sábado, enero 05, 2013

Ficciones (I)



La reunión se había realizado conforme lo coordinado. Cinco minutos antes de las ocho de la noche del primer lunes del mes de marzo Lanz aguardaba, con un cigarro entre los dedos, en la azotea de su casa, al mensajero. Deseaba que las horas transcurrieran más rápido. Por algún motivo las piernas le temblaban. Tienes que estar tranquilo, se dijo. Nada malo pasará mientras estés concentrado.

En el parque frente a su casa había unos niños entre nueve y once años jugando fútbol.  Al fondo, junto a los viejos arboles, y entre las sombras de ellos, se veían las siluetas de cinco adolescentes  bebiendo todos de una sola botella, riendo mientras se empujaban unos contra otros. Lanz perdió sus pensamientos en la clandestina aventura que aquellos muchachos experimentaban, preguntándose en qué momento la vida había dejado de ser arriesgada y divertida para volverse peligrosa e impredecible. Si alguna vez fue feliz como los futuros futbolistas del parque o como los adolescentes rebeldes, no lo recordaba.

Cuando saboreó la última pitada de su cigarro el mensajero apareció. Caminaba lentamente desde el parque hasta la puerta de su casa. No se tomó la molestia de regresar al primer piso para abrirle la puerta pues él sabía muy bien como entrar. Prendió otro cigarro y esperó silencioso que lo alcanzara. Ante sus ojos, uno de los equipos de los niños celebraba entre gritos y aplausos un gol.

-Espero puedas disculpar mi retraso – le dijo una voz a sus espaldas.

Lanz volteó a cabeza ante el sonido. Su voz era rasposa y lenta. Era alto de cara larga y morena. Llevaba un pantalón blanco y camisa negra con el primer botón del pecho suelto,  salían de ahí disparados unos vellos puntiagudos y canosos. Solo unos segundos, le contestó Lanz, aclarándose la garganta antes. Esperaba que te atrasaras mucho más tiempo, el anciano dijo que…

-Vayamos al grano- le cortó.

De repente, Lanz sintió que la cara le ardía y la cabeza le iba a explotar. Trató de disimular regresando su cuerpo hacia el parque. Los niños se iban ya a sus casa festejando un grupo una victoria y otro, entre patadas al vacío y maldiciones sonoras, la obvia derrota. Entre los viejos arboles los adolescentes seguían compartiendo de la botella pero ahora se habían sumados dos mujeres de similares edades. 

Vayamos al grano, asintió Lanz.

-Está todo listo para tu llegada al pueblo.  El anciano te esperará para conducirte ante las entidades pues es necesario realizar la ceremonia de iniciación. Quieren además probar tu fe a el Dios. Por otro lado, se han encargado de reclutar a los mejores hombres para que marchen contigo ante los señores Miryenses a la orilla del mar negro. Pedirás comida, espadas y portadores de luz antes continuar tu camino al castillo rojo.

-¿Cómo confiaran en mí si soy un desconocido para ellos?

-Irás en nombre del Dios y llevarás las escrituras.

Lanz no estaba convencido.  La idea de emprender un camino incierto y luchar una guerra que jamás fue suya era desde el principio suicida, pero tratar de convencer a fieles fervientes de una religión que apenas conocía y obligarlos a ir con él a la batalla era otra cosa. No los podría engañar.

-Muchos buscan probar primero tu valía pero es un tiempo que no disponemos.- prosiguió el mensajero al ver que no obtendría respuesta-  No podemos hacer más que confiar. He vivido más años de los que me gustaría admitir y pelado en tantas guerras que se terminaría la noche y no acabaría de contártelas. Y nunca he confiado en nadie. Las victorias me volvieron arrogante. Sin embargo, una noche de verano, bebía en  un bar del pueblo junto a unos camaradas. Nos emborrachamos, y como muchas otras veces, iniciamos una pelea. En medio del alboroto el anciano detuvo mi acero con la fuerza del suyo y lo hizo volar lejos de mi brazo. Supe que era el final. En cambio, solo colocó la fría hoja de la espada en mi cuello y me dijo que me marchara. Hubo algo en su mirada y su voz que logró asustarme. Esa noche corrí como cobarde temiendo por mi vida.  Deje a mis camaradas atrás y no retrocedí a pesar de escuchar sus voces llamándome.  

‘’ Encontré al anciano aquella mañana. Yo iba solo. Por su parte ni siquiera se detuvo a verme. Sin darme cuenta unos sujetos me cogieron por la espalda. Eran algunos tipos que habíamos herido la noche anterior. Cuando estaban golpeándome en el suelo el anciano llegó y uno a uno los derribó. Antes de irse me dio su mano de apoyo y me dijo que siempre es un buen momento para cambiar.’’

Lanz  había estado escuchando la mitad de la historia con la vista hacia el parque pero ahora su concentración se ubicaba en el mensajero. Pisó en el suelo lo que le quedaba del cigarro. Él trataba de convencerlo en mantenerse firme en su decisión. Tenía miedo de equivocarse, parecía no entender. Acaso una vida normal como la de los niños o los adolescentes era mucho pedir. Por qué todo parecía tan difícil a esas edades y ahora tan decisivo. Un paso atrás y estaría perdido.

-El anciano confía en ti, muchacho. – le dijo el mensajero – Por lo tanto, yo también.

Entre los arboles los adolescentes se iban rápidamente en distintas direcciones. Tal vez el juego para ellos estaba ya terminado. En cambio para él a penas iba a empezar.  Debo confiar.

-Por qué seguir esperando, entonces. Hay un viaje largo por recorrer.

-Cierto, muchacho.  A donde vamos no necesitamos esta forma ni esta energía. Para emprender el camino es necesario abandonar todo esto.

Lanz había vivido veinticinco años normales en esta vida y lo único que conocía realmente era eso. Debo confiar, se repitió.

-Nos vemos pronto, mi señor. – Concluyó el mensajero antes de atravesar con una bala la frente de Lanz. El viaje es largo y el tiempo corto, pensó antes de eliminarse con la misma pistola en la cabeza.

En alguna parte del vecindario una mujer vio la escena y aterrada corrió a llamar a la policía: dos hombres habían muerto.  
Publicar un comentario