miércoles, agosto 13, 2014

Fuego enemigo



En medio de la batalla, Joan, cayó, de pronto, de bruces contra la tierra.

Mientras tanto, a medio día de distancia, las huestes del general Kroll vieron como un fuego proveniente del pueblo Mord acariciaba las nubes tiñéndolas de rojo y negro, impregnando, además, en el ambiente el asfixiante aroma que despiden las cenizas, el sudor y los cuerpos calcinados. Aumentaron pues la velocidad para así repeler la invasión.

Una ligera punzada en el corazón de los caballeros los hizo preguntarse si es que era demasiado tarde, si habían caminado en vano durante veinte días sólo para ver morir a sus hermanos y hermanas  en manos de los enemigos. El frío, el hambre, el cansancio, el sacrifico, todo, no valía ya la pena pues nunca llegarían a tiempo. Por sus mentes cruzó fugazmente la conciencia de la derrota.

 -Nunca llegaremos – se escuchó decir por ahí.

Y tras ese lamento les siguió otros y otros. Y cuando los lamentos no bastaron para calmarlos, los rugidos de ira, impaciencia e impotencia se hicieron tan fuertes como el crepitar de los maderos de las casas que eran destruidas, como el olor a sangre y vomito, como los gritos desesperados de las mujeres y los niños.

-Si el emperador nos hubiera mandado antes…

-Si la tierra no fuera tan accidentada…

-Si no fuera por esa maldita nación…

Si lo esto y si lo otro y si lo aquello…  La furia y la pena comandaban ya en sus corazones. Algunos culpaban a la lenta reacción del emperador cuando la noticia de la invasión en el norte llegó a sus oídos y éste, en vez de reforzar de inmediato el flanco debilitado, quiso entablar una negociación pacífica con el enemigo. A los caballeros procedentes del norte no les hizo gracia pues desde muy pequeños fueron criados para defender sus tierras a costa de su propia vida. Estaban convencidos que cuando se derrama sangre familiar la única respuesta lógica es la venganza. El emperador, que había viajado por mucho tiempo a occidente y que de ahí trajo ideas ajenas a la forma de vivir del pueblo, se rehusó a empezar una guerra. Al poco tiempo, sin embargo, más noticias sobre invasiones y muertes llegaron al palacio. El odio del enemigo era implacable. Se puso a cargo entonces del general Kroll cinco mil caballeros para detener la marcha del enemigo.

Otros, en cambio, culpaban a la nación usurpadora de todos los males. Una traición como la que ellos habían tenido, sin importarles la ayuda económica que en algún momento se les dio, era inaceptable.
Sea cual sea el caso, el pueblo de Mord se reducía a cenizas antes sus ojos.

-¡Malditos sean los dioses y los usurpadores!

El general Kroll, cuyo aliento se extinguía a causa de la larga caminata y del aumento de la velocidad, pero que conservaba aún la vitalidad y la euforia de sus años de gloria, gritó: 

-Basta de lamentos y quejas. Nuestros hermanos mueren en Mord. Conserven sus fuerzas para el enemigo.

-¡Muerte a los invasores!- corearon en respuesta.

-¡A las armas!

-¡A las armas, caballeros!

Así, abriéndose paso entre la vegetación, y al ritmo del ¡Bom bom bom! de los tambores, las huestes cayeron sobre el pueblo de Mord y los invasores con todo su poder.

La resistencia aún combatía cuando los aliados llegaron. Nada amilanó sus corazones y su pundonor, y a pesar del cansancio, las saetas impregnadas en fuego, el filo de las espadas y el odio ajeno, salvaron el pueblo de su extinción…


Así fue tal vez… o así tenía que ser… ¿o así sería? Pero cómo lo sabría Joan si yacía casi inconsciente y sin fuerzas en el suelo, esperando a sus hermanos, al legendario general Kroll y los caballeros que darían la vida por el pueblo de Mord y sus hijos.     

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