domingo, octubre 27, 2013

Danza de medianoche



El viento ululaba entre las rocas. La copa de los viejos arboles se inclinaban, ligeramente, al compás de la danza de medianoche; cubrían los cielos, la luz de la luna y aprisionaban a los visitantes sendero abajo, sendero arriba. 

Lanz corría delante de Jhon y al lado de Alen. Pero Alen, sin embargo, no estaba convencida si su amigo seguía cerca o si los gemidos de agotamiento venían de Lanz.

Alen  solo pensaba en salir del bosque, en vivir, aunque fuera solo un día más. Y Lanz procuraba dar ánimos,  apelar a la calma y el raciocinio, darle menos importancia a sus agotadas piernas y seguir el camino hasta encontrar la salida. Pero Jhon había enloquecido: daba gritos de desesperación,  pidiendo por su vida, confesándose aterrado, desesperado y solo. Pero sus suplicas no eran escuchadas ni por sus amigos ni por 'La cosa' que iba tras sus cabezas. 

El sendero  los llevó, en picada y a grandes pasos, directo al puente. Solo debían cruzarlo y esperar que alguien los encontrase en aquel bosque maldecido. Seguro que en estos momentos alguien los estaría extrañando en algún rincón del pueblo, olvidando sus días de malhechores; sin embargo, solo era una ilusión.
Primero Alen luego Lanz y, por ultimo, Jhon, cruzaron el puente despacio, procurando que las viejas cuerdas no sedan ante el peso de los cuerpos y el miedo.

De pronto, un chillido ensordecedor, de un pájaro gigante o una bestia, se hizo dueño del espacio.  Pronunciaba palabras ininteligibles pero que sonaban a suplica y piedad.

 Entonces Jhon  abrazó la cuerda del lado derecho y arrodillándose pidió ser abandonado. No se movería por nada del mundo:  Si de todas formas moriría en breve prefería hacerlo de una vez, cuando su terror se mostraba en toda magnitud, cuando aun tenía fuerzas para abrazar algo.

Lanz retrocedió. Por más que trató de levantarlo, de darle esperanzas, de convencerlo que aun quedaba una salida y que si se apuraban “La cosa” no podría encontrarlos, no lo logró.

‘Váyanse’,  sollozaba.

‘Se hace tarde, Lanz. Vayámonos de una vez’, dijo Alen. 

Uno sabia que no volvería a ver su amigo, que estaba condenado y no por 'La cosa' o cualquier otra criatura del bosque sino por él mismo.

Sabiendo esto se hizo de pie una vez más, caminó y salió del puente, penetró entre los arboles y no volvió la cabeza hasta que oyó el grito de muerte de su amigo: supo que estaba muerto.

¿Acaso no se terminaría nunca?

El sol parecía que nunca saldría. Sus piernas evitaban responder  al mandato del cerebro, preferían seguir, haciéndolos caer en ocasiones, porque en cualquier momento saldrían del infierno y respirarían el aire de la libertad y la vida, y esta aventura solo formaría parte de un recuerdo doloroso que solo el tiempo y la dicha curaría.

Hasta ese momento seguiría atrapado junto a Alen.

El camino desaparecía, lo siguiente eran rocas y rastros de sangre, cuerpos de hombres decapitados. 

Bajaron la velocidad.

Llovía. 

Llovía y no era agua, era sangre.

Alen quiso averiguarlo. De pronto, ahogó un grito.

‘Qué pasa’, inquirió Lanz. Sin esperar respuesta miró por donde lo hacia su amiga: hombres, mujeres, niños, colgados de las piernas, despojados de sus ropas, dejando caer lo último de sus vidas.

Habían caído, quizá, en la guarida de 'La cosa' o de cualquier otra bestia. No tardarían en ser los siguientes si no apuraban el paso.

Sigilosos, entonces, fueron por el lado derecho: unos metros después movieron las piernas de nuevo y siguieron, esta vez, la ruta de sus impulsos, a donde les llevase el pánico y las ansias de vida,  ahuyentando insectos, pájaros y lo que fuera que se les cruce.

No hablaron, solo fueron consecuentes con sus impulsos.

Se sabían perdidos.

Si 'La cosa' no terminaba con ellos lo haría el hambre o la desesperación.  Y como todo ya estaba perdido solo decidieron no detenerse.

’Rumbo a la muerte voy’, pensaban,’ a la siguiente aventura, a la próxima vida.’

Sus próximas vidas los llevaron al pie de un barranco, donde una pendiente los regresaba al río y al principio de todo.  Hubieran regresado si 'La cosa' no manifestaba su presencia con aquel grito sofocante, con aquellas palabras de suplica.

Ahora las oían: ¡Ayúdenme!, ¡No se vayan!, ¡Por dios, vamos a morir!, ¡NOOOO!, ¡AUXILIOOO!

No regresarían.

Inclinaron sus cuerpos y trataron de descender. Su nueva idea solo les duró, a lo mucho, medio segundo, pues fueron paralizados con el paso del frío viento y cinco halcones que volaban en forma de triangulo y encima de cada uno iba un hombre con capa negra, ballestas cargadas y cascos en forma de pájaro.
Volvieron a tierra: pidieron ayuda y no fueron escuchados.

Alzaron la voz pero no fueron considerados. Los halcones volaban en círculos, mientras los hombres miraban el horizonte y se comunicaban entre ellos mediante señas.  Y por más que alzaron la voz todo lo que les fue posible seguían siendo ignorados.

A continuación, el último paso de 'La cosa' fue escuchado a sus espaldas.

No volvieron la cabeza, se dejaron llevar por la muerte mientras veían como llegaban más halcones con hombres encima, y ya en tierra el sonido de las espadas al rozar se hacían dueños del momento.

 Entendieron que sus ruegos no serian atendidos: la guerra había llegado a la 'Montaña del Silencio', donde reina 'La cosa'  y el espíritu de los guerreros caídos de N’oc-naut.



martes, octubre 08, 2013

Gula



La gula, del latín, gluttire.



‘El exceso no nos lleva a la muerte’, le dijo el hombre al anciano, ‘el silencio, sí; la negación y la autodestrucción son los caminos más rápidos.

‘Muchos sucumben en el camino a la aceptación, pecando de soberbia y engañando a sus pobres mentes que el problema no es problema y que la solución llegará por arte de magia o en la siguiente esquina, como si en los paraderos dios se ocultara para regalarles dinero o un consejo o algo que puedan entender con facilidad.

‘Pobres mentes perdidas y retorcidas.

‘Pobres idiotas pusilánimes incapaces de ver más allá de sus narices achatadas o respingadas.  Ni siquiera sus trajes finos o zapatillas de marca con nombres en ingles o francés o japonés podrán salvarlos de la ira de sus negaciones. No les servirá en ese infierno que hayan aprendido a comer con cuchillo en restaurantes caros, o que aprobaran cursos en el extranjero materias que a las personas normales les interesa dos o tres carajos estudiar porque al final en el fuego eterno todos somos carne y pellejo. 
  
‘Pobres aquellos que se limitan a los celos del amor y la ambición, y que ignoran escandalosamente la importancia de un fuerte abrazo o una buena comida.

‘Pobres humanos sonrientes ante la pobreza mental del tipejo que soltó una palabra que ni siquiera el más vulgar de su barrio conoce.  Pobres aquellos que sabiendo que son ignorantes persisten en su ignorancia. Pobres los que la celebran y los que se sienten bien consigo mismo ante este hecho como si hacerlo fuera un merito personal, una menta cumplida o un piropo bien mandado.

‘Pobres aquellos que han permitido que sus pasiones controlaran sus mentes. Pobres pasiones injustificadas que son esclavos clandestinos de seres pasionales, y  que no pueden huir sin dejar lo peor de si mismos en las calles. Pobres calles creadas por estos seres que solo se dedican a etiquetarlo todo y señalarlo todo, como si limitando un pedazo de tierra o creando círculos mezquinos pueden detener la evolución de la especie. Pobre especie y pobres especímenes.

‘Pobres.

‘Pero no me mire de esa manera, anciano. Su paso por este mundo llegó a su fin. Recuérdeles mas bien a sus dioses el error que cometieron mandándolo a este mundo y a esta muerte. Recuérdeles que le creó altares y grupos con el afán de entrar en sus paraísos. Recuérdeles los dibujos que crearon en cuadros y paredes enormes para consolarse de nuestra propia soledad. Dígales que le tuvo miedo a todo porque todo estaba bajo sus controles. Recuérdeles que estudió y trabajó para vivir la dignidad de sus ambiciones en casas cuyos precios se vio obligado a pagar. Recuérdeles que sacrificó todo para conseguirlo. Pídales por favor no reírse mucho cuando le pregunte cual es la verdad que buscamos los caminantes. Y no se limite a bajar la cabeza porque no regresará con eso  a la forma que es ahora.  

‘Cambie esa cara, pues, anciano.


‘Disfrute conmigo de esta comida y no piense en la bala que acabo de atravesar por su cabeza. Ignore que ensució mi fino piso, o que evacuó sus comidas antes de suspirar por última vez. 

'Pronto llegará la empleada para limpiar este desastre. 

'Aprovechemos el tiempo que nos queda para seguir compartiendo conocimientos. Y hable algo mientras saboreo un poco de vino ¿o es que la muerte también lo ha dejado mudo? Alégrese  que sus deudas ya hayan sido pagadas, y que hambre y sueño y miedo no volverá a sentir.’  

sábado, agosto 24, 2013

No bailo, gracias.




Efectivamente, nací con dos pies izquierdos. No es una confesión, ojo.  Es una declaración sincera, como la que hacemos por amor o por presión. Y qué importa si me insisten por ahí que de pequeño movía los pies como trompo al son de la rumba. No me acuerdo de eso, al fin y al cabo. Supongo que ya superé el trauma. Además, las personas que me conocen saben muy bien que no me gusta bailar.

Como todo en mi vida –o casi todo-, no ha sido una decisión tomada a la ligera. Me costó unos  años aceptar que talento para la expresión corporal y movimientos de caderas circulares no tengo ni tendré. Aceptarlo no fue tarea fácil. Pero en el camino de aquel doloroso descubrimiento de ‘negación’, primero,  ‘resignación’, segundo, y ‘aceptación’,  tercero y finalmente último, encontré distintas personas optimistas y alegronas que no dudaron ni por un instante en introducirme en la titánica y esplendorosa materia de ser bailarín de  reuniones y discotecas. La misión principal era no quedar mal en las fiestas. 

Sin embargo, pocos minutos pasaron para que dejaran de lado esa loca tarea. 'Eres un caso perdido', terminaron por decir. 

Creo que con Amelia, mi hermana, la cosa fue distinta. La recuerdo levantándome un sábado muy temprano en la mañana para pedirme que la acompañe hasta la sala porque me enseñaría a bailar aunque sea lo último que haga en su vida.

-No me gusta bailar- le había dicho.

 -Cuando eras más pequeño bailabas mucho y hasta en tu colegio sales en las actuaciones a bailar. Estrella dice que no lo haces mal.

- Estrella está loca y ya no soy un niño- sentencié, impertérrito.

De poco o nada me sirvió. Cuando Amelia estaba convencida de algo no había poder en el mundo que la hiciera echarse para atrás. Entonces, resignado ya a vivir una clase de baile intensivo con mi hermana, la acompañé hasta la mitad de la sala.

Escogió una salsa.

 Me paró frente a ella y me pidió que la siguiera.

 Con el ‘un, dos’ y ‘un, dos’ no me fue nada mal. Amelia sonreía ampliamente. Tal vez si lo estaba logrando. Era razonable que muy en el fondo yo tuviera cierta pasta de bailarín puesto que toda mi familia se divertía durante horas  y horas moviéndose al ritmo de la salsa de Héctor Lavoe, y las exageraciones de ciertos salseros que aparecían a diario en las radios y programas de televisión.

Yo también sonreí.  

-¿Y con esto podré conquistar a las chicas? – le pregunté.

-Por supuesto.

Mi mundo se desmoronó cuando me dijo que era momento de moverme. Con los ‘más lento’ y los ‘sigue el ritmo’ perdí la paciencia. No me sentía cómodo con tanto estrés. Por un lado era la esperanza de conquistar corazones con pasos de baile inigualables, hacer feliz a mi hermana y cumplir con su reto; y por otro el estrés que tanta presión junta me provocaba. Al final, tiré la toalla. ‘Yo no he nacido para esto’, le grité.
Amelia, mi hermana, como ya lo mencioné antes, no es de las personas que suelen tirar la toalla a la primera. Ella tenía un afán extraño de convertirme en un chico con visiones artísticas. Por eso me convenció a aprender ballet y danza contemporánea. Para ese momento yo seguía clases de actuación y circo. Todo recomendado por ella, claro. Y hasta me había presentado en un par de casting en Miraflores para ver si tenía suerte en la televisión. No negaré que salir al escenario a representar un personaje me alegraba sobremanera, pero bailar con mallas muy ajustadas y zapatitos extraños era el colmo de toda exageración. Era el ejercicio máximo de la libertad que solía tener mi hermana sobre mí. Al menos Amelia participaba conmigo en el taller. Aunque esto no era garantía de masculinidad.

Fueron meses dolorosos.

Eran estiramientos inhumanos y saltos imposibles…  ¿Cómo una persona podía someterse a tanto dolor y disfrutar con ello? El mundo estaba loco, definitivamente; y lo peor de todo es que mi hermanita me hacia participe de tamaño sufrimiento. Un par de conquistas no podía valer tanto, joder. Digamos, no soy muy guapo ni particularmente entretenido pero a esto… Amelia había enloquecido.
Afortunadamente pude salir airoso –y completo- del trance.

Con el tiempo llegó el Punk Rock a mi vida. En los conciertos y ‘pogos’ encontré la fuerza que buscaba para escapar a las metrallas de críticas –y miradas despiadadas - que solían darme en las fiestas por mi negación rotunda a mover un solo pie en la pista de baile.   Fue en ese mundo oscuro que escapé de lo sicodélico y ‘normal’.  Pasé al instante de ser el ‘antisocial’ y ‘aburrido’ para convertirme en el ‘chico punk’ de la familia. Olvidé mi etapa de saltitos y mallas y dejé paso a los cabellos largos y correas con púas. Al fin todo encajaba.

En esas anduve, si me permiten mencionarlo, hasta la maravillosa llegada de una señorita de sonrisa eterna y mirada soñadora que no suele pedirme que baile con ella pero que veo como vive plenamente cuando se sabe reina de la pista. No me ha insistido intentarlo frente al mundo,  pero si que probemos en privado pequeñas sesiones de entrenamiento. Me gusta decirle que si porque sé que con eso la haré feliz. No importa ya cuanto me niegue a aceptarlo: bailar esta en mi presente y en mi futuro. A ver cómo me va pues…


     

domingo, agosto 18, 2013

Escribir de nuevo



A Vivian, por ese 'te quiero' que suele decirme al final de cada conversación.  
  

Escribo con la esperanza de volver más cortas las horas, de no tener que depender de la voluntad del tiempo –enemigo caprichoso del amor real-, de ese paso lento e indiferente que suelen ser los días, las semanas, los años. Escribo para no desfallecer en la espera, para no dejarme llevar por la desesperación de ir a verla, para permitir que el amor fluya tan libre y espontaneo como cuando éramos niños en busca del sentido del amor. 

Escribo para no raptarla, para no llevarla a la fuerza a mi mundo de libros y ficciones, de Rock N’ Roll y cabellos multicolores, de largas caminatas e interminables charlas. 

Escribo para no aburrirla con mis problemas, con ese conflicto eterno que me atormenta y que suele enfrentarse día a día a la ciudad gris que suele ser Lima –pero que ella le ha dado un nuevo color-. 

Escribo con la esperanza que lea esta carta y consiga así robarle una sonrisa o dos -de repente con eso llegue más rápido a su corazón-. 

Escribo porque es lo único que me da valor para confesar mis sentimientos. Escribo porque soy un cobarde redomado, incapaz de gritarle al mundo mi amor.

Escribo porque escribir es más fácil, más seguro, menos doloroso pero no menos intenso ni menos sincero.  

Escribo porque así me dicta el alma, las entrañas, el corazón. 

Escribo por ella y para ella. 

Escribo en la soledad de mis pensamientos evocando la euforia de sus besos, sus caricias, sus sueños y alegrías. Y escribo, aunque esto suene ya repetitivo, para amarla sin medidas, sin control. 

Escribo, entonces, para hacer las cosas bien.

 Mis dedos digitan presurosos los recuerdos que terminaron por conquistarme aquella noche inesperada, buscando una forma simple de contar lo vivido. Pero es en vano.  Supongo que nada es más complejo que hablar de ella. Y nada es más simple que quererla.  Y mientras las ideas vuelan sin control y adquieren vida propia, y ya no soy más dueño de ellas,  una parte de mí se detiene en su inagotable energía y en esas vueltas que suele dar una y otra vez mientras se hace dueña de la pista de baile. No me invita a bailar porque sabe que no lo haré. 

‘Son los años que pasé en conciertos y subterráneos’, suelo decirle a modo de explicación.

Ella, tan bella y comprensible, solo sostiene mi mano y sonríe ampliamente asegurando que eso no es problema porque se encargará de enseñarme a bailar.  Entonces  soy feliz por su ocurrencia. 

‘Buena suerte’, termino por decirle.

Verla moverse, sin embargo, con esa libertad propia de un pez en el agua, esa superioridad natural que solo tienen los que nacieron para maravillar al mundo y volver con eso nuestro efímero paso por la tierra menos desagradable, menos tormentoso, menos aburrido, me hace irreversiblemente dichoso.

Tal vez por eso no hago más que rendirme a los encantos que esta nueva pasión ha traído a mi vida, a esa ilusión que había jurando no volver a sentir, a ese mágico sueño de caballeros y princesas, de cuentos de hadas y rescates valientes a las torres más altas. O tal vez sea su profunda inteligencia, o esa maravillosa manía que tiene de hacerme reír todo el tiempo, o esa vida que suele darle a la vida, o ese no sé qué en su sonrisa que me tiene soñando con un universo solo para nosotros. 

Tal vez sea la mañana, que hoy se muestra inesperadamente soleada. O esos recuerdos que divagan una otra vez en mi cabeza y que me obligan a escribir.  O no lo sé. Y ya no importa porque la vida es nuestra y la vamos a vivir con la misma esperanza de antes, de ahora, de siempre.