jueves, noviembre 03, 2011

A los amigos que perdí

Empiezo esta carta como todo en mi vida: dudoso, temeroso a los caprichos del destino y a mi propio rechazo, sabiendo que tal vez haya otra opción pero que soy demasiado cobarde o muy perezoso para buscarla. Y es que ser quien soy suele ser el más aguerrido y terco de mis enemigos.

Jamás he sido un buen amigo, lo sé. Olvido los cumpleaños. Nunca llamo. No busco a nadie ni pretendo caerle bien a alguien. La soledad me parecía buena amante. La oscuridad de mi cuarto, la música a todo volumen, escribiendo poemas o historias que me ilusionaban con un mundo menos feo y aburrido, con un Alexander diferente en cualquier café parisino, me recordaban el vacío que me obligue a vivir. Qué curioso, al final: lo mismo que me obligó a alejarme es lo que me impulsa a escribir esta carta.

Sin embargo, esto no se trata de mí. Es para aquellos valientes que acompañaron mis días en el silencio vehemente que me obligué tener. Para los campeones que combatieron conmigo épicas batallas, quienes sonrieron espontáneamente cuando volvía de entre los muertos, quienes perdonaron mi ausencia con un cigarro o dos. Y aunque seguramente es estúpido escribirlo, para los cojonudos que me echaron ánimos ahí cuando menos escribía, cuando nunca publicaba.

Conocí a muchas personas de todos lados. Muchos de ellos ignoraban mis inquietudes literarias. Andábamos largos caminos sin enterarse que dentro de aquella maleta marrón que adornaba con elegancia mi look rockero guardaba alguna novela que por las noches lograba arrebatarme un suspiro o una que otra carcajada. Y no tenía que enterarse ni yo que contarle. Simplemente eramos caminantes, viajeros errantes en busca de cigarros y un poco de cobijo. Una vez bifurcado el sendero optaba yo por ir lejos de mi acompañante, allá donde el sol no quema ni el frío hace doler los huesos. Por fin distante de todos. Solo una vez más. Desdichado.

Y así fue siempre. Hasta Erika. Valiente regreso de aquella niña de ojos grandes y negros que no sabía hablarme de Vargas Llosa pero que disfrutaba conmigo de los Poemas de Martín Galas. Grande su retorno. Y bendita sea, pues esa niña que supo crecer y volverse una mujer maravillosa tuvo la simpática ocurrencia de no alejarse de mí nunca más. Y gracias por ello.

Luego vino el blog y los amigos del mundo. Supieron recibirme, leerme con paciencia. Supieron tolerar las huidas y aguardar las promesas. Fueron mis amigos distantes. Vino uno y otro. Ocurrencia tras ocurrencia. Poemas, historias, entrevistas, charlas, bromas, novelas inconclusas, un 'Ahora q hago?' y un 'Ébano y Marfil'; con una Casa de Papel, Respirando del aire y Enamorándose de Marco, de la vida, de los años, de la Hada y La Pluma Roja. De los entrañables, los indomables. De las Chicas de los viernes. De los Cuentos de princesas. De los amigos y enemigos. De las personas Sin arlequín y los cuentos de ultratumba de Fail. Luego las Orgías Casuales. Los amigos desconocidos. Los conocidos. Los 'por conocer'. De todos. De nadie. De Madame Milagros. Caray, de todos. A esos amigos que perdí, y que aún sigo llorando.

Gracias por seguir soportandome en la distancia, en el silencio, en los recuerdos. Sin duda, cultivar este blog ha sido la menos dolorosa y más satisfactoria de mis experiencias.

Saludos cordiales.

Alexander López.



Publicar un comentario