domingo, octubre 18, 2009

Memoria

A 'Nyu' , con la esperanza de que el último abrazo sea eterno.



La memoria de una princesa es frágil. No logra recordar si antes conoció el amor. No reconoce la felicidad entra la desdicha pues la costumbre se apoderó de aquellos pequeños momentos que la volvieron tan bella e importante como dicen es, y se hizo cargo, arbitrariamente, de borrar la razón de su sonrisa. Quiere evocar, en este instante poco adecuado, la vida antes de la muerte, de su muerte.


La vida es un minuto, una fugaz noche de libertad, una caricia en medio de la oscuridad y un beso temeroso a causa del tiempo. Hay que aferrarse a ello para soportar la muerte con dignidad, con el rostro arriba y la sonrisa impostada que se aprende con los años y las experiencias. La vida no lo es si no se decide vivirla y se deja a un lado la clandestinidad de las cortinas de ceda y el poema en clase de retórica. De esa forma lo entiende la princesa –o lo entendía-, por eso abrió su puerta y caminó, sigilosa, por el corredor hasta las escaleras posteriores y descendió por ellas a la entrada. Salió, mirando a diestra y siniestra, procurando causar el menor ruido posible, respirando a penas, por si las dudas, y siguió el por el jardín, donde ahora pasea sola, luego sendero abajo hasta que éste se bifurque, tomó la ruta al río y esperó.




Espera, entonces, la princesa, estando convencida que aun la vida no le ha sido concedida y por ello nunca llegará. Empero, la vida llega y le da un beso en los labios, temeroso de que su acto de amor no sea tomado como tal, diciéndole que no había necesidad de preocuparse porque él lo controlaría todo, que, además, no estaban solos en esto pues tenían apoyo: Marcelo, lo recuerdas, le dice, nos ayudará, princesa, amor, no llores, te lo pido. La princesa no llora porque no crea en sus palabras sino, por el contrario, las cree y no se siente capaz de tanto amor para con ella –salvo uno que sea de porcelana y que se rompa con el uso-. La vida y el beso la lleva río abajo, a descubrir el mundo, a experimentar la paz. Y corre, sonríe, ruboriza, creyendo poder volar en cualquier momento, sintiéndose libre para amar a sus anchas, para reír o llorar si le nace, si le da la gana. La luna, entonces, cómplice y eterna guardián del amor, es testigo de su unión, de sus besos y caricias, de sus suspiros y promesas. Son uno ahora, y sabiéndose como tal solo serán separados por la muerte del otro, y cuando la justicia empiece a demostrar por que lleva ese nombre volverá a reunirlos y esta vez, créanme, no volverá a ser efímero.


La memoria de la princesa, Ya no frágil, regresara para amar, para reír, para vivir.




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