jueves, septiembre 03, 2009

Ahora qué hago?



Hay una casa, un cuarto, una cama.

Hay un corazón desesperado y otros dos esperando, impacientes, el final de todo esto, que, después de todo, solo sería el comienzo de algo.

Existe él y ella. Existe G, también. Pero G no sabe que ella espera a él. Y él, siempre tan patán e idiota, sabe G es tan lista como para darse cuenta de sus verdaderas intensiones. Él quiere decirle a ella que la ama, de verdad, créeme por favor, y que G, aunque parte importante de su vida, solo significa un recuerdo, una ilusión, un miedo, una seria de palabras no dichas y miradas no encontradas. Empero, no tiene el labor pues tiene miedo G se entere y decida irse de su lado de una vez por todas.

Ahí yace él, escondido bajo su frazada, diciéndose no te preocupes que todo se solucionara y las cosas irán por el rumbo adecuado y a ella le darás el lugar que merece. Entonces recuerda: ella no es tu novia, no sabe él la ama egoísta y apasionadamente, ignora él solo quiere tenerla entre sus brazos y, de esa forma, decirle todo lo que nazca de aquel corazón ennegrecido y endurecido por los años y los tropiezos. Él quiere dejar de llorar y no logra. Se hace de pie. Va al baño. Lava su rostro, mira sus ojos. Piensa: es hora de confesar la verdad. Si este es el final, que sea uno digno de narrar.

Hay una avenida, un hombre tocando el claxon de su carro y gritando unos que otros insultos.

Un parque, una mujer sentada, mirando algo en su celular. Puedo sentarme, le pregunta. La mujer no contesta porque no habla con extraños, ni mucho menos con hombres con el pelo desordenado. Él cruza las piernas, la mujer se aleja unos centímetros y mira su reloj. Qué hora es, inquiere él. Siete y media, contesta la mujer, solo para evitar que él vuelva a abrir sus labios resecos y no despida ese aliento cargado de licor y cigarrillos de baja calidad.

Él piensa en ella y en G. Se pregunta si podría amar a las dos de la misma manera, si ambas serían capaces de compartirlo, al menos, en tiempos separados. De esa forma estaría un poco con ambas y nos las dejaría. Se golpea la cabeza y trata de ignorar que la mujer se sobresalta ante su impulso. No sabe lo que vivo, se dice, no tiene idea lo que me pasa, eso es todo. Vuelve el cuerpo hasta ella y, en un arranque de valentía le dice: es usted, señora, muy impertinente en molestarme, con sus saltitos, de esa forma; no ve acaso que pienso en como llegar vivo para mañana, señora. La mujer, que lleva una cola de caballo en el pelo y un maquillaje ligero, no lo mira, se pone de pie y camina hasta el otro banco, mira su reloj una vez más y luego al cielo. Él se dirige hasta la mujer y dice: no sabe respetar cuando una persona habla, señora. Ay, por dios, deje de molestarme, le dice. Solo quiero hablar. Vaya y hable con otra persona. Tiene razón, piensa.

Ahí va él, sale del parque y camina hasta la casa de ella.

Hay una casa celeste y dos personas hablando en la puerta. Él mira: es ella. Ella platica con otro. Él puede ver sus ojos almendrados, y el pelo castaño que cae hasta sus hombros -y un poco más, quizá-, la media sonrisa con la que lo conquistó y los gestos propios de una princesa. Él quiere ir, créanme, pero es incapaz de interrumpirla; además ¿qué le diría? hola, vine a visitarte, pero veo estás ocupada, adiós. No puede, no debe. No se cree capaz de tanto. De todas formas, decide quedarse un minuto. Si me amas, piensa, por lo que más quieras, mírame aunque sea un segundo y déjalo todo, ven conmigo. Ella no lo mira, no vuelve el rostro, más si sonríe, si mueve los labios. Deja de sufrir y huye, se dice, corre, vamos. No, no, sería una locura, no necesito correr. Entonces camina. Da media vuelta y camina, no sabe a donde exactamente pero no importa. Y no importa porque se ha vuelto parte de su vida escapar, porque comprendió que lo suyo es la autodestrucción y no habría mejor oportunidad que ésta.
Velo ahí irse, pusilánime, incapaz de afrontar algo tan sencillo. Velo mover las piernas, abrir la puerta de su cuarto, prender el ordenador, tratar de escribir mientras escucha música y fuma un cigarrillo. Sabe que fumar le hará bien, calmara sus nervios, sus ansias. Sabe que escuchando música podrá recordar las promesas de amor que han salido de sus labios una y mil veces, promesas que, por más que lo intente, no puede cumplir. Escribe porque escribir lo tranquiliza, le da una momentánea paz. Mueve los dedos, se dice mientras digita su novela -novela donde vomita su rabia hacia la vida, la muerte, dios, el diablo, el mundo, él mismo-, muévelos y serás feliz, y encontraras consuelo.

Cansado regresa a la cama. La noche es corta y el sueño lo abandona de pronto, inconciente que él solo desea dormir un rato, solo un año o dos.
Hay un camino, un paradero de autobuses y un hombre esperando empiece su día.

El nombre de una chica en la que él estuvo interesado, ronda por su cabeza esa mañana con crueldad. Ronda ese nombre toda la mañana y la tarde. La noche llega y regresa a casa.

El mismo camino, la misma casa celeste. Ella sale de comprar. Lo saluda, le da un beso en la mejilla, le dice cómo estás. Él empieza a hablar y no sabe como demonios detenerse pues en realidad solo quiere escucharla. Su boca no lo obedece, no comprende no es su momento, es el de ella. Ahora se encuentra preguntándole por ese chico de la noche anterior.G llega a su memoria, de repente. Ella le cuenta es un amigo y le pregunta si la había visto por qué no le saludó, acaso es un maleducado. Algo muy parecido, contesta, lo siento mucho. Hablan unos minutos, luego se despiden. Él regresa a casa, convencido, esa mujer tan maravillosa no ha nacido para enamorarse de un idiota, aunque con ojos bonitos, como él. Ella ha nacido para amar a alguien mejor, con carisma y seguridad, inteligente, dispuesto a concederle sus más exquisitos caprichos y tratarla como la princesa que sabe es. Él, en cambio, tiene dudas, temores, inseguridades, no sabe si podrá hacerla feliz a ella o a G o a quien fuera. Cree lo mejor sería morir. Sin embargo, el miedo, el pánico a lo desconocido. Teme que su madre tenga razón y dios exista, le pregunte por qué has sido así y por qué no has creído en mi si todo el mundo te lo decía; no le teme a Belcebú, en caso exista el infierno, pues siente él ha sido peor. No se suicida porque quiere demasiado, y desea ser escritor algún día.

Cierra los ojos.

Le duele la cabeza.

Pusilánime, piensa. Piensa: si fueras menos cabrón seguro saldrías a la calle y le dirías a ella que quieres intentar hacerla dichosa, aunque ello sea una tarea difícil y no te sientas con fuerzas. Hazlo, te lo pido. Vamos. Sal a la calle y díselo. Termina con lo que ayer estuviste convencido de hacerlo. Olvida a G y sus palabras de retorno. Olvida te dijo que te extraña y que quiere verte. Olvida te preguntaste si es porque trabajas y tienes algo de dinero, o porque le pediste matrimonio, hace mucho, en un arranque de sinceridad. Olvida la quisiste. Deja de preguntarte ahora qué carajo haré. Deja los miedos y los complejos. Ponte de pie y escribe para tu blog, para ti, termina esa novela que lastima tu mente todos los días. Confiesa. Escucha música. Fúmate un cigarro y ya está, a la mierda, a empezar de nuevo.


Hay un hombre, un escritor, un idealista, un agnóstico, un pusilánime, frente a una computadora, amando como nunca, como siempre, a esa mujer, con el cabello castaño, que vive a unas cuadras de su casa. Ese hombre desea besarla, decirle lo que siente pues solo de esa forma sabría llegó a la mitad de todo, de su vida, de su blog, de sus fuerzas.
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