viernes, noviembre 06, 2009



Conocí a pata de loro una tarde de verano en la playa La Herradura, en 1998. No estaba solo, lo acompañaba Luis Franco. Pero en ese entonces no sabía quien era Luis Franco ni mucho menos pata de loro, salvo que andaban siempre juntos y estudiaban periodismo audiovisual en alguna universidad limeña. Erika, siempre tan conversadora, me había hablado de ellos durante toda esa semana, asegurándome que eran súper buena gente y que serian la mejor compañía en aquella playa chorrillana. Para no discutir con mi amiga acepté la invitación. Llegaron dos horas más tarde, riéndose, empujándose en ocasiones, con una lata de cerveza cada uno en las manos. Comimos ceviche y tomamos mientras departíamos de ningún tema en especial –o al menos es eso lo que recuerdo-. Por la noche visitamos una discoteca en Barranco. Acompañamos a Erika hasta su casa y, a pesar de mi insistencia, ambos amigos me dejaron en la mía, no sin antes obligarme a prometerles que nos volveríamos a ver lo antes posible. Resignado, y porque quería darme una ducha lo más pronto posible, les dije ya, pero está vez yo escojo el sitio. Como quieras, brother, me contestó pata de loro, formando una media sonrisa en sus labios mientras Luis Franco sostenía su mano sobre la mía y parecía no querer dejarla ir.

No voy a aburrirlos con peroratas sobre lo mucho que nos divertimos o a donde íbamos cada vez que salimos. No lo considero importante, ahora que ha pasado mucho tiempo y ya no tengo dieciocho años, ni ellos veinte. Sin embargo, lo primordial de todo fue que pata de loro y yo nos volvimos íntimos. Compartíamos ciertas ocurrencias: nos gustaban los videojuegos y las salas de billar, escuchar punk a todo el volumen posible y asistir a conciertos todo el tiempo que nos sea permitido -que era muy poco, valgan verdades-. Respecto a Luis Franco, su presencia, por lo general, resultaba molesta, miraba mi amistad con su amigo como un grave peligro del que debía encargarse como fuera, pues, pienso yo, le quitaría a pata de loro en el momento menos indicado. Una noche se lo hice saber a pata de loro. No le hagas caso al flaco, es un loco de mierda, me aseguró. No tengo broncas con él ni nada en su contra, compadre, pero que no me esté mirando así, ya parece tu hembrita. Soltamos una carcajada y seguimos con nuestras cervezas y buscando una buena mesa para jugar. Después de todo, Luis Franco había sido su amigo desde mucho antes que yo aparezca.

Se conocieron en secundaria, me contó un día, jugaban futbol juntos y asistían a bulines cada fin de semana –antes, al menos, que yo lo conociera-. Tenían planes de alquilar un departamento de solteros y tirar con todas las chicas que pudieran –y no eran pocas, porque, y lo suelto al paso, pata de loro y Luis Franco tenían una belleza misteriosa y un talento innato para conversar-; compartieron momentos difíciles y por ende llevaban una amistad profunda, casi al extremo que uno le había prometido al otro ser el padrino de sus primogénitos y –si en caso fueran hombres- llevar sus respectivos nombres. En el colegio peleaban mucho porque a pata de loro lo molestaban por tener una pierna más delgada que la otra, un defecto físico con el que había nacido y por más que le dedicaba largas horas de la mañana ejercitándola no engordaba ni tomaba forma y en cambio su cuerpo y la pierna buena se anchaban atléticamente; qué mierda, así tiro rico, brother.

Efectivamente, así tiraba rico pero ahora con mi compañía y que, según aseguraba, era de la san puta madre. Visitábamos bulines e íbamos a diferentes playas a bañarnos un rato y ver que mujer podríamos llevarnos esa noche a nuestras camas. Me ayudó con mi examen de admisión a San Marcos y cuando le anuncié mi ingreso corrimos a emborracharnos a una discoteca en el bulevar de Los Olivos sin invitar a Luis Franco y su cara de perra celosa. Era mejor andar sin él porque cuando tenía esa mala suerte imponía su presencia a cualquier precio, dejándome incomodo y haciendo morir de risa a pata de loro, que tomaba la actitud de su amigo como una digna muestra de amistad. Afortunadamente esa noche no nos acompañó.

Recibí una llamada de Luis Franco dos días después, me preguntaba a donde habíamos ido y hasta qué hora estuvimos fuera. Por qué, le pregunté. Dime nada más. Contesta primero. Porque su mamá me timbró muchas veces para averiguar sobre su hijo, obvio le dije que no sabía nada de él y que seguro estaba con su nuevo amigo en algún puterio. Qué gracioso, imposible que le hayas dicho eso. Responde mi pregunta. Pregúntale a pata de loro. Dímelo tú. No me da la gana. Entonces vete a la mierda, me dijo. Quise callarme pero no pude, ese patita había llegado demasiado lejos y estaba en la obligación de hacérselo saber antes que vaya por un rumbo diferente: vete tú a la mierda, marica de porquería. Marica será tu papá. Cuidado con lo que hablas, le advertí. Hablo lo que quiera. Tanta huevada porque salgo con pata de loro, ni que fuera tu marido. Pues lo es, imbécil, es mi marido. Entonces me colgó.

Definitivamente no me quedaría con la duda encima y mi amigo tenia derecho a estar al tanto de las ocurrencias de Luis Franco. Se lo conté una mañana en el billar. Dice que eres su chico, que salen juntos y que te acuestas con él, le dije. Eso te dijo, me hizo jurar. Salimos del billar y tomamos un taxi a casa de Luis franco. Vivía con su abuela en una casita de La Victoria. Tocamos. Luis Franco salió al poco tiempo, rojo como un tomate, pensando, quizá, que yo había ido con el chisme y que ahora le tocaba una buena paliza por andar hablando mentiras. Sin embargo, me sorprendió y nos saludó como si nada hubiera pasado. Deja de decir estupideces, le dijo pata de loro, formando un puño junto a su cara. Luis Franco me miró y quiso decir algo pero se contuvo para seguir escuchando como su viejo amigo le advertía andarse con cuidado, que a pesar que vayan a ser compadres no le da derecho de andar mintiendo. Lo siguiente me sorprendió al extremo. Le cogió el rostro a pata de loro y le dio un beso en los labios. Mi amigo, indignado, le dio un par de golpes certeros en la cara y, ensangrentado, continuó con un rodillazo en los testículos que le hizo voltear los ojos a Luis Franco. Para esta parte cerré los míos un segundo y luego traté de calmar a la fiera de pata de loro. Pero era imposible, estaba poseído por el demonio, pronunciaba insultos mientras desfiguraba la inmaculada cara de su viejo amigo. Una vez su tarea se hubo finalizada fuimos a su casa y tomamos unas cervezas hasta que, a media noche, me dijo que debía ir a ver a su mamá, que estaba enferma. Me dejó en mi casa, soltando un eructo, mascullando el nombre de su ex amigo, entrecerrando los ojos.

Como era de esperarse yo no estaba para nada apenado por la paliza de la noche anterior. Me enteré, unas semanas después en boca de Erika, que le habían hecho algunos puntos y que paraba en su casa todo el día, que había dejado de ir a la universidad, que la llamaba siempre para que vaya a visitarlo, a verlo llorar, a escuchar sus penas de amor. Es homosexual, pregunté. Si, me dijo Erika. Fue pareja de pata de loro. No lo sé. Tú lo sabes. No te voy a contar. No lo hizo, efectivamente, y no me quedaría con las dudas, le pregunté a pata de loro pero él prefirió mirar el LCD y tratar de ganarme en Crash Car, tarea que le resultaba siempre esquiva. Ya no importaba porque pata de loro paraba conmigo de arriba abajo. Por más que lo mirase por donde lo mirase me parecía irreal creer que mi amigo fuera marica: tan alto, atlético, rudo, pajero, cachero, borracho y mujeriego, era imposible creer que tenía otras preferencias y, peor aun, que tuvo una aventura amorosa con su ex mejor amigo. Aunque uno nunca sabe, digo yo. Luis Franco, en cambio, si llevaba todas esas apariencias: tan bajito, blanquito, suavecito, delicado él, preocupado por su ropa y su cabello, interesado en música de maricones e incapaz de mirarle el trasero a una buena hembra. Ese si era de todas formas. Igual no preguntaría por el bien de mis cervezas.

El tiempo pasa rápido, y ahora que estoy viejo me doy cuenta de ello, tanto es así que cuando estuve a punto de graduarme y me vi en el espejo no era el mismo. Había quedado atrás todos esos años de putas y marihuana, de playas y billar. Salía con la secretaria más linda de toda lima y tiraba duro y parejo con ella en mi nuevo departamento en Surco. Pata de loro iba a visitarme cada vez que podía y yo lo aceptaba porque era de esperarse cuando se tiene tanto trabajo encima. Nunca hablamos de Luis Franco. Es más, había olvidado su rostro completamente. Por eso me sorprendí cuando abrí mi puerta y él estaba ahí. Quien eres, quise saber. Luis Franco, te acuerdas de mí. Me quede helado. Puedo pasar, me dijo. No podía ser descortés, no eran los principios que había aprendido en el colegio católico. Lo invité a sentarse y hasta le ofrecí unas cervezas o un refresco, lo que desee. No, gracias. Yo si necesito una chela, por el feliz reencuentro, mentí. Caminé a mi cocina, alcé la voz para preguntarle cómo era que conocía mi nueva casa. Sin embargo, Luis Franco estaba a mi lado, mirándome, con los ojos bien abiertos, queriendo decirme algo que no podía ni se atrevía a decir. Saqué mi lata de la nevera y él me esperaba detrás de la puerta, cuando la cerré me sobresalte, qué demonios, hubiera dicho si no se adelantaba y me daba un puñete en la nariz. Agarré con ambas manos mi ensangrentada nariz. Iba a sacarle la mugre por faltoso, pero Luis Franco ya estaba encima mío repartiendo golpes a diestra y siniestra, gritando una serie de insultos que no entendía porque estaba preocupado en salir vivo de aquella contienda. Cogió unos platos y los rompió sobre mi cabeza. Sintiendo la sangre correr por mi mejilla cerré los ojos, rendido, estaba perdido. Arrastró mi debilitado cuerpo a la cama de dos plazas que había adquirido la semana anterior y donde le había hecho el amor a mi novia secretaria. Una vez echado, traté de reaccionar. Luis Franco, ese marica de porquería, me golpeó de nuevo en la herida y no le importó que la sangre simplemente corriera. Se sentó sobre mi vientre, besando mi cuello, mis labios, mi pecho ensangrentado. Arrancó cada una de mis ropas, golpeándome siempre para no recuperar las fuerzas. Volvió mi cuerpo de espaldas. Sentí su sexo erecto sobre mis nalgas, jugaba con ellas, parecía querer penetrarlas en cualquier puto momento. Entonces hizo caso a sus instintos y penetró mi trasero, sin contemplaciones, en venganza por quitarle a su chico atlético, en revancha por la paliza que éste le había dado varios años antes, y se hizo de mí como le dio la gana, como si mis posaderas hubieran sido creadas para saciar su hambre de sexo y venganza. Una vez terminó, lo sacó y se masturbó sobre mí. Sentí aquel líquido blancuzco y pegajoso correr por mi espalda, lo que antes había hecho con las mujeres, y entonces supe que estaba condenado a morir en ese lugar, sodomizado por aquel hombre vengativo.

Mi novia me encontró tirado en la cama casi dos horas después, lleno de sangre, con el culo abierto. No preguntó, llamó a una ambulancia. Estuve cuatro días internado y cuando la policía me preguntó le dije que no conocía el rostro del delincuente. Lo tomaron como mentira pero como no había denuncia porque yo me negaba y no había robado nada, dejaron que me fuera. Les di una buena cantidad de dinero con la promesa de no comentarlo con nadie. Le hice jurar a mi novia que no abriera nunca la boca. Y cuando pata de loro quiso saber, le dije que se fuera a la misma mierda, que nuestra puta amistad había terminado y que si me volvía a buscar le rompería el culo, por cabro y mentiroso, quizá también para hacerle sentir que tan duro era.
Casi recuperado paseaba, de la mano de mi novia, por el Jockey Plaza, a alguna tienda para comprar algunas cosas para la casa. Nos sentamos en el Starbucks a tomar un café. Ella había hecho voto de silencio sobre mi problema. Yo soñaba todos los días con el rostro erotizado de mi agresor. Quería verlo, no para pegarle, simplemente le preguntaría por qué yo y no pata de loro. Necesitaba la respuesta. Y, lo que es la vida de mierda, la respuesta entró con otro hombre a la misma cafetería. Lo vi hablando de lo más alegre a unas mesas de la mía. Era lógico que mi novia no supiera quien era y por eso me preguntó qué amigo cuando le dije que necesitaba saludar a uno. Me paré a su lado. Luis Franco me miró, boquiabierto, unos segundos, creyendo que tal vez me había gustado y venía a pedirle más. Sin embargo, saqué mis llaves del bolsillo y le incrusté una en uno de sus ojos verdes. Escuchaba a las personas gritar, a su chico marica sollozar por mi acto vandálico. Y antes que alguien reaccionara lo estrangulé con mis propias manos. Estamos a mano, marica de mierda, fue lo último que dije.

Saben una cosa: la cárcel no es tan mala, al menos acá yo soy el que sodomiza, y siempre, claro está, en nombre de pata de loro, Luis Franco y mi ex novia secretaria.

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