viernes, agosto 08, 2014

Promesas




Al maestro Cortázar 


Una taza de café, un cigarro, y mucho silencio, era lo que hacia falta para empezar a leer la novela que María, su novia, le había recomendado con tanto afán. Por fortuna esa noche no había nadie en casa, y nunca le faltaba cigarros, así que el único problema era ir a la cocina, poner a hervir el agua y preparar algo de café.

-¡Bah! Preparar café nunca es problema.

Mientras esperaba que el agua hirviera prendió la televisión. Para variar, no había nada bueno, sólo programas de competencia, algunos  noticieros, y una novela coreana de los 90’s y que en su momento fue tan vista que hasta le había ganado en sintonía a las mexicanas. Pasaba por los mismos canales una y otra vez sin detenerse mucho tiempo en ninguno. Odiaba la programación nacional y no se atrevía a buscar algo en el cable por temor a encontrar algo que le llamara más la atención y entonces María estaría muy decepcionada de él. ‘Las mujeres y sus cosas’, pensó.

-Luego dicen que uno no hace nada por ellas. Si leer no es una muestra de amor pues no sé qué es…

Listo por fin el café, se acomodó en el sofá. Sacó de su mochila la novela, la miró por el anverso y el reverso, se detuvo un momento en los comentarios sobre ella, en la biografía del autor –licenciado en letras de la Universidad de San Marcos, profesor de blah blah blah, con tres novelas y un libro de cuentos en su haber y blah blah blah-, revisó cuántas páginas tendría que leer -446: ¡asu!-, leyó el último párrafo, luego el primero -¿será suficiente con eso?-, se preguntó en qué momento prendería el cigarro, y, por último: ‘’todo lo que uno hace por amor, caray…’

-Leer es tan fastidioso… ¿Y si espero que hagan la película?

Seguro, por supuesto, que la película demoraría en salir –si es que sale- y que su novia se sentiría muy ofendida si no leía al menos el primer capitulo decidió dejar de lado el tedio que desde ya lo aburría como una ostra, prendió el cigarro, se juró nunca más permitir que algo así le volviera a pasar, y empezó con la lectura.

La primera página le resultó digerible. En la segunda comprendió que el protagonista estaba muy chiflado y que seguro la brillante novela que su novia le había obligado a leer era de esas de amores prohibidos y finales felices. En la tercera, un pequeño dolor en la coronilla de su cabeza le hizo pensar que terminar el primer capitulo sería más difícil de lo planeado. Para la cuarta página el cigarro se había terminado. En la quinta, el protagonista le hizo creer que tal vez no estaba tan loco como parecía y que sus palabras de cursi enamorado era parte de un ardid publicitario. En la sexta las típicas frases cliché. En la séptima el café se había enfriado; y en la octava las piernas le pesaban para ir a preparar otra taza.

-¿Al tipo este le pesarán también las piernas? Parece un capo del complot, no creo que sus piernas sea su mayor preocupación.

¿O lo era? Pero cómo saberlo si se volvía víctima de sus pasos, de sus amores, de sus expectativas y de sus sueños. Cómo sentenciar una historia si esta acaba de empezar. Cómo si con el paso de las horas su angustia crecía, si la espera se volvía insoportable, si la había amado durante tanto tiempo. No podía y no debía. Era necesario seguir en la búsqueda, esperar otro poco. Y mientras su sonrisa se congelaba con el frío viento de invierno, y las personas iban y venían sin detenerse, mirándolo de reojo, burlándose quizá de su inocencia, de sus eternas ganas de perder y seguir perdiendo, de las cartas de amor que le había enviado todo el mes, diciéndole que podría esperar toda la vida si fuera necesario, o de la promesa que ella le había hecho de llegar puntual a la cita porque se había dado cuenta de algo y que no podía contárselo hasta que sea el momento preciso. 

¿Era el momento preciso? ¿Lo era? Tenia que serlo. Aquel era el momento que él había esperado toda su vida. Aquel era el día en donde sus sueños tomarían la forma de aquella chica, y dejarían de serlo para volverse realidades, para volverse besos, caricias, susurros de amor en atardeceres de primavera, en parques enormes y canciones eternas. No podía dudarlo. Ella llegaría para amarlo como en sus historias, y entonces se escribiría una que llevaría a las lagrimas, que haría gritar de emoción y saltar de alegría.
Y así pasaban los minutos, y con los minutos las horas y con las horas la calma, y con la calma la desesperación. Entonces su sonrisa terminó por congelarse, por terminar con sus ilusiones. Y a pesar del tiempo transcurrido ella no llegaba.

Pero llegaría, estaba seguro.

No de pronto pero si pronto se hizo de noche, muy de noche,  las piernas le dolían y el frío le hacía doler los huesos. Había pues que resignarse, que dejarla ir. Y es que esa mujer nunca le había pertenecido. Puede que una sonrisa haya sido de él, y tal vez una mirada o dos pero nada más.

Resignado entonces, regresó a casa. Mientras abría la puerta una ligera esperanza golpeó con fiereza su pesimismo, volvió la mirada y nada.

´Mi amor nunca fue nada para ella.’

Volvió a mirar para estar seguro que ella en verdad no lo esperaba. La buscó a sus espaldas, en su sala,  en su cuarto, en el baño y la cocina; y nada. Preparó café, prendió un cigarro y se sentó en su sofá para leer un poco con la esperanza que en la literatura encontraría un poco de consuelo, un poco de paz, un poco de sabiduría.

Entonces el chico pasó una página y otra y otra, y así, preso de la historia, terminó el primer capitulo, el segundo, el tercero y la novela.

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