miércoles, enero 05, 2011


Lupita Camacho era una niña como cualquier otra, cuenta Josefina Alejandro, una noche de luna llena, hasta que...

-No, madrina- la corta Luz Marina, colocando el índice sobre sus labios -. Cuéntalo como papá lo hacía.

Josefina Alejandro ve en Luz Marina el mismo color de ojos de su hermano y esto la enternece, y aunque muchos años la separe ya de aquellas historias en la oscuridad del cuartito en Santa Anita donde vivía con mamá, papá y dos hermanos gemelos el recuerdo aun la hace sonreír.

-De acuerdo, Luz Marina.

Entonces Luz Marina aplaude y cuatro niños más la secundan en festejos, risas, saltos y canciones que Josefina Alejandro no entiende bien pero que hace dichoso ese momento.

-Vamos, tía, cuenta de una vez- dice Luis Alberto, hijo de Juan Pablo Alejandro. Josefina Alejandro mira a su sobrino: pelo ondeado, de mirada perdida y muy bajo para su edad. Le recuerda tanto a su hermano Juan Pablo cuando era un niño. Acaricia su pequeña melena mientras le dice que tenga paciencia, desesperandote nunca conseguirás nada bueno, Luis Alberto.

Josefina Alejandro siempre tuvo las cosas claras: la vida habría que tomarla con paciencia, sonriendo y esperando siempre lo mejor. Quizá por eso nunca se quejaba cuando salia a las seis de la mañana a empezar su jornada laboral limpiando las lunas de los carros en el Ovalo de Santa Anita, correr a la escuela hasta la una de la tarde para terminar ayudando a su mamá lavando ropa y vendiendo golosinas en la puerta de la universidad cerca a su casa. Así había pasado su niñez: trabajando, estudiando y cuidando a los gemelos Juan Pablo -en honor al papa de aquel entonces- y Benjamín -por ser el último en nacer, cinco minutos después que Juan Pablo, y en honor al último de los hermanos de José en la biblia-. La habían criado con estrictas normas religiosas. Su madre era una católica afiebrada al igual que su papá, quien ayudaba al padre limpiando la parroquia y cuidándola por las noches, ganaba ahí unos soles que aunque insuficiente le servía para darles de comer a su familia. A pesar que sus padres se negaban a aceptar ayuda de Josefina Alejandro ella siempre salia a la misma hora y regresaba con unos céntimos que los competía con su mamá o con sus hermanos cuando ella los rechazaba.

-Los niños se impacientan, hermana- dice Juan Pablo. Josefina Alejandro piensa: que grande está, cómo pasan los años.

Los gemelos nunca fueron un problema. Pasaron su niñez jugando fulbito con otros niños del barrio y aprendiendo a leer y escribir. Josefina Alejandro estaba convencida que ambos serian el orgullo de la familia y por eso los educaba y les enseñaba todo lo que ella aprendía mirando a los profesores de la universidad y a las personas mayores de la parroquia. Mamá y papá era buenos padres, piensa, pero su educación fue muy mediocre. Piensa: ellos nunca hubieran podido enseñarles buenas cosas a mis hermanos.
Por la fe ciega en sus hermanos y por las ganas incontrolables que ambos fueran hombres de bien es que ella aprendió rápido a leer. Empezó con los cuentitos que enseñaban en la escuela y luego con los libros de sus amigos de otros grados. Cuando conseguía prestarse uno o dos cuentos corría a casa, prendía una vela y se los leía a sus hermanos con la esperanza que la lectura les enseñara algo positivo. Si no contaba con historias porque no le habían prestado o porque no pudo guardarse uno en su clase de lengua y literatura les leía la biblia, de forma diferente para que los gemelos pudieran aprender; y cuando no conseguía ni lo uno ni lo otro inventaba cualquier historia que se le pasara por la mente. Ella los amaba y tenia que hacer lo que fuera posible para que sean hombres de provecho.

La adolescencia de los gemelos aunque complicada como ella esperaba transcurrió casi tan rápido como su niñez. A menudo corrían donde la hermana mayor a pedir consejo o a algún préstamo para salir con una vecina. Ella sonría y luego les prestaba lo que necesitaran. A cambio de esos favores los gemelos prometían primero no pelearse entre ellos y segundo defenderla de los vándalos que pululaban por la zona y que molestaban a su hermana con silbidos y palabras irrepetibles. Y es que la Josefina está como quiere, decían los delincuentes juveniles, ignorando cualquier norma de cortesía o galantería, actuando como animales.

-En qué piensa, tía- dice Carlitos, el menor de sus sobrinos, el último hijo de Benjamín.

Piensa: Trece, catorce, quince, dieciséis años y ya no la necesitaban, y ya no corrían a abrazarla y a preguntarle si algún impresentable la estaba molestando. Ahora eran grandesitos, con ganas de vivir su propia vida y de equivorcarse por sus propios medios, de pelear sus guerras y de llorar a solas, de tenerse el uno al otro como gemelo pero tratando de olvidar la pobreza de dos padres de mediana educación y una hermana que pasa los días entre el trabajo, los libros y los estudios. Querían vivir por su cuenta.

-En nada, Carlitos- dice Josefina Alejandro-. A ver... no hagan bulla para empezar el cuento.

Cuando los gemelos se dieron cuenta que tenían una hermana y padres a quien cuidar, a papá lo estaban velando en la parroquia de la comunidad, piensa. Entonces los gemelos empezaron a trabajar y pronto los sacaron de aquel barrio de Santa Anita para llevarlos a vivir a Pueblo Libre. Juan Pablo había conseguido un trabajo en una empresa cervecera mientras que Benjamín emprendía un negocio de cabinas de internet con Pancho, su amigo del instituto. Ambos iban en ascenso.

-Madrina, pero empieza como te dije, ya- dice Luz Marina.

-Ya, hijita.

Juan Pablo fue el primero en casarse con una compañera de su trabajo mientras que Benjamín, dos años después, con la prima de ella y con un embarazo en camino. Josefina Alejandro había visto a sus hermanos irse uno por uno. Ella se quedó a cuidar a mamá porque se encontraba muy enferma. Dedicaba sus ratos libres a contarle historias a los hijos de sus compañeras de trabajo. Estaba de profesora en la escuelita de la parroquia, a petición de papá antes de morir.
Los años pasaron sin más.

Piensa: mamá murió a los meses del nacimiento de Carlitos. Un velorio sencillo. Fueron días terribles, recuerda. Recuerda: pero lo peor vino con la muerte de Benjamín, en un accidente de auto la mañana del 9 de agosto del 2010. Algunos meses lo separan de la fatal noticia. Juan Pablo no dejó de llorar, a pesar que era él el más fuerte entre ellos. Ella, Josefina Alejandro, no derramó ni una lágrima hasta que regresó del entierro. No salió de casa. Dos días después la fueron a buscar con policía y ambulancia. No pasa nada, decía, no pasa nada. Le había pasado todo. No había comido ni dormido. Rezaba todo el día y contaba historias frente a la fotografía de su hermano. Eran días dificiles. Son días dificiles. Piensa: que bueno que hoy sea navidad y pueda contar una historia. Que bueno que la famalia -o lo que queda de ella- se haya reunido. A tu nombre, Benja, querido.

-Hubo una vez una niña como cualquier otra...

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