lunes, diciembre 20, 2010

Estas ahí, señor...


A Alberto López, con la esperanza que, algún día, tarde o noche, lea estas líneas.



Mi camino siempre estuvo marcado. Desde que recuerdo, escribo. Desde que recuerdo, también, admiro su sentido del humor ácido, agudo, a veces fuera de lugar y otras hasta petulante y mal intencionado, pues son habilidades que reconozco en la mayoría de personajes que nacen de algún lugar apartado en mi cabeza y que siguen existiendo gracias a la terquedad que heredé de él, a ese carajo y puta madre que me enseñó a decir para darme valor cuando algo mal me salía. A menudo escribo poemas. A menudo, también, se los leo en voz alta a mamá para que, desde su rincón, control remoto en ristre, pueda escuchar cuanto he mejorado y cuanto deseo hacerle sentir orgulloso por andar el camino que no quiso para mi pero sé, sin embargo, admira por la insistencia con la que lo recorro. Porque, debes saber, Betito, lo terco hasta los cojones lo heredé de ti.

Cuando niño escuchaba a veces afirmar a mamá, furiosa, arrojando espuma por la boca, que no servía para nada. Yo no le creía. Era bueno para hacerme reír, para subirme a sus hombros y llevarme al colegio, para tener mis zapatos bien lustrados y el desayuno servido puntualmente, para divertir en las fiestas familiares, para hacer de las pequeñas cosas un motivo para ser feliz. Mamá no podía estar hablando enserio, pensaba.

Los años me obligaron a pensar que posiblemente mamá no estaba tan equivocada. Había cometido tantos errores en su vida que ahora era difícil verlo como el héroe que recordaba. Dejé los carros y los power ranger para dedicarme a los libros y a mis textos. Dejó de llamarme cada vez que la "U" estaba jugando -aquel 98, 99 y 2000 del tri-campeonato- pues encontraba negativas desde mi lado. Él amaba los deportes y las fiestas y yo los libros y las conversaciones de historia, literatura y política. Él amaba el ron y yo los cigarros a la luz de la luna. Él me contaba sus aventuras y yo me escandalizaba por ellas. Él buscaba mi amistad y yo creía que ser amigo de alguien tan distinto a uno solo era posible en la literatura o en las telenovelas que mamá veía. Él me esperaba despierto y yo le gritaba por molestarme al verme llegar. Él me amaba en secreto y yo solo pensaba en la soledad. Él no esperaba un gesto y yo no quería ni podía dárselo. Él no era perfecto y yo esperaba más. Él era él y yo quien sabe quien. Él es papá y yo el hijo que nadie quiere tener.

Él un hombre alegre, educado, bailarín apasionado e hincha hasta los huesos de Universitario de Deportes -La "U", como le decimos por aquí-. Un hombre que vivió no como le dictaba la razón sino los pies, el hígado y el corazón. Un hombre, aunque equivocado en sus acciones, de vehemencia tan grande a la hora de ir en busca de lo que quiere que hasta asusta, sorprende y admira. Un hombre tan buen mozo, como dice mamá, que es difícil pensar en él en buenos términos, con buenas intenciones, con buenos ojos. Un hombre que solo quiere ser hombre y que nada que ver con los raritos esos que pululan por ahí sin el menor respeto a la belleza natural. Un hombre que nunca dudó en afirmar que escribir es para los que tienen dinero y para Mario Vargas Llosa y que como pasatiempo bacán pero para sobrevivir es mejor pensar en otro oficio mejor remunerado. Un hombre que no sabe si escribo bien, mal o peor, pero que, aunque no lo afirme, escucha siempre las historias que cuento en reuniones y sueña como sueño con ellas y llora como lloro y grita como grito y salta como salto y ama como amo y es feliz cuando yo lo soy. Un hombre como ningún hombre que he conocido. Un hombre al que amo a pesar de nuestras diferencias, de nuestras eternas peleas. Un hombre que supo perdonarme cuando perdí el tiempo alejándome de él y que ahora no solo es mi padre sino mi amigo, mi compañero, mi confidente. Un hombre que hoy atraviesa la etapa más difícil de su vida pero que la lucha como todo hombre debe lucharla: hasta las últimas consecuencias.

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