miércoles, septiembre 16, 2009

eFeCtOs SeCuNdArIoS


La situación es esta: Paola decide irse, de manera irrevocable, de su país, a cualquiera, se dice, al que sea que esté a dos o tres semanas en avión del suyo, si fuera posible. Lo preocupante seria permanecer en Perú, tan contaminado, tan hipócrita, tan tercermundista. No, ni hablar. Se iría al que sea de la forma que sea, aunque, en el camino, se vea en la necesidad de robar un banco o extorsionar a un empresario o asesinar al cardenal y llevarse consigo todo el oro que esconde, bajo siete u ocho llaves, en la catedral y las jugosas donaciones que dan los hijos de buen corazón en los diezmos. Bajo esa consigna conoce a L, ultimo de cuatro hijos de un prospero importador de artículos para bebes (coches, andadores, sillas de comer), en un bar Barranquino, donde Paola disfrutaba de su daiquiri mientras le pedía al barman y a los meceros, por lo que mas quieran, cambiaran de música y pusieran una que valga la pena, no lo sé, lo que sea menos cumbia y chicha, que asco. Se hizo de pie, luego de darle el último sorbo a su bebida, y caminó unos metros. Bailas, le preguntó un chico con mirada perdida y pelos parados que le hacían recordar a los puercoespines que vio en discovery channel. No, dijo. No sabes, puedo enseñarte, insistió. No, gracias, dio un paso al costado para irse, sin embargo, el de los pelos parados decidió que esa presa no se le iba pero ni cagando y le cogió del brazo para traerla hasta él. Lo que el tipo ignoraba era que Paola conocía de artes marciales, o al menos había terminado de ver las películas de Jackie Chan y Bruce Lee, por lo que le enseñó que no existe peor dolor del que se recibe en la entrepierna y, sobre todo, por una mujer como ella. Maldita sea, aulló el tipo, sobando sus genitales, llorando como niña. Adiós, se despidió, educadamente y cual señorita, Paola. Sin embargo, el tipo era de los que no se dan por vencidos y le dio el alcance para la revancha, la misma que fue impedida por L y un sequito de tres acompañantes, quienes habían observado la escena con detenimiento. Puedo defenderme sola, dijo Paola. Mientras el sequito de L se encargaba del tipo de los pelos parados, él le ofreció un trago para calmar los nervios. Tiene razón, pensó Paola, necesito un trago. Aceptó. L despidió a sus guardias y fue con ella al bar. Bebieron por unas horas. A Paola le llamó la atención la manera como su nuevo amigo gastaba en ella sin remordimientos, ella pedía y él, dale, quiero lo mismo, quería lo más caro y él, igual, por favor. Entonces comenzó a ignorar las gafas pasadas de moda de L, el peinado raya al medio, los labios resecos, y miró la ropa sport pero fina, con nombres en ingles y apellidos tan europeos, tan chic, tan a la moda, tan lindo él. L la acompañó a su departamento en Magdalena, y cuando ella le diría puedes entrar un segundo, te invitare la ultima copa, él le dio un beso en la mejilla y se despidió. Hey, dijo Paola, no me vas a pedir mi número, luego sintió calor en sus mejillas producto de la consciencia de sus palabras. Lo siento, dijo L, quería tanto pedirte tu número pero estaba convencido que no me lo darías. Tonto, le dijo. Si, era un tonto, definitivamente.

Salía con el tonto dos o tres veces por semana a cualquier lugar que ella se le antojara y a comer lo que ella quisiera y a la hora que quiera. Paola buscaba entre sus prendas las mejores y pedía a crédito distintas fragancias de perfumes y pendientes y lo que fuera que la haga más bella ante el partidazo que se había conseguido tras darle en los genitales a un idiota con pelos parados. Más tarde se enteró que era hijo de un gran empresario y, por ende, heredero de una futura corporación. Lo había encontrado. Con él se iría, si o si, de este mugroso país con olor a pescado y sobaco y sudor y esas cosas que el olfato rechaza pero no logra reconocer a ciencia cierta por tratarse de una combinación de muchas cosas apestosas. Le propondría ir a Paris o Berlín o Barcelona; si, Barcelona, tan español, tan europeo, tan de reyes y reinas. Se merecía una vida llena de lujos. Por algo, piensa, había pasado tantos años en la miseria y estudiado otros muchos en una universidad nacional una carrera que ni el más loco de los orates se atrevería a seguir, cosa que le había costado todos los ahorros a sus fallecidos padres y no le servia para absolutamente nada. Se vio, entonces, en la obligación de trabajar como anfitriona los fines de semana en una conocida tienda por departamento. La belleza estaba a su favor. Aun no cumplía veintiocho años y parecía, al menos, cuatro años menor, la edad de L. Se sabia atractiva y deseada por muchos. Ella prefería no acostarse con pobres. Con ricos, aunque sean feos, se decía. De todas formas, para estos momentos, eso ya no le haga falta: estaba L, su papi millonario y el futuro anillo de compromiso en sus delgados dedos blancos y untados con cremas. En fin. Se dio a la tarea de conquistarlo. Coqueteaba con L cada vez que lo veía y le insinuaba, con discreta ternura, que deseaba tener algo más con él. L, sin embargo, tan educado, no prestaba mucha atención a las indirectas de su amiga. Por eso, cuando rozo con su mano, porque ella iba a recibir la bebida y él quiso adelantarse, le pidió que lo disculpara, que no fue su intención faltarle el respeto, por favor, créeme. No seas tonto, le dice; no seas imbecil, piensa Paola, y sigue nomás que en breve partimos a Roma. Una de esas tardes Paola se aventuró a preguntarle si le gustaba alguien. L le confesó que si, pero que no tenia mucho tiempo porque estaba muy metido en los negocios familiares, entiendes. Entiendo, dijo Paola, debe ser difícil ser hijo de un importante empresario. Lo es, para ser sinceros. Y debes tener una casa muy bonita. Cierto, es muy bella, la decoró mamá, y, claro, con ayuda de una profesional, porque mamá tiene buenas ideas pero no sabe transmitirlas para que la gente la entienda. Lo comprendo, dice Paola. Seria bonito conocerla, sugiere Paola, al final. Iban por el mirador y el viento atacaba con fuerza a los amigos, Paola se abrazó con sus manos y le dijo que tenía frío. L quiso prestarle su chaqueta. No, no gracias. Si quieres...no se...balbuceó L. Qué cosa. Si quieres... podemos irnos a otra parte. Tonto, estoy bien aquí. Como gustes, dice L, de todas formas no me gusta verte temblar. Soluciónalo, dice Paola. Puedo abrazarte, se ruborizó L y quiso disculparse pero Paola ya estaba junto a su pecho y él rodeándola con sus brazos. Estuvieron varios minutos mirando el mar. Me gustas, se aventuró Paola. Pao, no sé qué decir. No digas nada si no quieres. Es que tu también, creo, me gustas un poco o, no lo sé, mucho, supongo, no lo entiendo del todo. Paola, para evitar que su interlocutor siga diciendo tantas tonterías, le dio un beso en los labios. No besaba del todo mal, recuerda ahora Paola, lo hacia, en realidad, bastante bien, y su aliento era dulce y fresco.


Recuerda sus besos en la oscuridad del departamento en Magdalena, y las veces que hacían el amor en donde les fuera posible. Recuerda que deseaba irse de su país a cualquier precio y que L había sido una buena promesa para ello. Tiene mucho dinero, recuerda, tanto que puede llevarme a la luna si se lo pidiera. Recuerda los paseos a la playa en su convertible rojo y los almuerzos en la Rosa Náutica, junto al mar; piensa en los paseos de fines de mes y cuando él le decía que no podía verla porque tenía mucho trabajo, mi vida, tanto que viajaría a Nueva York esa misma noche. Paola quería decirle que la lleve, por favor, pero L le colgaba el teléfono y luego se iba una o dos o tres semanas, a su regreso hacían el amor en su departamento y ella le pedía, por favor, mi amorcito, llévame a conocer a tu familia, pero L le decía que no podía, que las cosas no iban del todo bien en casa y que esperaba el divorcio de sus padres. Le había creído porque empezaba a amarlo. No era tonta, eso es obvio, estaba convencida que él era casado. Qué mierda, se dijo, que sea padre o abuelo si le da la gana, pero que me saque de este país, por el amor de dios. Empero, L no entendía. No comprendía ella no era feliz en este lugar, en esta tierra que le había quitado todo lo que más amaba, que le cerraba las puertas a una vida digna, a una calidad que sabia merecía pero no lo lograba porque este país es así, carajo, y nunca va a cambiar. No quería comprender, y, mientras la penetraba, ella le preguntaba cuando se irían de viaje, amor, y él: pronto, chiquita, pronto, ahora muévete así y has azá y luego esto y ahora cambiemos a lo otro y si, pequeña, así me gusta, así te gusta ¿verdad? Lo sé, te gusta. Le gustaba solo si él era feliz con eso pues, después de todo, empezaba a amarlo. Amarlo. Amarlo como nadie más, amarlo en señal de gratitud, amarlo de la manera como él la amaba, de la misma forma como él sacrificaría todo para llevársela a otro país a estudiar y trabajar y tener un nombre -uno distinto, verdad, corazón, uno que no sea el que tengo, tan perucho, tan cholo, tan horrible- en un continente que no sepan que ella fue hija del pecado, de la lujuria, del placer de la carne y del buen sexo sin amor. De esa forma, sería dichosa, estaba convencida.


Recuerda: salía con él una tarde de verano rumbo a un restaurante en San Borja, hablaban de su futuro juntos. Pronto Paola no tendría que trabajar porque L se encargaría de todos sus gastos, le daría un nuevo y mejor departamento hasta que él pueda terminar sus negocios y viajar con ella a donde quisiera. Quería conocer, primero, Europa, luego Japón y China y Sudáfrica y todos esos países de todos los continentes menos América, sur América, quería ir a Israel y luego al Tibet, ya, si me llevarás ¿no? Claro, Pao. Para encontrarse con su alma y hallar la paz perdida, seria necesario visitar todos esos países. Hablaban mientras L manejaba y ella besaba su cuello en muestra de su gratitud. El celular de L: aló, estoy ocupado, ¿qué? No puede esperar; okey, quince minutos. Le dijo que tenía un problema, que papá estaba de viaje y por eso no podía ir a almorzar juntos. La dejó en San Isidro para que se comprara lo que quisiera y ya por la noche la llamaría. L se fue y dejó sola a Paola. Visitó tiendas y compró ropa con estilos modernos. Cuando se hizo la noche, buscó su celular y marcó a L: no contestaba; lo intentó de nuevo, nada. Seguro mucho trabajo. Una hora después: nada; quince minutos, no contestaba. Iría a buscarlo. Tenía el nombre gravado de la compañía en su memoria. L le había pedido mil veces que no lo hiciera porque hay muchas lenguas viperinas que buscan dañarlo delante de papá. No iría a preguntar por él, aunque le parecía tonto siendo el hijo del dueño, debe ser por la mujer que no quiere reconocer, no importa. Esperaría fuera o ya vería qué hacer. Tomó un taxi y esperó veinte minutos a que llegase a La Molina, en una zona exclusiva. Pagó y caminó unos metros a un pequeño parque, posó sus posaderas en un escaño y esperó, simplemente, a que pasara algo. Empezaba a aburrirse cuando el carro que conocía muy bien apareció de repente: L abrió presuroso su puerta y corrió a la trasera a abrirle la puerta a una mujer de aparentes cincuenta años, sería su madre, piensa Paola. La acompañó hasta la entrada y L se quedó fuera, esperando. Entonces Paola, en un arranque de locura, corrió a darle la sorpresa a su novio. L, sorprendido, la besó y le dijo que se fuera, por favor, que pronto saldrían su madre porque tenían una reunión. Paola se iba, sin embargo, la mujer, tan elegante y refinada, salió y le dijo: Marcial, ahora puedes llevarme a casa.


Le hacia el amor en su cuarto porque estaba completamente enamorada de Marcial - o L- y porque él había sido tan valiente, como idiota, de gastarse su gratificación por fiestas en ella, y por pedirle a sus compañeros de trabajo lo ayudasen con su broma. Le hacia el amor porque Paola era buena y porque necesitaba amarlo para no terminar matándolo. Lo llevaba a su departamento en Magdalena porque él vivía en un cuarto en El Agustino y tenia vergüenza de que ella lo conozca. No lo odiaba pues Marcial -o L- había encarado a su jefa y le había pedido disculpas por los gritos de Paola y las bofetadas que le daba mientras le decía que era un mentiroso, y esperaba su pronta muerte, y luego buscaba sus zapatos, una piedra, por un demonio, un objeto punzo cortante. Por eso, entre otras cosas, le hacia el amor esa noche de otoño en su departamento. Por eso, también, miraba como Marcial dormía placidamente, luego de confesarle, ya por fin, que, efectivamente, era casado y tenía un niño de tres años. Amaba su sinceridad, la manera como duerme y como pronuncia el nombre de Paola entre sueños. Lo amaba tanto que tuvo que tocarse el corazón, caminar a la cocina, agarrar un cuchillo, posar la punta de la navaja sobre su pecho. Entonces cerró sus ojos. Lloraba. Lloraba porque no quería hacerlo, pero debía. Lloraba porque no había pensado en los efectos secundarios. Lloraba porque era una cobarde que no deseaba las promesas de un hombre pobre. El mismo hombre pobre que alguna vez fue rico ante sus ojos y la engreía con gestos, gestos que después él pagaba en diez cómodas cuotas, y porque no conseguiría nada juntos. Apretó con ambas manos el cuchillo y se sentó sobre el vientre de Marcial, quien abrió lentamente los ojos y se encontró, sorprendido, los ojos inyectados con sangre de una mujer blanca, de sonrisa dulce y peinado angelical.


Paola sostenía ambas manos sobre el muro del malecón, miraba el mar, y pensaba que además de cobarde era hipócrita. Deseaba no haberle pedido disculpas luego de su intento de homicidio. Le dijo que se fuera de su vida para siempre, si es que quiere seguir viviendo. Al día siguiente Paola buscó otro departamento en otro distrito de la capital. Encontró un trabajo de tiempo completo e inició una cuenta de ahorros. Se juró nunca más volver a ver a L -o Marcial-. Si todo estaba solucionado por qué lloraba. Sollozaba frente a las poderosas aguas Miraflorinas. Sollozaba sin tener ánimos de detenerse. Ese es su vida: llorar por nada.

-Se encuentra bien- preguntó un hombre, con un terno de diseñador negro y cabello castaño.

-No.

-Puedo ayudarla en algo.

Paola volvió el rostro un poco más: el hombre había dejado la puerta de su carro abierta, era un mercedes-benz rojo. Entonces dejó de llorar. Lo hizo porque quería irse de este país, como fuera, como sea, aunque, en el camino, tenga que robarle el auto a este pobre -¿pobre?- hombre. De todas formas, piensa, nunca es tarde para empezar de nuevo.
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