lunes, septiembre 07, 2009

Esperaba el final con el mismo temor que en el comienzo. Las manos en los bolsillos, la mirada perdida, los labios resecos, y el estomago lleno de hamburguesas y papas fritas, cortesía de la anciana desdentada, que, pueden creerlo, le había jurado y rejurado que su hija -o hijastra o sobrina o entenada o lo que fuera- lo amaba tanto que seria capaz de todo por él. La vieja está más loca que una cabra, piensa, si es cree que me tirare a su hija solo porque tiene esa loca idea de tener nietos blancos. Qué mierda, le dijo una vez la señora, que sean pobres pero blanquitos, hijito, como tú, con ojos color cielo y labios rosaditos y chiquitos. Se vio obligado, es noche, a acompañarla a su fiesta de cumpleaños, bajo la promesa que comería todas las hamburguesas que sea capaz de aguantar. Entonces, comió y comió y bebió cerveza y bailó con la vieja -mi hijo, mi yerno, miren lo lindo que es, y rosado, como su familia- y luego con la loca de su hija, que acababa de cumplir treinta años y cuarenta de peso. Oh, dios, pensaba, pero qué flaca y fea. Podría soportar que sea fea o flaca, cualquiera de los dos pero por separado. Empero, ella era ambas cosas y muchas otras. Andaba siempre con el mismo vestido rojo enterizo con flores, verbigracia, y el pelo largo y rizado; la mirada fija y los labios gruesos. Le gustaban las morenas y le gustaría aquella, quizás, si no tuviera una madre llena de halagos para con él y con su color de piel. La tía estaba obsesionada y él cansado de escucharla, aunque, se consolaba, cocinaba unas hamburguesas de madre y señor mío. Lo juro por dios, caramba.


En fin. Íbamos en que esperaba el final de ese día caluroso con el mismo miedo que el comienzo de aquel. Se había levantado por la mañana sintiendo un extraño sabor en los labios y con el estomago revuelto por las locuras que se comete en pos de una buena comida. La vieja desdentada le había invitado a cenar a su casa en El Agustino, y mi hija, joven, esta muy entusiasmada con su llegada. Esperó que la mujer terminara de hablar para negarse bajo cualquier pretexto. Sin embargo, ella fue más lista diciéndole que comería, para variar, todos los platos que desease si aceptaba su invitación. La señora cambió de posición el trozo de carne y lo sirvió dentro de un pan que, a continuación, le echó mayonesa, mostaza, y le dio a un cliente. Llevaba quince años, según contó, vendiendo pan con hamburguesas y salchipapas en esa esquina de la avenida Wilson y Paseo Colon, siempre a la misma hora y con el mismo carrito sanguchero. Había heredado de su madre la sazón y las ganas de trabajar, pero sus hijas, en cambio, le resultaron ser una vagas de lo peor que esperaban tener un marido millonario para que las manténgase hasta el final de sus días, hijo, puedes creerlo. Ergo, ella se vio obligada a salir todas las tardes a llevar el pan de cada día, cada día de sus vidas. Su esposo fue un militar asesinado por los terroristas en Ayacucho cuando tenía treinta años. Ella debía arreglárselas porque al gobierno le importan un pepino las personas como nosotros, pobres e ignorantes, y no se volvió a casar ya que con los hombres nunca se sabe si resultan buenos o malos, no como tu, hijo, que eres tan bonito y educado. Gracias, señora. Llevaba, entonces, veinte años sin tener nada de nada, joven, y vaya a disculpar usted mi sinceridad pero la verdad es la verdad, o no, pero eso ya no importa porque estoy vieja y huelo a sobaco y esas cosas de ancianas. El hombre no entendía por qué demonios la tía desdentada le contaba su vida si él solo había llegado a devorar una de sus famosas hamburguesas de carne y huevo frito. Si él trabajaba, a penas, llevando documentos y recibos a diferentes oficinas, con una vieja moto que se la alquilaba al compadre de su hermano, el gordo Martín. En fin, las cosas que pasan, digo yo.

-Lo espero por la casa, entonces.

-A las ocho salgo del trabajo.

-Vaya con su moto, a mi niña le encantaría pasear un ratito en moto. Ay, dios, si esa hija mía es una loca que le gusta el riesgo, un día me va a matar de un infarto, se lo digo, y ahí quiero ver qué hará con su vida.

-Lo intentare.

-Lo espero por casa.

Se trepó en la moto, la prendió, y esperó se caliente por unos segundos el viejo motor y, luego de tratar de no mirar el guiño del ojo de la vieja, se fue. Iría porque deseaba ahorrarse unos soles para comprarse su propia moto. Y, además, la paga del alquiler del cuarto sería en breve y no podía darse el lujo de comer en la calle, y comer pan con nada un día más, me volverá anoréxico o lo que sea que fuera, carijo. Esperaría la noche para ir por toda la avenida México y luego Riva Agüero hasta el ovalo y a la casa de la vieja. Conocía la casa ya que había asistido en diferentes oportunidades a distintas fiestas o reuniones o cenas en ese lugar. Su familia lo trataba bien y sus hijas vivían prendidas de su cuello. Los amigos eran educados y las señoras mayores lo obligaban a bailar y comer y tomar toda la noche. Era muy diferente a lo acostumbrado en su infancia, lleno de lujos y comodidades. Era un niño bastante normal y nadie obedecía sus caprichos. Tenia ojos celestes y medía metro ochenta o un poco más, siempre vestía bien -o lo intentaba de acuerdo a sus posibilidades- y su pelo era castaño como lo era el de su padre. Cuando llego su ruina, a los veinte años, a causa de la muerte de éste y la huida de su madre al extranjero, tuvo que dedicarse a trabajar de lo que fuera pues sus hermanos y hermanas le dieron la espalda por considerarlo el más vago -y feo- de todos. No tienes futuro, le dijo el mayor. Sabia que si papá estuviera vivo lo ayudaría, sin embargo, había muerto en manos de los militares a causa del terrorismo, solo que, a diferencia del esposo de la vieja, él había estado involucrado directamente. Su madre se vio obligada a ir a estados unidos y nunca más se supo de ella. El dinero lo heredó el mayor. Solo Alberto, el último, lo ayudó consiguiéndole un cuarto en el Rimac y haciendo que su compadre le alquilase una moto vieja, de sus años en el comunismo. Así vivía, con treinta y cinco años: soltero, en un cuarto, de repartidor, y la cara y los modales de un hijo bien que, por azar del destino, terminó en medio de la miseria. Nunca le contaría todo esto a la vieja porque entonces la señora dejaría de fiarle hamburguesas y él terminaría muriéndose de hambre en un rincón. Le dijo soy huérfano y no tengo hermanos, cosa que la señora nunca creyó y se empecinaba en creer que era heredero de una gran fortuna y tenía hermanos igual de bellos que él, los mismos que, estaba convencida, terminarían casándose con sus hijitas, tan bonitas, tan delgadas, tan listas ellas.


La noche se hizo y asistió, como lo prometió, a casa de la vieja. La flaca y fea lo esperaba en la puerta. Estaban algunos primos y tíos. Pusieron música y comieron anticuchos y arroz con pollo y papa a la huancaína. Bailaron por unos minutos hasta que la hija mayor -si, la misma con la que lo querían casar al pobre- sugirió asistir a un bar. Hubo entonces bulla, discusiones sobre lo mejor era quedarse en casa a compartir con el invitado, y, seguro él quiere ir a divertirse a otra parte. Había un concierto de cumbia en un local en la Victoria, todo el barrio asistiría y seria la mejor oportunidad para hacerlo conocer de manera oficial, si, de todas formas, se llegaría a casar con la pequeña Flor. Disculpa a Hermelinda, dijo la vieja, hijo, es una aventada y mal educada que no respeta, carajo. No se preocupe, de todas formas, no creo poder ir. Esta usted seguro. Si, señora, mañana debo trabajar. Ay, que malo, exclama la hija mayor y sube las escaleras, se escuchó desde la sala como azotó la puerta. Me voy, se despide. Un segundo, hijo, intervino la vieja, quédate un minuto para hablar con nosotros. La plática no se prolongó más de diez minutos por la llegada de la hija mayor, embutida con un blue jeans rasgados y un TOP color turquesa, iba, además, con una bincha en el pelo decorado con estrellas que brillaban como si fueran verdaderas. La familia en pleno se levantó para calentar motores, con vaso en mano, y asistir al concierto. Un segundo, dijo, necesito ir al baño. Abrió la puerta, su bragueta, se miró en el espejo, y pensó: si no me voy de este manicomio terminaré peor que ellos. Salió del baño del manicomio y, sorprendido, vio que todos se habían ido, excepto la vieja y la mitad de una caja de cervezas. No les hagas caso, todos los sábados es lo mismo, dijo la mujer, siempre se van a su fiestitas de cholos y negros. Usted es negra, piensa pero no lo dice por miedo a su reacción. Ya sé lo que piensas, continuó la mujer, que yo también soy negra. Mírame, papito, soy mulata y no negra, negro era el padre de mis hijas. Entiendo. No me digas que entiende porque no lo creo, señor; ahora, no me haga enojar, siéntese conmigo y tómese un trago a su salud. Obedeció y tragó el licor procurando no mostrar el asco al líquido. La señora le sirvió otro y volvió a brindar, luego un cigarrillo y a continuación pregunta sobre su vida; le dice, después, es el mejor partido para su hija porque lo considera un hombre trabajador y de buena familia, aunque, y no me digas nada, quieras hacerme creer lo contrario.


-Siempre supe- dijo la mujer- que es así. Se te ve en tu carita de niño que has pasado por lujos, que tienes mundo. Mi niña seria muy afortunada en estar contigo. Deberías decirle tus sentimientos de una vez.


Ahora si se quemó la tía, piensa, dice que yo quiero algo con su hija, no solo es loca sino ciega, sorda, y lo único malo es que no es muda, maldita sea.


-Yo podría organizar una gran fiesta- continua la señora- serian felices, lo sé, hijo.


-Yo...


-No digas nada. Sé que mi hija se muere por tus ojitos, al igual que yo- confesó. Soltó un eructo y luego dijo- perdón, joven, la cerveza me da ganas de eructar. En fin. Como te iba diciendo, tus ojitos y tu pelo dorado, mis nietos saldrían bellos bellos, como la abuela, o como lo fue en sus épocas porque anda a saber que en mis tiempos daba la hora. Sino mire mis caderas, vamos, tóquelas, ajá, así, déjese llevar, hijo, que no muerdo. De joven eran más anchas y paraba el tráfico cuando las movía. Así conquisté a mi marido. Hicimos el amor en el cuarto de mis padres, lo recuerdo, y no me haga caritas que estás en edad para saber que es el sexo, y obvio yo era virgen. Luego fuimos al cuarto de mis hermanos y lo hicimos de nuevo. No había nadie en casa esa noche, fueron todos a una fiesta de un familiar. Mira que bien lo hacia. Uy, creo que el alcohol me hace hablar tonterías. Tú, hijo, eres virgen.


-Pues...


-Seguro que no. Cuantas mujeres no querrán tenerte. Lo supe el día en que te conocí, recuerdas, cuando no tenías ni un centavo y te morías de hambre, te fié, fuiste puntual a pagarme, y las viejas de los otros puestos te miraban como pan recién salido del horno. Si no se te lanzaron fue porque estaba yo ahí. Viejas putas. No tiran, sabes, me lo contaron, sus maridos prefieren tirar con otras que con ellas.


-Creo que ya es muy tarde.


-Si, si. Solo un vaso, ya se acaba. Como te decía, mi hija quiere contigo, y creo que es virgen. Carajo, debo dejar de hablar tantas ridiculeces. La cerveza siempre me hace decir lo que no quiero. Uy, tengo mucho calor, me sacare algo porque si no me muero.


-Ya me voy.


-Un segundo- lo detuvo con una mano en su pierna, le preguntó si hace ejercicios y luego subió más su mano. Estaba intranquilo, temeroso, la vieja desdentada iba por un rumbo extraño y eso le olía mal. Entonces ella se acercó hasta sus labios y cerró los ojos. Él, al tenerla tan cerca, se preguntó si gritar y correr seria la mejor opción, o echarle agua helada. La vieja se acercó más, sintió el olor a cerveza y cigarrillos. A la mierda. Inclinó su rostro y se encontró con los labios de una señora si dientes y con ansias de tenerlo esa noche, y quien sabe cuantas mas, en su cama.


-Ay, dios mío, qué hago. Usted podría ser mi hijo.


-Lo siento mucho, señora. Mejor me retiro.


Se puso de pie y caminó hasta la puerta. Estaba convencido que podría retirarse y pensar en donde encontrar otra vieja -con más dientes y sin hijas- que le pueda fiar para la mañana. La mujer no pronunció ninguna palabra hasta que escuchó abrir la puerta, volvió el rostro y le dio el alcance antes que aquel hombre con ojos celestes se le escape. Bordeó sus brazos en el cuello del joven. Quería luchar para huir, recuerda, debía hacerlo porque, de lo contrario, seria su fin. No quería tener sexo con ella. Sin embargo, ya la estaba besando y agarrando sus senos, su cuerpo, su pelo desordenado y rizado y negro; ya retrocedía hasta el sofá y recibía en sus piernas a aquella señora que le salvaba del hambre. Quizá por gratitud o afecto; tal vez porque necesitaba tener algo con alguien si no se volvería absolutamente loco -más que esa señora y su familia-, y porque ella cogia su entrepierna como nadie y buscaba con su boca con el esmero y dedicación que nadie -ni las mujeres en el burdel, ni sus primas en sus cuartos, ni las empleadas de sus padres-. Todo esto en suma significaba este momento. Por ello, se despojaba de su polera, del pantalón; y ahora de la señora, que con su lengua exploraba terrenos antes no explorados. Ella buscó su sexo, se puso de pie, y, ahogando un grito, dejo que el joven entre en ella hasta lo más profundo de su cuerpo. La mujer amaba el cuerpo del joven, sin darse cuenta que él perdía rápidamente el sentido a la ocasión. Entonces el joven olfateo los olores del cuerpo de aquella mujer, quiso evitarlo e irse. Movió la pelvis a una velocidad moderada con la intención de terminar de una vez por todas, mientras su pareja le pedía no se detenga, por favor, sigue así, ay, Jesús, así era como se sentía, dios, mátame de una vez, señor. La odió y por eso obedeció sus peticiones. No terminaba. Supo, en ese momento prolongado, que por más que su cuerpo le mande detenerse, permanecería aquella imagen toda su vida.


Se hizo con agua fría y bañó su cuerpo con insistencia. Olía a ella, a esa, y lo detestaba, y se detestaba. No sabía creer a lo que había llegado. No lo deseaba, además. Pero todo estaba hecho y ya era demasiado tarde. Su vida era un fracaso al igual que la noche anterior. Necesitaba bienestar y no lo encontraría sabiendo que, a pesar de haberle hecho el amor a la vieja, se casaría con una esquelética con cara de nomo y que, por un demonio, lo esperaba esa noche, como había quedado con la vieja bajo amenaza de muerte, para pedirle la mano. La señora le dijo se casaría o les diría a todos de su relación, él, luego de preguntar qué relación, supo que era cierto y terminaría muerto de lo contrario. Por eso esa mañana se hizo de pie temeroso y fue a trabajar. La tarde llegó de pronto, con llovizna. Necesitaba ser libre y no lo seria a menos que la vieja salga de su camino. Había tomado una decisión.

La mujer terminaba de guardar sus cosas temprano con la finalidad de ir a cocinarles a los novios. Movió el carrito y esperó se haga luz roja para cruzar. Seria un buen día y pronto tendría nietos blanquitos que no pasen lo mismo que ella. No vivirían sus miedos y el repudio de los adinerados de los patrones con caras rosadas y ojos verdes. No sufrirían porque serian bonitos y tendrían, por ende, dinero, mucho dinero, y eso le hacia feliz. Todo saldría bien. Si, estaba convencida que si.


La luz roja y la mujer cruzando con el carrito, el silbato de la policía y una moto que, sin saber de donde aparece, no respeta la señal de transito y, para colmo, se lleva consigo a la pobre mujer. Entonces las patrullas, el sonido del silbato, el joven a la fuga, la mujer ensangrentada en el asfalto. Los curiosos se paran en corro y dejan en medio a la victima. Está muerta, dicen, la mataron.

Sabe será arrestado en breve. Es consciente su vida llegó a su fin. Pero sería libre, al fin y al cabo, lo sería en el infierno, no cabía duda, o en el cielo, si es que dios llega a entender por qué la mató. Las sirenas a sus espaldas, otra luz roja que no hace caso y, a los segundos, los gritos de las personas que, sin entenderlo, ven como vuela una vieja moto con un hombre en ella producto de la embestida de un bus interprovincial.



Nota del autor: solo las calles y avenidas son parte de la realidad, lo demás, absolutamente todo, es ficción y espero sea entendido como tal. Un abrazo.
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