sábado, diciembre 12, 2009

14 de diciembre


Velo danzar, señor de señores, con pasos torpes y desesperados, indiferente al futuro. Velo danzar, con la gracia de un cisne y la belleza de un dios; acariciando su cuerpo con las manos y respirando el aire del arte y el placer. Velo, señor, pero no le diga nada que pueda estropear aquella felicidad efímera que se inventó y ahora lo vuelve a la vida, lo regresa a la tierra pero siendo ahora un mundo distinto para él, para ella, para ellos.

Pero la vida no es vida sin problemas ni temores, sin alegrías y tristezas; sin esas cosas que entienden más, los bien entendidos que nosotros, pobres nosotros, los pesimistas naturales. Y, sin embargo, siendo vida es interesante vivirla. 

Ya qué más da… Nacimos, ¿Podemos acaso retroceder y pedirles a nuestras madres que nos regresen por donde nos sacaron?, ¿podemos negarnos la posibilidad de vivir lo que inevitablemente estábamos destinados a vivir? No, por supuesto, y por eso, solo por eso, voy a brindar esta noche, esta mañana, esta tarde, y todos los días que me esperen de ahora en adelante.

Veinte es un número mágico. Veinte es el número de veces que he borrado estas líneas para intentar volverlas digeribles. Veinte son los años que he visto la puesta del sol y el nacimiento de la luna, ahí cuando menos uno lo espera, y ahí cuando más la necesitamos. Veinte veces traté de enamorarme. Veinte veces tropecé. Veinte veces pensé en ser escritor o dedicarme a cualquier otro oficio mejor remunerado y menos sacrificado.

Veinte, veinte, veinte y veinte. Y tal vez me arrepienta de todo esto el martes por la mañana, cuando la cabeza me explote de tanto alcohol y cigarros, de tanto ¡salud! Y ¡salud! Y de tanto y tanto que me digan “ya eres adulto, alexito”, “cada vez más viejito, amiguito”, “qué es eso, una cana”; y yo, oh, señores, hoy no contestaré interrogantes tan complicadas de analizar y discutir, hoy me limito a beber este liquido entre ramón y blanco que con tanto cariño me ha preparado mi honorable papá. 

Ay, ay, sigo, sigo, y no me pidan detenerme que hoy ando con la chispa prendida. A ver si retomo lo del principio.

La danza se vuelve impecable, su andar de hechicero sobrehumano forma el aura de calor que necesitábamos para sobrevivir a esta noche particularmente fría. Y es que, mi señor, ha visto la muerte, y sabe que verla, contra todo pronostico, lo ha llenado de vida. Así como oye, señor, la muerte estuvo rondando su puerta, esperando que lo dejen entrar, pero él, tan listo y poderoso como sabe ser, no lo permitió. Se aferró a la pequeña luz que llameaba en la habitación. Recuperó, entonces, las energías y ahora danza al compás de la música, al ritmo del amor y la ilusión, desinteresado de las artes oscuras y cauteloso con el veneno de los enemigos. 

Y danza y vive y llora y goza y se sostiene, y no hay dolor ni sufrimiento. Es un dios, ahora, y solo tiene veinte años.

Y mis veinte años no dolerán más, señores. No dolerá porque he decidido solo escribir, he decidido disfrutar con lo que hago y gozar con el placer de mis versos de amor y de odio, embriagado de mi, de ella, de mis novelas, de mis cuentos, de mis libros, de todo lo que ustedes comprenden y no pueden si quiera mencionar.

Es mi cumpleaños y por serlo no quise regalarme un post con esencia sino con nostalgia, con alegría.

Y seguiré danzando al ritmo de mis propias canciones, pensando en el siguiente paso, en el siguiente relato, en el siguiente pecado. Y pensaré mientras escribo, mientras disfruto este último sorbo de ron y decido ir en pos de todo, todo, absolutamente todo.

Esperen conmigo.

La gloria es el siguiente paso.

El escritor se salvó de morir ¿acaso algo puede detenerlo ahora?
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