sábado, octubre 13, 2012

¿Inocente yo?




-No le puedo vender licor a los menores de edad, joven.
-Muy responsable de su parte – le dije.

La señora me quedó mirando: tenia lo ojos pequeños y la cabeza un poco grande. Esperé que continuara su perorata idealista y trasnochada hasta que los acontecimientos tomaron un rumbo inesperado.

-Desea otra cosa, joven.
-No. Si, perdón: una cajetilla de cigarros.

Una vez más sus ojos pequeños ojos no dejaron de mirarme.

-Señora…
-Necesito su identificación, por favor.
-¿Cómo?
-Joven, no le puedo vender licor a menores de edad. Ahí mismo, en la puerta, dice clarito que está prohibido.
-Señora, soy mayor... Se está equivocando conmigo. Soy mayor de edad desde hace cuatro años.

Si de algo me puedo jactar es que cara de asesino o pervertido no tengo, por lo que puedo andar con la suficiente confianza que no me confundirán  nunca con un delincuente. No buscarán 'saldar cuentas' conmigo, ni me detendrá la policía para pedir mi identificación. 

Sin embargo, no todo era bueno. En el colegio, por ejemplo, representó un problema para ligarme a mujeres mayores. Pero nunca, claro está, para comprar tal o cual cosa. 

Era por ese motivo, que este nuevo hecho me dejaba un vacío insoportable en el estomago.

-Señora, me está ofendiendo-  aseguré, completa e irreparablemente ofendido.
-Lo siento, pero usted es una criatura.
-Tengo veintidós años. Mi número de DNI es…
-Nada de eso. Usted no debe tener más de diecisiete.

Con el tiempo aprendí a usar esta particularidad física como una ventaja. Mamá siempre me creía cuando le decía que me había portado bien y que las culpables habían sido mis hermanas. Hasta las chicas con las que salía solían confiar en la inocencia de mis rasgos. Podía ser el rey del mundo: solo era necesario abrir un poco los ojos y arrugar los labios para que casi cualquier cosa fuera mío. Todo me era posible. 

Los matones, también, en el colegio, confiaban darme una paliza con facilidad, y aunque solían salirse con la suya no faltó una señorita por ahí que quisiera  consolarme. ¡Bah!, que más daba cinco minutos de golpes si luego venían dos horas de besos y apapachos. Sin duda, un intercambio justo: ellos terminaban castigados –‘’Sin recreo, jovencito, para que aprenda a respetar a sus compañeros’’- mientras que yo entre las faldas piadosas de mis amigas.

Este método –me refiero a usar mis ojitos en señal de auxilio como un arma mortal- fue confiable hasta ahora: en la bodega, la doña se rehusaba a venderme unas cervezas y unos cigarros. Me hubiera ido si el siguiente puesto no se ubicara al otro lado de la calle. De ninguna manera caminaría.

- Cómo le hago entender que soy mayor. Hace seis años salí del colegio.
-Su identificación, sin eso no hay nada.
-Me lo robaron.
-Qué casualidad- sonrió, esta vez.

Joder, si que me lo habían robado… Junto con varios billetes, tarjetas y esas cosas.

-Lo juro. Sacaré una copia pronto y se la mostraré. Véndame de una vez si no quiere que me vaya a la competencia – la amenacé.

No negaré que me sentí mal haciéndolo, qué culpa tenía ella de verme como un niño.  Si hay algún culpable, sin duda sería la madre naturaleza.

-Si quiere, hágalo – contestó, impertérrita.
-Le pago el doble.

De acuerdo, había caído bajo. No obstante, nadie en este globo me haría caminar hasta la otra calle.

-¿Está seguro?

Al parecer la doña empezaba a ser razonable.

-Si- le dije.
-No lo sé… Usted es un niño.
-¡Ay, Por Dios!
-Bueno… Confiaré en usted- suspiró- no le diga a sus padres donde lo compró. Estos chicos de ahora, caray.

Una me vez me hice con las latas de cerveza pude irme en paz. Muchas gracias, le grité antes de salir del local. Muchas gracias por hacerme perder el tiempo, pensé, al final.
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