miércoles, octubre 28, 2009

Mi primer beso

*Como lo prometido es deuda, aquí el post que Dayan (dueña y autora de "kasa de Papel") me pidio (o exigió?) tanto a mi como otros autores.
Misión cumplida, Dayan querida.



Anita parecía una loca corriendo por toda la calle con esas dos trenzas en la cabeza y la cara pintarrajeada con toda clase de maquillaje: lápiz labial, rubor, etcétera y etcétera. Buscaba, según lo poco que pudimos escuchar debido a sus gritos esquizofrénicos, a Víctor Andrés Huamán, hijo de su gran puta madre, para sacarle la mierda antes del almuerzo. Los niños la mirábamos asustados, cruzando los dedos para que no viniese a nuestro grupo, pensando en que si ese fuera el caso decirle un buen argumento que le calme la ira, el odio, al menos por el momento. Y Anita corría y corría y gritaba y cogía piedras y seguía gritando: Víctor Andrés, sal de tu escondite, marica de mierda. Los vecinos, sorprendidos, salían por sus ventanas: ¿quien era la loca que gritaba de esa forma? ¿Por qué quería volverse una asesina tan precozmente? ¿Donde andaba Víctor Andrés Huamán cuando más se le necesitaba?

-Cállate, loca- le dijo Juan Diego, que estaba parado a mi lado y esperando su turno para hacer bailar al trompo.

Vaya sorpresa que se llevo mi grupo y el de los padres chismosos y los adolescentes futbolistas (quienes habían puesto dos piedras grandes separadas un buen tramo, improvisando, de esa manera, un arco de futbol), Anita se calló y hasta parecía respiraba más tranquila. Creí que sus ansias de venganza se habían calmado. Lo creí tanto que solté una risotada en señal de paz y amor, sin darme cuenta que esto enfurecería a Anita e iría en pos de la venganza, y esta vez la victima no era Víctor Andrés Huamán sino yo: Alexander, con diez años, dos meses, y cuarenta días de nacido, el pelo muy corto y los dientes disparejos .

Anita caminaba formando puños y estirando un brazo en dirección a mi cara. Reí por los nervios. No lo hará, me decía, no me pegará porque es una chica y las chicas no le pegan a los chicos porque los chicos somos mucho más fuertes. Sin embargo, Anita estaba ahora mirándome a los ojos. Busqué a mis amigos con la mirada, tratando de pedirles ayuda. No estaban, o al menos no los veía ya que Anita los cubría completamente. Me ayudaran, me dije, no me pasara nada. Entonces Anita, la más bonita y agresiva y poseída por el demonio y extraña y fuerte y loca del barrio, me hizo probar el sabor de su puño. Retrocedí dos pasos producto del golpe. Sentí como la sangre brotaba de mis fosas nasales. Mi nariz era muy delicada y con cualquier contacto sangraba. Estaba asustado, quería a mamá o a mis hermanas para que le pegaran por mí. Pero estaba solo. Solté un chillido aun más fuerte que sus gritos y fui encima de mi agresora (deben creerme que no haría eso de nuevo, no le pegaría a una mujer, pero no existen palabras para hacer entender como me dolió ese golpe), llevándola directo al suelo y tratando de morderla, arañarla, mientras sollozaba porque era un cobarde pega mujeres y porque Anita sabia tirar buenos golpes en la cara. Los gritos de mis amigos a mi espalda, el paso presuroso de los adolescentes que dejaban de jugar para venir en mi ayuda, el asombro de los viejos chismosos, me desesperaron, y Anita, ya no en el suelo sino sentada sobre mi vientre (y poco a poco bajaba hasta el sexo), gozaba con la paliza de amo y señor mío que me daba. Ay, Anita, como me dolió eso carajo.




En fin. Al parecer nuestra pelea generó una especie de excitación en Anita. Era amiga de mi hermana (que por cierto solo hizo más que desternillarse de risa cuando se enteró mi derrota frente a una mujer), iba a mi casa todos los días a peinar muñecas y pintarse las uñas y la boca y llamar por teléfono a quien sabe quien y esas cosas que uno no entiende ni quiere entender porque prefiere seguir viendo su dibujo favorito. En ocasiones se me acercaba para preguntar por mis heridas, en otras me decía que dentro de poco le sacaría la mugre a Víctor Andrés Huamán porque le había jugado una mala pasada. Me tomó una foto mientras me arreglaba con las chicas, Alexito, puedes creerlo. No, no podía creerlo. Habría que estar orate para tomarle una foto a Anita maquillada, sabiendo que ella iría tras de uno cual fiera a su presa. Y Anita me hablaba y hablaba y seguía hablando y yo quería que se vaya pero ella dale y dale y me miraba los labios, la nariz, el cuello, y me preguntaba si me gustaban las canicas o las cartas o jugar a las chapadas y yo: si, si, Anita. Sus visitan resultaban molestas. Por lo general eran en las tardes, cuatro y media. Una de esas tardes me encontraba solo en casa, había terminado de mear cuando sonó el puto timbre: era Anita buscando a mi hermana. No está, le dije. Me dijo que la esperaba dentro y abrió la puerta sin importarle que yo no la invitase a pasar. Me fui a la sala a seguir con mi dibujo. Anita se acercó a preguntarme qué miraba. Nada. Eso no es nada. Bueno, para mi si. Estás enojado, quiso saber. Me pegaste, recuerdas. Ya te pedí disculpas. No importa, ya fue, dije.

Para Anita no había pasado. Se acercó para volver a pedirme disculpas, me preguntó si me gustaba alguien. Si, le dije por decir. Cómo se llama. Raquel. Es bonita. No sé, dije. Te gusta mucho, quiso saber. No sé. Qué harías si Raquel fuera yo. Esto último me sorprendió. Volví la mirada a mi interlocutora para adivinar sus intenciones. Ahora que estoy grande las conozco y quizá hubiera sacado algún provecho, pero en ese entonces era un niño extraño envuelto en un mundo de autos voladores y naves espaciales y por ende no sabia nada de nada de besos y caricias y abrazos y esas cosas. Anita, aprovechando mi candidez, se acercó a mis labios, peligrosamente, y me besó. Creí que el corazón se me saldría del pecho. Sus labios estaban arrugados y pegajosos y secos y los mantenía pegados a los míos. Conocía la teoría porque la había escuchado y visto hacer a mis hermanas muchas veces cuando traían a sus amigos a la casa, pero no era capaz de ejercerla. Y Anita si era capaz, y acercaba su cuerpo y sentía sus pechos en desarrollo junto al mío. Traté de calcular mentalmente: ella es mayor que yo por dos años, la misma edad de mi hermana. Entonces el pantalón me ajustaba y algo despertaba por debajo, adquiriendo vida propia, endureciéndose cual roca, formando una carpita escandalosa en mi entrepierna. Oh, dios, me quejé. Qué pasa, dijo Anita, dándose cuenta al instante y riéndose del vergonzoso tamaño de mi sexo. Disculpa, disculpa, le decía, tratando de ocultarlo. Basta, no seas marica, me decía tratando de sacar mis manos, acaso eso haría delante de Raquel. Siguió besándome, acariciando con su mano mi pecho y deslizándola finamente hasta la entrepierna y tocando, por primera vez, y que rico carajo, mi pene completa y excitadamente erecto.

La vergüenza por tal acontecimiento me embargó al instante: salí corriendo al baño y no le quise abrir la puerta por más que me pidiera por favor o me amenazara con matarme o con decirle a mis amigos que soy un mariquita culo roto. Prefería ser un mariquita culo roto a ser ultrajado por una fiera endemoniada hambrienta de sexo, que me tomaba como un objeto sexual al que podía utilizar como le diera la gana, qué se había creído esa niña. Oh, maldita sea, efectivamente, era un marica.

Mi hermana llegó a los pocos minutos. Jugaron con el teléfono y salieron a quien sabe donde. Yo me quedé en casa preguntándome qué tan rico sería completar lo que había empezado con Anita, la más salvaje de la calle, la de las trenzas y la sonrisa angelical, la mujer de mis pesadillas.
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