lunes, enero 10, 2011


-"Hubo una vez una niña como cualquier otra: melena larga, ojos grandes y acaramelados, nariz respingada y porte imponente. De acuerdo, tan parecida a cualquier otra no era. Al menos ella, Alessandra, pensaba en si misma como una niña normal con una vida normal. Papá y mamá de estatura promedio, en un trabajo como cualquier otro. Dos hermanos mayores tan común y corrientes que hasta asusta pensar en ellos -mismos que, como cualquier otro, le hacían la vida difícil-. Y aunque estaba cansada de nunca encontrar sus juguetes porque ellos lo escondían o mirar los mismos programas de televisión a las mismas horas o ir al mismo colegio y tener los mismos amigos y soportar la agobiante rutina de hacer lo mismo todos los días, ella estaba feliz y, sobre todo, acostumbrada. Era mejor seguir una rutina y no perderse en la complicada labor de pensar qué hacer con el tiempo que tiene. Era mejor ver telenovelas con mamá y jugar con muñecas que tardaba en encontrar, escuchar a papá quejarse porque la plata nunca le alcanza, ver llorar a sus hermanos por otro granito o por alguna chica que prefería ignorarlos a salir con ellos, que torturarse pensando en cómo seria la vida sin ellos. Hasta en esto, pensaba, era muy normal.

"Si alguna diferencia con otras niñas tenia era su desenfrenada pasión por los cuentos y la poesía. Con a penas once años ya había devorado poemarios enteros de autores que ni ustedes ni yo conocemos. Sus padres, por supuesto, la felicitaban cuando recitaba alguna poesía en la cena o en reuniones familiares. Por ese motivo, poco o nada le importaba que sus hermanos señalaran su pasión por los poemas y los cuentos como una idiotez sin sentido. Decía: si no les gusta leer, mal por ustedes.

"Aunque fascinante fue la niñez de Alessandra no es la historia que hoy escucharan. Esto va un poco más allá.

"Comienza una tarde cualquiera en casa de tía Clarita. La familia entera se había reunido -tíos, sobrinos, primos, cuñados, consuegros, suegros, yernos, nueras, los tíos de los tíos y los primos de los primos...- para celebrar el cumpleaños número ciento tres del bis abuelo Pedro Salazar. Era un acontecimiento histórico. Habían asistido invitados de todas partes de Lima y provincias. Por supuesto, los más ancianos eran hijos de los amigos ya fenecidos del bis abuelo Pedro Salazar, mientras que los más jóvenes nietos o bis nietos de algún amigo del anciano. Estaba la prensa: diarios locales, nacionales e internacionales y algunos noticieros que decían que pasarían parte de la fiesta en vivo y en directo. Quizá por este motivo o porque toda la concurrencia tendría algo que contar por siempre es que los presentes habían ido con sus mejores ropajes, incluyendo Alessandra - con un vestido entero de color rosado sujetado a la cintura de la niña por un laso lila; un moño que hacia juego con el vestido y zapatos de charol- y toda su familia.

"Este acontecimiento confundía la cómoda rutina de la pequeña. Le era fastidioso saberse rodeada de tanta gente que no conocía, que los reporteros y fotógrafos y camarografos se acercaran cada dos minutos a donde su bis abuelo y que no la dejaran darle el respectivo y rutinario beso en la frente. O era el acoso de los hombres de prensa o era el toqueteo a sus cachetitos o el saludo de rigor o que su mamá repita que todo había sido gracias al apoyo de la familia entera y amigos del abuelo, que viva eternamente, o el gracias o el de nada o el buenas tardes, que Alessandra no soportó mas y exigió regresar a casa fingiendo un repentino dolor de estomago -y fingir le sacó más de sus casillas. Cosa rara, por cierto, la mente de una niña-. Cariño, le dijo su mamá, ahora te doy algo para que se te pase. Su papá contestó: debe ser la cantidad de personas, no está acostumbrada a estos trotes, mujer. ¡Bingo!, pensó Alessandra. Entonces papá la llevó dentro de la casa y la dejó con sus primos más pequeños, quienes estaban jugando a los policías y ladrones o algo por estilo, pensó ella.

"Alessandra, cinco minutos después, se aburrió. Por qué no había traído un ejemplar de sus cuentos favoritos. Tenía la edad de las personitas que jugaban ahí y a las que a menudo llegaban sus madres a darles de comer o preguntarles si estaban bien, pero no se sentía igual a ellos. Sentía que pertenecía a otro lugar, a otro mundo o a otra familia. Se sentía tan sola rodeada de tanta gente extraña. Solo quería regresar a casa y vivir la acostumbrada vida que tenía, leer o escribir poemas y jugar con su única muñeca a lo que sea que fuera menos rudo y peligroso. Era un asunto de supervivencia. En esta habitación acabaria muerta o sin un ojo. ¡Ay!, Dios, ya uno se había lastimado y ahora no paraba de llorar. Era hora de emprender la retirada.

"La casa era más grande de lo que recordaba. Mejor aún, sería fácil ocultarse hasta que mamá llegara a salvarla de esos pequeños vándalos que gritan y lloran y luego se pegan entre ellos. Recorrió cada una de las habitaciones: cerradas. Al parecer los dueños de casa no confiaban ni en su propia familia. Sabia decisión, le diría a mamá en cuanto la viera. Caminó por todo el segundo nivel. Nada. De pronto, percató que una habitación se encontraba junta. Se acercó y dio una miradita para ver que onda, por si alguien estaba dentro. Nadie.

"Grande fue la sorpresa que se llevó cuando descubrió al bis abuelo Pedro Salazar echado en posición fetal en la cama. Qué extraño, no lo había visto subir. El pobre bis abuelo debe haberse cansado de tanto trote. Lo comprendía. Por ello, se acercó para darle un beso en la frente.

"Reconozco ese beso, dijo el anciano. ¡Ay!, ahogó un grito Alessandra. Abuelito... ¿estás bien? Disculpa... No pida disculpas, niña, le dijo el anciano. Alessandra se sintió extrañamente cómoda al lado del hombre que no le exigía disculpas por molestarlo. Era alentador la idea de sentir que no le debía nada a nadie. Esto la conmovió. El anciano, por su parte, aunque se encontraba despierto no movía su cuerpo de aquella extraña posición. No se asuste, le pidió su abuelo, así me duele menos las piernas. La edad es malvada, niña, sentenció. Mejor me voy, abuelito. Si es su deseo irse, aunque hasta hace unos momentos no paraba de correr. Yo...

"Se calló. Afuera la bulla a causa de la celebración se hacía más intensa.
"-Usted no diga nada, niña. No es bueno hablar cuando no se sabe que decir.

"A Alessandra le pareció que el anciano era menos anciano de lo que ella misma pensaba.

"-Escapabas, verdad, niña - Alessandra de pronto enrojeció -. No se sienta mal, niña. Yo también escapé. Hay personas ahí que me saludan y dicen conocerme cuando yo no los conozco ni en pelea de perros, carijo. Qué se han creido esos calzonudos, espera que encuentre mi cinturón.

"La niña sonrió.

"-Al menos hay sentido del humor en ese carita. Si nadie te divierte, entonces estamos patas arribas. Si nada le hace reír para qué vivir.

"-Los niños son muy rudos.

"-Y usted muy inteligente para andar con ellos, ¿verdad? Si tan inteligente para qué juega con muñeca, niña. Nada de eso. Los niños son rudos porque tienen la mitad del cerebro que las niñas, sabia usted eso o no.

"-No.

"-Ve que le digo. Sabe menos de lo que piensa y aun así se corre de los que cree que no la entiende.

"-Yo...

"-Usted es buena y alegre y amable. Y yo, niña, ¿cual es su nombre?, no importa, le daré un regalo.

"El anciano le pidió ayuda para sentarse. Abrió un pequeño cajón en su mesita de noche y de ahí sacó un libro de tapa verde. Tuvo que soplarlo para sacarle el polvo. Le dijo que le daría con la condición que no revelaría su escondite. Se echó de nuevo en la cama y a Alessandra le pareció que había envejecido muchos años en un segundo porque soltó un eructo y masticó su dentadura produciendo sonidos extraños y desagradables. Hecho, contestó al final. Entonces corrió a la sala para leerlo pero ya su mamá la esperaba para compartir el almuerzo. ¿Viste a tu abuelito?, le preguntó. No, mami. Almorzaría y volvería de nuevo a conversar con su abuelo para empezar con el libro que le había regalado. Quizá le leería una pagina o dos. Le caía bien el anciano. La única idea que le dejó un mal sabor de boca era romper con su cómoda rutina".

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