miércoles, diciembre 01, 2010

El loco nunca muere (I)





El loco ya no está loco o, por lo menos, ya no quiere ser tan loco. El loco se cansó de hacerse el loco y que en la calle le griten loco y que por loco la gente no le tome en serio y digan que es otra de sus locuras y que por eso no se le debe hacer caso y solo seguirle la corriente -puede ser peligroso contradecirlo, amigo, amiga-. Por todo esto -y porque su chica le dijo que ya está bueno, deja de hacerte el loco y ponte los pantalones de una buena vez, caray- ahora camina por la calle como una persona cuerda, como un hombre común y corriente que va a su trabajo -común y corriente también con un sueldo tan común y corriente que da ganas de llorar-, se baña a diario, come sano, fuma dos o tres cigarritos a la semana y lee solamente de nueve a diez de la noche. El loco escribe a menudo su blog, lee blogs de otros y comenta como cualquier persona cuerda, en sus cinco sentidos, dueño de su conciencia y todo lo demás. Todo hace suponer, entonces, que el loco ya no está loco y que ahora vive una vida normal.

Así como todo en la vida, pasar de ser loco a cuerdo no es un proceso fácil, practico y rápido, es en realidad una lucha constante que incluso lleva años de esfuerzo y dedicación. Sin embargo, este post no narra las tribulaciones que causa ese salto sino, por el contrario, el resultado del mismo y las consecuencias que lo llevaron al loco a querer ser cuerdo o, por lo menos, en la medida de lo posible, menos loco de lo que fue antaño.

Acostumbraba a soñar despierto de lunes a domingo -menos martes- antes de las ocho de la noche -hora de su telenovela-, horario que robaba con descaro de su trabajo. Sus sueños no eran muy diferentes -volar, correr, amar, odiar, cantar, escribir...-, sus acciones solo demostraba que estaba loco pero sin malas intenciones, que era medio cabrón pero uno del carajo, que lloraba solo cuando los astros le eran favorables o cuando su horóscopo en su diario favorito así lo exigía pero nunca delante de extraños. Perseguía metas, amaba con locura perruna, odiaba en igual intensidad. Leía hasta altas horas de la noche. Reía sin motivo y cantaba en voz alta cuando iba a la bodega. Era un loco feliz. Era un loco que sabia que estaba loco y que por eso era importante e interesante y que el triunfo le seria dado con facilidad por ese mismo motivo.

El loco estaba equivocado.

El loco se levantó una mañana, luego de soñar con su librería-café llamada "La Torre del Alfil", dándose cuenta que estaba sacrificando muchas cosas importantes por llevar su vida de esa manera, que todo dependía de cuan fuerte sea la idea, que tal vez las personas no leen tanto o no leen simplemente y que el fracaso no solo lo llevaría a él a la ruina total sino también a otros con igual o más importancia. El loco, de súbito, recupera la cordura por unos instantes, corre a llamar por teléfono: cambio de planes, no va la librería. "La Torre del Alfil" desaparece de su visión al igual que su sueño de leer todo el día y de ser feliz viendo a otros leer y de ganar mucho dinero con eso y hacer feliz a sus seres queridos. El loco se reduce a ya no ser loco por dinero y responsabilidad, por tener la convicción que vive en un país de mierda que solo quiere bailar y tomar cervezas, por tener tanto en juego y no las agallas, los pantalones, de sacar adelante sus locas ideas. El loco se reduce a vivir como una persona normal, a salir adelante como un hombre común y corriente y a dejar sus escritos aunque sus escritos no lo quieran dejar a él.

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