jueves, julio 10, 2014

Algún día




No eran pocas las parejas que visitaban el parque por las noches. Desde el banquillo las veíamos llegar, tomadas de la mano, mirándose de reojo y hablando muy bajo, sólo para ellos, como si le confesara un secreto al otro que nadie más que ellos debían escuchar. Entre palabras misteriosas y miradas cómplices, buscaban un lugar donde sentarse, donde abrasarse, donde continuar con esa platica que parecía entretenerlos tanto. Otras parejas, ni bien se apoderaban del sitio desocupado, sellaban la confidencia con besos interminables.

El gordo Mario era un fanático afiebrado de los novios besándose. Él decía que con ellos no había pierde porque lo único que querían era continuar con sus besos, y que por eso le compraban todo lo que les ofreciera sin chistar. El chino, caserito en la cuadra por ser tan inocente y enamoradizo, argumentaba que esa táctica, si bien era certera, digamos, no era apropiada porque rompía ‘con la magia del parque’.  Todos nos burlábamos de él. El tontuelo, por ser tan buena gente,  al final del día, se iba con su canasta casi llena. Martin, en cambio, junto a sus dos hermanas menores,era más ‘eficaz’: ellos no se alejaban de la pareja a no ser que les compraran. Muchas veces fueron botados por los hombres a punta de patadas o insultos. A Martin y a sus hermanas, sin embargo, esto no les importaba.

‘Son gajes del oficio, don’, decía Martin.

Desde el otro lado del parque, estaban las señoras. Con ellas nadie se metía porque eran ‘bravas’. Se habían adueñado casi de la mayor parte del parque, dejándonos a nosotros, los menores, una pequeña porción.

‘Pobre de ustedes si se acercan, carajo’, nos decían.

‘Pero todos queremos chambear pe, tía’, les decía Martin. El gordo Mario y el chino lo secundaban gritando desde atrás. Las hermanas de Martin, que, tal vez, habían heredado el gen de su hermano, o simplemente les gustaba seguirlo en todo lo que él hacia, también se peleaban con las señoras. Pero no había vueltas que darle, ellas eran las que mandaban en la zona y al final siempre se salían con la suya. Martin se las ‘juraba’ antes de terminar con la pelea.

A mí, que era el menor de todos, sólo me quedaba abordar a las parejas que nadie más se fijaba. Con todo eso tenía mejor suerte que el chino. Algunos decían que se debía a mi edad y tamaño, porque era más fácil vender cuando se es tan pequeño y cuando se tiene cara de ‘bebito’. No me molestaba tener cara de ‘bebito’ siempre y cuando pudiera vender todas las rosas y globos que llevaba encima.

Esa noche el gordo Mario y el chino no habían ido a trabajar porque estaban pasando un partido de fútbol de la selección en pantalla gigante en ‘El Ovalo’. Creo que era un partido de Copa América o alguno de Eliminatoria. No lo recuerdo. Yo preferí ir a vender. Martin y sus hermanas se fueron rápido también por el mismo motivo.

‘No hay negocio hoy’, me dijo Martin. ‘Vamos a vender algo pa’ El Ovalo. Hay un montón de gente ahí.’

‘Yo me quedo.’

‘Allá tú.’

Las señoras tampoco habían ido al parque. Entonces, el lugar era sólo para mí. Estaba muy contento. Esa noche ‘rayaría’ si o si.

A las ocho de la noche, hora en donde el parque suele estar lleno, no se había aparecido casi nadie.  A las únicas dos parejas que estaban ahí había tratado de venderles sin tener éxito. Me preguntaba si era mejor ir para ‘El Ovalo’ con mis compañeros. No era abandonar mi posición pero tampoco podía darme el lujo de quedarme una noche sin vender algo.

En esas dudas estaba cuando llegó una pareja más. Era una chica muy joven con un hombre que parecía doblarle la edad. Habían llegado sin que me diera cuenta (yo estaba mirando hacia la dirección donde estaba ubicado ‘El Ovalo’), como un resorte me impulsé en el  suelo en pos de mis próximos clientes.
Un, dos, tres pasos, conté antes de ver como el hombre se ponía de pie, le decía algo en el oído a la chica y luego se alejaba lento, muy lento, las manos en los bolsillos, escupiendo algo verduzco en el pasto.

‘¡Rayos!’

Antes de regresar a mi sitio, vi como la chica se cubría el rostro con ambas manos, como movía su pecho de arriba para abajo como si le costara respirar. En otras oportunidades no me hubiera acercado, pero me recordó a mamá llorar cuando papá llegaba enojado a casa por motivos que sólo él conocía.

‘Te pasa algo’, inquirí.

Creo que fue una mala jugada porque la chica me miró con desprecio. Parecía que quería gritarme o golpearme, pero, de pronto, como si de una mano mágica se tratara, se detuvo.

‘Nada me pasa. Chau.’

‘Bueno pues.’

Esta vez si me di la vuelta.

Un, dos, tres… Una vez más el llanto.

Me llamó la atención como una señorita era capaz de llorar tanto en la calle. Las chicas de mi barrio no lloraban por nada. Uno las pateaba o insultaban y ellas, en vez de llorar, salían disparadas a golpear a diestra y siniestra.

‘¡Ay!, no llores pue…’, le dije.

‘¿Y por qué no?... ¿Por qué te importa tanto?...’

‘Fíjate que no me importa. Me ahuyenta a la clientela nada mas.’

‘Maldito mocoso.’

Y siguió llorando.

Me quedé observando otro poco. Al final, saqué una rosa y le ofrecí.

‘¿Te burlas de mí?’

‘No, señorita. No me burlo de nadie porque eso no es de Dios. Le regalo para que no llore. O al menos llore sin hacer tanto escándalo porque sino nadie querrá venir a besarse.’

Al final pude sacarle una sonrisa a aquella señorita.

‘Gracias, entonces. Igual ya me voy.’

‘Entonces chau, pero no llore más. Ese tío es muy feo y parece que no la quiere porque no la besó como los otros.’

‘No, no me quiere.’

‘Entonces no llore pue… Papá dice que sólo lloran los débiles y los feos. Tú no pareces ni débil ni fea. Fíjate que me asusté mucho porque creí que me pegaría. No lo vuelva a hacer.’

‘Está bien. Eres muy simpático, niño.’

‘Dile eso al Martin y a las señoras pedorras que se agarran todo el espacio. Hoy no están y mira que igual no pude vender nada. No importa. Iré al Ovalo, tal vez tenga suerte. Total, ¿no agarrará la rosa?’

La cogió, luego dio paso hacia mí, se puso en cuclillas y, para mi sorpresa, me dio un beso en la mejilla.

‘Gracias, niño.’

La vi alejarse del parque hacia la misma dirección donde se había ido el tipo. Sentí un pequeño escalofrío en el cuerpo al pensar que no volvería a verla. Nadie me había dado un beso antes. Quise ir a buscarla, pedirle matrimonio y ofrecerle una casa inmensa con muchos hijos y rosas para que no volviera a llorar.

‘Algún día’, pensé. ‘Algún día.’ 


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