martes, octubre 13, 2009

El demonio

A Edith NIN.



-Apaga la luz.

-Está apagada.

-Por qué puedo verte, entonces.

-No cierras los ojos, no dejas de pensar, no quieres quedarte ciego. Tienes miedo.

-He cruzado la línea de la inmortalidad para ir a la vida, creyendo que los mejores placeres se encontraban en el lado al que estaba acostumbrado, al que me habían hecho pertenecer y al que me veía obligado obedecer eternamente, para luego visitar la muerte y caminar por sus senderos, helados y rocosos, sin miedo a permanecer de esa forma. No te atrevas a decir que tengo miedo, no sin antes escuchar todo lo que tengo por decir.

-Te escucho.

-Sé me que escuchas, por algo me pediste acercarme. Alguna vez fui ángel. De eso recuerdo muy poco, solo la maquina, el olor a sangre y gloria, los gritos jubilosos de mi padre al saberse triunfador, y las noches en el cielo, buscando demonios, arrebatándoles sus vidas. Quieres saber algo, anciano, la eternidad no existe, solo existen las circunstancias. No me mires de esa forma, que sé muy bien lo que estoy hablando, y conozco lo que piensas y estás equivocado al confiar que este asiento y esta casa será tuya siempre y nunca llegará nadie más a tratar de llevársela o compartirla, y cuando eso suceda será diferente a lo conocido y te darás cuenta que, aunque muerto, eterno es un suspiro, una caricia del tiempo, una gloria no obtenida.

-Estoy muy viejo para escuchar tus sermones, joven ángel, empieza con tu historia y dime de una buena vez cómo llegaste a este lugar.

-De la única forma como se puede llegar al infierno, señor: caminando, derecho y sin mirar atrás.

-Y su vida...

-Mi vida no fue vida porque mi padre no quiso darme ese honor. Mis días fueron monótonos, no de los tranquilos sino de los que se sufre por no tener opción a escapar, a buscar la diferencia y ser libre al menos efímeramente. No conocía la libertad. No la conocía ya que mi padre me enseñó a obedecer, y, al dejarme fuera de su seno, era claro que la belleza e inteligencia que alguna vez tuve me abandonaría, y siendo consciente de ello, y demonio como me reconocía papá, la muerte llegaría con el paso del tiempo. La luna se olvidó de mi también, señor, me dejó solo en este trance y se unió con ese creador que no puedo nombrar su nombre. Lloraba. Corría. Corría mientras lloraba y escapaba de los ángeles que me veían demonio y sabían que mi final se encontraba más cerca que lejos, y, una vez la luna de cómplice, la angustia aumentaba bajo ese techo y esa lluvia y esas personas que gritaban insultos y fumaban quien sabe qué cosas y fornicaban en las calles mientras señalaban mi rostro, ahora horrible por la falta de belleza, diciéndome débil, perro, escoria humana, haz algo por ti que nadie te hará el favor. Mi padre veía todo eso, lo sé, lo siento, y lo permitía porque intentaba enseñarme algo, no sé qué, mas yo no comprendía y seguía llorando bajo el agua helada, el frío. Entonces las calles se poblaban de jóvenes, que celebraban un festival o una fiesta, y besaban sus bocas y sus cuerpos y reían sonoramente, aplaudiendo alguna broma incomprensible o impronunciable, y se creían eternos, inmortales, capaces de todo, dueños del cielo, la tierra y el infierno. Y yo los miraba sin entenderlos, sin comprender el motivo de su alegría, y quería ponerme de pie para preguntárselos pero el miedo de nuevo, las ansias de vida, la consciencia de una muerte lenta y dolorosa. Sin embargo, el valor se hizo dueño de mis entrañas, me puse de pie y salí en busca de respuesta. Nunca llegó, señor, porque no me escuchaban ni prestaban atención, no existía para tantos, para cientos quizá, y nunca me sentí tan solo estando en medio de tantas personas.

-Cómo fue la muerte

-La muerte es solo un paso, es fácil y rápido. El dolor desaparece al instante y cuando abres los ojos estás en miedo de nada, luego la luz y el camino de regreso. Morir es volver a nacer. Iba por el sendero rumbo a ninguna parte, tal vez al infierno y a mi castigo por las maldades perpetradas. Mi recuerdo de la vida se iba con cada nuevo paso. Me recordé, de pronto, dueño de nuevo de las energías perdidas, fuerte a causa de las penas. Ya no estaba mi padre cerca, de ese lugar no podía verme ni elegir mi camino. Corrí, señor, a buscar algo, no recuerdo, tal vez fue a usted. Pero no había nada, ni personas ni torturas ni castigos. No había Lucifer ni demonios. No estaba el olor fétido de su aliento ni los gritos desesperados de los condenados, o los traidores a la causa divina, no había nada y por eso seguía corriendo y saltando y gritando porque papá estaba equivocado, porque el mundo vivía en un error que no quieren reconocer por el miedo a lo desconocido, sin embargo esto ya no era desconocido a mis ojos porque andaba por él y cantaba en él y era dueño de él, señor, de él y de mi y de la eternidad. Mi padre ya no era poderoso. Yo sería rey, entonces, yo le demostraría que un solo gobierno solo crea injusticias y maldades y por ende destruiría esa maldita maquina y a sus ángeles dueños de las vidas de los demonios y el cielo en pleno. Sería así, señor. Yo, amo y señor.

-No podrías hacerlo.

-Cállese. No intente contradecirme. No se da cuenta que solo estamos usted y yo, y yo soy el dueño porque conozco el lugar. Ahora entiendo que usted me esperaba por eso. Cuando llegué se encontraba sentado mirando el sol, y me llamó porque me vio confundido y me escuchaste porque sabes soy el único capaz de sacarte de tu monotonía. Siga mi camino, déjelo todo y venga conmigo.

-Tu camino está lleno de inseguridades.

-Es el único.

-Existen otros.

-Está conmigo o no. O es amigo o enemigo.

-Iré contigo.

-Seremos los dos, anciano señor.

-Y tu padre.

-Sabrá que blanco y negro es una falacia de su mente ignorante, y que los matices son posibles y somos prueba de ello.

-Y los ángeles.

-Mi honor acabara con sus ideales, anciano señor.



Continuara.
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