lunes, agosto 05, 2013

PaLaBrAs PuNzOcOrTaNtEs (I)


Sé que no  pudiste estar conmigo no porque no querías sino porque no podías acompañarme. No creas que son un reproche o un berrinche. En realidad ya dejé de quejarme de todo. Ahora busco resolver. Pero no te mentiré: la caída ha sido dura. Sin embargo, no estuve solo. Sucede que quería que estuvieras a mi lado. Eso es todo.

-Estoy a tu lado.

No me hubiera importado que te quedaras callado viéndome sufrir. Que solo hablaras para pedirme que tome los problemas ‘deportivamente’ –para tomar las cosas de manera deportiva siempre fuiste un experto. Inclusive cuando decidí abandonarme a la inseguridad y a la desdicha me diste la seguridad,  la calma y los ánimos para nunca rendirme-. Tal vez hubieras asegurado que la vida puede parecer una mierda, pero que ese no es motivo suficiente para sufrir; y ‘ser feliz debe ser tu única preocupación’. Seguro terminarías la lección del día diciéndome que me ponga las pilas. Y yo no te haría caso.

-Debes ponerte las pilas. Los años siguen pasando.

Creo que en verdad no dirías nada. O supongo que es lo que me hubiera  gustado escuchar de ti en  estos momentos. Ya no tiene importancia. O no lo sé. Es culpa de esa gran imaginación que dicen que tengo.

-¿Por qué estás llorando?

Mamá me contó que te preguntó una vez si fuiste feliz en tu vida. ‘Yo siempre he sido feliz’, fue tu respuesta.

-Siempre he sido feliz.

Yo creo que la felicidad está en aquellos momentos –por lo general breves- de alegría y optimismo. Creo que se puede encontrar en la sonrisa sincera de un niño, y en un largo silencio luego de una amena conversación.  En el tierno abrazo de un amor perdido, o de uno encontrado.  Se puede hallar en la cómplice mirada de unos ojos negros y soñadores. Y yo la podría encontrar tomando una taza de café o fumando un cigarro. O en el rock.

-¿’Pan francés’?

Porque aun amo el rock. Recuerdas que me decías ‘pan francés’  por mi fascinación a la música Punk.  Y me pedías que no caminara con los cabellos alborotados y sin peinar. Que las zapatillas sucias no se veían bien.  Que me preocupara solo en estudiar. Que yo era tu hijo y tu mi padre,  y siempre estarías a mi lado. ¿Recuerdas que lo prometiste?  

-Nunca me he ido.

Pero es una promesa que no puedes cumplir. Así como no cumpliste en llevarme al estadio a ver jugar a la ‘U’. Tuve que ir solo.  Y en esas experiencias en la tribuna rugí con odio mi impotencia. Y grité más fuerte para que me escucharas cantarle al equipo de tus amores. Y volví una y otra y otra vez la cabeza buscándote en la multitud. Pero no estabas.  Y solo los años me enseñaron a entenderte. Y ese equipo se volvió mi equipo. Y ese amor se volvió mi amor.
-…

No pienses que te reprocho. De todas formas, ya no puedes escucharme.

-No llores. No te voy a dejar.  

¿Cómo pudiste haberte ido?,  ¿por qué me dejaste solo, y con toda esta carga? , ¿Por qué no cumpliste con tu promesa?  

-…


Juro que te perdonaría todo esto si volvieras.  Pero creo que ya no importa. Es una noche fría. Iré a dormir.

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