viernes, noviembre 18, 2011

En el infierno


En el infierno.

Puede verlos, ahí, sentados en aquella roca, disfrutando de la luna y sus estrellas, disfrutando entre besos y caricias de la eternidad que no escogieron vivir, pero que se apodera con angustia y pasión de sus cuerpos haciéndolos invencibles, inmortales. Puede verlos más no los escucha, más no los siente ni los interrumpe. Puede verlos y esto lo hiere, lo lastima y sin saber bien por qué o cómo lo debilita.

Entonces, angustiado y confundido, vuelve sus pasos bordeando a la pareja, y mientras se pierde entre las sombras y ahoga cada ruido que pueda interrumpir el momento los ve pararse y alejarse sendero abajo, a la velocidad que solo la desesperación por la carne puede producir.

Debe dejarlos, olvidarlos, olvidarla, que hagan con su amor lo que deseen, que se amen cuantas veces quieran, que no le presten atención a su inquietud, que no lo miren, que no lo sientan. Debe hacerlo. Debe controlar sus impulsos. Debe respirar y esperar que el amanecer se haga dueño de las cosas. Debe y no puede. Puede y por eso corre, por eso solloza en silencio los lamentos de un hombre enamorado.

Y corre bordeando el bosque y observando el camino de los amantes, que tomados de la mano sincronizan el andar de sus pasos, espantando al tiempo. Entonces ellos pretenden no darse cuenta de su presencia, para salvarlo de la vergüenza. Siguen por el sendero, ansiosos por encontrar el final de éste y por fin unir sus cuerpos. Y mientras él ahoga sus sentimientos y controla el hambre, ellos se detienen, miran el mar desde esa distancia y regresan sus ojos al barranco, luego a ellos y a sus labios y a sus cuerpos.

Aquí me quedo, piensa. No veré más.

Pero es inevitable perderse la belleza que a continuación ilumina la oscura noche.

Los amantes susurran sus nombres, entregándose al ritmo de sus instintos, desnudándose con la velocidad y pasión de los amores fugaces, admirando sus figuras delineadas y curvadas; y besándose hasta el ultimo rincón visible e invisible son presas ya del deseo. Ella se detiene, viendo, quizás, el futuro, ¿es acaso la presencia del desconocido la que la impide ser amada?

No, no había forma.

Él no lo percibe y continúa con la lengua el camino al sexo de su chica, deslizándola, con suavidad, desde el cuello, la barbilla, los labios. La respiración se le corta mientras dibuja el cuerpo de su amante ocasional con las manos, y recorre con lujuria y entusiasmo sus pezones sonrojados, erectos de placer. Entonces, algo en su pecho cobra vida de nuevo y pretende escaparse de él, matándolo en aquel efímero momento de dicha.

Mientras tanto, el desconocido ve como los amantes descubren sus cuerpos, como la chica lo complace penetrando entre sus labios su sexo firme y erguido.

De pronto se toca, se despoja de esos molestos pantalones y busca la satisfacción en si mismo.

Ella, ahora de pie, le da la espalda al varón y espera que éste entre rápido, sin palabras, sin nada romántico o erótico por decir porque comprende que cada silaba que pronuncie solo malograría el momento. Y cuando él se hace con ella la luna y sus estrellas se maravillan ante tanta belleza y le ordenan al cielo que llore eternamente la unión de sus cuerpos. Pero el desconocido no lo ve, los amantes tampoco. No parecen reaccionar ante la admiración natural de la tierra.

De súbito, los rayos destruyen las rocas, y la lluvia moja sus cuerpos desnudos y ahogan sus gritos de placer. Ahora son uno. Y ahora yacen detenidos en el infierno junto al desconocido, que suelta el último grito antes que la vida salga por aquel orificio y caiga en picada al mar y se lleve consigo el amor que le quedaba, antes que la única alegría terminase de dolerle.


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