viernes, septiembre 11, 2009

El escritor y la rosa

El escritor.



Escribo una novela, todas las noches, que consume mi aire, me ahoga, y deja atrás todo sentido de cordura para hacerme formar parte de una serie de eventos desafortunados en un ambiente hostil y cargado de odios, miedos, resentimientos, penas. Escribo esa novela con la firme convicción que me deje tranquilo, salga de mi mente de una vez por todas, por el amor de dios, y me permita concentrarme en mi blog o en mi trabajo o en Nyu o en cualquier otra cosa que valga en realidad la pena. Esa novela, sin embargo, se coge con uñas y dientes y avanza, simplemente, sin consultarme si me está gustando o me está doliendo o me está hartando. Sé, vale mencionar, no puedo pararme de este asiento hasta terminarla, y una vez le ponga punto final podré seguir con mi vida y con mis proyectos -en caso exista uno después de todo este tiempo-. Ser libre, como los patéticos personajes de mis historias, teniendo en cuenta que, por más que lo desee, termina siendo una quimera, una alucinación, un deseo jamás cumplido, un amor platónico que solo se agrava si se tiene en cuanta que el ser amado murió muchos años antes de que nazcas. Eso es. Eso soy: un pobre tipo que escribe impulsado por quien sabe qué una novela sin futuro, sin nada más que la firme promesa de ser leído por el diablo y sus seguidores, pues, sabe muy bien el escritor, dios no seria capaz porque terminaría ruborizándolo.


El escritor -o sea, yo, y permítanme el descaro pero es hora de hablar de mi en tercera persona sino moriré con la vergüenza- sabe por más que siga escribiendo no podrá ser feliz pues su vida se a reducido a cumplir el capricho del destino. Mismo capricho que lo obliga a presentar en su blog, en algún momento, un fragmento de su novela. Y la terminara porque lastima su alma, luego, con la finalidad de satisfacer el deseo de sus padres y estudiar -pues tiene edad para hacerlo, diecinueve años- derecho o psicología o algo por estilo, será el hombre que todos esperan que sea. De esa forma, mamá y papá serán dichosos y lo verán ya no como la promesa de la familia que prefirió dedicar su vida a escribir novelitas con puro sexo y drogas y violencia y esas cosas que no están acorde con los principios básicos de una sociedad "pura", "inmaculada", dios lo salve, si no, por el contrario, como el hijo que sus hermanos y hermanas quisieran haber tenido y no pudieron porque no van a misa los domingos ni leen la palabra ni dedican su vida a nuestro señor Jesucristo. Amén, viejos.

El escritor, entonces, vive resignado.

Resignado a terminar con su novela decide amar intensamente a una rosa que su madre cuida, con cariño y esmero, todas las mañanas y que yace al lado de su computadora sobre un mueble que considera viejo y, por ende, listo para desechar en cualquier momento. Mira la rosa mientras digita una y otra vez reflexiones y apuntes para su novela. El protagonista las ve negras en ese momento, y se pregunta, el escritor, si la vida tiene que ser necesariamente contradictoria: él ama y Adal sufre, llora, golpea, se droga, corre, recuerda, sobrevive gracias a la nostalgia de una vida adinerada y el cariño que, alguna vez, le dio una mujer de su universidad, pero que, por cosas del destino, ya no lo ama pues está muerta. Muerta, como su madre, como su padre, como, seguramente, lo estará el hijo que espera su novia; los mismos, pobres ellos, que no tienen la culpa de pertenecer a un hombre lleno de bilis y rencores. El escritor no sabe aceptar que su personaje es él mismo en muchos aspectos. Puede reconocerse en algunas líneas, y las borra para volver a escribirlas; lo hace siempre y a cada momento. Entonces, en un arranque de cólera, cierra la página y se promete, a continuación, no continuarla. Sin embargo: el dolor de cabeza, la frustración, el sabor amargo en los labios, la mirada perdida producto de un largo día pensando en qué carajo pasará después de eso. Vuelve, asustado y resignado, una vez más, al ordenador.


Quiere terminarla pronto, y sabe eso no pasará pues, maldita sea, la tendrá lo poco que le queda de vida en la memoria, en las entrañas, en el alma.



-La Rosa.



La rosa se sabe bella y perfecta, aunque, por más que insista, quiera hacer creer lo contrario. Sin embargo, ignora si nació así o fue parte del paso de los años, de la vida, de las experiencias. No le gusta lastimar, pero piensa es inevitable en un mundo lleno de maldad y envidia. Y el escritor la comprende. Por eso, prefiere permanecer callado mientras ella lo mira y dice, con discreta ternura, no sabe nada de la vida y por qué y en qué momento la felicidad se le fue -y no volverá- de sus manos. Quizá esto no sea textual. De todas formas, termina correspondiendo a lo que entendió el escritor al escuchar a la rosa, con sus ojos almendrados, los gestos propios de quien se sabe linda, y el cabello largo y castaño. No son los únicos atributos que definen a la rosa, ni siquiera se encuentran cerca. El problema radica en que el escritor no sabe describirla de tal manera que le haga justicia a su belleza. Sabe la quiere, por supuesto, y que haberla tenido efímeramente a su lado significa demasiado, un privilegio de pocos -o nadie-, un placer otorgado a personas bendecidas por un dios que no es el que usted y yo conocemos; por uno que sabe que lo más importante no es amarlo a él sino a ella, a Nyu, a la rosa, pues ella vale mil veces más la pena, y porque entenderla resulta siendo lo mejor que podría pasarnos ya que nadie la conoce como quisieran esos pocos que la aman, los mismo que, sin saber cómo, fueron premiados con su compañía.



Esos pocos están divididos entre sus amigos más cercanos, por los que en algún momento lo fueron pero ella los recuerda con cariño, y el escritor. El escritor se da a la tarea de querer escucharla, aunque termine siendo él el que siempre hable. Lo hace porque necesita amarla para poder escribir. El escritor la ama porque ama escribir y porque tenerla a su lado le da la paz que no encuentra en ningún rincón, ni siquiera en la novela que lee todos los días en el autobús rumbo a su trabajo. Se podría pensar, entonces, ama la paz que haya en ella. Además, vale mencionar, la caricia de sus manos, la mirada fija, los labios suaves y tibios, el cabello perfumado, y, sobre todo, esa impotencia que siente por la necesidad de sentirse amada en realidad. Amada no como lo hace el escritor, pues él tiene un concepto diferente sobre el amor. Para él, el amor debe ser egoísta sino no es verdadero, seria un compromiso y nada más. Para la rosa, simplemente no existe, y si existiera habría que eliminarlo de la faz de la tierra. Por ese motivo, el escritor se empecina en no solo escribir pensando en ella, también escribir de ella, buscándole diferentes nombres y poniéndola en distintas situaciones, las mismas que no se atreve a publicar en su blog porque considera que solo ella puede elegir el futuro de los cuentos por ser parte vital de los mismos. De esa forma, ella seria dueña de él -porque sus cuentos son él, simplemente-, y a su completa disposición.


El escritor digita rápido y presuroso porque prometió publicar este post en la brevedad posible. Lo hizo en un impulso de locura. Y debe cumplir su promesa para demostrar que, al menos, tiene palabra ya que talento -aunque muchos lectores con buena fe digan lo contrario- no tiene. Sencillamente no nació talentoso. Escribe, como ya lo mencione, porque ama a la rosa con fuerzas que creía agotadas hacía mucho tiempo. Lee pues su vida no le ha dado ninguna satisfacción, y encuentra en los libros esa pasión y energía que no haya en su propia vida, ese valor que ni siquiera se atreve imaginar ni a agregárselos a sus personajes más vigorosos y temerarios. Se sabe mal escritor. Se reconoce como un ex adolescente que le dedicó interminables horas a sus cuentos con la finalidad de que, en algún momento, sean dignos de ser leídos. Cree jamás logro ese cometido. Asegura está inmensamente lejos de escribir medianamente bien y esto lo hace desdichado, triste, lo vuelve pusilánime. No gusta escribir reflexiones como otros por no sentirse dueño de una vida ejemplar, ni un pensamiento pulcro e inmaculado. No cuenta historias sobre el verdadero amor, porque el suyo es tormentoso y dificultoso. Porque, además, no cree posible que Nyu, la rosa, lo llegue a querer como él a ella, y si fuera el caso, tiembla de miedo ya que no podría darle lo que se merece. Es un hombre amargado a causa de la hediondez de su país, del lugar donde vive, de su casa, de las ganas interminables de sus padres por que sea abogado, del amor que sabe no merece por parte de Nyu. Si, nyu, la rosa, la belleza encarnada, el aire puro en medio de la contaminación limeña, lo mejor que vuela sobre lo peor y mira con pena por debajo de sus pies y no puede hacer nada pues levita por cuenta propia, por el impulso de sus alas, de su magia. Esa magia que ha hechizado al escritor. Ese escritor pusilánime que desea dejar de serlo para brindarle las comodidades propias de una reina. Esa reina que tiene por súbditos al mundo. Ese mundo que ignora cuan bella puede ser una rosa y cuanto puede inspirar en aquel hombre, en aquel escritor, en aquel chico, en ese... en ese...



*Un agradecimiento especial a Cinthya por tener la generosidad de compartir conmigo, y ustedes, esa maravillosa imagen. Un beso para ti y tu talento.
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