miércoles, junio 11, 2014

La encomienda del Karshtaj



¿Resolvería el misterio? ¿Llegaría a tiempo? ¿La fortuna le sonreiría esta vez? No había tiempo para reflexionar sobre ello. Cerró los ojos, respiró hondo, y, antes que el rugido del dragón se apoderara del espacio y con él el fuego insondable de sus fauces, dio un salto hacia la pendiente. Mientras se deslizaba, la tierra se alzaba al contacto con su cuerpo, llenando el aire de polvo, de carroña, haciendo correr a los animales refugiados bajo ella. Sólo tenía una oportunidad para escapar.

Cuando llegó al sendero, pisó firme, volvió la cabeza, la bestia no lo había descubierto. Esta certeza lleno su espíritu de calma. Después de todo, llegaría a tiempo. Sin esperar más, corrió por el camino. El Karshtaj le había dicho claramente que siguiera la ruta sur hacia las orillas del lago Andante, en el fondo del agua, escondida bajo la estatua del héroe caído,  encontraría el ‘Prisma Sagrado’.

‘Los sabios lo escondieron de los hombres y las bestias, con un conjuro muy antiguo. Sólo el elegido podría hallarla, vencer a la quimera y librar estas tierras de los tormentos que estamos sometidos’, le había dicho.

Él era el elegido. Al menos de eso lo habían convencido.

Con la noche llegó la lluvia y el frio. Cruzó los brazos pegándose lo más que pudiera a sus pieles. Sentía sobre su cabeza las miradas atentas de los habitantes del bosque. En algún lugar, aquellos seres se escondían, aguardando, quizá, que él estuviera desprevenido para atacar. Sobre su espalda acarició el mango de su espada. Un paso le seguía al otro. Tal vez hubiera sido prudente acampar, preparar una fogata, buscar algo para comer, pero su intuición lo alertaba a continuar. No podía estar desprevenido, desarmado. El silencio, el silbido del viento entre las rocas, la impaciencia se apoderaba de su ser.

De pronto, ‘¡crach!’, el sonido de una rama contra el suelo resonó a su espalda. Sabiendo lo que lo aguardaba, miró hacia atrás: el bosque dibujaba un camino, y el ‘¡Pum! ¡Pum!’ de los pasos del dragón se hizo dueño del silencio. No sintió más frio. Aquella bestia lo había alcanzado. Por un segundo, que a él le pareció eterno, sus ojos se vieron frente a frente con su cazador. Sin esperar más, blandió su espada.

‘¡No correré más!’, gritó.

La respuesta del dragón fue un soplido cargado de fuego y veneno. El guerrero, se hizo a un lado esquivando la humarada. Su enemigo volvió de nuevo al ataque, pero esta vez la carga fue mayor. Ante esto, tuvo que correr hacia su derecha, adentrándose a la espesura del bosque. Corrió llamando a su enemigo, incitándolo que abriera más el camino, mientras los animalillos huían espantados de la escena, mientras la noche se tornaba amarilla y roja por la luz de los arboles al arder. El trayecto del guerrero fue en línea recta, luego en zigzag, esquivando los escupitajos ponzoñosos del dragón. Bajó la velocidad, miró de nuevo hacia su enemigo, se detuvo en seco y regresó sobre sus pasos con su espada de forma horizontal, cortando el aire, se acercó hasta donde el dragón y, con un tajo certero, dañó a su rival en su pata derecha.  El rugido de ira del dragón fue ensordecedor. El guerrero, aprovechando que la bestia se encontraba desconcentrado en el dolor, se subió a un árbol cercano, el único que se mantenía en pie. Sobre una rama, y estando ahora más alto que la bestia, colocó su espada sobre su cabeza.

‘Eres mío’, le dijo.

Entonces, de un salto hacia su enemigo, el guerrero…

-¡Tomás! Tomás, cariño.

-¡Mamá!

-Baja de ahí, tesoro, que te puedes romper algo. Ven y abre tus cuadernos que tienes que estudiar. Aún no has leído el libro que te mandó tu profesor de literatura.

-Pero mamá, el dragón…

-Qué dragón ni ocho cuartos, ven de una vez.

-Pero el Karshtaj me dijo que…

-¿Quién?

-El Karshtaj, el último sabio de la aldea…

-Ven de una vez, no me hagas ir por ti. 

-Ahí voy.


El dragón esperaría un poco más. Habían otros misterios que debía resolver antes de salvar a la aldea y vencer a la bestia.     
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