martes, noviembre 10, 2009

El loco

A "vuelo de hada", porque me acompañes, ahora, mañana y siempre, en mi erterna locura .











Efectivamente, estoy completa e irremediablemente loco. El proceso, como tantos otros, fue largo, pero a paso seguro. Recuerdo, en realidad, muy poco de eso. Sin embargo, trataré de darles una idea –como para entrar en calor-.






Es sábado por la noche. Frente al ordenador leo comentarios y blogs amigos. El día anterior me había tomado la licencia –al fin- de escribir una historia un tanto subida de tono, con todo lo necesario para hacer de la lectura una de las peores, una que joda hasta los cojones, una que sonroja e inhiba, una que nadie quiera volver a leer por grosera, estúpida y homofóbica. La tarea, al parecer, me había resultado muy buena, tanto que, a las pocas horas, ya tenía las respuestas que necesitaba para volver a escribir algo por el estilo. Y es que, lectores, es menester polemizar, joder, recordar que blanco y negro no es lo mío, que la vida esta llena de todo un poco, que soy perucho y a mucha honra señores, y de todas formas –ya lo había dicho el siempre humorista y carismático Jaime Bayly- una novela que no molesta a alguien no es buena. Y entonces la locura llegó, y era pequeña, fea, con una cabeza gigante, y se parecía a mí. Pero mis amigos bloggers no entendían –o se habían olvidado- que mi paso por este mundo no significaba presentarme tal cual soy, que mis cuentos eran sacados de una parte morbosa, lujuriosa y encabronada con la vida, de mi mente adolescente. Prefirieron encontrarme en cada línea –y no los culpo, algo por el estilo debe tener uno de los dueños de un premio a la honestidad, mismo premio que ahora hago gala por no callarme absolutamente nada- y calificaron –en tono bromista o sarcástico o pesimista- la historia como homofóbica, con términos poco agradables a sus oídos inmaculados. Olvidaron que existen diferentes técnicas narrativas para contar una u otra cosa, que eso no implica compartir los pensamientos y emociones de cada personaje, que por más que el protagonista sea asesino y lo cuente en primera persona tendría que involucrar al escritor en eso. De todas formas, y esto lo saben los que prosan narrativa, uno no es dueño de sus dedos cuando una historia se desarrolla, uno es simple objeto de lo que sale de aquel lugar. Simple y sencillo.



Iba en la locura.



La locura –mi locura- llega sin anunciarse y se apodera de mí. Hasta esos momentos había intentado escapar, no obedecerla, hacer de cuentas que –según como me aclararon por ahí- era un chico absolutamente normal –que solo hacia falta verme en el espejo-, y por la salud armoniosa del espacio con titulo interrogativo tomar algunas pastillitas que mantuvieran la cordura seria la solución. Pero ustedes ya saben como es todo ese rollo de auto medicarse, y conocen el valor que poseo para esas clases de situaciones, y mejor no reflexiono porque si no me jodo todavía más; y decido, con los brazos extendidos, caer, hacerme preso de la locura, volverme amo y señor de sus pensamientos, decir lo que me salgan de los cojones aunque esto haga llorar al más beato de los lectores, y que si me da la gana de escribir dios con minúscula lo haría porque, al fin y al cabo, los locos hacemos eso: andamos en pelotas y nos bañamos en los ríos si queremos o con nuestra saliva si alcanza el tiempo y comemos arroz quemado si no hay otra cosa. Los locos estamos libres de la rutina, de la necesidad de ser amados, de ir tras una misma línea, de madurar. Los locos nos hacemos cinco pajas diarias y ya está. Los locos somos locos porque la vida nos hizo así. Los locos no nacimos locos, nacemos feos, incomprendidos, cabezones, enanos, escritores, pajeros, y terminamos locos por todo eso. Los locos somos premiados por nuestra loca honestidad, a los locos no nos leen por ser locos, y solo los que están casi tan locos como nosotros se atreven a pasar y dejar comentarios y decir que somos geniales –aunque, en su mayoría, piensen lo contrario-, que nuestro blog seria menos loco si quisiéramos pero si no queremos también, es nuestro problema. Los locos nos graduamos, con maestría, en el noble oficio de la locura y la autodestrucción, y vemos, con sonoras carcajadas, el éxito de los cuerdos que se preguntan una y otra y otra y otra vez ¿Dónde carajo está el amor? ¿Dónde coño se esconde mi alma gemela? ¿Por qué soy como soy? ¿La vida es tan mala? Les contaré mi primerisisisisima vez. Los locos estamos libres, como ya lo mencioné, de todo eso y por eso fracasamos, por eso escribimos cuentitos homosexuales y homofóbicos y renegamos contra un dios con minúscula y un diablo que no hace más que joder y joder y joder y perder y perder y seguir perdiendo. Los locos lo somos y qué mierda. A los locos nos leen los locos. A los locos se le da la gana de mentarle la madre a sus lectores hipócritas y ya. A los locos, señoras y señores, les importa tres pepinos quien se ofenda en el camino, porque, tal vez, esos tienen algo, o mucho, de locos también.



Hasta la próxima (si es que la hay).
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