viernes, marzo 04, 2011

Sigues conmigo, Betito



Cuidame desde el cielo, Betito. Cuidame, por lo que más quieras, de los malechores, las malas rachas, los envidiosos, las viejas chismosas, los cobradores de combi y todo aquel que quiera y pueda hacerme daño. Cuidame, Betito, teniendo en cuenta que le debo muchos errores a la vida y que probablemente tenga que llorar hasta caer rendido. Cuidame desde el cielo, al lado de Dios y los ángeles, recordando que te amé como el hijo que no supo reconocer a su padre cuando debía pero que lloraba en silencio sus derrotas y sus lágrimas. Recuerda que te amo, viejo, y que aunque en silencio me aferraba a ese amor nunca dejé de sentirlo, de añorarlo, de reconocerlo. Cuidame, Betito, mi viejo del alma, mi padre adorado.

Nunca fui un buen hijo, lo admito, Betito. Quizá pude haberte escuchado un poco más, pude haberme quedado a ver el partido de la "U" contigo en vez de preferir la calle y los amigos, pude haberte abrazado y dicho que te quería cuando mareado te acercabas a mi lado a recordarme que soy tu hijo y que me quieres. Pude y no lo hice. Y no lo hice no porque no quisiera estar contigo sino por eso que los jóvenes no entendemos hasta que lo vivimos: el amor a los padres. Yo te amaba. Yo te amo. No supe decírtelo. No supe abrazarte, besarte, escucharte, contarte mis problemas, mis dudas, ir contigo a donde me llevaras. No supe ser hijo. Sin embargo, Betito, siempre me perdonaste, y, mientras el día siguiente llegaba, estabas atento a mis antojos, a mis caprichos de niño mimado, de adolescente descarriado, de hijo prodigo. Lo siento, padre. Perdoname, por favor. Perdoname por no saber estar contigo, por no comprenderte, por no escucharte, por no decirte que te amo, y, sobre todo, por esperar el último momento de tu vida para recién confesarte mi amor.

Te fuiste y ahora tu ausencia pesa en nuestros hombros. Aunque me hiere saber que no volveré a verte sé que nunca dejarás de cuidarme, de estar conmigo, de amarme. Aunque no te vea te siento a mi lado, te noto en las noches, escucho tu voz y siento tu aliento diciendome: hijo, portate bien. Te siento. Te veo. Te amo, viejo, mi viejo, mi amigo, mi compañero, mi confidente.

Antes de tu partida te juré cumplir mis metas. No he escrito ni una coma en una semana entera. Hoy empiezo. Te juro, viejo, que las cumpliré. Sé que estarás ahí para aplaudirme, que serás el primero en felicitarme, en recordarme que el sueño es posible, que no está mal hacerlo.

Cuidame. Cuida a mamá, a Amelia, a Estrella, a tía Doris y a quienes te recuerdan y te extrañan.

Nos veremos algún día, Betito.

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