amarilla acaba de rozar tu brazo. Desaparece en cuanto hace contacto con tu cuerpo. Piensas que tal vez no eres muy puro para asimilar los colores. De repente soy invisible, te dices tratando de consolarte. Si lo eres, nadie lo sabe. Pero lo que si es una certeza es que ahora los colores toman forma y llaman a más colores. ¡Mira eso!, amigo, amiga, ¿seria el cielo? ¿Qué es eso que se dibuja sobre tu cabeza? ¿Son nubes lo que vez? ¡Si!, lo son. Lo recuerdas. Por supuesto, algo así no se olvidaría nunca… ¿Quién podría olvidar algo tan maravilloso como el inmenso cielo y sus inseparables nubes?

-No veas hacia abajo, amigo, amiga. No te lo aconsejo. No lo hagas. ¡NO!
Nuestros temores son realidad: estamos volando. O no, estamos cayendo. Agárrense. ¿Pero de qué? No lo sé. ¡Wow! el frio viento sacude nuestras melenas al descender, y las manos hacia el cielo para que por favor nos recoja, no nos abandone. Caemos y caemos y parece que no hay fondo pero eso no es lo peor sino que acabamos de recordar el temor, la sensación de perdida, el sabernos prontos a la muerte. Y la muerte va a llegar pero aun no porque ya no estás cayendo. La caída te dolió pero estas vivo y eso es lo que cuenta. ¿Qué? ¿No me entendiste? ¿Cree usted que lo pueda repetir? Estás vivo. Cierto. Estamos vivos. Mientras haya vida hay esperanza y mientras más dura sea la caída seguiré viviendo.

La imagen no termina ahí. El suelo es rígido. Son rocas. Las rocas están cubiertas por una gruesa capa de polvo blanco. ¿Es nieve? Uhmm… Si no lo es no se me ocurre que podría ser. El suelo, de súbito, baila a nuestros pies. Ya estás listo para lo que venga. Yo, claro, no lo estaba. Pero ustedes no son yo y yo no soy ustedes y eso es muy bueno, saben, no les gustaría ser yo. Eso no viene al caso. Lo que si es que ahora la roca se sacude con más intensidad y ¡Dios mío!, no elevamos. Regresamos al cielo pero no volamos sino la piedra está creciendo y con ella otras piedras a menor altura y otras a mayor. Ya no es plano sino escalonado. Dejó su uniformidad y hasta los colores se mezclaron formando una media tarde de primavera. Pero tienes frio porque lo acabas de recordar. Decides no seguir parado y corres. Corre rápido, eso si, ya que detrás de ti viene una rueda gigante que pretende aplastarte. No sabes cómo se formó, de donde vino, si tú no hiciste nada. Pero te toca enfrentarla. Ella más rápida. No puedes. Te va a alcanzar. Tírate a un lado. No la enfrentes. Te dices que no, que tu puedes. Sigues corriendo, esquivando baches, levantándote rápidamente cuando te caes, a los arboles que de pronto crecen en tu camino. No vez cuan hermoso es. No piensas si te puedes trepar en uno de ellos para escapar. Te crees autosuficiente. Luchas. No pides ayuda. Sobreviviste una vez por qué pedirías ayuda ahora. Ni hablar. Sin embargo, tu vanidad es tu perdición. La bola te golpea, te arrastra con ella. Cuantas vueltas das, eh. Una y otra y otra vez y miras esporádicamente como de los arboles crecen flores y de las flores colores y de los colores formas, las mismas que vuelvan hacia el cielo. Del suelo se abren algunas grietas, de ella brota agua. Sigues rodando. Del suelo salen animales, quienes te miran recelosos pues aplastas su mundo con esa bola gigante que llevas contigo.


Sin saber cómo ni por qué, la bola se detiene. Miras con cuidado: la rama de un árbol acaba de detenerla. Le agradeces y te vas. A unos metros una cabaña. Te acercas. Recuerdas el hambre, la necesidad de calentarte. Recuerdas que hay quienes se preocuparon por ti. Ya no quieres estar sola. Lloras. Lloras odiando la soledad que deseaste, comprobando que no puedes hacerlo todo solo. Entonces, corres. Entras en la cabaña: tres personas comen rodeando una mesa, en ella distintas formas se exhiben, sabes que deben ser muy apetitosas. Las personas te miran. La mujer se pone de pie, te da un beso en la mejilla y, con ternura, te dice: te esperábamos para comer.

Eso fue lo que vi. Bueno, más o menos.
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