viernes, marzo 27, 2009

Lid. Tribulaciones de un rey a punto de caer.

No podía soportar más. Golpeó con ambos puños la mesa del gran comedor sintiéndose asfixiado por la rabia. Mandó a todos sus soldados se retirasen y descansen para recuperar sus energías excepto al capitán, Yehoen, pues entregaría cuentas sobre su fracaso.

-Mi señor, todo marchaba según lo acordado, permanecimos como invitados del rey de Bradk, aceptando con humilde cortesía sus regalos y obsequios. Cuando tuvimos la oportunidad no la desaprovechamos. No obstante, señor, anticiparon nuestras acciones.

-¿Los descubrieron?

-Cuidamos muy bien nuestro rostro y solo acudimos unos cuantos. Nos disfrazamos con las sombras de la noche y la oscuridad que cae sobre el reino a esas horas, mi señor. El rey dormía placidamente, de pronto todo fue confuso. Logramos escapar en el último segundo. Pero no fuimos imprudentes, aguardamos unas semanas para marcharnos. Jamás se atrevieron a acusarnos y, estoy totalmente seguro señor, pensar en nosotros como culpables.
-Esperemos sean verdaderas tus intuiciones. Lo último que necesita Naut es una guerra. Pero si mi corazón exige venganza, morirá y lo juro por mi padre y mis abuelos y sobre todo por mi Liliam, la más bella entre las bellas.
Yehoen dejo al rey solo con sus pensamientos, dentro de poco se reuniría en el consejo para tratar asuntos del gobierno. Naut se encontraba en problemas económicos. El rey tenía razón, seria el fin de su hogar si estallaba una guerra contra Bradk aunque esta sea justa. Sin embargo, su corazón le reclamaba justicia. De alguna forma, no importa como, el rey del país vecino moriría atravesado por su espada, pidiendo misericordia por su vida; y él, Yehoen, reiría diciéndole: pides piedad, te daré la misma que le diste a Liliam, hija de nuestro rey, que mandaste a matar por negarse a cumplir los bajos instintos de un primogénito descarriado y que no pudimos y no podremos jamás probar. Yehoen recordaba el cuerpo inerte de Liliam, yacía en medio del sendero, ensangrentada y con heridas de gravedad. Los curanderos del reino poco o nada pudieron hacer por ella. Comunicaron al rey que sus lesiones se debían a la furia de un animal salvaje y no de una espada. Lloraron su partida dos años, el llanto de la reina casi podía escucharse por todo el reino al igual que el de sus hijos. Al recuperar el rey de Naut sus fuerzas se dio cuenta de su reino en decadencia. Maldijo su debilidad y juró muerte a los culpables. Al día siguiente mando a llamar de Yehoen: reúne diez hombres, los mejores, hoy vengaremos la memoria de Liliam. No obstante, una imprudencia de su parte seria actuar de esa forma por lo que ideo un plan para acercarse a sus enemigos. Así acompañó al ejército vecino a vencer a sus rivales. Cuando todo se hubo acabado recibió la eterna gratitud de su homologo el rey de Bradk. A pesar de la pena que pasaste, dijo, nos ayudaste OH, rey de Naut, guardián de las murallas, a terminar con la amenaza de los hombres alados y ahora juro serán recompensados por ello, sean bienvenidos en el momento que necesiten de mi casa que es ahora y siempre la suya.

Lejos de ahí, tres personas caminan por un jardín hacia la entrada lateral del palacio de Bradk . Cuando se espera la llegada de los enanos, pregunta el del medio, alto con cabello corto y algunas cicatrices en el rostro -producto de una larga pelea-, lo necesito para empezar las negociaciones de una vez. Señor, interviene el más anciano pero con porte imponente, su padre prefiere aguardar un tiempo, argumenta que con la alianza de Naut es suficiente. Puedo sentir que el rey ya no logra decidir con claridad, contesta, mi padre, muy a mi pesar, se encuentra cansado y creo por su bien descanse un largo tiempo. Está insinuando algo, príncipe. No dijo nada, jamás se atrevería a entablar una discusión con alguien inferior a él, pero sin embargo su padre, el rey, sentía una especie de cariño por aquel hombre. El anciano se despidió y dejo solos al príncipe y al tercero, que ahora le contaba las últimas novedades sobre Naut. El príncipe prestaba intención a sus palabras y no hablo hasta que este termino de hacerlo. Solo se me ocurre dejar pasar unos días, que la cabeza del rey se enfríe, esperemos pues que todo marche según lo planeado. Señor si me permite una opinión, creo como lo más sabio seria seguir los planes de su padre, el rey de Bradk, dijo su interlocutor. Si bien es cierto, empezó el príncipe, escucho tus consejos, no obstante, no permito se interponga donde no le corresponde. La llegada de los enanos, prosiguió, es inevitable, la negociación con su comunidad esta muy avanzada y no pienso dejar que la debilidad de mi padre nuble su buen juicio. Su interlocutor arqueo una ceja. Si sus intenciones, señor, es el trono. El príncipe lo silencio con una bofetada. Dreck, ofendido, volvió la mirada al suelo. Donde esta tu lealtad, inquirió el príncipe, donde, dilo. Con usted, señor, príncipe de Bradk, el sabio. Que no se le olvide nunca. Bien, sigamos. Comuníquele a nuestro informante que guarde silencio sobre la llegada de los enanos por estas tierras, lo sé fiel Dreck, imposible oculte tamaña información a su rey, sin embargo es de suma importancia pues su rey se a vuelto paranoico y estoy seguro pensara que fueron descubiertos y que ahora buscamos una guerra. ¿Eso no nos conviene señor?, pregunta Dreck, ese no es el plan principal. No, mi querido amigo, no lo es o al menos no de esa forma. Cumple con mis órdenes, continuo el príncipe, ahora iré a occidente a buscar al señor de los faunos, conspirare contra Naut. Señor, si lo enanos se enterasen su alianza con los faunos terminarían siendo ellos los que nos declaren la guerra y terminen aliados con Naut. Comprendo que los enanos son rencorosos más no ignoro que también buscan las riquezas de los hombres y sacaremos provecho de ello. Una cosa más, señor, dijo Dreck, debe saber que los enanos anteponen su orgullo a su bolsillo y que el rey de Naut empieza a actuar con temeridad y no con inteligencia. Cumpliremos con lo acordado lo antes posible, dijo el príncipe, antes que Naut termine en mis manos debo obtener el trono que ocupa mi padre pues solo así conseguiré extender nuestro reino. El príncipe sonrió a medias, formo un puño y lo elevo hasta la altura de su mentón luego dijo recuerda, amigo mío, que en todas partes existen hombres y bestias que venderían a su familia por un poco de oro y algo de poder, ahora ve y cumple con tus ordenes que nos espera la gloria, amigo mío.

Despertó de súbito gritando el nombre de su esposa, Mirf, decía, solo queda la muerte Mirf. Mirf lo acuno entre sus brazos, acaricio su cabello. Ya no tenía la fuerza que lo había hecho respetado entre los reinos de todas partes del mundo, estaba envejeciendo rápido y sin motivo se le iban las fuerzas, hasta el rey de Naut, quien sufrió la perdida de un ser muy amado por lo que llevo a su pueblo a la mayor crisis económica jamás sufrida por esos lugares, profesaba mayor respeto que su esposo. Sin embargo nadie lo entendía más que ella. Sus pesadillas no lo dejaban dormir. Las fuerzas de los hombres alados invadían sus fronteras quemando y destruyendo pueblos, junto a los gigantes bajaron de las montañas a causar terror y por más que los hayan hecho retroceder con ayuda de Naut siempre regresaban. Ahora su hijo pretendía unir Bradk con los enanos, luego de que en las épocas de sus abuelos aquellos le negaron cobijo cuando la oscuridad cayó sobre su reino. El rey fue recuperando poco a poco la calma gracias a los cuidados de la reina. Cuando se puso de pie convoco una junta con el consejo para tratar las medidas de seguridad. En su mayoría votaban a favor de la alianza con los enanos y algunos entre ellos sugerían buscar nuevos amigos por las tierras adyacentes, podrían ofrecerles oro o tierras, lo urgente era acabar con los invasores aunque deban recurrir a las bestias del bosque. Ante esto el rey catalogo como absurdo pues consideraba innecesario reunir tamaña fuerza, y sugirió un dialogo con los invasores. El príncipe, quien había permanecido callado en un rincón, alzo la voz.

-Es bien sabido, padre mío, que nuestros enemigos no pretenden ninguna clase de dialogo o negociación pues su raza y su historia les enseña a pensar con los puños mas o no con la cabeza.

-Tiene razón, príncipe- dijo uno de los consejeros- sin embargo, estoy en total desacuerdo en buscar alianzas con bárbaros y bestias.

-Es usted muy sabio- opino el príncipe- y voto por solo reunir a los mejores. Naut, por ejemplo, aunque sus problemas económicos sean graves sus fuerzas siguen siendo una de las mejores. Por ello, pido al rey los convoque en gran numero, se unan de forma definitivo a nuestra causa con la condición de ayudarlos con sus problemas. Considero igual de necesario seguir con las conversaciones con los enanos pues es muy sabido que ellos gozan con la tecnología en armas y armaduras para sacar una guerra adelante y, dicho sea de paso, con la pericia para pelearlas.

Hubo un silencio sepulcral por unos momentos. Si bien era cierto que los mas sabios entre ellos se reunían para discutir los problemas del reino, el rey era siempre el ultimo en hablar y dar las ordenes. El rey hablo.

- Mi corazón palpita rápido de impotencia y furia al sentirme indefenso ante los invasores. Siento que la vejez me llega cada vez más rápido sin darme tiempo a terminar con todo esto. Por ello debo dejar que mi hijo aprenda a gobernar, pues dentro de poco ocupara mi lugar, y si considera su pedido como lo más apropiado, que se haga conforme lo pida. Traigan a mi presencia al señor de los enanos y manden una carta, que será escrita por mi puño y letra, a Naut, la llevaran tres miembros del consejo ante el rey, esperaran respuesta. Ahora vayan, cumplan mis órdenes y que el cielo nos proteja.

No podía seguir fingiendo estar dormido. Se levantó, caminó en medio de la oscuridad hacia la puerta lateral. Los guardias cuidaban las entradas así que se vio obligado a dar la vuelta. Llegó a los jardines y siguió de frente hasta encontrar la salida, luego busco la ruta del sendero hacia las afueras de la ciudad. Todo estaba en silencio, solo se sentía el paso a lo lejos de los soldados. Cuando llego a la frontera un hombre lo esperaba: llega tarde, le dijo. Qué esperaba, contesto, lléveme de una vez. Siguió al hombre hasta internarse en el bosque, junto al río el hombre se despojo de la parte superior de su ropa: dos inmensas alas se estiraron al instante, sintiéndose liberadas por fin, aumentando el doble de su tamaño. Viene conmigo, Ailiam, inquirió el hombre. Ailiam, enojado por semejante atrevimiento ¿cómo se atrevía a mencionar su nombre?, miro con furia a su interlocutor. Hoy no hay luna, dijo el hombre, los guardias no nos verán. Ailiam se trepo en su espalda. El hombre flexiono las piernas y de un gran salto de elevo a los cielos llevando consigo a Ailiam, estiraba las alas y las agitaba para alcanzar mayor altura. Si no fuera porque fue criado por hombres, pensó Ailiam, no hubiera logrado mezclarse entre ellos. Paso poco tiempo para que empezara a descender. Se interno entro los árboles. En la espesura del bosque todo era absolutamente oscuro. Ailiam prendió una antorcha con un trozo de madera y siguió al hombre alado por donde lo guiaba.

-Saludos, Ailiam- dijo un hombre cuando se acercaron. Era mucho más alto que el otro. Su mirada era penetrante y tenía el rostro y el cuerpo marcado con cicatrices. Ailiam vio el arco que colgaba a sus espaldas, era casi de su propio tamaño, y un juego de flechas iguales de grandes yacía a su costado. Tenía las alas casi escondidas. Tres más se aparecieron en la escena.

-Mi corazón se llena de alegría al verle, OH poderoso señor.

-Siento decirle, Ailiam, que me traen razones diferentes a la amistad- luego dijo unas palabras en el idioma de los pájaros para sus compañeros; a los oídos de Ailiam sonaban como silbidos y gruñidos -seguimos esperando sus promesas, Ailiam, no hemos conseguido nada mas que muerte por invadir estas tierras. Mis hermanos me dicen que no ha habido resultados y que cada vez mueren en más número. Los gigantes se cansan de esto, no son tan pacientes como nosotros, Ailiam.

-Le pido, señor, tenga paciencia. El rey se vuelve mas débil con el paso de los días por lo que solo es cuestión de un poco de paciencia para que reciban lo acordado, señor.

-Entonces dejo morir a mi gente.
-Unas cuantas vidas perdidas no significan nada si el resultado es ampliamente satisfactorio.

-Insinúas que nuestra vida no vale nada, orgulloso Ailiam- rugió el hombre alado. Sus compañeros sacaron sus armas y la colocaron en ristre.

-Señor, si con mi vida puedo pagar esa ofensa pues que así sea- imploro Ailiam- no fue mi intención ofenderlo. Solo necesitamos dejar que siga su rumbo. Juro por mi nombre obtendrá los beneficios que busca, señor.
El jefe de los hombres alados alzo una mano para que los demás se detuvieran.

-Tienes seis lunas, Ailiam, príncipe de Bradk- sentencio el jefe de los hombres alados.

Había despertado de repente, esta vez por una razón distinta pues no era atacado en sus pesadillas sino tan solo no lograba dormir. Había sido invadido por un repentino presentimiento ¿donde estaría Ailiam? Necesitaba conversar con su hijo, decirle que confía en el pero que considera precipitada sus decisiones, quizá la solución es la diplomacia ¿se habrá estado volviendo débil? Piensa. Piensa: cuando joven solo respiraba para luchar contra los enemigos, expulsar cualquier amenaza a la nación, y ahora ya no me quedan esas fuerzas ¿en qué me he convertido? Acaso el paso de los años solo te da sabiduría mas no fuerza para defender lo defendible ¿no es una labor noble el querer ayudar a mi pueblo? y si es así por qué debo de sentirme resignado. Se hizo de pie, miro a su esposa por unos segundos, yacía dormida en la cama, aun se encontraba igual de hermosa como en su juventud, camino unos pasos hasta su puerta y siguió por el corredor al cuarto del príncipe ante la mirada precavida de los guardias. Era conciente que no lo dejarían andar libremente, no después del intento de homicidio que habían perpetrado en su contra, el palacio entero dormía intranquilo al saberse una amenaza desconocida. Por su parte solo se dedicaba a aconsejar a su hijo, de alguna forma que no podía comprender se sabia cerca a la muerte. Toco la puerta. Al no recibir respuesta intento abrirla. Estaba cerrada. Qué hace el rey levantado a estas horas de la noche, escucha una voz a sus espaldas. Y es que acaso el príncipe quiere matar a su padre con semejante susto, dice el rey. Disculpe padre, no era mi intención. No se preocupe, continua el rey, necesito hablar con usted, hijo. No puede esperar al amanecer, responde el príncipe. El rey no contesto, señalo la puerta para que la abriera luego entro primero y busco una silla mientras que su hijo ponía algo de luz. Los separaba muchos años desde que Ailiam corría en busca de consejo a su padre, cuando todavía la luz de sus ojos iluminaba todo el palacio, y él, el rey, aunque estuviera ocupado o mal herido por alguna batalla siempre tenía un tiempo para su hijo. Desde que el rey recuerda tuvieron conflictos con diferentes países y civilizaciones. En la época de sus abuelos tuvieron que sobrevivir a las guerras civiles por causa del egoísmo y el hambre de poder por parte de las cabezas principales del reino. El rey de ese entonces tomo la dedición de acabar con las cabezas causantes del problema y convertir a su reino en un imperio absoluto, que solo fue cambiado años después por el siguiente monarca. Ahora la lucha se debía a los invasores venidos de las montañas y las tierras más allá del camino, donde su mano no llega ni ninguna otra. Los hombres alados imponían el terror a la razón y solo empeoraba con la presencia de los gigantes. Por ello tuvo que unirse a Naut, pedir ayuda -cosa que en décadas no habían hecho al habérseles negado por parte de los enanos- a pesar de que su rey hubiera pasado la mayor de sus penas con la muerte de su hija, comprometida a matrimonio con Ailiam, había aceptado. En sus manos del rey de Bradk estaba el poder de llamar de una vez por todas a la paz, ponerle fin a las en amenazas externas y vivir en armonía, era por el bien de su reino, por el bien de su hijo y, sobre todo, por su propio bien.

-Ailiam, príncipe de Bradk, hijo mío, abre tu corazón y escucha atentamente lo que debo decirte- comienza el rey.
-Lo escucho padre- contesto. Se encontraba sentado muy cerca de su padre, mantenía lo brazos cruzados y lo miraba fijamente. Lograba imaginar el sermón que le daría su padre, pero como había sido criado con normas estrictas de cortesía le prestaba la mayor atención posible y procuraba jamás mostrarse preocupado o molesto por las palabras del rey. Esto fue más o menos lo que le dijo su padre.
-Durante muchos años he visto a mi pueblo sufrir por los conflictos, vivir a escondidas pensando en que ese seria su último día, y todo por la codicia del poder y el dinero. Es ahora cuando siento la necesidad de terminar con esa penosa cadena que hemos estado llevando pues no nos a traída mas que desgracias y sufrimientos. Considero, hijo mío, una acción inconciente el reunir mas fuerzas cuando lo que deberíamos hacer es buscar un pacto de paz con los alados y los gigantes, así de detener de una vez por todo este genocidio injustificado. He visto hombres morir y familias enteras llorar sus perdidas, ya que he combatido muchas mas peleas que usted, hijo, por lo que puedo sentirme tranquilo al haber tomado esta decisión. Si bien es cierto, Ailiam, soy el rey y puedo simplemente decirlo sin necesidad de contar con su aprobación, es parte de mi crianza el enseñarle la humildad y la sabiduría. Déjeme terminar. Comprendo que piensa que es una debilidad de mi parte; sin embargo, no puedo sentirme más dichoso por esto. Entonces mis órdenes son estas: recibirá al señor de los enanos y su ejército con la amabilidad que nos legaron nuestros padres, podrán permaneces en Bradk el tiempo que ellos estimen necesario pero no abra alianza y no habrá mas pelea. Por mi parte hablare con Naut y le contare mi decisión, puedo estar seguro que la comprenderá. Siento la muerte cerca, no pienso dejar a mi tierra desprotegida en una guerra que se puede detener con el mejor de los medios. Convoque una reunión con el señor de los hombres alados, donde desee, hablare personalmente con él.
-Pero padre, Naut esta en camino.

-Serán recibidos como siempre lo fueron. No abra guerra. Ahora necesito descansar y haga usted lo mismo, mañana nos espera un día largo.

Golpeo con fuerza la mesa de su cuarto, maldiciendo por lo bajo a su abuelo por haber criado a un hombre tan débil como su padre. El sol estaba a punto de salir. No había podido dormir, en su mente rondaba las palabras de su padre. No abría guerra, hablaría con el señor de los alados, le diría al rey de Naut que se marchase y rechazaría la alianza con los enanos, una alianza que tanto le había costado formar ¿Acaso estaba loco el rey? ¿Cree que el príncipe se quedaría con los brazos cruzados sin intentar si quisiera continuar con sus planes? Ya no debía esperar mas, piensa, actuaría esa misma mañana. No era su intención, pero el rey lo quería de esa forma. Salio de su cuarto y mando a llamar a Dreck. Sucede algo señor, inquirió Dreck cuando se presentó ante su presencia. Hoy es un día diferente, mi fiel amigo, dijo Ailiam, ve a donde los alados y dígale que inicien la invasión, las puertas estarán abiertas. Señor no cree que sea muy pronto, opino Dreck, puede ser peligroso para nosotros y para nuestros planes. Silencio, estalló Ailiam, yo diré cuando es peligroso y cuando no, anda y cumple mis ordenes, hoy dormiremos como reyes, mi buen amigo.
Cientos de enanos cruzaron las fronteras de Bradk al principio de la mañana comandados por Abba por lo que para el medio día podían verlos desde las torres más altas de la capital. Abba, señor de los enanos, acompañado por otros tres enanos se presentó delante del rey provisto con regalos tanto en oro como en armamento, agradeciendo sinceramente la invitación. El rey les ofreció las mejores habitaciones del palacio y agua y comida para sus soldados. Hablaremos del motivo de su visita después del almuerzo, le dijo el rey a Abba, pues es muy sabido que en Bradk se respeta tanto a los huéspedes como la hora de las comidas. Abba asintió con cabeza luego se fue seguido por sus soldados. El rey convoco a una junta con sus consejeros más importantes entre los que destacaba el anciano Aelen. Les comunicó su decisión de acabar con la guerra y descartar cualquier alianza con los enanos, y si ellos querían negociar no seria nada referente a peleas sino asuntos comerciales que eso si le vendría bien a sus reinos. Personalmente iré a dialogar con el señor de los alados, dijo el rey, escuchar sus exigencias y plantearles las nuestras, no voy a aparecer débil, mis buenos amigos, pero no será mi intención continuar con esto que tanto daño nos a hecho. Dicho esto el resto dio su punto de vista y al final concluyeron en que ello sería lo más sabio. Se fueron uno por uno, solo el anciano Aelen y el rey se habían quedado para discutir sobre asuntos comerciales -o eso dijeron, al final la intención del rey era preguntarle en la intimidad su opinión al respecto-. Debo ser leal a la mi corazón, le dijo Aelen, es lo que los años me ha enseñado, mi señor, y creo sinceramente que usted actúa de la manera más adecuada. Creo lo mismo, mi amigo, contestó el rey, aunque no evito entristecer al recordar el gesto de decepción por parte de mi hijo, quizá quisiera un padre más fuerte. Señor considero que sus oídos no deberían prestarle atención a la replica de un joven príncipe temerario e inmaduro, ni mucho menos permitirle a sus ojos mirar sus engreimientos, señor, opinó Aelen. El rey miraba sin parpadear al anciano. Desde el comienzo de su reinado había estado Aelen a su costado, lo conocía desde la infancia y siempre escuchaba sus consejos, lo consideraba un hombre sabio e inteligente. Hoy no seria diferente, sin importar que su corazón se sienta adolorido con sus palabras. Hablaron pues sobre el fin de la guerra, el rey le pidió especialmente a Aelen se encargara de las visitas, era conciente que pronto llegaría Naut y su ejercito, y que les dijera que podían quedarse todo el tiempo que crean necesario pero que no abría peleas, no si el rey en persona podría evitarlo. Luego de varios minutos Aelen concluyo: señor, siento en verdad que el fin de esta guerra se acerca solo para comenzar una aun mayor y peligrosa, escuche pues mis palabras, temo que llega el día en donde las mujeres deberán de pelear por salvar a sus familias y aun las bestias mas pequeñas escogerán un bando entre nosotros pues no es una guerra entre hombres sino entre todos los seres que habitan la tierra. Silencio, se apuro el rey, no siga anciano, que nunca se cumplan sus palabras por el bien de todos. Ahora, prosiguió, vayamos al comedor pues pronto será la hora de la comida.
El banquete fue servido a la hora de siempre -momentos antes de que el sol se oculte- en el participaban los miembros más importantes del consejo en compañía del rey, la reina y el príncipe. En esta oportunidad cuatro hombres sobresalían entre los comensales, Abba, provisto con sus mejores ropas al igual que sus compañeros, por lo que el príncipe brindaba a nombre de los invitados y les agradecía a cada uno por acompañarlos en este evento tan importante. Luego, como exigía la costumbre, oraban unos segundos dejando como ultimo paso al rey que debía cortar un pedazo de carne y echárselo en el plato de la visita como muestra de humildad y sabiduría. Entonces pasaban el resto degustar lo que se les apeteciera. Se podía ver en la mesa una extensa variedad de alimentos que iban desde frutos secos y todo tipo de carnes asadas, agua y vino distribuidas en recipientes por toda la extensa mesa. Desde el comedor uno lograba ver al sol ocultarse a lo lejos y cuando todo estaba punto de quedarse oscuro los sirvientes del rey prendían velas que iluminaban la habitación como millones de estrellas en una noche sin luna; a su vez, además, una vela de mayor tamaño pretendiendo ser el astro rey proporcionaba una vista inigualable en todos los reinos. Una cena como ninguna, cuentan ahora los ancianos, que perdura solo en la memoria de los muertos pues no volverá a ser vista, me temo, nunca más.
- Mi señor Abba, me es muy agradable tenerlos en nuestra mesa, disfrutando de nuestra comida y compartiendo las viejas tradiciones- dijo Ailiam. Abba, que estaba ligeramente distraído observando las velas brillar como estrellas, no escuchó completamente las palabras del príncipe por lo que se vio obligado a pedirle a su compañero repitiera lo que le había dicho. Por fin habló.
-Muy amable de su parte, joven príncipe, sin duda alguna un acontecimiento digno de narrar por generaciones.
-Es solo el legado de nuestros ancestros, una muestra casi insignificante de nuestras riquezas culturales, mi muy Abba- contestó el príncipe.
-El príncipe, siempre tan orgulloso y poco caballeroso respecto a nuestras tradiciones- hablo el rey. El resto en la habitación notaron el gesto de amargura por parte del príncipe, pero hicieron caso omiso pues era el rey el que estaba hablando ahora- sin embargo, de acuerdo estoy con el príncipe en que son ustedes una visita muy grata y mi corazón espera fervientemente la próxima reunión y que esa reunión sea igual de digna de narrar, como usted mismo dijo, y por causas diferentes a las que ahora viene. No, señor Abba, espero mis palabras no causen malestar, solo me deje llevar por mis palabras.
-Nada que salga de usted causa malestar, rey de Bradk- dijo Abba- comprendo su intención y esperare la hora adecuada para tratarlo. Que nada interrumpa esta maravillosa comida.
Siguieron hablando sobre temas relacionados a las culturas de ambos reinos. El príncipe acompañado por algunos consejeros les comentó a los enanos sus costumbres mientras que Abba hacia lo propio con ellos. La velada fue agradable. Un intercambio de pensamientos no visto en muchos años, una reunión memorable, una charla digna para ser contada por el mejor de los escribas, una cena... que estaba a punto de terminar. Se oía el sonido de las trompetas a lo lejos. Un general irrumpió la habitación. Qué es lo que pasa, se pone de pie el rey, como entra usted de esa forma. Señor, dijo, vienen hacia acá.
Habían cancelado la reunión obligados por una advertencia sin mucho tono de verdad pues si bien era cierto que continuos conflictos acecharon su país durante años jamás se asomaron a la capital y sobre todo de esa forma, imposible de creer, piensan los consejeros. El rey había tenido que disculparse con las visitas y los consejeros, y sin perder el tiempo escuchar la versión completa del soldado portador de tan absurdas noticias. Vimos miles de alados cruzar los cielos, farfullaba, no dirigiéndose directamente hasta aquí sino al noreste, eran apenas unos doscientos por ello no pensamos en atacar, estábamos seguros además que ellos nos matarían. Mandaron a unos hombres en busca de ayuda y comunicar la mala nueva, continuó el soldado, y nos dejaron solo por unas horas. Al medio día, mi rey, llegaron unos cuantos, heridos, los alados abrieron las fronteras, nos contaron, dejaron pasar a los gigantes y van rumbo a la capital. Cómo es posible que hayan estado tan metidos en nuestro territorio sin que los hayamos visto, se lamenta el rey, formando puños, dejando resbalar una gota de sudor por su mejilla. Tal vez, mi señor, dice Aelen, siempre estuvieron dentro. El príncipe que se mantuvo callado durante toda la historia hablo: OH padre mío, rey de Bradk, no cree mejor terminar con la perorata de nuestro comunicador y las especulaciones del anciano Aelen y pensar en defendernos; si lo que dice el soldado es verdad, son miles sin incluir a los gigantes y vienen de distintas direcciones, debemos combatir. Todos se quedaron callados observando al rey. De pronto Abba ingreso al cuarto donde se realizaba la conversación, desenvaino su espada y la colocó junto al rey, luego pronunció estas palabras: rey de Bradk, hemos vendió a negociar una alianza pues sabemos lo que su país sufre; sin embargo ahora nos vemos incluidos en esta guerra ya que ni los alados ni los gigantes olvidaran nuestras cabezas solo porque no somos de este pueblo, así pues estamos con ustedes y pelearemos con ustedes. El rey esperó unos segundos para luego agregar: que así sea, mi señor enano.

El viento soplaba con fuerza hacia su dirección. Yehoen, quien se había mantenido callado durante todo el camino, miro a su rey apretar el mango de su espada. Detrás un ejercito conformado por cientos de guerreros marchaba en filas, custodiados por los hombres a caballo quienes los rodeaban completamente; solo en adelante iban los generales y el rey, conversando de ningún tema en especial hasta que un general hablo en voz alta para que llegara a los oídos de los que iban detrás, incluido Yehoen, el viento ruge, no es una buena señal, señor. El rey se mantuvo pensativo por unos segundos luego contesto: no ignoramos cuando partimos de Naut que la situación en Bradk no es la mejor, será que llegamos en el momento indicado. Cruzaron las fronteras de Bradk hacia algunas horas por lo que pronto llegarían a ver las grandes torres de la capital. El rey mando a un hombre a caballo que se apurase y avisara su llegada. El hombre recibió una nota de manos del rey y luego siguió el camino con mayor velocidad, dejando a su ejército detrás de si. El sol caía a lo lejos, imponiendo en el ambiente una luz entre naranja y amarillo, el viento no dejaba de soplar, ya podían sentir a la luna en sus espaldas. Yehoen se acerco a su rey para preguntarle si acamparían esa noche. No será necesario, contesto, estamos cerca. La noche llegó de repente, los hombres a caballo llevaban una antorcha en sus manos, mostrando a los soldados como una inmensa mancha negra que avanzaba conforme los demás lo hacían, era de esa forma como Naut sorprendía a su enemigo y lo habían aprendido de sus abuelos cuando marchaban a la guerra en compañía de los faunos. Blicar, príncipe de los faunos, les había dado alcance con varios de sus guerreros la noche anterior. Le contó al rey que su padre lo mandaba para proteger la alianza que años atrás los había unido. Blicar hablo sobre una supuesta conspiración en su contra de parte de un hombre a quienes ellos jamás habían visto Su padre, el rey de los faunos, había querido degollarlo por formular falacias en contra de Naut, pero lo dejó ir creyéndolo loco. Son tiempos difíciles, le había dicho el rey de Naut, no debe prestar atención a las palabras de un demente, luego se pregunto para si mismo quien era el portador de tamaña mentira, mira que decir que Naut tramaba un asesinato contra el rey de Bradk solo para acabar tomando su reino y así conquistar a los hombres y las bestias. No era verdad, claro que no. Al menos no todo. No obstante, el problema verdadero era saber de un traidor dentro de su reino, exactamente uno de los soldados de Yehoen, o tal vez era el propio Yehoen el que lo estaba traicionando. Imposible, se dijo, lo crió desde pequeño y además para nadie era sorpresa saber que el capitán Yehoen vivía enamorado de su hija Liliam y aunque nunca se lo hubiera dicho la conciencia de ello se mantenía presente siempre.
-Eso a lo lejos son las torres de la capital de Bradk, quizá más grandes que las de N'oc-naut- dijo un soldado en voz alta. El ejército en pleno podía distinguir el pico de las torres desde su distancia que era alrededor de seis leguas.
-Antes de lo pensado estaremos en su castillo- dijo Yehoen. El rey, por su parte, se mantenía callado, ensimismado en sus pensamientos. El mensaje debió de haber llegado ya ¿como habría tomado el rey de Bradk la noticia de su llegada? Seguro de la mejor forma pues su propio hijo les hizo llegar una carta en donde les pedía su ayuda inmediata. Muy raro, se dijo el rey, pues su capitán Yehoen se había retirado de esas tierras solo un par de días antes. Las cosas se complicaron, decía la carta, requerimos de su presencia. Luego agregaban que recompensarían económicamente todas sus molestias. Esto ultimo ofendió un poco al rey; sin embargo, su consejo opino que seria lo mejor para su país. Por ello, el rey en persona decidió marchar con su ejército, ver la situación y, si era posible, cumplir su cometido.
Las antorchas se apagaban a cada instante y por mas que los hombres a caballo intentaran mantenerla prendida siempre terminaban por consumirse. Es imposible, dijo uno, el viento se las lleva, nunca he sentido algo como esto. Algo esta cerca lo presiento, comento un hombre a su costado. Al poderío que hasta ese momento les mostraba el viento se le sumo el suelo, que temblaba como si lo mecieran. Los soldados al principio pensaron en un terremoto o la erupción de un volcán, sin embargo esa idea se les fue rápido de la cabeza cuando uno de ellos, el que estaba en la ultima final, grito gigantes, son los gigantes. Volvieron las cabezas: cientos de gigantes descendían de la montaña sin vida -era llamada así por no tener mas que rocas y piedras en ella, no contenía caminos por eso los que iban a la capital de Bradk bordeaban la montaña- alejados entre ellos unos quince a veinte metros, por lo que hacia parecer el doble de su tamaño. El ejercito de Naut vio que llevaban los gigantes en sus manos hachas casi de su propio tamaño y garrotes de igual proporción. Algunos preferían usar su puños como armas, pero eso no los hacia menos indefensos. A los pocos segundos se escucho el primer chillido de los hombres alados, volaban reunidos en forma de bandada, uno a la cabeza y los demás detrás en forma de un triangulo perfecto. Chillaban y se comunicaban entre ellos en el idioma de los pájaros. Apresuren el paso, grito el rey de Naut, corramos a las puertas de Bradk, no podremos solos. Tuvieron que darle la espalda a su enemigo para unirse al ejercito aliado, dejando en la memoria de sus hijos y sus nietos como una humillación nunca antes vista, Naut no retrocede, se decía, pero ese día tuvo que hacerse pues sus vidas corrían riesgo. Avanzaron presurosos; los hombre del rey Bradk, que los habían visto de lejos, abrieron sus puertas para que entrasen, los enanos se encontraban dentro esperando la llegada del enemigo mientras que en las cimas de las torres y al rededor de las murallas aguardaban los mejores arqueros del reino. El rey de Bradk, en compañía del príncipe y Aelen como único miembro del consejo esperaban en una de las torres. Abba, fiel a su raza, había preferido estar en el campo de batalla.
-Padre - dijo el príncipe- si Naut no llega a tiempo estaremos dejándole la tarea a los invasores demasiado fácil por mantener las puertas abiertas.
-Nunca un ejercito a pisado la capital, joven príncipe- intervino Aelen -aunque nuestras murallas no sean tan grandes y tan poderosas como las de N'oc-naut
-No dejaremos fuera a ninguno- dijo el rey- seria como abandonar a los nuestros, sabiendo que ellos vienen a ayudarnos.
Pero no tuvieron tiempo para hablar más ya que el ejército de Naut entraba por la puerta principal y desde ya se podía oír los chillidos de los hombres alados y los rugidos de los gigantes. Es la hora, se le escucho decir al rey.
Hasta el ultimo de los guerreros de Naut habían logrado cruzar las murallas, presuroso, el rey de Naut, busco al gobernante de ese país para compartir planes de defensa o simplemente acatar el plan principal. Fueron recibidos en el gran comedor el rey de Naut, Yehoen y Horka, gran general del ejército, por el príncipe y el rey. Los reyes se estrecharon la mano por unos segundos y hablaron rápido sobre que hacer. Tenían a los gigantes y a los hombres alados a un par de minutos de distancia, los guerreros en pleno protegían la entrada, solo debían resistir hasta que el rey busque el dialogo con el señor de los alados. Eso es absurdo, padre, dijo el príncipe, ellos vienen a matar no a conversar. No dejare que me enseñe a pelear mis guerras, joven príncipe, dijo el rey de Bradk. No creo que tengamos mucho tiempo para discutir, opino Yehoen, si me permiten una sugerencia creo que se debería pensar mas en los hombres alados pues tienen a los cielos como un aliado muy poderoso y vienen en miles. Tenemos a los mejores arqueros para ello, intervino Aelen. Y ellos tienen las mejores armaduras y escudos de todos los reinos, hablo Blicar quien acababa de unirse a la reunión por ser de la realeza. Saludos mi querido fauno, dijo el rey de Bradk, sea bienvenido aunque sea en esta situación tan complicada. Siempre tan cortés rey de Bradk, sabio entre los sabios, agradeció Blicar, ninguna saeta común podrá atravesar sus armaduras. Tenemos algo mejor que eso, dijo Aelen, ya lo vera príncipe Fauno. Entonces es momento de actuar y dejar de hablar, siento al enemigo muy cerca, dijo el rey de Naut, retirándose acompañado por el fauno y sus hombres. Aguardarían en la torre oeste junto al rey de Bradk, el príncipe y el único consejero que permanecía con ellos, los demás, según el príncipe, habían sido ocultados detrás del palacio junto a las mujeres, niños y ancianos.
No lograban escucharse entre ellos pues el rugido de los gigantes y el chillido de los hombres alados penetraban en sus cabezas. Ya antes habían combatido contra ellos pero jamás en esa proporción, ni acorralados entre sus propias casas, por ello sus corazones se sentían débiles a pesar de que la mano que sujetaban sus armas se mantenían firmes y en ristre. El golpe llego como el sonido de dos rocas al chocarse cuando los gigantes intentaron traspasar la muralla de un salto encontrando en el camino una pared firme y el doble del tamaño que les habían contado, solo segundos después cientos de alados invadieron los cielos apuntando sus flechas bañadas en llamas a las cabezas de sus enemigos mientras las fuerzas encargadas de defender el reino de los alados arremetían una y otra vez con sus ballestas o arcos normales. Regresando a las murallas, los gigantes golpeaban los muros para romperlos, buscar una vía de acceso, otros por su cuenta intentaban abrir las puertas con la fuerza de sus brazos, recibiendo flechas que caían en sus piernas o costillas u hombros; algunos no resistían y con un golpe seco se iban de bruces contra el suelo. Como eran muchos, los gigantes, buscaban la manera de trepar las paredes, unos cuantos al conseguir su cometido se veían siendo apuñalados por cientos de espadas y por mas que pateaban y golpeaban terminaban muertos. A los ojos de los gigantes los hombres eran simples hormigas, el mas pequeño no bajaba de cuatro metros, su aspecto era inmundo y por lo general se mantenían el cabello corto pues solo el señor de los gigantes tenia el derecho de dejárselo crecer, vestían con poca ropa porque era de su agrado mostrar los músculos que por tanto tiempo habían formado en las montañas -donde el hombre no puede ni debe llegar- y cuando la guerra los llamaba asistían solo con una solo arma y en la mayoría de los casos solo dependían de su propia fuerza; no eran del todo inteligentes pero si muy rudos y despiadados a la hora de matar. Por eso, cuando un gigante adulto agarraba a un soldado separaba su cuerpo por la mitad, una parte lo arrojaban a su enemigo más lejano y el otro al más cercano, una táctica tan cruel como usada. Los enanos, por su parte, esperaban desesperadamente tener a un gigante cerca, cuando lo tenían le producían tantas heridas con su hacha como le fuera posible y luego buscaban matarlos penetrando su vientre con el filo de su arma. Era así como se vivía la batalla. Los ejércitos aliados resistían lo máximo posible y una llama de esperanza nacía en sus corazones al ver a un enemigo caído mientras que los enemigos solo atacaban y nada más, sin destruir en serio, sin matar por cientos, sin avanzar lo suficiente. Y de esto se dio cuenta Blicar. No entran del todo, piensa, intentan romper los muros pero no lo rompen de verdad, matan pero no dominan. Yehoen, dijo inclinándose hasta donde el capitán, se da cuenta. Yehoen miraba la escena apretando los puños, el rey le había ordenado no moverse de su lado y aunque Yehoen se haya negado tuvo que cumplir con el mandato, desde su ubicación le era imposible saber que pasaba en el suelo, solo veía a una mancha negra cual hormigas moviéndose de un lado a otro intentando acorralar a unos hombres inmensos provistos con garrotes y hachas de casi su tamaño. De pronto no pudo soportarlo: señor, lo he obedecido siempre en cuanta misión me ha encomendado y creo nunca le he fallado, ahora le pido me deje ser un buen capitán para mis hombres, deseo acompañarlos, pelear con ellos y si es posible morir con ellos también. El rey de Naut no volvió la mirada para verlo, deseaba tenerlo a su lado para así consumar su venganza; sin embargo dejarse llevar por el odio solo le traería la muerte en ese momento, ve, le dijo, cumpla con su deber y le ordeno que regrese con vida. Yehoen inclino la cabeza a su rey primero luego al de Bradk y siguió con los demás. Tiene razón, hablo de repente Ailiam, debemos cumplir con nuestro deber. Padre, iré a combatir. No esperó respuesta y salio rápido del balcón. Blicar se había mantenido ensimismado en sus pensamientos. De pronto despertó, de un salto trepo el muro del balcón, apunto con su arco y flecha a un alado que pasaba cerca -hasta ese momento los alados habían intentado acercarse donde los monarcas pero cientos de flechas se dirigían hacia ellos cuando estaban lo suficientemente cerca por lo que desistieron rápidamente-, disparó, la saeta penetro el ala donde se une con el lomo saliendo disparada por el otro lado mientras el hombre caía en picada hasta que sus pies tocaron el suelo y ya no volvieron a despegar porque aunque resistió un combate con algunos hombres había perdido la vida en el intento. Blicar soltó un grito de júbilo. Miro hacia donde se realizaba el combate y salto con todas sus fuerzas ante la mirada atónita de los reyes y el consejero que no entendieron su propósito hasta que este se montó sobre el lomo de un alado, aferrando las garras de sus dedos de animal en las piernas del alado que lo llevaba por todo el cielo, gritando en el idioma de los pájaros que lo sacaran de su encima y el fauno buscaba su espada para matar a quien lo intentase. Así lo observaban los hombres y las bestias, Blicar esgrimía su espada con todo alado que se cruzara en su camino, utilizando al alado como transporte, mientras los otros buscaban matarlo con su flechas sin tener ningún resultado pues volaba muy rápido ante la desesperación de que un fauno lo maneje de esa forma. El alado voló directo a las torres para aplastar al fauno. Ante eso el fauno penetro con la punta de su espada en la raíz de sus alas. El hombre alado no pudo mantenerse en los aires, cayó en picada esquivando a sus compañeros que morían uno a uno producto de los cortes mortales que le producía el fauno. Antes de pisar el suelo, Blicar, libero su brazo del cuello del alado y con un medio mortal piso tierra. Los hombres y los enanos miraban asombrados al fauno quien grito al instante disparen a la raíz de sus alas, donde nace con el lomo, mató al alado y se unió a la pelea con los enanos. Abba se acerco gritando eres un temerario, príncipe fauno, uno con agallas y buena suerte, por la victoria.
-Esta cerca el momento- dijo Ailiam.
-El momento será ahora, Ailiam, o de lo contrario el pacto estará roto y destruiremos esta ciudad- contestó molesto el señor de los alados. Había entrado al castillo sin que ningún hombre ni enano o fauno se diera cuenta para conversar con el príncipe, exigirle su ganancia y terminar con esto de una vez por todas. Ailiam lo llevo hasta el salón este, al otro lado del castillo, diciéndole que ahí sería el mejor lugar para tratar sus asuntos. Al principio al señor de los alados no le parecía una buena idea, sin embargo termino por aceptar porque no quería ser descubierto ni verse obligado a pelear una guerra que ya estaba arreglada
-Necesito de su paciencia, solo es cuestión de minutos.
-Ailiam, no juegue conmigo ni con la vida de los míos.
-La muertes de algunos cuantos solo será beneficiosa para usted, mi señor alado.
El hombre alado saco al instante su espada y la coloco en ristre muy cerca al cuello del príncipe. Ailiam abrió mucho los ojos. Este loco, mascullo, no puede interesarle tanto esas palabras.
-Me importa más que juegue con mi paciencia, Ailiam, le exijo que cumpla su palabra ahora- dijo el señor de los alados. Ailiam alejo con su mano la punta de la espada del alado, que era casi de su mismo tamaño y perfectamente afilado.
-No exija nada y espere o...
-O qué, príncipe.
-O la vida de uno de los dos estará en riesgo- dicho eso, el alado esgrimió su espada y estuvo a punto de volarle la cabeza al príncipe si es que este no se agachaba a tiempo. Ailiam, cansado de la prepotencia del alado, desenvaino la suya y retiro la espada de su contrincante de un golpe. El sonido de las espadas al rozar retumbó en las paredes y estuvo a punto de romper los vidrios de las ventanas; pero Ailiam no le presto atención, se adelanto al siguiente ataque del alado incrustando la punta de su arma en el ala derecha, tumbándolo con el mango de su espada para tenerlo paralizado en el suelo. El señor de los alados gritó algo en el idioma de los pájaros y a los pocos segundos entraron a la habitación por las ventanas tres alados de casi el mismo tamaño que su señor, dejando los vidrios rotos en el suelo, apuntaron con sus arcos a Ailiam.
-No se muevan ni un centímetro o la cabeza de su señor dejara de pertenecer a sus hombros.
Abba peleaba con dos gigantes a la vez, se movía de un lado a otro entre sus piernas para despistarlos, hacerlos confundir, que se mataran entre ellos pero los gigantes era hábiles y trataban de alguna forma separes y golpeaban con sus puños hacia la dirección del enano quien astutamente siempre terminaba entre las piernas de uno de ellos. Esto duro unos segundos pues Yehoen con unos enanos se unieron a esa pelea. Yehoen ingreso también al medio de los gigantes, cuando iba de uno a otro con su espada hería al rival, de igual forma lo había estado haciendo el enano. Uno de los otros enanos que llegaron con Yehoen termino muerto con un certero golpe de un gigante. Ante esto Abba aprovecho el descuido del gigante y penetro su vientre con el hacha. Cayo uno y solo paso segundos para que el otro lo hiciera porque Yehoen trepo por su pierna y luego su cuerpo hasta llegar al corazón del gigante que se fue de bruces contra el suelo. Los hombres escucharon un chillido en ese momento. Yehoen vio como unos alados volaron bordeando el castillo y desaparecían al poco tiempo. Corrió directo al castillo acompañado por Abba y los enanos que sobrevivieron a los gigantes pues ellos también habían visto la reacción de los alados. Siguieron por las escaleras hasta llegar al gran comedor: el ambiente estaba desierto y apenas unas velas iluminaban la habitación. No entraron por esta parte, dijo Abba, le dieron la vuelta al castillo. Cómo pudieron pasar de esa forma, inquirió uno de los enanos, es imposible que hayan burlado a tantos arqueros. Recuerden, intervino Yehoen, tenemos cientos de gigantes y hombres alados afuera. Tiene razón pero debe de haber otro lugar, seguro buscan a los reyes, opino Abba. O tal vez otra cosa, recuerdo el salón este, sé que es poco usado y se encuentra muy apartado de aquí, dijo Yehoen.
-No haga una tontería- dijo el señor de los alados mirando temeroso el repentino color rojo de los ojos de Ailiam -mis hombres no se quedaran con los brazos cruzados.
-Ni yo, señor alado. Deje su impaciencia, es mejor para los dos y no me trate de tu que soy un príncipe y además tengo su vida en mis manos.
Los alados se encontraban mirando la escena con las armas en ristre, esperando una señal de su señor para atacar al príncipe Ailiam, terminar con todo esto y regresar a las montañas. De pronto las puertas se abrieron, Abba utilizo su hacha como vaga ya la disparo con la fuerza a su brazo y termino por clavarse en el pecho de un alado mientras Yehoen disparaba con una ballesta colgada a su espalda a otro alado y luego a otro más. Todo esto paso solo en unos segundos. Ahora el señor de los alados se encontraba solo, indefenso, pero estaba seguro que no moriría pues era importante para los planes del ambicioso príncipe.
-Es el señor de los alados, puedo reconocerlo- dijo Abba.
-Silencio, mi señor enano, que este invasor debe terminar su historia- hablo Ailiam. Yehoen apretaba los puños invadido por una repentina furia, le parecía muy sospechoso la situación en la que se encontraba -o de lo contrario morirá en este momento.
-No tengo nada que decir, príncipe, la paciencia es mi única arma en este momento- contesto el señor de los alados.
-Qué quiere decir- inquirió Abba.
Ailiam salio disparado contra el suelo provocado por la fuerza del alado, se golpeo el cuerpo con el suelo y se quedo tendido allí. El alado abrió las alas he intento volar pero no llego a dejar el piso pues Yehoen disparo una saeta a la raíz de su ala. Blicar había tenido mucha razón respecto a esta debilidad, no podía contenerlos mucho tiempo porque pronto se recuperarían pero era suficiente para mantenerlos en tierra y acabar con ellos. Apuntó a su cabeza y le dijo: es momento que se haga justicia, su muerte está muy cerca. Entonces el alado chillo con tal fuerza que los hombres y los enanos tuvieron que tapar sus oídos. El sonido penetró en las orejas de todo el reino; los reyes desperados por el chillido corriendo hasta donde provenía. El rey de Bradk iba por delante, su instinto no le auguraba nada bueno y a solo unos centímetros iba el rey de Naut que farfullaba cosas como que se detenga, de quien demonios sale ese sonido, muy pronto se les unieron los guardias personales de los reyes y Aelen que se había mantenido en el balcón por unos momentos sopesando la idea de unirse a los otros a pesar de su edad, tapando sus oídos, prefiriendo la muerte antes que seguir soportando, cansado con la guerra, con su valor pendiendo de un hilo.
Mientras en la habitación los hombres y los enanos luchaban por seguir de pie y sobrevivir al insoportable quejido varios alados cruzaban las ventanas destruidas como respuesta al llamado de su señor, cargaban sus arcos y arremetían contra los enemigos. Quizá la suerte estuvo a su favor o tal vez la poca fuerza que le quedaba estallo justo en el momento necesario, y no importa en realidad que haya jugado a su favor si Yehoen logro reaccionar a tiempo y dejando pasar sobre su cabeza la saeta de uno de los alados. Recogió del piso su ballesta y disparó al causante de tanto dolor. El señor de los alados cayó al suelo con una flecha incrustada en mitad del pecho. Cuando se silencio Abba, Yehoen y el príncipe eran los únicos que Vivian. Ailiam se había mantenido inconciente así que no supo en realidad cual grave era la situación hasta que un alado apunto a su cabeza y otro señalaba el cadáver de su señor. Supo que las probabilidades de salir vivo de aquel lugar eran muy pocas, pero seguir con el plan inicial terminaría siendo una estupidez estando su aliado muerto, y quizás lo realmente grave vendría si lo descubriesen, los alados no se atreverán, piensa, aun buscan la recompensa. De pronto la voz de su padre interrumpió sus pensamientos.
-Su señor yace caído. Váyanse de mis tierras si no quieren tener el mismo final, hombres alados.
Gerge, el alado de mayor tamaño entre los otros dijo algunas palabras en el idioma de los pájaros y luego se dirigió al príncipe empleando la lengua del hombre: hoy, Ailiam, nos has quitado algo más que la vida de nuestro señor. No es el final, al menos no hoy. Ailiam sorprendido contesto con estas palabras: no puede escoger cuando termina, no en mi reino. Corrió directo al cuerpo del alado quien sin saber de que forma reaccionar recibió su embestida cayendo al suelo en un segundo. A simple vista el ataque del príncipe había sido desesperado, sin necesidad de causar el suficiente daño, pero en realidad esto conllevo a la furia de los alados que ahora intentaban vengar a su señor y al siguiente al mando. Entonces arremetieron contra los hombres y el enano con las armas que le quedaban y uno a uno pelearon pues pronto fueron iguales en numero porque varios soldados vieron a los alados responder al llamado de su señor por lo que decidieron defender al rey de Bradk y Naut. En ese entonces Blicar dirigía la defensa en compañía de un capitán de Naut y otro de Bradk, resistía muy bien y hasta Blicar llego a pensar que podrían salir con bien de todo eso. Su esperanza se apagó al poco rato pues los gigantes habían logrado romper los muros, ingresaban por decenas para romper todo lo que su brazo alcance. Retrocedan, grito Blicar, entremos al castillo. Desde el comedor este escucharon las pisadas de los hombres, enanos y faunos entrar, pero era mayor el sonido que producían los gigantes al destruir todo a su paso. Sin embargo, en la habitación no quedaba ni un alado solo Gerge que yacía inconciente en el suelo; Ailiam había decidido perdonarle la vida justificando su calidad de nuevo señor de los alados, es muy importante, dijo, vivo es más útil que muerto si es que queremos que la paz reine entre nosotros.
-Vayamos a defender la entrada- intervino el rey de Naut- según se escucha estamos rodeados y necesitan de todos nosotros.
-De inmediato- dijo Abba, saliendo fuera de la habitación acompañado por los demás. Pronto lo siguió el rey de Bradk y por ultimo Yehoen. El príncipe y su padre se habían quedado solos, mirándose a los ojos, tratando de leer los pensamientos del otro y sin obtener ningún resultado. El rey hablo.
-Es muy extraña su muestra de piedad.
-Usted siempre me dice que debo actuar de acuerdo con la razón y no la fuerza. Acaso no es de sabios perdonar la vida de un hombre desarmado aunque este sea un alado.
- En estos tiempos he llegado a desconfiar que es de sabios y que de bárbaros. Despertemos al alado, que se declare rendido para terminar con esto de una vez.
El príncipe asintió. Volvió entre sus pasos hasta detenerse al costado de Gerge; colocó la punta de su espada en el cuerpo del desmayado y lo golpeó suavemente tratando de despertarlo pero siempre mostrándose en señal de ataque. Gerge movió sus dedos, intentó incorporarse en vano pues estaba muy agotado. El rey de Bradk vio como Ailiam se ponía en cuclillas para ayudarlo a ponerse de pie. Antes que sus dos piernas estén firme sobre el suelo, el alado estiro sus brazos junto con las alas llegando a golpear al príncipe que retrocedió unos cuantos pasos. Gerge miro al rey, voló directo hasta él e intento atacarlo pero el rey que tenía mucha experiencia en las peleas logro esquivar a su adversario dejando así ir de frente al alado. El rey de Bradk sacó su arma y la coloco en ristre esperando la respuesta del alado y que su hijo reaccione del golpe. Gerge volvió a intentar su ataque. El rey dio un paso al costado, con el filo de su espada le formo una profunda herida a Gerge que gritaba unas palabras en el idioma de los pájaros mirando al príncipe. Ailiam corrió hasta donde su padre. Los ojos del rey de pronto se llenaron de lágrimas, un chorro de sangre salía de las comisuras de sus labios, y sin poder creer lo que pasaba cayo al suelo.
-Ve por el rey de Bradk- le dijo el rey de Naut a Yehoen- y si puedes cumple con el juramento.
-Lo intentare, mi señor, pero no lo creo posible.
Agacho su cabeza para que una flecha de los hombres alados no la alcanzara. Peleaban en la entra del castillo y resistían a duras penas. Los gigantes se habían despreocupado por matar a sus adversarios y preferían destruir cual cosa se le cruzara, así que el castillo quedaba de a pocos en ruinas. Muchos hombres, enanos y faunos murieron intentado evitar el paso de los gigantes pero pronto desistieron solo para salvar sus propias vidas. La batalla estaba perdida.
Yehoen entro a la habitación gritando el nombre del rey de Bradk. A sus ojos se presento la imagen de un rey caído, un príncipe parado a su costado y un alado satisfecho con lo que tenía al frente. Sin saber muy bien por que dio unos pasos hacia el cuerpo del rey, pero el príncipe se lo impidió. Esto se ha terminado, le dijo, Gerge, hablo ahora dirigiéndose al alado, cumple la palabra de tu señor. Gerge se dirigió a la ventana y chillo casi tan fuerte como lo había hecho el antiguo señor de los alados cuando se encontró al borde de la muerte. Entonces en la entrada del castillo todo huían a buscar refugio y no se dieron cuenta que los gigantes y los alados salían se retiraban hasta que Blicar grito que miraran, se van, qué esta pasando. Y en el comedor este Yehoen seguía sin creer lo que veía: el príncipe había dejado morir a su padre o quizá el mismo Ailiam lo mató con sus propias manos. No importaba del todo cual era la razón ya que su corazón se sentía satisfecho con ver al rey de Bradk muerto.
-Te hace feliz, Yehoen- aseguró Ailiam
-Es la muerte de un rey, no puedo sentir dicha ante ello- mintió Yehoen.
-Él mató a Liliam. Usó a Grita, la quimera que habita en el río de los desdichados.
-No es una idea que se me haya pasado por la cabeza, pero es cierto que pensé que alguna bestia la había asesinado. Esto responde a muchas preguntas. Pero... Ailiam, Grita no obedece a nadie solo a ella misma o quizá...- pensó por unos segundos. Ailiam se estremeció, no podía creer que había subestimado la inteligencia de Yehoen -la historia cuenta- continuo Yehoen- que un alado logro dominarla, pero no dice nada más.
-No creas en historias.
-Entonces como su padre pudo usar a Grita si ella odia a los hombres. Solo los alados pudieron dominarla y su padre estuvo en guerra con ellos pero...
-Controla las conjeturas, Yehoen, capitán del ejército de Naut, que pueden llevarte a la muerte.
-Puede defenderme, Ailiam, y ahora me doy cuenta que usted fue el que planeó todo esto. Su padre fue inocente y lo mató para...
-Para obtener el reino, Yehoen, y esto será lo último que escuches: yo mande a matarla y yo conspire contra suya con los faunos y lo mismo iba a hacer con los enanos y ahora yo soy el rey y tengo como aliado a los hombres alados y a los gigantes. Pero su vida puede ser perdonada si se une a mi causa, Yehoen.
-No es algo que va a llegar a ver, joven príncipe.
No hablaron más pues Ailiam atacó a Yehoen con su espada. Yehoen logró impedir el ataque cubriéndose con la suya y fue a su encuentro intentando primero matarlo por intermedio del ataque sorpresa y luego con la velocidad, pero el príncipe era muy hábil y predecía cada movimiento. Dicen los más longevos que el sonido de sus espadas al rozar llegaba hasta lo más profundo del castillo por lo que todos los hombres corrieron hacia aquella dirección. Sin embargo, fue Blicar, el rey de Naut, Abba y Aelen los que llegaron primero y al ver a los hombres combatir no supieron como separarlos. Es un traidor, gritó Ailiam, acaba de matar a nuestro rey. Entonces Aelen vio el cuerpo de su antiguo rey que yacía inerte en el suelo, se acercó a él y lo cogió entre sus brazos, sollozando por todo el reino y por la reina misma que solo unas horas después se enteraría de aquel desastre. Al llegar los soldados no supieron a quien apoyar en la pelea, pero al oír los gritos de Ailiam estuvieron de acuerdo con él: vengarían la muerte del rey de Bradk a manos de Yehoen, capitán del ejército de Naut. Como cada reino estaba junto al otro no supieron como combatir al principio por lo que los soldados de Bradk se limitaron a buscar al primero de Naut que encontraran teniendo como respuesta la intervención de los faunos y hasta lo propios enanos-desde el inicio de la pelea habían escuchado al señor Abba decirle a Blicar que pelearían juntos hasta la muerte, así que tenían la obligación se hacerlo con cualquier enemigo- y luego se separaron en dos grupos. Ailiam viendo la desventaja numérica de su ejercito pidió al rey de Naut se marcharan y dejaran sepultar su rey como era debido. El rey de Naut miro a Yehoen y este le contesto hablando en voz alta que no era culpable con la muerte del rey y que el príncipe se había encargado de matar a su propio padre. Desde luego que nadie le creyó por lo que el rey acepto la propuesta de Ailiam y marcho con lo que quedaba de su ejercito rumbo a sus tierras; con ellos fueron Blicar y Abba. El primero se separo en mitad del camino para contarle a su padre mientras el señor de los enano decidió pasar una temporada en Naut para luego irse a su tierra.
Muy pronto llegaron noticias que Ailiam se había coronado rey de Bradk y que frente a la tumba de su padre había jurado venganza. Fueron en esos días en que un mensajero de Bradk llegó con una carta de su nuevo rey pidiendo entregara a Yehoen o sufrirían las consecuencias. El rey de Naut se negó aunque no le creyó nunca a Yehoen cuando le juraba no haber matado al rey. Sin duda esa era una información que jamás sabría, de todas formas se estaba volviendo anciano por lo que era conciente que no vería el final de la guerra. Quizá su hijo o su nieto, no lo sabía.
-Señor usted mato al rey, puedo verlo en sus ojos.
-Silencio, buen amigo, no diga cosas que ningún oído puede escuchar- contesto Ailiam. Estaban los dos en el comedor. Dreck comía lento mirando fijamente a su nuevo rey. Ailiam había sacado a Aelen para siempre de sus tierras y a varios consejeros que se opusieron al nuevo imperio. Solo Dreck se mantuvo firme aunque su corazón le reclamaba aquello.
-Entonces mis sospechas quedan confirmadas.
-Pero usted, mi buen amigo, no hablara nunca.
-Nunca, mi señor.
Ailiam se puso de pie y se acerco hasta el asiento de Dreck, inclino su cuerpo para abrazarlo y luego perforo su cuerpo con una daga. Lo sé, dijo, sé que nunca hablara.
El sol se ocultaba a lo lejos, el nuevo rey de Bradk respiro hondo y mando a llamar a los sirvientes para que levantaran el cuerpo de Dreck. Volvió entre sus pasos para terminar su comida, entonces acomodo su corona y sonrió pensando en que al día siguiente iría a visitar a Gerge, confirmar la alianza para después empezar la guerra. Todo le saldría bien.
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