martes, septiembre 23, 2014

Una noche más



Antes de salir de casa procuró llevar consigo la cajetilla de cigarros con sabor a canela que le había prometido a Isabel. Había dado su palabra de caballero, por lo que pasar por alto ese detalle hubiera significado una vergüenza imperdonable. Y por más que Isabel, con esa sonrisita picara y tierna con que suele recibir a los lujosos caballeros que van a escucharla cantar en ese pequeño bar en Barranco, le hubiera perdonado su distracción, y hasta uno o dos besos fugaces le habría regalado con tal de no hacerlo sentir culpable y estúpido, él, que se había jurado en secreto cumplir a cabalidad cada capricho o mandato de la señorita, no se lo hubiera perdonado nunca.

Una vez afuera, cruzó el largo parque de su casa para llegar a la próxima avenida. Tomó el primer taxi que encontró y le pagó sin chistar el abuso económico que el chofer exigía por atravesar la ciudad hasta el bar. Eran medidas que él había previsto mucho tiempo atrás, cuando, caminando en busca de un lugar cómodo dónde tomar una cerveza y escuchar un poco de música, decidió ir lo más lejos de su casa posible, y encontró en aquel lugar la figura poderosa e impactante de una mujer con falda roja y saco negro que traducía en canciones emociones tan íntimas y cercanas que uno no podía hacer más que someterse a las historias que ahí se narraban. Ningún costo entonces era alto o impensable con tal de tenerla cerca la hora y media que duraba el show porque Isabel representaba algo más intenso y poderoso que una simple figura, algo más duradero y estético que la propia estética; era ella algo más que una canción o una cerveza, más que una conversación y miradas cómplices de amantes fugaces. Era ella todo lo que la magia oculta tras un velo negro. Era ella aquel acto secreto de volver material y real lo inimaginable, lo imposible y lo cósmico. Isabel, y sé que me estoy quedando muy corto con la narración, era la belleza traducida en voz, ojos y labios. 

Las piernas del hombre se movían impacientes en el asiento del copiloto mientras veía cómo las avenidas y plazas se iban quedando atrás. Su deseo por llegar y hablar con Isabel, los pocos minutos que ella le permitiera, lo mantenía en pie. 


Miraba el reloj y cogía con la otra mano la cajetilla de cigarros que guardaba en el bolsillo interno del saco, cerciorándose que continuara ahí, que no se le escape como tantas otras cosas antes en su vida. 

Luego de estar seguro que todo estaba en orden, volvía a la realidad perturbadora, ajena y lejana de la nostalgia. Volvía a los recuerdos de Isabel, a esa noche de lunes donde una copa de Cuba Libre le dio el valor para acercarse a preguntarle su nombre. Volvía a verla referirse a sí misma en tercera persona y recibirlo no con sorpresa o apatía sino con familiaridad y buena gana. Volvía a los recuerdos donde ella le pedía esperarla unos minutos porque debía coordinar algo con el dueño del bar, que luego podrían conversar un poco. Volvía a verla sentada frente a él, riéndose de sus chistes sobre libros antiguos y poetas muertos, sobre hombres solitarios y canciones dulces como las que ella canta y recita y enamorada todas esas noches de lunes en que él va a verla. Volvía, entonces, al instante en donde ella le aceptaba salir a caminar, a ver el mar en el malecón de Sáenz Peña. Volvía, sin más, a sus labios rojos pronunciando palabras que no vienen al caso pero que él amaba en secreto y que lo hicieron sentir tan completo y libre que tratar de mencionar más sobre esas emociones no le harían justicia a lo que vivió aquel momento. 

Nada estuvo dicho, sin embargo, pues cuando la poesía y la belleza se unen a los latidos furiosos de dos semejantes solo se puede traducir en pasión y lascivia. Por eso, él, ya borracho, y ella, ya embriagada por el cántico del hombre solitario, tomaron un taxi que los llevó hasta un pequeño cuarto en Pueblo Libre. Compraron en el camino una botella de pisco y una de Tampico, se aseguraron que los cigarros no faltaran y subieron a la habitación del tercer piso. La charla que siguió en aquella cama, envuelta en frazada roja, le abrió paso a los primeros besos en el cuello del otro, a las primeras caricias y besos fuertes y dulces e intensos; a los roces de sus sexos encontrándose por primera vez, a la primera muestra de pechos al viento y piernas enredadas, a los gemidos sonoros y a la cópula ya imaginada, ya soñada, ya pensada y tal vez ya conversada. Ese lunes ella no fue de él sino él fue de ella.

El bar se encontraba cerca y el hombre buscó dentro de su billetera la cantidad de billetes y monedas necesarias para pagar la carrera. Le pidió al chofer que lo dejara en la esquina  pues deseaba fumar un cigarro, para darse valor, antes de hablar de nuevo con Isabel. 

Una vez en el sitio y el arreglo pactado había quedado ya consumido, el hombre bajó del vehículo, prendió uno de los cigarro con sabor a canela que a él no le gustaba pero que Isabel deseaba probar con afán. 

Dio un paso y otro, y revivió una vez más el martes en que la fue a buscar de nuevo. Ella estaba ahí, cantando, con esa falda roja y esos labios grandes, con esa mirada que parecía querer estallar en lágrimas, en fuego; en todo eso que él deseaba ver de cerca una noche más. 

Al terminar la hora y media del show, el hombre fue a saludarla pero otro más joven y vigoroso que él adelantó el paso y se la llevó del brazo al rincón más apartado.  

Desde aquel lugar, el hombre vio cómo Isabel se prendía de su cuello y su pecho, cómo salía después del bar con él de la mano y cómo se perdía en la distancia. 

Sin poder entender, el hombre regresó al día siguiente para hablar con ella y preguntarle por qué, pero no tuvo respuesta o tal vez no la buscó, solo se quedó mirándola y mirándola, distraída, distante. 

Se juró nunca más regresar a verla, pero el lunes que le siguió no pudo más y corrió hasta el bar, esperó que las personas terminaran de aplaudir y que ella se alejara del escenario y fue a su encuentro. Isabel, extrañada, le devolvió una sonrisa en respuesta a las replicas que él le daba. 

Tal vez para ella él era como un novio celoso que había que calmar con besos y promesas.

Esa noche de lunes, el hombre la tuvo de nuevo entre sus brazos y piernas, y, martes ya, otro hombre ocupó su lugar en sus narices. Fueron entonces los lunes los días en que él iba a escucharla cantar para llevársela consigo. Eran los lunes entonces los días benditos donde su amante incandescente le regalaría una o dos horas más de lo necesario. Eran los lunes sus días, y los martes y los miércoles de otros afortunados, de otros seres enamorados de la chica. Era así y esto él no lo cambiaría por nada.

Cuando el cigarro se terminó por fin, el hombre cruzó el portal de la entrada y le pidió al mozo lo mismo de siempre: Cuba Libre. Miró al escenario y aplaudió fuertemente la salida de su amante. Isabel lo recibió con una mirada cómplice como diciéndole ‘una noche más’.    
         
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