jueves, noviembre 10, 2011

Cierra los ojos


Empieza el monologo interior.

El final está cerca, después de todo, piensa. Piensa: ¿acaso lo imaginaste de esa manera?

Nunca has sido buena para las fantasías. Preferiste encerrarte en la forzosa realidad, sin esperar milagros y luchando por simplemente vivir. No soñaste. Jamás perdiste el tiempo. Lo invertiste, en cambio. Sin embargo, fueron pocos los resultados obtenidos. La vida es así. Viviste derecho. Creciste sin problemas. No fumabas, no tomabas. Apenas salías. Fuiste hija, esposa, madre, amiga, aceptando los defectos del mundo y sin protestar ante las injusticias. Pensabas: Dios se encargará; él, que todo lo ve, hará justicia. No trabajaste. Para qué si lo tenías todo, si con un plato con comida y un techo donde dormir para ti y tus hijos era suficiente. Todo sería así para siempre.

Mentira.

No obstante, eras feliz.

Sí. Piensas: era dichosa con la vida que había escogido. Amando a mi esposo e hijo, recibiendo el amor que solían darme cuando todo les iba bien. Todo parecía perfecto.

Mentira.

Sin embargo, piensas, lo creíste de esa manera.

Pero todo se perdió.

Cierra los ojos, entonces.

A pesar del cariño puesto en la inmediata realidad y las suplicas porque nunca cambie todo fue distinto una mañana como todas las mañanas vividas. El despertador, la ducha, el desayuno, los buenos deseos y la bendición. No imaginaste, como siempre, torpe y estúpida, incapaz de creer en esos instintos que solo las mujeres tienen y que las personas llaman 'sexto sentido' , que algo malo iba a pasar. Torpe y estúpida. Tu alegría se te iba por esa puerta de madera y la dejabas ir. ¡No! ¿Por qué no lo sentiste? ¿En qué estabas pensando con felices por siempre? por qué no entendiste que 'para siempre' es mucho tiempo, que tiempo es lo que menos te queda.

¡No!

Se iban. Uno por uno. Hasta la tarde, mamá, recuerdas. Me vas a recoger, no mamá, recuerdas. Piensas: sí, tesoro. Que tengas buen día, amor. Un beso. Cierras la maldita puerta.

Corre, por Dios. Aún debes de tener tiempo.

Adiós, mamá.

La distancia, el brazo de tu pequeño estirándose para despedirse, la sonrisa tímida de tu esposo, las maldita ventana y la maldita cortina cerrándose. Las personas a lo lejos, ocultando con sus burdas siluetas las de tu familia.

Tu familia, quizá, a unas cuadras, esperando el autobús.

El autobús.

Su hijo hablando de la cena de mamá. Tu esposo escuchándolo, pensando, tal vez, que bonita es mi familia, mi mujer y mi hijo.

Una curva. La carretera. Pronto el siguiente paradero llegaría y todo sería como siempre.

No pasó nada. Todo es un sueño, piensas.

No. No, carajo. No lo es. Mala madre. Mala, mala, mil veces mala y maldita.
La carretera. El conductor no lo ve. ¡Ahí, voltea! No lo hace, nunca lo hizo. El autobús choca. Una, dos, tres vueltas de campana. Muchos heridos. Tu familia está muerta.

¡NO! ¡Ayudenlos, aun viven!

¡Mamí!...

¡NOOO...!

-Ay, por Dios, deja de chillar tanto, que despiertas a los demás.

¡Ayudenlos! ¡Viven! Los puedo ver... Ahí están, mire. Vea, se lo suplico.

-Como carajo razonar con una loca. Cierra los ojos y no jodas más.

Si, cierra los ojos. Piensa: ciérralos para regresar a casa.

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